1.- En el cuento “En la colonia penitenciaria”, Franz Kafka narra el colapso de un sistema de justicia basado en el suplicio. Insinúa que a ese sistema le seguirá otro pero sin llegar a delinear sus características y su funcionamiento. Finalmente establece que no todo está dicho pues no es imposible el regreso del antiguo sistema. Sobre todo en la medida en que el nuevo no funcione. Entonces lo central del relato es mostrar ese sistema que aparentemente no se sostiene pero que tampoco tiene una clara sucesión.
2.- El sistema de justicia tradicional es totalmente claro. Las fallas no se admiten de manera que sus responsables no deben existir. El orden no tiene porque tener tropiezos, debe ser perfecto. Bajo esta inspiración cualquier incumplimiento se sanciona, sin excepciones, con la muerte. Las razones de la transgresión no interesan. La responsabilidad es objetiva; está dada por lo que ocurrió y no se atenúa por las circunstancias o por las intenciones. Cuando un superior denuncia a un subordinado la condena a muerte es la respuesta inmediata. No cabe ninguna defensa.
3.- La ejecución es un acto público al que concurre toda la población. Es una diversión y un escarmiento. Los asistentes quedan capturados por el espectáculo pero también aprenden que cualquier pequeño desliz se paga con el suplicio y la muerte. El sistema escenifica su poder y vitaliza su eficiencia gracias al terror que produce.
4.- La ejecución está a cargo de una compleja máquina. Está máquina ha sido diseñada para llevar al sufrimiento hasta un extremo difícil de imaginar. El condenado es echado boca abajo sobre una suerte de cama. Tiene sus brazos, piernas y cabeza bien amarrados. Está totalmente inmovilizado. Se le introduce un pedazo de fieltro en la boca para ahogar sus gritos. A continuación empieza a funcionar la “rastra”, una placa de vidrio llena de agujas graban en la piel las palabras que designan aquello que le falta al condenado. En el caso referido donde se sanciona una desobediencia lo que se inscribe es “Honra a tus superiores”. Mientras tanto la cama se mece para favorecer el trabajo de las agujas de la “rastra”. La placa es de vidrio para que los espectadores puedan ver el trabajo de la rastra, la inscripción de la letra sobre el cuerpo. También hay unas inyecciones a través de las que se introduce una sustancia que intensifica el dolor del condenado. Encima de la “rastra” está el “diseñador” un complejo sistema de engranajes que guía la dirección de las agujas. Todo el proceso dura doce horas. Pero la máquina trabaja solo las seis primeras. Las siguientes seis horas son el tiempo en que el condenado se demora en descifrar la inscripción que se ha tatuado en su espalda. No la puede ver pero si la logra comprender gracias al dolor de sus heridas. Al final, extenuado, desangrado, la muerte es una liberación. Entonces, obedeciendo al programa de la máquina, la cama se inclina y el cadáver resbala sobre una fosa expresamente preparada.
5.- La máquina es el eje del disciplinamiento en la colonia penitenciaria. Cualquier falta se sanciona con una inscripción tan traumática que, si el supliciado fuera a quedar vivo, sería muy improbable que no aprendiera la lección, que repita la falta. Pero el dictum “la letra con sangre entra” es llevado a un límite excesivo pues la penetración de la letra en el cuerpo es un suplicio que termina con la muerte. Entonces cómo explicar este exceso. Es decir que el suplicio que va a amaestrar al cuerpo, instalando la noción de deber que lo rehabilitaría, termina, sin embargo, destruyéndolo. Podría postularse una diversidad de razones. Los presos de la colonia no parecen ser muy útiles de modo que sus vidas no tendrían porque ahorrarse. De otro lado, al añadirse la muerte, al suplicio, se consigue producir un terror mayor de manera que la sanción es un mejor ejemplo. Pero lo que en el exceso no es fácil de explicar es esa espera de seis horas, el tiempo que se presume le lleva al condenado descifrar lo que se ha inscrito en su cuerpo. En realidad a esas alturas está más muerto que vivo. Y la situación ha dejado de ser un espectáculo que pueda ser disfrutado pues la máquina ya dejó de funcionar. No obstante el sistema considera de vital importancia que el supliciado tome conciencia del mandato que ha roto. Se trataría de que el hombre que está al borde de la muerte reconozca que es justo lo que se ha hecho con él, que su pena la tiene bien merecida, aunque pueda haber cometido solo una pequeña falta. El sistema supone que este reconocimiento tiene que fluir de la buena conciencia del agonizante, sin tener de otro lado, una manera efectiva de registrarlo, ni tampoco de extraerlo con violencia pues ya está agotada la capacidad de sufrir del cuerpo supliciado. Digamos entonces que el sistema requiere que su víctima avale su modus operandi. Así la fantasía de ser un sistema draconiano pero esencialmente justo quedaría corroborada por quien podría ser su principal impugnador. El sistema supone pues que tendrá necesariamente un consentimiento de la víctima. Y tan por sentado se da ese consentimiento que el sistema no se preocupa por que su víctima lo haga explícito.
6.- No obstante la idea de que el agonizante rendirá su consentimiento parece una fantasía improbable. La sumisión absoluta sería el triunfo de la máquina. Pero no hay razones que lleven a pensar que esta se produzca. En realidad esas seis horas son un exceso injustificado. ¿Son acaso el síntoma de una crueldad sin razón? En realidad la máquina responde a un sistema inhumano que es como un Dios que, deleitándose de ferocidad, reclama sacrificios para garantizar ese orden sin fallas que las autoridades reclaman.
7.- Es muy claro que el oficial que opera la máquina sostiene una relación libidinal con ella y el sistema. La rendida admiración que profesa a la máquina y a su creador, el fervor con la que cuida, el entusiasmo con que la opera. Todos estos sentimientos van más allá de lo que un simple verdugo debería sentir. ¿Son acaso las huellas de un goce oculto? Cierto, él es un sirviente feliz de la máquina y el sistema. El cumplimiento escrupuloso de su deber le produce una buena conciencia. Es indudable que él está por una causa. ¿Pero es eso todo?
8.- En un momento de la narración, le resulta claro al oficial-verdugo que su sistema no tiene futuro. Cada vez tiene menos apoyo. Las ejecuciones han dejado de ser el espectáculo que fueron, y el nuevo comandante, sin rechazar explícitamente al sistema, tampoco lo aprueba. Entonces, su única esperanza es conseguir el apoyo de un visitante casual de la colonia, un explorador que ha sido invitado a presenciar el trabajo de la máquina. Su opinión sería la decisiva para definir el porvenir del sistema. Pero resulta que el explorador no está de acuerdo. Todas las esperanzas del oficial se desvanecen. Es el fin del sistema. Entonces el oficial libera al condenado y reconfigura al diseñador para que la inscripción sea: “Sé justo”. Acto seguido se introduce él mismo en la máquina que comienza a grabar en su cuerpo el mensaje. Pero la máquina, que ya sufría tropiezos por la falta de mantenimiento, comienza a colapsar. Sus engranajes y piezas saltan por los aires. Su funcionamiento pierde regularidad, se desordena. No obstante su trabajo es, si cabe, aún más cruel, es “una gran carnicería”.
9.- En este momento se imponen dos preguntas. Primero ¿por qué el oficial se coloca bajo la rastra, condenándose a una muerte horrible? Y segundo ¿por qué escoge el mensaje “Sé justo”? A la primera pregunta la respuesta más evidente sería que el oficial decide suicidarse porque su vida sin el sistema carece de sentido. Y a la segunda sería que la desaprobación del visitante le ha hecho darse cuenta que ha sido injusto, que el sistema está fundamentalmente mal. Pero resulta que estas dos respuestas no son compatibles entre sí, ya que, de un lado, la inscripción que lo matará supone que él y el sistema no son justos. Y si no son justos, de otro lado, no tiene sentido que el oficial se someta a su castigo. Entonces, dicho de otra manera: ¿por qué el convencimiento de que el sistema es injusto no lo lleva a alejarse de él? ¿Por qué se somete? Si el oficial quisiera ser fiel hasta la muerte la inscripción que le tocaría es: “Se efectivo”. Es decir, estaría condenándose por la falta que implica su incapacidad de defender al sistema. Pero la inscripción es “Sé justo”. Lo que significa que el sistema no lo es.
10.- La única manera de dar una respuesta adecuada es aceptar lo obvio: el sistema no tiene nada que ver con la justicia. La justicia es solo un pretexto para un despliegue sádico. Lo que el sistema busca es hacer sufrir a los condenados y aterrorizar a los subordinados para el mayor placer de las autoridades. Y como subproducto: lograr una obediencia sumisa e incondicional.
11.- En la última parte de su vida Freud pasa a tener una concepción sombría de la condición humana. La causa de la desventura de los hombres es la ferocidad del superyó. Esta agencia del mundo interior opera, a la vez, como testigo, fiscal, juez y verdugo del yo. Su acoso es permanente de manera que estamos, siempre, intoxicados por un sentimiento de culpa que solo se puede aliviar, en forma momentánea, con castigos y sufrimientos. Por tanto, Freud piensa que la dirección de la cura es bajar el volumen de esa voz que nos incita a sufrir. Dejar el látigo, “terminar con el enjuiciamiento” como dice Deleuze.
12.- Pero Freud no está seguro de dónde viene esa voz. Y entonces se pregunta: esa voz representa una pulsión primordial o es el eco de una autoridad interiorizada. Es decir, es una realidad biológica o una construcción social. Freud frasea su vacilación de esta manera. “Teóricamente dudamos si debemos suponer que toda la agresión retornada del mundo exterior es vinculada por el super-yo y orientada así contra el yo, o si una parte de ella desarrolla su acción silenciosa y siniestra sobre el yo y en el ello como libre instinto de destrucción. Esta última distribución es la más probable, pero nada más sabemos sobre ella”. (p. 3163) De hecho una posibilidad no excluye la otra. Pero también podría plantearse que Freud sustancializa como pulsión de muerte lo que sería en realidad una imposición social desmesurada. En todo caso Freud habla de un “masoquismo original”, de un “libre instinto de destrucción”, que se complace con nuestro sufrimiento. En otras ocasiones, Freud especula sobre la posibilidad de una fusión parcial de eros y tanatos, hecho que significa que el castigo y el sufrimiento se libidinizan, se convierten en fines en sí mismos. De aquí parte la teorización lacaniana para postular la existencia de una tendencia innata al “goce”, entendido como un placer en el sufrimiento, como una tendencia al desequilibrio y a la mortificación, inherente a la criatura humana.
Otras veces, sin embargo, Freud piensa que la ferocidad del superyó tiene que ver con la “agresión retornada del mundo exterior”, con la represión social interiorizada y las renuncias que ella impone. En esta perspectiva, el desarrollo de la civilización, y la seguridad que ella aporta, tiene como precio la identificación con una autoridad tiránica que nos cierra el camino a la espontaneidad del placer, que nos frustra sistemáticamente.
13.- Pero volvamos a lo que Kafka tiene que decirnos. El sistema es una creación humana que encubre, bajo el nombre de la justicia, una disposición a la crueldad y al sadismo. La autoridad goza con el sufrimiento de sus súbditos. La idea de que ”la letra con sangre entra” implica que “te castigo por tu propio bien”. Pero lo que permanece oculto en estas enunciaciones es el placer de castigar y hacer sufrir. Y este placer es el que Kafka hace visible. Y no solo en el cuento que comentamos sino en muchas de sus obras. Este es el gran tema de El proceso, donde Joseph K. , el protagonista, está acusado de lo que no sabe. K. pretende defenderse premunido de su buena conciencia. No obstante resulta que los jueces son gente vulgar e inaccesible que se divierte con la angustia de los acusados. El mismo proceso se lleva a cabo en lugares sórdidos e inesperados. El sistema de justicia no es trasparente ni en sus métodos ni en sus motivaciones. A K. se le informa que está perdiendo su proceso, aunque nunca sepa la acusación que se le imputa. Finalmente K. es ajusticiado. La autoridad en Kafka es obscena, abusiva y tiránica. Goza haciendo sufrir por “puro gusto” a su subordinado que es en realidad su víctima.
14.- En algún momento de su socialización el niño necesita interiorizar la idea de que hay límites, que no puede hacer todo lo que quiere, que no es omnipotente. Esta constatación pasa por lo que Freud llama la “amenaza de castración”, por el miedo a perder el afecto de los padres en la niña y, en el niño, por el temor que le sea amputado su miembro viril. El aprendizaje del límite pasa pues por el miedo a una violencia que puede ser física o simbólica, pero que es traumática. En cualquier caso se trata de un “no” contundente, sin apelaciones. Tradicionalmente, el padre es el portador de este” no”. Por más complaciente pretenda ser con su hijo, habrá un momento en que el padre no podrá ceder al deseo de su vástago. Tendrá que menoscabar su omnipotencia. Digamos que el niño presiona, se “encapricha”, y el padre (tolerante) acumula rabia hasta que en algún momento explota en un grito o un golpe, en un gesto descontrolado que anuncia al niño que no puede seguir jugando, que llegó al límite y más allá está un peligroso abismo. Ahora bien ese “no” representa un alivio para el padre. Y, a la larga, también para el hijo. Para el padre es la satisfacción de poner las cosas en su sitio. El niño no es un tirano y tiene que obedecer. Para el niño, de otro lado, la ley es una agencia pacificadora en tanto hace evidentes los límites de lo posible. Ahora bien, puede que ese “no” paterno se convierta en un gusto, en un vicio. Surge entonces la figura del padre (o madre) castrador que se complace en hacer sentir al niño su enorme poder. La tentación de la crueldad es más que una venganza frente a la insubordinación del niño. Es la posibilidad de un placer sádico. Pero, ¿es necesario que la autoridad ceda a la tentación de la crueldad? Para Kafka la respuesta es categórica, la autoridad “goza” a sus subordinados, es esencialmente obscena y corrupta. De allí que Kafka pueda ser leído como un teórico del anarquismo.
15.- Esta es, quizá, la razón por la cual no aparezca un nuevo sistema de autoridad en el cuento que comentamos. Y, de que además, al final, se insinúe que el viejo sistema volverá pues el nuevo no se plasma, no significaría una capacidad de control. En este punto es conveniente recordar que el oficial verdugo responsabiliza a las mujeres por la crisis del viejo sistema. Su debilidad y falta de resolución, su exceso de contemplaciones, mina la única autoridad posible.

16.- Kafka visibiliza el hecho que tras el dictum de que el castigo que es “por tu propio bien” se oculta un gusto sádico, una ilícita ganancia libidinal. ¿Hasta qué punto tiene razón Kafka? Lord Acton, un católico liberal, se oponía al dogma de la infalibilidad del Papa en el campo de la interpretación de las verdades de fe. En ese contexto acuña un aforismo merecidamente famoso “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pareciera que la visión de Acton es menos dramática pero más matizada que la de Kafka. De su aforismo se deduce la necesidad de luchar por que el poder sea transparente, con límites precisos y forzado a rendir cuenta de sus actos. Pero Lord Acton concuerda con Kafka en el sentido de que abandonada a su propia dinámica la autoridad resbala en la crueldad.

17.- ¿Qué clase de relación existe entre la autoridad en el mundo social y el super yo en el mundo interior de las personas? En su célebre libro Vigilar y castigar, Foucault desarrolla la idea de que la obediencia en el antiguo régimen (hasta fines del XVIII) se basaba en el temor al maltrato del cuerpo. El suplicio buscaba hacer sufrir todo lo que fuera posible. Era el instrumento de la justicia. Y el suplicio solía ser un espectáculo festivo. Los asistentes se identificaban con la autoridad pero también tendrían que escarmentar en el pellejo ajeno. Digamos entonces que el principio que funda el orden en el antiguo régimen es el mismo que aquél que hace que los niños obedezcan: el miedo al castigo. Más tarde, cerca de los siete años, con la identificación con el padre y la “resolución del complejo de Edipo”, el dispositivo super yoico se ha instalado en el mundo interior. Se obedece a una “voz interior” que fiscaliza y sanciona la transgresión de la ley. Y, a nivel social, con la modernidad, el suplicio desaparece. El individuo tendría que obedecer no por medio al castigo sino por el convencimiento de que la ley es justa.

18.- Estas observaciones apuntan a una consideración más histórica del super yo. El racionalismo es la creencia en el poder de una razón que ha “desencantado” el mundo liberando al hombre de temores y supersticiones. Es esa luz que disipa las tinieblas de la ignorancia. Pero ese racionalismo es también la exigencia mortificante sobre el mundo interior, la voz que reclama el cumplimiento irrestricto de la ley.
19.- En el cuento de Kafka la máquina y el sistema no tienen un reemplazo visible. La obediencia se basa en el terror a una autoridad sádica. Cualquier falta pone en movimiento un proceso que acaba con la muerte del acusado. Ahora bien, con el racionalismo y el mundo moderno la máquina es superflua porque ha sido reemplazada por una realidad no menos demoníaca: el súper yo. La obediencia no se funda en el miedo a una autoridad externa sino en una amenaza que nace dentro de nuestro propio mundo interior. Digamos que la máquina la tenemos ahora dentro. Pero esta máquina o sistema interior comparte la misma lógica de operación que el dispositivo que imagina Kafka. Está siempre lista para actuar, presume la culpabilidad, no tiene contemplaciones y es sádica. En cierto sentido es más eficiente pues nada escapa a su mirada. La vigilancia es permanente. Y la tentación de condenar y castigar está siempre allí, esperando cualquier pretexto, una razón por pequeña que fuera para cebarse sobre el culpable. El sistema está dentro y fuera y resulta que los seres humanos estamos arrinconados listos para sufrir.