Te estoy diciendo en el oído,
pero la vergüenza
me hace callar.

Entonces, como los susurros
también hablan,
los míos te dicen:
Óyeme bien,
ahora, que te siento tanto:
yo, que ya estoy fuera de mí,
quiero decirte,
que parece una mentira,
que tú,
mi objeto sagrado,
seas igual que yo,
fervor, vehemencia,
malicia,
resuelta inocencia.

Mi mano recorre tu piel,
mi tacto rapaz
te absorbe,
y embriaga mi cerebro.

Pero ahora ven,
no me faltes,
te espero decidida.
Y quizá pueda
terminar diciéndote
puta, diosa, diabla,
virgen, niña, madre.