Estos días has trabajado intensamente y has avanzado más de lo que creías. Has dormido poco porque el llamado de lo por hacer se infiltraba en tus sueños y te despertaba. Siempre a la misma hora, a las 3 y 30 de la mañana. Tomabas una pastilla y sin dormir conseguías al menos descansar. Pero ahora son las 10 y media de la mañana y parece que has terminado. Deberías estar contento, es tu pequeña hazaña. Pero, no. Estás inquieto. No sabes qué hacer. Estás decepcionado pues la alegría prometida no ha llegado. Ni siquiera tienes otro trabajo en que empeñarte. Entonces, de tu infancia te viene un recuerdo. Aquellos paseos al río con tus padres. Hasta ahora guardas las fotos. Tú estás sentado sobre una roca que está en medio del río, tienes una caña en la mano. El fluir del río te apacigua de manera que tú estás simplemente sobre la roca, como si fuera un trono. No esperas nada. Al frente tu mamá te sonríe y te toma la foto que fija tu recuerdo. Y tu papá está como escondido entre la maleza. Piensas que sí, que era muy bonito. Entonces decides ir a esa quebrada y buscar la roca en medio del río y sentarte otra vez allí. Seguro que estarás tranquilo. Quien sabe hasta contento.
Tomas tu carro y enfilas hacia la carretera. No hay tanto tráfico. Te vas alejando de la ciudad. Llegas al río. Pero no sabes dónde está la roca. Decides dejar tu carro y comienzas a caminar por la orilla del río. La roca no aparece pero no te importa pues resulta que no sabes cómo pero el hecho es que la ansiedad se ha ido. El día está soleado y la luz lo ilumina todo. Felizmente no sientes calor. Sigues caminando. De repente ya no sabes dónde estás. A medida que has ido a contracorriente del río es mayor la vegetación. Ves una pequeña playa cubierta de hierba y decides descansar un rato. Te echas y notas que te es fácil reposar. Lo que tu cuerpo te pide la naturaleza te lo está regalando. Sin haberlo buscado te duermes. Ahora despiertas, has tenido un sueño profundo pero no sabes cuánto tiempo has dormido. No debe ser mucho pues el sol está a la mitad del cielo. Decides seguir río arriba. Te sorprende que no haya gente. Pero también te agrada. Todo el mundo es para tí. Piensas que deberías recordar el lugar pero no llegas a reconocer ningún elemento del paisaje. Tienes sin embargo la sensación difusa de que has estado allí. Continuas subiendo. De repente la quebrada se abre. Ahora el terreno es más plano y el río más ancho. Permaneces quieto, asombrado. Qué sitio tan lindo, te dices. A lo lejos ves a una muchacha. Te sientes un invasor y estás inquieto. No obstante, cautamente, te vas acercando. Ella no parece percatarse de tu presencia. Es muy joven, está desnuda y te parece preciosa. Su cuerpo es delgado y sus forma no son prominentes. Hay algo de andrógino en su figura. Ella está a orillas del río, de rodillas, con los muslos sumergidos en el agua e inclinada hacia adelante. Con una mano se apoya sobre el lecho del río y en la otra mano, sobre su palma, tiene una manzana, a las que examina atentamente. Ella está de espaldas hacia ti pero con el cuerpo ladeado hacia la derecha de manera que puedes ver el perfil de su rostro y todo su posterior. Te preguntas si acaso ella no está posando para ti. Pero ella no tendría como saber que tú estás allí, medio escondido entre los matorrales. Es como si estuvieras en otra dimensión, como si hubieras regresado a un edén perdido. Te preguntas si tienes derecho de estar allí. Tu mirada es confusa pues está recargada de demasiadas emociones. La belleza de la chica te impresiona. Además su posición te hace sentir que se te está ofrendando. Pero su inocencia resuelta y virginal hace que no te lo creas. Ella está para sí. De repente eres un lobo depredador que por equivocación ha entrado en ese paraíso. Sientes vergüenza. Pero no te vas y te quedas mirando. De repente levanta su espalda y se voltea. Ahora está frente a ti, con las rodillas sumergidas en el agua que le llega hasta la mitad de los muslos. Su pelo rubio le tapa la cara pero captas un destello de la mirada de sus ojos azules. Ahora sí, es casi seguro que te haya visto. Sientes otra vez la necesidad de huir pero algo te retiene. Has urdido una fantasía que te duele. No sabes si adorarla o violarla. Qué cosas tan deplorables pasan por tu cabeza, te dices. No sabes si sentir pena o vergüenza. Pero tampoco sales del asombro que te produce su belleza. Comienzas a comprender que ese paraíso tiene un infierno dentro. Y resulta que estás de regreso a esa inquietud vacilante que te asaltó al terminar el trabajo. Sientes cólera. Te preguntas porque eres así. Estás escindido y en lucha contigo mismo. No puedes apreciar la belleza de la muchacha como parte del paisaje. La avidez te lleva a concentrarte en cada parte de su cuerpo como si fuera un manjar que quieres devorar. Esa aparición te está matando. Recuerdas los noticieros de verano. Cuando la cámara se detiene en los cuerpos de las muchachas y el locutor dice que los cardiacos deben apagar la TV puesto que podrían sufrir un ataque. Y tú te ríes amargamente de ti mismo, de la superioridad que te asaltaba al momento de cambiar de canal. Ahora la chica sale del agua y se recuesta, boca arriba, los codos apoyados sobre la arena. Sigue completamente desnuda. Ligeramente somnolienta, viendo su manzana. ¿Deberías irte o de repente te puedes acercar y hablar con ella? Pero no te acabas de hacer la pregunta cuando te das cuenta de lo absurdo de la situación que vives. No puedes dejar de verla, pero tampoco las vas a violar y, finalmente, no tienes nada que decirle pues no te sientes en capacidad de fingir un interés que no sea el de la posesión sexual. Entonces, te asalta una sospecha. ¿No estarás siendo filmado? ¿No habrá una cámara escondida? ¿Alguien no se estará riendo de tu tortura? Pero eso no tiene sentido, te dices. Pero la duda queda. Resulta que creyendo buscar la paz lo que encontraste es que la belleza imposible de la chica te ha devuelto al desasosiego de donde habías partido.
Estás por irte pero algo te detiene. Y después de todo por qué no intentarlo, te preguntas. Nada vas a perder. Entonces te acercas a tu diosa-oveja. Ya muy cerca de ella te das cuenta que alguien la está fotografiando. Ella se levanta y se tapa con la toalla que está a su costado. No te rechaza. Te explica que necesita dinero y que le van a pagar una buena cantidad de dinero por esas fotos. No es la primera vez que lo hace. Te sorprende que no corra o grite. Parece que no le das miedo. Ahora el lobo que llevas dentro está tranquilo y lo que sientes es ternura. Su belleza te intimida, ella es una diosa. Entonces te llenas de embeleso y le dices que le compras esas fotos para destruirlas. Tu lobo protesta pero te das cuenta que es otra manera de poseerla y que esa manera también te excita. La sermoneas insistiendo en que esa forma de ganarse la vida no es conducente. Tanta belleza merece algo mejor. Le das todo el dinero que llevas contigo. Es una buena suma. Se te ocurre preguntarle por su nombre y teléfono, quieres protegerla. Pero comprendes que esa relación sería una tortura pues ni la podrías tener ni la dejarías de desear. Entonces te vas. Si, has hecho lo correcto.
Ahora sigues caminando y después de un rato ves la roca de tus recuerdos. Allí está esperándote. Pisando piedras, con cuidado, logras atravesar sin mojarte la mitad de río que te separa de ella. Trepas la roca y te sientas encima de ella. El calor es agradable. Sientes el sudor que brota de tu cuerpo. Te desabrochas la camisa y te quitas los zapatos. De pronto empiezas a llorar, al principio sollozos pero luego inconteniblemente. Ya no sientes prisa. Y, con una lúcida crueldad, piensas: esta es mi relación con la dicha: no sé ni de dónde viene ni porque se queda pero tampoco sabré lo que pasó cuando se haya ido. Entonces, te dices, mejor no te hagas más preguntas, sólo entrégate a ella y déjate ser.
Creación Literaria2008 05 11:40 pm
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Cuando las exigencias de la mente sobrepasan los límites del cuerpo es preciso escapar del trabajo intenso y hallar un abrigo que te cobije, que te relaje. De lo contrario, es posible que llegue un momento en el que todo eso que tengas guardado adentro termine por consumir tus pocos ánimos y te arroje en el abismo incierto de la sinrazón, de la desolación. Entonces, caminas tranquilo dejándote llevar, cual hoja, por el viento. Miras al cielo; sientes nostalgia ¿qué es lo que extraño, qué quiero? Qué lástima, no hallas una respuesta. Sin embargo un impulso inexplicable te lleva a los recuerdos…. Te encuentras, segundos después, admirando, casi adorando las pocas fotos que lograste conservar: te ves bastante sonriente en varias de ellas, pareces feliz… sonríes con tristeza.
Decides salir a respirar. ¿Respirar? ¿En Lima? “¡añoro la quietud de las pocas tardes frente al mar sentada sobre mi humana roca, mi conversación con las olas, el baile del viento que mantiene el desorden de mis cabellos!”. ¡Hallaste la respuesta a tu pregunta anterior! Un momento, no, allá también te preguntabas lo mismo.
Sales igual. Sólo hay un lugar a donde puedes ir. Sí, últimamente ese parece ser todo tu espacio. Llegas, las cosas funcionan de forma natural. Piensas, caminas, te sientas y de pronto algo te entusiasma. Resulta que a lo lejos divisas una extraña botella; es grande, tiene adornos diversos y te atrae. La tomas con ambas manos y la tocas con suavidad, casi de inmediato encuentras un rostro que te impacta. Luego te percatas que es todo un cuerpo dibujado. Aunque está algo borroso te es posible percibir que expresa una furiosa melancolía. ¿Pero, por qué notas eso? Tampoco hallas respuesta. No comprendes lo que sientes, ahora te buscas en ese rostro ¿se parece a ti? Sigues observando y empiezas a desear (¿deseas? “esa aparición te está matando”) que ese ente deje de ser un dibujo y se haga humano, pero eso es imposible, entonces te conformas con seguir admirándolo.
Vuelves a casa, no puedes dejar de pensar. ¿y, si…..? Vaya, ¡¿Qué cosas se te ocurren?! …Ya estuvo suficiente de relajo. A seguir trabajando, al fin y al cabo tu trabajo es tu más fijo complemento.
Comment by ...! — 2008 09 @ 3:31 am