1. María Quiteria, la protagonista del cuento Devaneo y embriaguez de una muchacha de Clarice Lispector, es una joven madre de familia que ha internalizado el discurso patriarcal como el fundamento de su forma de estar en el mundo. Los mandatos que deben regir su acción son el ser buena madre y esposa complaciente. Este discurso es la base de su identidad de manera que ella tendría que actuarlo sin pensar. De hacerlo, María tendría que sentir el orgullo y la satisfacción del deber cumplido. Y si no cumple debería sentir vergüenza y culpa. En realidad se trata de una exigencia de sacrificio o renuncia formulada por la sociedad que opera dentro de ella como conciencia moral. “Me das tu entrega abnegada y te regalo el goce de tu buena conciencia”. Se trata de un discurso instituyente que moldea la subjetividad femenina. Propagado por los padres, la escuela y los medios de comunicación, su internalización conduce a ocupar un lugar en el mundo social: una joven mujer que se ocupa de su casa y que no tiene autonomía económica, ni, tampoco, la capacidad y/o autoridad para escudriñar este arreglo que la somete.
2. Pero María no es un robot. Su mundo subjetivo no llega a ser el mecanismo sin fallas que la sociedad espera. En realidad, ella no está contenta. La armazón discursivo identitaria no llega a sostener su mundo interior. El malestar de María se revela, desde el primer párrafo del cuento, cuando el espejo de tres cuerpos del tocador, frente al cual trata de arreglarse, no le devuelve una imagen coherente con la cual ella pueda sentirse felizmente identificada. “Los ojos no se despejaban de la imagen, el peine trabajaba meditativo, la bata abierta dejaba asomar en los espejos los senos entrecortados de varias muchachas”. Esta sensación de algo que no termina de cuadrar, y tampoco puede fluir, está reforzada por el estremecimiento producido por el paso de los tranvías y por la reverberación del sol en la pared. María se aburre y languidece. Trata de imaginarse más joven, tan alegre y ligera como una mariposa. Pero no, esa ya no es su realidad.
3. El retraimiento de María, la toma de distancia respecto a sus vínculos y obligaciones, ha sido facilitada por el hecho de que sus hijos están de vacaciones. “Ella aprovechó para amanecer rara: confusa y leve en la cama, uno de esos caprichos, ¡sábese por qué! “ María siente una tristeza que no puede explicarse. Pero tampoco quiere regresar al redil patriarcal. Es cortante con su esposo y no cumple sus labores domésticas. “Durante todo el día se quedó en cama. Su cólera era tenue, ardiente. Solo se levantaba para ir al baño, de donde volvía noble, ofendida”. No, en definitiva, su vida no era la que ella quería. “Ella amaba… estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar”. Sucede que María no está dominada por la culpa sino por la decepción y la cólera. El discurso patriarcal no es el único. Ella había pensado para sí un presente muy distinto al que ahora vivía. Con más amor, libertad y goce; y menos rutina. María será mujer pero es también una criatura humana a la que le está prometida una cierta cuota de dicha. La situación que enfrenta María invita a pensar en la relación entre amor romántico y discurso patriarcal. Es como si el primero fuera el señuelo que llevara al segundo. Es decir, para casarse una joven tiene que dar el sí. Y la expectativa de una intensidad emocional sostenida es como la carnada, después de imaginarla se cierra la jaula patriarcal. Y la mariposa es solo recuerdo y nostalgia. Ahora se trata de cumplir los deberes.
4. El momento culminante de su rebelión contra las imposiciones es la cena. Esa cena a la que fue invitada con su marido por el “comerciante muy próspero” en la Plaza de Tiradentes. Entonces el malestar deja el paso a la felicidad. María toma sin cautela. Está embriagada. Y es allí, en esas circunstancias, cuando puede fluir, ser una, sin dudas, ni reservas. Se le revela un ser más verdadero, más afín a sus deseos, en la superación de su tristeza. “Conversaba, y escuchaba con curiosidad lo que ella misma estaba respondiendo al comerciante próspero que en tan buena hora los invitaba y pagaba la comida. Escuchaba intrigada y deslumbrada lo que ella misma estaba respondiendo: lo que dijera en ese estado valdría para el futuro como un augurio”. María se descubre como una persona extremadamente sensible, llamada a otro destino que el de una simple ama de casa. Se siente plena, llena de vida. Desde esa altura todos los comensales se le semejan poca cosa, gente sin vida, “seca”. Ahora ella puede sentir sin inhibiciones. Su ser no está recortado.
5. El regreso a casa y a la cotidianeidad no es fácil. Desde la plenitud de lo vivido todo le parece aburrido y pesado. Es el retorno de la tristeza. Y con ella el deseo de conjurarla de la manera en que el discurso patriarcal le ha indicado: “Habría que ver como estaría su casa: la restregaría con agua y jabón hasta arrancarle toda su suciedad, ¡toda!, ¡habría que ver su casa!, amenazó colérica”. Pero esta arremetida de su sentido del deber no cala tan hondo. Finalmente ella se reconcilia con su rebeldía “Entonces la grosería explotó en súbito amor; perra, dijo riéndose”.
6. Es muy probable, tal como se vio en clase, que este episodio en la vida de María haya sido una “escapadita” de la jaula. Un momento “carnavalesco”, una utopía en el aquí y en el ahora. En última instancia, una válvula de escape que permite liberar la tensión, que María no explote y que continúe con su desabrida vida diaria. En todo caso en ese momento se le abre una plenitud de goce. Una epifanía de lo que podría ser. Se ha sentido sensible, inteligente, atractiva, poderosa. Sentimientos muy diferentes a los de su vida cotidiana donde la tristeza, el aburrimiento y la añoranza son como el mar de fondo de su ánimo.
7. La maestría de Lispector para adentrarse en su personaje es muy impresionante. Un cuento, dice Raymond Carver, es ”algo visto al pasar con el rabillo del ojo”. Y lo que Lispector ve es justamente ese” devaneo” de María frente al orden simbólico. Por momentos toma distancia y está de un ánimo vital. Pero tampoco es que logre liberarse de esos mandatos mortificantes, de manera que está indecisa, queriendo olvidarse del mundo o sufriendo añoranza o culpa. María es un personaje denso en la medida en que es una de las virtualidades posibles de su autora: Clarice Lispector.
8. Veamos ahora que noción de inconsciente resulta más pertinente para entender la experiencia de María. En algún momento Lacan dice que el inconsciente es “el discurso del Otro”. Es decir el eco de las voces del sistema socio simbólico que prescriben lo que debemos hacer. Son esas “voces” las que no nos dejan escuchar nuestros deseos “inconvenientes”, las que reprimen todo aquello que puede amenazar el orden social. Estaríamos ante un inconsciente “superyoico” fundamentado en los vínculos que definen al patriarcado y que buscan reprimir todo asomo de una acción distinta. Entonces, desde el discurso que consagra la dominación masculina y la subalternidad femenina emana un sentido de obligación que inhibe y encausa el comportamiento de María. Pero en el cuento esos mandatos no son necesariamente tomados en cuenta aunque tampoco sean abiertamente resistidos. La situación es más compleja pues esa presión moral la pone en guerra consigo misma. Estaríamos entonces ante lo que podríamos llamar un “inconsciente social”. Un modelo de identidad que ella ha internalizado pero que no agota su ser, y cuya instalación implica represión de otros discursos y vivencias, con el conflicto consiguiente.
9. Siguiendo a Lacan, Zizek afirma que frente a la opción entre ser y pensar, el sujeto está condenado a preferir el ser. “Yo soy solo en la medida en que deseo sin pensar”. Por tanto, el inconsciente es el conocimiento que queda excluido por el hecho de ser de una manera. O dicho de otro modo, el inconsciente es un saber que debe permanecer como tal (inconsciente), reprimido, pues su desconocimiento es la condición ontológica de la que depende mi actuar en el mundo. Entonces el conocimiento de lo inconsciente desestabilizaría la fluidez (aparente) de mi ser. Si María supiera que su sentido de obligación es más una imposición social que un deseo personal entonces su identificación como madre-esposa estaría en duda, abiertamente cuestionada. Y algo de esto es lo que le sucede. De un lado su tristeza y aburrimiento son un síntoma de que la aceptación de las imposiciones sociales no le aportan la alegría y el placer que busca. De allí, desde esa insatisfacción nacen las dudas y el impulso a probar otra manera de ser. A luchar contra la represión. María logra sentirse potente pero esta liberación parece efímera. En cambio, una recuperación, más permanente de un goce no sacrificial supone una reestructuración del inconsciente y sus represiones. Para empezar fuera necesario razonarlo, conocerlo, en vez de dejarse dominar por él. Es evidente que María es una joven muchacha en los años 50 del siglo XX, que pertenece a una generación pre-feminista, a mujeres que aún no han logrado tomar conciencia del patriarcado como formación ideológica que organiza sus vidas.
10. El psicoanálisis alienta la relativización de los mandatos socio simbólicos para hacer posible una manera de ser más libre y personal. Una manera que supone una dilatación de la potencia de existir. Donde cada uno esté autorizado a seguir las huellas de un deseo menos alienado. Todo ello requiere un “cuidado de si” que no es sencillo de lograr. Para empezar fuera necesario una suerte de reforma del inconsciente que pasa por hacer consciente lo infundamentado de mucha de la represión, por aceptarse más a sí mismo. Por buscar goces más plenos que aquellos que la renuncia y el sacrificio pueden otorgar.
11. En el caso de María no hay tal reforma. Su liberación es momentánea, es solo un episodio donde, sin embargo, hay una epifanía de lo que podría ser. Ya antes de la cena las represiones del inconsciente se han debilitado. Pero en el momento culminante las posibilidades de goce se liberan y actúan. María es más afín a sí misma. Esas posibilidades que tendrán que ser reprimidas para que ella sea la buena señora María.
12. El inconsciente es el “lugar” donde mora lo reprimido, lo inaceptable para la sociedad. Pero es también un proceso pues esos deseos censurados pugnan por aflorar a la conciencia y realizarse. Entonces, la represión tiene que ser constante. Y aún así su victoria no está garantizada. Lo reprimido se abre paso en los sueños, en los síntomas, en los pasajes al acto. Ahora bien, mucha de la represión es necesaria pues los seres humanos albergamos deseos antagónicos con el orden social como la pretensión de poseer a nuestras madres, o asesinar a nuestros hermanos. O para el caso a quien se nos oponga en el camino de nuestros deseos. Si no tuviéramos inconsciente, e hiciéramos todo lo que se nos ocurre seríamos solo animales. Pero, en todo caso, mucha de la represión es “excedente” para usar un término de Marcuse. Es decir, innecesaria.
13. En el inconsciente no hay tiempo ni lógica. Las represiones más tempranas son acaso las más fundamentales. De otro lado, en el inconsciente las cosas son y no son al mismo tiempo. El odio coexiste con el amor, la admiración con la envidia. En todo caso el inconsciente es el espacio de conflictos y trabajos.
14. No obstante el inconsciente puede estar fijado por algún trauma, alguna compulsión que implique el dominio absoluto del pasado sobre el presente. Pero esa es otra historia.
