Mi padre hacía orgullo en torno a no recordar su infancia. Decía que no le interesaba. Solía pensar: el pasado es solo un lastre. No obstante, no podía dejar de recordar la terrible agonía de un hermano menor, cuando él –mi padre- tenía solo tres años. Y, además, tampoco podía olvidar una horrible injusticia, el maltrato de un indio, que a él le tocó presenciar, horrorizado. Allá en su Huancabamba natal. También ponía mucha fe en el autocontrol. Repetía que si uno se esforzaba lograría lo que se propusiera. Donde hay una voluntad hay un camino, le gustaba sentenciar. Me imagino que quería decir que solo la debilidad te puede apartar del éxito. Finalmente aconsejaba que no se debería perdonar. Frente a la decepción lo único sensato era poner una lápida sobre el nombre del traidor. En realidad, no pretendía explicarse a sí mismo y parecía no importarle lo que pudieran pensar de él.
Necesitaba cariño pero le era difícil expresar esa demanda en esa forma abierta en la que se arriesga una decepción. Solo en su ancianidad fue capaz de reclamar afecto y, aún así, lo hacía pocas veces, a la manera, además, de quien espera que le paguen una deuda sin garantía pero indudable. Pero en su adultez, no. Entonces, pretendía comprar cariño con regalos. A veces podía ser generoso. Pero creo que ese desprendimiento no era tan gratuito.
Como padre era a veces cariñoso pero en general distante. Aconsejaba de una manera pastoral pero no empática. Nunca buscó adentrarse en mis complicaciones. No daba muestras de interés por lo que yo pudiera hacer. No me sentí protegido por él. Tampoco me enseñó a defenderme. Sin embargo me enseñó a jugar cartas. Jugamos muchísimos años y ese fue quizá nuestro vínculo más vivo. En la distribución de sus afectos era arbitrario, injusto. Su hijo mayor era su predilecto. Esta situación dañó la relación con el resto de sus hijos. Entonces, no hubo ruptura pero si enfriamiento.
Creo que nunca superó la frialdad de su madre que, como niña engreída, estaba solo para ser mimada. En su adultez, no se habló con ella. A su padre, en cambio, lo adoraba. El no había sido el hijo más querido me decía una y otra vez. Ese privilegio era de su hermano mayor, el primogénito. Pero, en cualquier forma, él se sentía el más cercano, quien realmente entendía y acompañaba a su padre. No lo criticaba. A veces me daba la impresión de que él me proponía esa clase de relación, que fuera como él.
Tenía el don de la escritura pero no lo desarrolló. De repente le faltó entusiasmo y valor para creer. Apostar por una causa que le hiciera sentir que la vida vale la pena.
¡Pobre mi padre! su vida no fue fácil. Apostó a cerrarse sobre sí, a no necesitar a nadie. Amó el dinero, las mujeres y el poder. Y de todo ello tuvo bastante. No obstante, un contratiempo en la vida le hizo perder poder y dinero.
Vivió 93 años. En los últimos tiempos, totalmente inmovilizado por el Parkinson, soportó condiciones de vida miserables con gran entereza, sin quejarse. Yo me quedé esperando algo que nunca me dio. Pero eso no significa que no lo llegue a tener. Ni tampoco que él no me lo haya querido dar.
.

Aprovechando la lectura de su blog al estar resfriado, me encuentro con este post, que lejos de querer analizarlo y buscar comparaciones concientes con mi vida, me provoca un bello sentimiento de ternura y de búsqueda de un caluroso abrazo.
Comment by Antonio — 2008 04 @ 8:41 pm
Creo que es un homenaje al cariño que todos nuestros padres quieren recibir de cada uno de sus hij@s cuando son mayores, aunque claro quizás, ellos no habrían sabido como ser tiernos y cariños -por la formacion y la cultura machista existente. Independientemente de los sectores sociales los hijos a diferencia de las hijas, a menudo perciben lejanía y por eso se apegan mucho más a sus mamás. Los chicos de hoy reclaman y “gritan” por que ellos estén su vida cotidiana en los momentos más significativos para consultar, aclarar y así tomar decisiones…
Sugiere algo a los papás y a los futuros papás.¿verdad? Inspira sentimientos bonitos.
Comment by ANA TERESA ZEGARRA C. — 2008 04 @ 5:31 am
surfeando llegué acá. fui tu alumna libre hace unos años y me daban ataques de risa a veces en clase -me sigue ocurriendo de tanto en tanto y nunca han sido por burla-. he leído lo que escribes acerca de tu padre. es tan seca la forma en que escribes como parece haber sido él y es un estilo que va perfecto, se adapta y fluye solo a donde quieres llegar. mi padre no tiene aires de predicador, pero sí me enseñó a jugar cartas, muchos juegos de solitario que acompañaban mis veranos con él y sus noches de insomnio -aunque él siempre dijera que necesitaba dormir muy poco-. los padres siempren serán un hermoso misterio para mí. gracias por tu confesión tierno-dolorosa-amorosa
Comment by pachica — 2008 04 @ 2:26 pm