Lo que los peruanos pensamos de nosotros mismos.
A propósito de la encuesta del Instituto de Opinión Pública de la PUCP

Como individuos los peruanos nos consideramos mayormente libres y relativamente satisfechos con nuestra vida. Pretendemos educar a nuestros hijos priorizando los valores de responsabilidad, tolerancia y solidaridad. Finalmente, creemos mucho en el progreso pues resulta que pensamos haber tenido más oportunidades que nuestros padres y suponemos que nuestros hijos tendrán una situación aún más favorable que la nuestra.
Hasta aquí, todo fabuloso y bonito. El problema empieza con los otros que no nos dejan más opción que ser desconfiados y estar siempre en guardia para no ser víctimas de una agresión o engaño. Entonces si realmente intentáramos ser justos lo más probable es que alguien se aprovechara de nosotros. Por tanto es imposible ser, en el espacio público, como realmente somos, en nuestro mundo interior o en nuestra familia, puesto que ello sería una inocencia que sería como un llamado a los depredadores. Saliendo de nuestra casa todos tenemos que armarnos de un semblante de lobos para no convertirnos en corderos.
Y es que en el otro (el desconocido) no se puede confiar, porque la gente es tramposa y egoísta. En el espacio público no hay respeto y las personas no se sienten obligadas por los compromisos que ellas mismas han asumido. Todos están (estamos) para sacar ventajas.
El espacio público es pues una suerte de jungla, donde al “inocentón” se lo almuerzan rápido. No obstante, al lado de estas apreciaciones tan negativas acerca de cómo funcionamos como colectividad, hay otras apreciaciones positivas sobre las cualidades de los peruanos como individuos. El peruano es valorado como luchador y laborioso, exigente en sus reclamos, y orgulloso de su país.
La situación descrita es paradójica. Cada uno es bueno y responsable pero resulta que el otro es el culpable del desorden social. El otro representa una amenaza que nos obliga a una actitud tensa y defensiva, o quizá hasta un anticiparse a sus malas intenciones para no ser su víctima.
Esta situación nos habla de la fragilidad de los vínculos sociales en el campo extra familiar. El otro es un enemigo en potencia en quien sería muy iluso confiar. La confianza en el otro implica verlo como alguien más semejante que diferente a nosotros. Y esa confianza se construye gracias a una mutua identificación como ciudadanos de una comunidad que es imaginaria en sus premisas, pues resulta que no nos conocemos, pero que es real en sus consecuencias pues asumimos que somos como parte de una nación, de una familia extendida. La desconfianza es el principal obstáculo para una actuación colectiva. Prima entonces un individualismo transgresor que socaba cualquier principio de autoridad.