Nota: el análisis que sigue empezó en el curso Psicoanálisis y Sociedad de la Maestría de Estudios Culturales de la PUCP. Corresponde por tanto agradecer a los estudiantes.

1.- En el relato “La mujer más pequeña del mundo”, Clarice Lispector cuenta una historia desde la perspectiva de un narrador no identificado; es decir, desde un “alguien” que recoge los hechos centrales vividos por los protagonistas. Lispector imagina el encuentro de un cazador-explorador con una “cosa rara”. Pero el cazador-explorador es también un científico y un “hombre de mundo”. En estas dos últimas facetas él está definido por los deseos complementarios de descubrir, clasificar, saber, y, además, ganar la admiración mundial. Mientras tanto, la “cosa rara” es una mujer diminuta que tiene apenas 45 centímetros de estatura. Y,, como si la sorpresa no fuera suficiente, resulta que la “cosa rara” está embarazada. Los intentos de Marcel Petre por producir un discurso científico que permita inscribir a la “cosa rara” en el orden de la realidad no tienen éxito. Entonces esa “cosa rara” permanece como un enigma perturbador que alimenta multitud de fantasías pero ningún saber preciso.
2.- La “cosa rara” pertenece a una especie, los Likuoalas, que están permanentemente acosados por las enfermedades, las bestias y los hombres. Las posibilidades de sobrevivir en un ambiente tan hostil son muy problemáticas. La tribu se ha visto en la necesidad de buscar refugio en el “corazón del África”, donde sus miembros, para evitar ser cazados, viven en la copas de los árboles. De hecho los Likuoalas son cada vez menos y todo indica que la especie está al borde de la extinción. Su forma de vida es simple en extremo. “Las mujeres descienden de los árboles para cocinar maíz, moler mandioca y coger verduras; los hombres para cazar… como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, un macho pequeño queda de guardia contra los Bantús”, sus implacables enemigos, sus cazadores. La inseguridad es permanente. En cualquier momento pueden morir. Esta es la única certidumbre. La fragilidad de su existencia los desanima a emprendimientos más vastos, “A los niños se les deja en libertad muy temprano. La criatura no usufructúa mucho tiempo esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no se lamentará que para tan corta vida, largo haya sido el trabajo”.
3.- Por alguna razón Marcel Petre pretende construir su discurso científico a partir del estudio de un individuo de esta especie. Quizá porque sea el más peculiar. La pequeña Likuoala mide 45 cms y está embarazada. Petre decide bautizarla como “Pequeña Flor”. Haberle puesto un nombre es como una apuesta, es el primer paso hacia el logro de un vínculo con ella. Se trata de construir una relación a través de la cual él pueda conocerla. Petre se siente cerca de realizar una gran proeza científica, descubrir una realidad que será como un trofeo para conseguir la gloria que tanto anhela. Es claro que haberla encontrado, y exhibirla, no es suficiente es también preciso explicar su humanidad. Y es aquí donde el investigador tropieza pues su ciencia le falla.
4.- Lo imprevisible del caso es que Petre no logra establecer un vínculo personal con “Pequeña flor”. No entiende, ni anticipa sus reacciones, por más que se esfuerce. En definitiva, Petre no logra articular ese discurso que le hubiera permitido iluminar su humanidad, hacerla un “prójimo”. Para él, ella permanece como una “cosa rara”.

5.- No obstante la perspectiva del narrador nos proporciona elementos para entender el fracaso del científico. Para Marcel Petre lo humano se define en oposición a lo animal. Los hombres hablan y piensan y se pueden comunicar entre ellos. Los animales no tienen estas capacidades. Pero ocurre que la “cosa rara” tiene una manera distinta de estar en el mundo que Petre no puede comprender. Y el relato deja en claro que el fundamento de esa “otra manera” es la radical incertidumbre que rodea su vida. Me refiero a la omnipresente expectativa de que en cualquier momento puede ser devorada. Si tenemos en cuenta esta inminencia de la muerte lo verdaderamente sabio resulta ser feliz aunque sea por el poco tiempo que entre los vivos le pueda restar. Esta sabiduría es totalmente humana pues depende de una capacidad de situarse en sus circunstancias. Es una conciencia aguda de su finitud. Pero todo ello se le escapa a Petre. Si nos acercamos a la vida de la “cosa rara” vemos entonces que hay mucha lógica en su forma de ser. En efecto el “no haber sido comido todavía” puede llevar al miedo y a la parálisis, a esperar solo el final; es decir, a vivir muriendo. Esta reacción sería quizá la más esperable. Dejarse dominar por el dolor de lo inevitable. Pero, de otro lado, y en la dirección opuesta, como una suerte de aprendizaje de su ser animal, la conciencia de la extremada vulnerabilidad puede llevar a vivir con entrega ese instante, que siendo indudable en sí mismo es totalmente incierto en su proyección futura. Digamos que la “cosa rara” sabe que vive sin garantías, que la muerte está muy cerca, al acecho, y que, entonces, de lo que se trata es de habitar plenamente el presente. “No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría”.
“Fue en ese instante en que el explorador, por primera vez desde que la conociera, en vez de sentir curiosidad o exaltación o triunfo o espíritu científico, el explorador sintió malestar.
Es que la mujer más pequeña del mundo se estaba riendo.
Estaba riéndose cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba sintiendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía”.
Pese a toda su ciencia el explorador no la entiende. Y de esa impotencia siente malestar. ¿Y por qué no la entiende? Una clave es su propio nombre: en la lengua francesa Petre significa pétreo, digamos rígido e impasible. Pero si no puede comprenderla es porque es incapaz de sentir lo que ella siente, porque no intuye que la raíz de su goce de existir está en lo frágil de su vida y en la actitud de no hacer de ello una tragedia que la inhabilite para sentir la alegría de la que es capaz como organismo vivo. Petre y “pequeña flor” no se vinculan ni entienden. Al científico ese goce le parece, inmotivado, loco, indescifrable.
“No haber sido comida era algo que, en otros momentos, le inspiraba el ágil impulso de saltar de rama en rama. Pero en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción, y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara. Y entonces ella se reía. Era una risa como solo quien no habla ríe. Esa risa, el explorador, incómodo, no consiguió clasificarla. Y ella continuó disfrutando de su propia risa suave, ella, que no estaba siendo devorada”.

Pero, repito, ese goce –esa risa, ese movimiento porque si- se funda en el simple hecho de estar aún viva. No necesita otro estímulo para morar íntegramente en el instante. “La propia cosa rara estaba sintiendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía”. La “cosa rara” es sin pensar. Siente sin reflexionar. Representa una espontaneidad vital no capturada por el miedo al futuro.
6.- Resulta entonces que sus sentimientos son simples pero intensos. “… en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles. El amor es no ser comido, amor es encontrar hermosa una bota, amor es gustar el color raro de un hombre que no es negro, amor es reír de amor a un anillo que brilla… parpadeaba de amor, y rió cálida, pequeña, grávida, cálida”. La humanidad de la mujer likuoala es mucho más fácil y gozosa porque siendo su condición terriblemente insegura ella y su especie han apostado por vivir – a plenitud- lo poco que les puede tocar.
7.- Freud pensaba que con el desarrollo de la civilización el hombre ganaba en seguridad lo que perdía en capacidad de disfrute. Entonces la vida se afirma. La razón y el autocontrol permiten transformar el mundo a condición de posponer la satisfacción. En las nuevas circunstancias el goce resulta esquivo y debe buscarse de maneras enrevesadas gracias a “esos refinamientos crueles”. Mientras tanto, Lispector imagina una humanidad casi perdida pero capaz de darnos una lección de vida si la sabemos aprender. Y esa lección es que frente a la violencia de todo lo que nos rodea solo nos queda defender el instante. Apegarnos al animal que también somos.
8.- Una foto de “Pequeña Flor” aparece en los diarios. Y la gente se sorprende, reaccionando de maneras muy distintas. Se proyectan las fantasías más diversas. Una señora siente mucha pena y no quiere mirar otra vez la foto. Ella debe creer que es radicalmente infeliz. Otra señora tuvo una “perversa ternura” por su pequeñez. El narrador apunta que “…jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de tal señora. ¡Quién sabe a qué oscuridades de amor puede llegar el cariño! La señora pasó todo el día perturbada, se diría que presa de la nostalgia”. Su necesidad de amar insatisfecha se proyecta sobre la imagen de la “cosa rara”.
En otra casa, viendo el retrato y escuchando los comentarios de su familia, una niña se asustó. En su intuición por vez primera se vinculó la satisfacción que dejan las caricias con el miedo al amor tirano. Años después llegaría a pensar que “la desgracia no tiene límites”. La foto catalizó en ella la idea del amor como una cárcel dulce y opresiva.
Y en otra casa, la reacción de un niño que pretende tener a “Pequeña Flor” de juguete hacer pensar a su madre. “Y consideró la crueldad de la necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser feliz. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que mataremos por amor”. De todas estas consideraciones nace una distancia respecto a su hijo “Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y la felicidad”. Ella preferiría no saber todo aquello. Y sería un gran trabajo olvidarlo.
Finalmente en otra familia, en el corazón de cada uno de sus miembros “…nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería volcarse en devoción”.
La realidad de la pequeñez y vulnerabilidad de “Pequeña Flor” despierta fantasías que escenifican los deseos más sentidos de la gente: amar y poseer a alguien que no pueda dañarnos aunque nuestro amor sea egoísta y tóxico. Pero todo ello no le concierne a “Pequeña Flor” que ríe sin pensar, por lo menos, mientras no sea devorada.

Apéndice: Lispector sobre la escritura

Lispector sobre la escritura
Entonces escribir es el modo de quien tiene la palabra como carnada: la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra –la entrelínea– muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, se podría arrojar fuera la palabra con alivio. Pero ahí cesa la analogía: la no-palabra, al morder la carnada, la incorporó. Lo que salva entonces es escribir distraídamente.
Tal vez ése haya sido mi mayor esfuerzo de vida: para comprender mi no-inteligencia, mi sentimiento, fui obligada a volverme inteligente. (Se usa la inteligencia para entender la no-inteligencia. Sólo que después el instrumento –el intelecto– por vicio de juego se sigue usando; y no podemos tomar las cosas con las manos limpias, directamente de la fuente.)
Escribir: Salva el alma presa, salva a la persona que se siente inútil, salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. Escribir es buscar entender, es buscar reproducir lo irreproducible, y sentir hasta las últimas consecuencias el sentimiento que permanecería apenas vago y sofocante. Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida.
No puedo escribir mientras estoy ansiosa o espero soluciones, porque en tales periodos hago todo lo posible para que las horas pasen; y escribir es prolongar el tiempo, es dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.
Esa incapacidad de alcanzar, de comprender, es lo que hace que yo, por instinto de… ¿de qué?, busque un modo de hablar que me lleve más rápido al entendimiento. Ese modo, ese “estilo”(!), ya fue llamado varias cosas, pero no lo que realmente y tan sólo es: una búsqueda humilde. Nunca tuve un problema de expresión, mi problema es mucho más grave: es el de la concepción. Cuando hablo de “humildad”, me refiero a la humildad en el sentido cristiano (como ideal que se puede alcanzar o no); me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz. Y me refiero a la humildad como técnica. Virgen María, hasta yo misma me asusté con mi falta de pudor; pero es que no es falta. La humildad como técnica es lo siguiente: sólo cuando uno se aproxima a la cosa con humildad, ella no escapa totalmente. El orgullo no es pecado, por lo menos no es grave: el orgullo es cosa infantil en la que se cae como se cae en la glotonería. Sólo que el orgullo tiene la enorme desventaja de ser un grave error, con todo el atraso que el error da a la vida: hace perder mucho tiempo.
Amar a los otros es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio.