Sexo y política en el Perú

Según Sinesio López el Perú está en tránsito de ser una sociedad de señores y siervos a ser una sociedad de ciudadanos. El aserto es irrefutable. No obstante llamar “tránsito” a un período inaugurado en 1821, y que se prolonga hasta el presente implica desestimar su importancia. No nos invita a adentrarnos en su lógica de funcionamiento. Es indudable que la dominación tradicional, el “feudalismo colonial” de Pablo Macera, ha ido perdiendo vigencia como base de la gobernabilidad en la sociedad peruana. Pero también es cierto que aquello perdido por el patrón no ha sido ganado por el ciudadano. Es decir, la crisis de autoridad a la que da lugar el declive del gamonal no ha sido solucionada por la entronización de una legitimidad democrática, aquella basada en una ciudadanía extendida. Entonces en un medio social donde ya no hay gamonales ni tampoco presidentes ciudadanos (como Valentín Paniagua) lo que predomina es la figura del caudillo que es una suerte de híbrido entre lo despótico y lo democrático. Pese a todo, sin embargo, el caudillo da al sistema político una legitimidad y un enraizamiento social del que carecería de otra forma pues no existen partidos ni instituciones políticas sólidas. El caudillismo resulta la forma de gobernabilidad más característica de esa ¿inacabable? transición de la que nos habla Sinesio López. La alternativa al caudillismo es la oligarquía pero ésta implica una exclusión social que, con la extensión actual de la ciudadanía, es difícil de imaginar. “La candidata de los ricos” fue el epitafio con el que se enterró a la esforzada campaña de Lourdes Flores Nano. Y, de otro lado, ¿qué es el APRA sin Alan García? Durante el gobierno de transición del Presidente Paniagua, el APRA bordeaba el 3% de las intenciones de voto. Pero con el regreso de Alan se llegó a 46% de los votos en la contienda donde Toledo resultó ganador. O sea que aquí no tenemos un sistema de partidos representativo pues la sociedad peruana es demasiado fragmentada y, de otro lado, las ideologías políticas, con el demoledor avance del neoliberalismo, han entrado en una crisis profunda. Sea como fuere, la soberanía popular se encarna en caudillos con los cuales la gente se identifica pues cree ver en ellos una garantía de que el Perú salga adelante. Sus cualidades personales son lo que el país necesita.
Es un hecho que al caudillo no le interesa preparar una ciudadanía deliberante, una sociedad que lo pueda fiscalizar. Su alternativa es construirse una base de sustentación con el apoyo de sus incondicionales y por medio de la prebenda y el clientelismo. Una base que puede ampliarse si su gestión es eficiente. Y el país reclama, nos guste o no, caudillos. Hombres providenciales, salvadores, en quienes delegar la responsabilidad y olvidarse de cualquier participación cívica. Y si el caudillo no funciona se lo revoca para poner a otro -como él- en su lugar. Esta situación se repite a todos los niveles de gobierno. Desde la presidencia de la república hasta la dirección de los clubes de fútbol.
Ahora bien, el caudillo no es el amo pues no es dueño del poder pero tampoco es el presidente ciudadano que se atañe a la ley. Es una figura híbrida. Tiende al manejo personal de la cosa pública tratando de preservar un semblante de legalidad. En todo caso lo más sintomático de su gobierno es el culto al acto expeditivo, al “caballazo”. La glorificación de la fuerza es la otra cara de la moneda de su desprecio por el diálogo y por el acatamiento de la ley.
La voluntad del caudillo-jefe-presidente está por encima de las leyes, del cumplimiento de sus promesas y de los acuerdos y de los contratos que pueda concordar. Este viejo axioma del caudillismo fue revitalizado por Fujimori con la idea de la “yuca”. Es decir, se trata de mantener el semblante de legalidad pero en lo decisivo se gobierna con la “yuca”; es decir con medidas que implican transgredir la normatividad. El desborde de la “yuca” transgresiva sobre el semblante legal era a veces patente en el propio rostro de Fujimori, en sus ojos de triunfo y en su risa contenida, en esa expresión “cachacienta” y burlona con la que apenas podía contener la afloración obscena del goce de la pendejada. “Se las metí (a todos)”.
La primacía de la yuca, del engaño y la fuerza, sobre el respeto de la promesa y de la ley, ponía en evidencia que en el híbrido gamonal-caudillo-presidente la figura decisiva era, muchas veces, la primera. Y eso le gustaba a la población. Efectividad sin tantos trámites. Es como si el derecho de mando tuviera que recaer en la persona que tiene el falo más grande, quien está dispuesta a tomar las decisiones más extremas sin que le “tiemble la mano”.
El gobierno de la yuca significa la cancelación de la legalidad, la entronización de lo que Agamben llama el estado de excepción: las normas quedan en suspenso y el poder se concentra en el “soberano”. En realidad, se trata de la vuelta a lo que Freud llamaba la “horda primitiva”, a esa agrupación humana comandada por un “macho primordial”, cuyo deseo es sencillamente la ley. Frente al “macho primordial” todos los miembros de la horda se sitúan en una posición “femenina” de sumisión y dependencia.
Ahora bien, la mayoría de la población celebró el “gobierno de la yuca”, se identificó con el presidente Fujimori y su política de los hechos consumados. Esta identificación dice mucho de los modelos de autoridad que tenemos internalizados los peruanos. Se añora el Inca como modelo posible de una autoridad fuerte, justa y benevolente. Una autoridad que no necesitaría de los inútiles esfuerzos por generar un consenso o las dilaciones propias de subordinarse a la ley. Nunca tuvo un presidente tanto tiempo el respaldo popular como fue el caso de Fujimori. Lo único malo es que un día el pueblo peruano descubrió que esa gobernabilidad tan bien vista se basaba en una corrupción hedionda y sistemática. Entonces no podemos evitar la pregunta: ¿Será que nos gusta que nos metan la yuca? ¿O será acaso que nos identificamos con el violador en contra de todos aquellas “niñas” exquisitas que defienden la institucionalidad? ¿O es que concebimos que la única forma efectiva de gobernar se basa en la dictadura y la violación de promesas y derechos?

II
En un artículo reciente “La construcción de la Realidad según Alan García”, Mariel García Llorens llama la atención sobre la reaparición del autoritarismo en el gobierno de Alan García. “…una forma intolerante y excluyente de pensar y actuar… se está volviendo sentido común entre ciertos sectores de poder político y económico”. (Revista Argumentos. Ed. IEP. Año 2. N. 1. Mayo 2008.) Es decir el regreso de la “yuca” o el “caballazo”.
En este sentido tiene que entenderse la recurrencia de la palabra “patada” en el vocabulario político del presidente García. La primera “patada” fue la que el líder aprista propinó al ciudadano Jesús Lora cuando éste se le interpuso frente a las cámaras de TV. Pero, muy humilde, el García candidato pidió perdón. Pero, ahora en la presidencia, lo que fue motivo de autocrítica tiende a convertirse en un estilo de gobierno.
En una reciente entrevista El Perú lo que necesita es orden, publicada en el Diario El Comercio del 11 de mayo de 2008, el Presidente dice:
Pregunta
“Eso de las patadas contra los corruptos se prestó para la parodia y señalar que usted pretende gobernar a las patadas”.
Respuesta
“La fuerza tiene que usarse con efectividad y bien dirigida. No la fuerza sangrienta. Decirle a la población de que si alguien peca lo echamos de una patada y si es aprista peca doble, dos pataditas.”

¿Por qué el presidente usa el término “pecado” que proviene del lenguaje religioso y no la expresión “delito” que corresponde a la normatividad civil? ¿No es que al usarlo el presidente se coloca en el lugar de un sacerdote o del propio Dios? ¿Y porque las patadas se convierten en pataditas en el caso de los apristas? Lo que cabe para el presidente es el castigo físico que denigra en vez del “debido proceso” y la “sanción justa”. En cualquier forma, y con un poco de buena voluntad, sus expresiones pueden ser entendidas metafóricamente. Pero es en la respuesta que sigue donde a García se le “chorrea la pendejada”, donde aparece el “macho primordial”.

Pregunta
“Y le recuerdan el caso de Jesús Lora”.
Respuesta
“Bueno que lo recuerden, parece que muchos sienten en ese lugar el tema, ya ese es problema de ellos. Cada uno siente las cosas donde le gusta”.

La frase es reveladora en su obscenidad. Traduciéndola: los que recuerdan la patada (en el trasero) propinada a Jesús Lora es porque “sienten en ese lugar el tema”. Y ¿cuál es el tema al que se refiere el presidente, ese tema que muchos gustan de recordar? El tema es la prepotencia del mismo presidente. Y ¿dónde es el lugar donde lo sienten? Ese lugar es el trasero, las nalgas y el ano. En realidad, el presidente sostiene que recordar el hecho es algo inútil, que no tiene razón de ser. Entonces ese recuerdo es un “problema de ellos”. Pero ¿por qué, pese a todo, lo recuerdan? La respuesta del presidente es porque “les gusta”. ¿Qué les gusta? Obviamente, que los pateen allí, en el trasero. Y si les gusta solo puede ser porque tienen una sensibilidad anal muy desarrollada.
En síntesis, los que sospechan que la violencia de García puede ser un precedente de un estilo de gobierno autoritario son unos “maricones” que están buscando lo suyo, ser también pateados, penetrados. Y el presidente insinúa que hasta puede darles gusto.
Pero en la realidad ocurre que esa gente que recuerda el exabrupto de García es la que defiende la legalidad. Es decir, son los que desaprueban la “yuca” como estilo de gobierno. Son sus opositores más consistentes. No obstante García los “feminiza”; los insulta y amenaza.
Concluyendo: para García los que recuerdan el caso Lora no son los que están contra el autoritarismo y el “caballazo” sino son los débiles y los delicados. Esos homosexuales que hablan desde ese deseo tan peculiar….

III

En nuestro país las relaciones entre poder y sexualidad son misteriosas pero, pese a todo, evidentes y probablemente decisivas. En nuestro imaginario flota como modelo de autoridad la imagen de un súper macho con su enorme falo, un hombre decidido que impone el orden a partir de la fuerza y el engaño seductor, contando con mucho del consentimiento de la propia población.
Una vez arrojados del vientre materno, exiliados de ese paraíso donde nada hacía falta, los seres humanos vivimos en el desamparo de la necesidad. No hay satisfacción segura. Ingresamos, pues, al valle de las lágrimas. Es así que buscamos el poder para controlar nuestra situación. En el límite, desterrar el sufrimiento implicaría el poder total, la omnipotencia. De esta manera regresaríamos al paraíso. Y en nuestra sociedad patriarcal el símbolo de ese poder es el FALO. El pene enorme, siempre erguido. En la realidad, esa imagen del poder, el falo; aunque deslumbre, no es todo lo que ella pretende. Sucede que el poder del falo es efímero pues la flacidez sigue inevitablemente a la erección. No es posible una excitación indefinida. En este sentido, los seres humanos, estamos mayormente “castrados” pues nos encontramos muy lejos de la soñada omnipotencia metaforizada como la turgencia del falo. En efecto, la erección no dura mucho y, además, nuestros deseos están limitados por la ley. No podemos hacer todo lo que queremos y, tampoco, deberíamos hacerlo. La fantasía de tener el falo (el pene siempre erecto e insaciable por el placer ¿supremo? de la eyaculación) equivale a ser omnipotente, a vivir una vida de total satisfacción. Y esa satisfacción se suele imaginar, desde el patriarcado, como una orgía interminable.
En nuestra sociedad el falo es entonces el símbolo del poder y del placer absolutos. Puede que no siempre haya sido así pues Príapo el dios del pene siempre erecto en el mundo greco romano era una divinidad menor. En cambio, Belfegor, el equivalente cristiano, es un demonio absolutamente gozoso. Pero es un demonio lo que significa que dista de la omnipotencia. En realidad, es un dios vencido, digamos que quisiera pero no necesariamente puede.

Príapo es el dios de la fertilidad y la abundancia en la antigüedad clásica. Además protege de la envidia. Pero no es un dios importante quizá porque, como sugiere Foucault, la sexualidad no estaba tan reprimida como en el mundo cristiano. El sexo no era EL placer por excelencia. Con el ascetismo cristiano el sexo es satanizado. Príapo se transforma en Belfegor, una criatura totalmente sexualizada y perversa, como se aprecia en la siguiente imagen.

En el caso del antiguo Perú tenemos también representaciones fálicas. La siguiente es más “feliz” que las anteriores. Tiene más presencia que Príapo sin tener las sombras perversas de Belfegor.

No obstante, una cosa es tener el falo y otra cosa muy distinta es ser el falo. Ser el falo es “ser el significante del deseo del Otro”. Es decir ser EL objeto de deseo. Y en nuestra sociedad el significante del deseo es la mujer (especialmente joven). Y para ello “la mujer va a rechazar una parte esencial de la feminidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada. Es por lo que no es por lo que pretende ser deseada al mismo tiempo que amada. Pero el significante de su deseo propio lo encuentra en el cuerpo de aquel a quien dirige su demanda de amor” (Lacan p. 674)

Aquí tenemos a Jessica Alba que con frecuencia es nombrada como una de las mujeres más bellas, y de seguro deseadas, del mundo. Es joven y esbelta. Es ideal. Pero no la conocemos pues, como dice Lacan, la mujer en tanto representación del falo, de lo absolutamente deseable, carece de espesor, es una “mascarada”. Es para el (gran) Otro. Como quien dice: para todos y para ninguno. No obstante, la mujer real puede usar de ese deseo para sus propios fines. Fines narcisistas de figuración, fines económicos de ganancias contundentes. Quizá también esa visibilidad puede ser una forma de llegar a un otro a quien dirigirá su demanda de amor.
Los hombres sueñan con tener el falo. Competimos para ver quien lo “tiene más grande”, quien se acerca más al ideal de un pene fálico. Todos fantaseamos con no estar castrados pero en realidad todos lo estamos. Salvo, quizá, por algunos momentos, cuando parecen realidad nuestras fantasías de omnipotencia. Entonces, en ese entusiasmo, alucinamos tener el falo. Pero allí está lo propio de la condición humana para hacernos recordar que no somos dioses. Es decir, la desentumecencia del falo, las decepciones que nos producen los otros, el malestar que puede brotar de nuestro propio cuerpo. Hay demasiadas razones para persuadirnos de que nuestra fantasía de omnipotencia es sólo una ilusión.
Ahora bien, cuando alguien cree su fantasía y piensa poseer el falo, y actúa como si lo tuviera entonces, está alucinando. Tenemos en ese caso la condición maníaca de quien se cree omnipotente. En el presidente Alan García la manía es una posición recurrente. Inspirado y certero en sus discursos, admirado por la gente, cortejado por sus aúlicos, García desborda entusiasmo. Entonces, no hay desafío que no pueda acometer. Todo es posible. Hasta que el Perú sea anfitrión de las Olimpíadas aún cuando no se haya presentado al concurso respectivo y las fechas para hacerlo estén ya cerradas. Y es que con la manía a cualquiera le “patina el coco”. La lucidez se menoscaba y se confunde los deseos con las realidades. Pero la manía resulta también de la obsecuencia de un medio donde nadie (o muy pocos) se atreven a llevarle la contra al presidente, donde la adulación está en la punta de lengua.
IV
Freud pensaba que el límite de la masculinidad está dado por la incapacidad del hombre para situarse en una posición pasiva frente a otro hombre. La tendencia es a competir. Elucidar quien es “superior”. La competencia fálica. En la niñez y juventud la contienda se decide sobre todo por la fuerza física y la “autonomía transgresiva”. Esa mezcla de coraje e indiferencia hacia los otros. En el torneo fálico se trata de elucidar quien es el más “bacán”. Más tarde en la vida, el falo se asocia a las capacidades que permiten acceder al poder, al dinero y al prestigio. Muchas veces el “lorna” termina derrotando al “bacán”. No obstante si pensamos en la política peruana y la lucha entre los caudillos tenemos que concluir que la fuerza y el arrojo están siempre presentes. El caudillo se postula como alguien decidido a “jugárselas” para hacer realidad su voluntad de poder. Su propia vida está en el tapete. La población valora este arrojo como el signo de un compromiso que augura una capacidad de gobierno suficiente.
La relación del hombre con el falo va cambiando. No obstante siempre es fuente de angustia y preocupación. En la etapa previa a la pubertad surgen las interrogantes. ¿Me llegaré a desarrollar? ¿Tendrá mi miembro viril las proporciones adecuadas? ¿No seré homosexual? ¿Seré potente? ¿Seré deseable para una mujer? Y en la misma juventud la doma del polimorfo y la normalización de la sexualidad despiertan grandes inquietudes. Resulta difícil enfrentarnos a los “restos” del polimorfo. A nuestros deseos homoeróticos, a nuestras fijaciones erógenas, a las incertidumbres que brotan de la brecha entre las fantasías que nos acosan y la imagen de la “normalidad” sexual que estamos convocados a representar.
V
Viendo al presidente García, en sucesivos spots televisivos, como publicista de las grandes empresas extractivas es demasiado fácil pensar que el “perro del hortelano”, el que no come ni deja comer, es él mismo. Y que el dueño de la huerta es la gran empresa y, finalmente, que esa gente hambrienta que quiere comer esos frutos ajenos es el pueblo peruano. Pero las cosas no son tan sencillas pues las empresas pagan impuestos y si no fuera por ellas el huerto permanecería improductivo. O sea que el perro es una presencia necesaria para mantener la ley. Evitar el vandalismo. Quizá habría que situar el problema a un nivel más ético que jurídico. Mientras que el coste de producción de una onza de oro es de cerca de USD 200, su precio de venta es USD 900. Esta extraordinaria rentabilidad no tiene que ver con el esfuerzo de los trabajadores ni de la empresa, sino con la coyuntura internacional. Entonces si bien desde el punto de vista legal este excedente corresponde a las compañías, desde la perspectiva ética resulta controversial que todos esos beneficios sean acaparados por asociaciones privadas definidas por una ansiedad incontrolable de lucro. Bueno fuera que siguiendo el ejemplo norteamericano los empresarios peruanos fundaran obras filantrópicas mediante las que devolvieran ese exceso que depende sobre todo del azar.