La cosa no es sencilla pero tampoco es imposible, repetía el abad. Todo es cuestión de empeñarse. Y lo que hace falta es intensidad, compromiso y paciencia pues ya nos acercamos, quizá solo falta un paso. En realidad, el maestro ya lo había dicho todo. No obstante, su obra tenía que ser aclarada, sistematizada, purificada. Solo así llegaríamos al ansiado conocimiento, a descubrir la fórmula que habría de cambiar el mundo. El camino era directo: leer e interpretar las obras del maestro. Hacer comentarios que fueran organizando sus geniales intuiciones en una construcción que, como una pirámide, fuera de lo fundamental y evidente hasta ese vértice sutil que horadaría el cielo; alcanzar esa frase simple, ese conjuro que habría de redimir a toda la humanidad.
La obra del maestro se trabajaba en varios monasterios, cada uno regentado por un abad o abadesa. Se publicaban grandes obras que comentaban con amplitud los textos del maestro. Pero también se publicaban, en ediciones de menor volumen, textos más modestos, definitivamente menos ambiciosos. Todos tenemos que dialogar con las ideas del maestro, insistía nuestro abad. Y para animarnos nos decía que no hay esfuerzo pequeño ni inteligencia descartable. La fórmula final podría aparecer en el lugar menos pensado. Verdad que los grandes comentaristas eran los llamados a construir lo fundamental del edificio pero, igualmente cierto que el vértice podía aparece en el trabajo de cualquiera. Todos tendríamos que vernos como posibles creadores de la fórmula pues cada uno se nutría de la luz del maestro. Entonces, lo importante era tener fe. Leer, pensar y escribir. La carrera había empezado hace tiempo y estábamos cada vez más cerca de la meta. Aunque, añadía el abad, hay que ser lúcidos y admitir que no hay garantías. Puede que los mayores no fueran a ver el final pero los jóvenes sí; ellos con toda seguridad lo alcanzarían.
Nuestro monasterio era pequeñito y marginal pero igual trabajábamos con ahínco. Los textos que elaborábamos eran desconocidos pero eso no nos desanimaba pues todos sabíamos que la fórmula podía aparecer en cualquiera de nuestras mentes. El esfuerzo tenía que ser permanente. Cualquier problema de la vida personal o del mundo debía ser observado desde la obra del maestro. Y, releyendo al maestro, y a los grandes comentaristas deberíamos tener presente nuestras realidades que serían como laboratorios que permitieran esclarecer las ideas del movimiento, y hasta de repente, quien sabe, nos podíamos topar con la anhelada fórmula. En nuestra pequeña comunidad la vida conducía al pensamiento y el pensamiento se cerraba sobre sí. Esto era algo raro pero todos creíamos que no había alternativa hasta que no se descubriera la fórmula. En todo caso, una vez elaborada, ya no sería necesario pensar pues ya no quedarían problemas por resolver.
A veces, nos visitaban los demonios. El abad nos decía que la duda, el desaliento y la sensación de absurdo eran nuestros enemigos. Entonces, aunque la ley no estuviera escrita, igual no nos estaba permitido expresar nuestras vacilaciones. Cada uno tenía que vivir su tristeza por su lado. Nada de contaminar la causa. Todos deberíamos avanzar. Y cuando conversáramos nuestro tema tenía que ser el movimiento y nuestros logros. Y cada cierto tiempo deberíamos reunir en torneos donde exhibiríamos lo mejor de nuestros esfuerzos. Entre nosotros habían grandes trabajadores. Gente que nunca descansaba. Verdaderos ejemplos. Sabían de memoria una enorme cantidad de frases del maestro y de los grandes comentadores. Eran muy respetados. Descifraban el mundo con tanta inteligencia. Nada parecía escapar de su mirada. Sin duda estaban ya muy cerca de la meta.
Personal, Creación Literaria2008 04 6:48 pm
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