Fragmentos testimoniales y visiones del otro
Mi padre nació en Huancabamba en 1914. No obstante, migra muy temprano, primero hacia Chiclayo, luego hacia Lima, siguiendo los vaivenes de la finalmente exitosa carrera judicial de mi abuelo, que de juez de primera instancia llega a ser presidente de la Corte Suprema. Mi madre era limeña, de ascendencia alemana. Mi abuelo materno llega al Perú como profesor del Colegio Alemán. Mi padre estudió Derecho en la PUCP, mientras que mi madre estudió literatura en la misma Universidad. Mucho más tarde estudió también Derecho pero en San Marcos. Yo nací en 1949, mi infancia y juventud las viví en Miraflores. En mi casa éramos cuatro hermanos hombres atendidos por mi madre y dos empleadas domésticas. Donde mi abuela paterna habían hasta cuatro empleadas en un régimen donde el maltrato y el cariño estaban confundidos. Esta situación me problematizó. Tendía a identificarme con las empleadas de manera que la injusticia me afectaba. Pese al cariño que recibía tenía la experiencia difusa pero cierta de que las cosas no eran como deberían ser.
Estudié primaria y secundaria en el Colegio Recoleta. El Colegio quedaba en el centro de Lima, entre Wilson y Uruguay. En ese entonces ya estaba avanzado el éxodo de la clase media hacia el Sur. No obstante, todavía muchos amigos y parientes vivían en el Centro. El tráfico automotriz no era denso pero si muy ruidoso. Los carros se estacionaban en la Wilson y no había semáforos en la Avda. Arequipa, de manera que en diez minutos se podía llegar a Miraflores. Casi no había vendedores ambulantes. Había, si, una señora andina, vestida con polleras, que tenía una suerte de mesa muy bajita donde colocaba sus productos: canchita, habas, barquillos, maní. Muchos colegiales comprábamos sus productos. Esa señora, que estuvo muchos años ahí, representaba un espectáculo que me impresionó mucho pues era como una huella de otro mundo. Lo andino en ese momento, a mediados-fines de los años 50, no era muy visible en Lima que era todavía una ciudad fundamentalmente criolla. La señora era para mí una excepción enigmática y cuestionante. Me llamaba la atención su humildad y pobreza, el tipo de productos que vendía, su arreglo personal. Era de alguna manera una revelación de ese otro Perú que no conocía.
En el año 1956 se disputaban las elecciones Manuel Prado y Fernando Belaúnde. Los de la Recoleta éramos Belaúndistas y los de la Inmaculada eran Pradistas. La razón es que Prado había estudiado con los jesuitas y Belaúnde lo había hecho con los Sagrados Corazones. A veces, los buses de los colegios coincidían. Entonces, lo niños gritábamos a rabiar por nuestro candidato. Los de la Recoleta nos considerábamos liberales, pues a diferencia de los de la Inmaculada, no teníamos que ir a misa todos los días. Eso era un motivo de orgullo. En 1955 se inauguro el primer paso a desnivel entre las avenidas Arequipa y Javier Prado. Fue una gran emoción. Los niños le pedimos al chofer del bus que diera varias vueltas para sentir una y otra vez el efecto de la bajadita en la Avda. Arequipa. Otro signo de modernidad fue el inmenso letrero de Coca Cola en el cruce entre Wilson y Paseo Colón. No había duda, el país estaba avanzando.
En 1961 la sede del colegio se trasladó a Monterrico. Pero aún en el nuevo local, continuamos con un horario partido. Es decir, regresábamos a almorzar a nuestras casas. En aquella época las opciones políticas de mis padres comenzaron a divergir. Mi padre era odríista. Y mi madre, demócrata cristiana. Ella atendía, como voluntaria, en la cafetería del partido que se llamaba “cuatro gatos”, en Miraflores. Yo la acompañaba. Me sentía identificado con las ideas de cambio y renovación. La situación que se vivía era injusta, había que ser solidarios. Tener más de lo que otros tenían me resultaba problemático.
En el mismo sentido obró la influencia del colegio dirigido por sacerdotes franceses. Se nos repetía que nosotros teníamos privilegios que significaban un compromiso. En quinto de media leímos a Mariátegui. En el salón tuvimos una polémica sobre el “indio”. Los muchachos más conservadores opinaban que no había nada que hacer pues el indio era bruto. Los más progresistas defendimos la idea de que gracias a la educación el indio podía mejorar. En realidad en esa época Lima vivía bastante distanciada del resto del país. Había una alianza entre una elite más burguesa y el gamonalismo del interior, el mundo misti de las provincias andinas. Mi madre pertenecía a esa clase media más propensa a la modernidad y mi padre se identificaba con ese mundo misti, tan conservador. Esta alianza fue socavada poco a poco por muchos factores: la presión de las nuevas ideas, los cambios de la Iglesia Católica, los nuevos partidos. El hecho es que buscar el cambio se puso de moda. Mi madre estudió Derecho y se separó de mi padre.
En 1966 ingresé a Letras a la PUCP. En ese entonces muchos jóvenes pensábamos que las propuestas de Acción Popular y de la Democracia Cristiana eran demasiado “tibias”. Era necesaria una mayor radicalidad. En 1966 escuché a Luciano Castillo, el dirigente del Partido Socialista. Me convenció. Y en 1967 me impactó tremendamente la muerte del Che Guevara. Ese hombre era el Cristo redivivo y vuelto a matar. Su sacrificio era un compromiso. Así lo sentí. Entonces el año 68 me trasladé a San Marcos a estudiar Sociología.
II
Ahora quisiera situar mi intervención en un ámbito más bien restringido. Lo que pretendo es hacer una suerte de arqueología de la mirada sobre el mundo popular urbano, el mundo migrante, el mundo cholo, tratando de ver cómo se ha ido construyendo una manera de verlo y sentirlo. Parto del supuesto de que esa mirada no es “inocente” que en ella se articula toda una gama de sentimientos y motivaciones que es necesario identificar. Se trata, principalmente, de la mezcla de una voluntad de dominio con una necesidad de idealización. Ambos factores tiene raíces muy hondas en la historia del país.
Pero, para empezar, es conveniente situarnos históricamente. En 1940 el Perú tenía 7 millones de habitantes, de los cuales el 70% vivía en el campo. El país era fundamentalmente rural, andino y con un componente indígena mayoritario. Ahora estos datos han cambiado drásticamente. En el 2003 los peruanos somos 26 millones y más del 70% vivimos en zonas urbanas. Y la mayoría vivimos en la costa. Han ocurrido, entonces, cambios demográficos que han alterado el centro de gravedad de la sociedad peruana. En síntesis, hemos pasado de ser una sociedad rural, andina e indígena, a ser una sociedad más urbana y costeña, y más centrada en Lima, porque mientras la Lima del año 40 tenía el 10% de la población del país, hoy tiene el 30%.
Lo que llamamos el nuevo Perú tiene su origen en las migraciones masivas y en la urbanización. En la aparición de los “nuevos limeños”; o más ampliamente, los “nuevos citadinos” pues cada una de las ciudades de nuestro país ha sido redefinida por la presencia de la migración. Este proceso implica un enorme despliegue de vitalidad, dejar atrás mucho del mundo original para construirse uno nuevo. En todo caso este sector, los migrantes y sus hijos, es el más dinámico de la sociedad peruana. Es ahí donde se está jugando el futuro del país.
Lo que quiero en esta exposición es identificar las representaciones que se han construido sobre este mundo social, preguntándome desde dónde han sido construidas. E inquiriendo, también, sobre la medida en que este mundo social va siendo capaz de construir sus propias representaciones, sus propias imágenes de sí. Para ir adelantando mi argumento, creo que este mundo ha podido producir una efervescencia económica, visible sobre todo en un empresariado que va siendo cada vez más importante a nivel de la economía del país. También ha podido producir en la cultura; en particular, en el campo de las artes performativas, de la música y de la danza, expresiones muy significativas, que han supuesto reciclar lo tradicional y que representan hoy en día un referente identitario para millones de peruanos.
No obstante, creo que en el campo de la literatura y en el campo de las ciencias sociales este mundo no ha logrado producir aún una imagen de sí mismo. Es decir, no hay todavía personas que hayan sido capaces de elaborar la experiencia de migración desde lo vivido. Quizás, paradójicamente, lo más válido de ese aspecto sea lo producido por José María Arguedas. Paradójico porque nace de una experiencia vital que ya no es estrictamente contemporánea. En todo caso, Arguedas pudo recorrer todas las islas del archipiélago peruano, desde el mundo del pongaje en la hacienda andina hasta los salones aristocráticos. Sobre esta base produce una visión densa de lo que es el Perú. Especialmente en su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo. Hoy en día resulta difícil imaginar experiencias vitales tan variadas como las de Arguedas.
En todo caso, la idea que quiero sostener es que estamos ante un mundo social donde lo más llamativo son los logros en materia económica y artística, y también la continuidad de las formas religiosas. Pero hay otros campos que son decisivos para que un grupo pueda auto representarse que aún no han sido realmente conquistados. Espero que en los próximos años, o quizás decenios, pueda surgir una representación más propia, en el campo de la literatura, de las ciencias sociales y, desde luego, de la política.
En esta arqueología de la mirada sobre lo andino popular el primer antecedente al que me remonto es el imaginario criollo. En las letras de Felipe Pinglo, uno se da cuenta de la distancia con el mundo andino. En su canción “Jacobo, el leñador”, el protagonista parece extraído de un cuento europeo, muy lejano a la realidad andina. Esto va a ir cambiando pues si uno escucha los valses de los años 50 constata que se difunde una mirada distinta. Un estereotipo sobre el mundo andino que fue creado a comienzos del siglo XX, o aún antes, por autores como Ventura García Calderón. El “indio” es visto como un ser melancólico, que está llorando una grandeza perdida. “Ayer montañas, hoy sólo escombros”, repite el vals. Esta mirada, cargada de piedad y menosprecio, cambia conforme la música andina se abre paso en géneros como el huayno y la chicha.
Pero la imagen que construye el mundo criollo es la de un indio tocando su quena en la noche de luna, un indio resignado cuya pasividad, sin embargo, resulta de una injusticia histórica pues la invasión española que da origen al mundo criollo es la responsable de la postración del indio. Junto con ese desprecio por la miseria del indio, también surge un sentimiento de culpabilidad y una actitud de compromiso que postula como posible una “regeneración” del indio a través de la educación. Esos son los parámetros en los que se mueve el vals criollo en la década de 1950. Se trata de una mirada post-colonial cargada de ambivalencia: menosprecio, racismo, miedo y también culpa. Desde la “mala conciencia criolla” el indio y el migrante, el cholo, son experimentados de manera ambigua. En todo caso predomina una actitud paternalista.
Esta mirada se encuentra, definitivamente, en retroceso, pero está todavía vigente. El mundo migrante es aún visibilizado como el lugar de donde viene el “cholo barato” e ignorante, con una cultura de segunda categoría. Una persona limitada que no tiene qué decir sobre el futuro del país. Esta mirada, pues, justifica la exclusión.
A fines de los años 50 surge, desde la Psiquiatría Social en los trabajos de Humberto Rotondo y Javier Mariátegui, el discurso sobre el “cholo emergente”. Se habla de una subjetividad dolida y sufriente pero también decidida pues está definida por la apuesta al trabajo duro como medio para el logro del progreso económico y el reconocimiento social.
Junto a esta mirada post-colonial existen las miradas que podíamos llamar neoliberales, que son las de Hernando de Soto y la de Rolando Arellano. Respecto a la mirada colonial, la de Hernando de Soto tiene evidentemente una significación distinta porque este autor acentúa el tema del migrante como el informal, la persona que en una especie de gesta épica está construyendo una nueva ciudad y una nueva economía. Está luchando contra un Estado burocrático, rentista, un Estado mercantilista. Entonces, el mundo popular es descrito como un mundo de emprendedores, como un mundo de empresarios y esto es una visibilización importante que, obviamente, no está en la mirada colonial, pero que también puede ser criticada por generalizar, simplificar, y restar importancia a la tradición cultural. El migrante construye un mundo que es básicamente igual al criollo, salvo que es más pobre aunque, de otro lado, tiene una mayor voluntad de logro, es más progresista.
Muy parecida y quizá complementaria a esta mirada es la elaborada desde el marketing, que puede singularizarse en la persona de Rolando Arellano, autor del libro La ciudad de los reyes, de los Chávez, de los Quispe…. Se trata de un discurso que renueva la mirada al mundo popular, ahora percibido como el mundo protagónico en la sociedad peruana. Es el mundo en el que emergería un nuevo Perú. Otra vez, como ocurre con De Soto se invisibiliza la cultura y se homogeniza al migrante como consumidor. La ciudadanía se hace equivalente a la capacidad de compra. En la representación de Arellano todos queremos lo mismo: los bienes de la modernidad, la integración a través del consumo.
Finalmente tenemos la mirada de izquierda. Quizá la más emblemática sea la producida por los teóricos de la dependencia en sus estudios sobre la urbanización. La idea básica es que estamos ante una población excedente que no tiene mayores posibilidades de insertarse productivamente en la economía y que, por tanto, no le queda más opción que ser revolucionaria. Este mundo es visto como homogéneo e indiferenciado. Destinado a un empobrecimiento sin salida. La única posibilidad abierta sería entonces el cambio revolucionario. Si tuviéramos que desmontar esta mirada, trazar la genealogía de sus elementos componentes, tendríamos que desplegar una serie de recorridos. La idea de un pueblo uniformemente bueno tiene mucho que ver con el corporativismo católico. Mientras tanto la expectativa de que la pobreza engendra una conciencia revolucionaria surge de la tradición marxista, en especial, de su vertiente más positivista. Finalmente la creencia de que el crecimiento económico es imposible proviene de las teorías latinoamericanas de la dependencia. Sea como fuere, la imagen es la de un mundo destinado a ser revolucionario. La base natural de apoyo de los partidos de izquierda.
Junto a estas miradas, la (neo)colonial, la neoliberal y la de izquierda, también podríamos hablar la mirada exotista que invisibiliza el mundo popular urbano. Esta mirada exalta la diferencia, es decir, la sociedad peruana es imaginada, ante todo, como heredera de una gran tradición cultural. Representa la otredad respecto a Occidente y la modernidad. Entonces, se produce la idea del Perú como país milenario, como el país de los incas. En esta visión, tan socorrida para efectos de la publicidad turística, este mundo popular urbano debe ser ocultado porque da vergüenza. No hay que mostrarlo porque no gusta al turismo. Desde esta mirada, este mundo popular urbano es ocultado, o en todo caso es visibilizado en cuanto a heredero de la tradición.
Creo que todas estas miradas, todas estas representaciones del mundo migrante, del mundo popular, del mundo cholo, están presentes, en distinta medida, en nuestra sociedad. Son discursos que coexisten en la opinión pública y hasta en nuestro mundo interior. Son discursos cuya prominencia tiene que ver, todavía, con lo incipiente de la capacidad de representación de este mundo popular, que recién está accediendo a los recursos simbólicos, educativos, que le pueden permitir una representación más fiel y autónoma.
Entonces, termino reiterando que este mundo se expresa con mucha plenitud en el campo de la música, la danza y la religión, pero, todavía, otros niveles son necesarios y que recién comienzan a darse. Ya están surgiendo intelectuales, personas con recursos expresivos capaces de dar cuenta de su experiencia vivida. Y comienzan a hacerlo ya de una manera descolonizada, y sin vergüenza. Pero todavía esto es un proceso incipiente, y al cual debemos tratar de apoyar.
Creo que existen dos caminos o alternativas dentro del sector emergente: tratar de mimetizarse con los que están arriba, o tratar de reconstruir una identidad sobre la base de la tradición. Creo que mucho del mundo emergente ha apostado sobre todo, aunque no únicamente, por el primer camino, que tiene que ver con un mimetismo social que implica tratar de disfrazar u “olvidar” la “modestia” de sus orígenes, identicándose abiertamente con un mundo al que han accedido gracias a su esfuerzo. Entonces se reproduce el racismo y la exclusión. El último en traspasar las fronteras sociales puede ser el primero en defenderlas.
La otra posición es apropiarse de su propia herencia, que creo que es minoritaria. En ese sentido, el conocido empresario Máximo San Román sería más una excepción que una regla. Además el proviene de un grupo misti. Pero también se puede mencionar al escritor Zein Zorrilla, que es un hombre de éxito, y que ha logrado construir una representación muy actual, quizá una de las más significativas de lo que ahora sucede en el mundo del ande. En su novela Camino al purgatorio, aborda la fragmentación del mundo andino. Tradicionalmente organizado en dos vertientes: por un lado la comunidad campesina, con sus autoridades que iban construyendo su legitimidad a través del ejemplo, la moralidad y la integridad; y por otro lado el gamonalismo, la autoridad despiadada, brutal. Estos dos modelos de autoridad han perdido vigencia, porque de un lado, en el gamonalismo el patrón es odiado, y del otro, el hombre íntegro, ampliamente prestigiado, deja de ser un referente porque ahora las poblaciones buscan personas con vínculos con la ciudad; entonces el que postula para alcalde ya es el comerciante, o es el maestro, o es el hijo del campesino de éxito que regresa profesional de la ciudad. Entonces son personas que pueden movilizar recursos pero que no despiertan la confianza que tenían las autoridades tradicionales.
Como mencionaba, este mundo popular se expresa con mucha plenitud en la música, la danza y la religión, mas la representatividad política todavía no se consigue. Pero ya comienza a haber intelectuales, personas de libros que son capaces de dar cuenta del mundo popular, de su realidad, de su experiencia vivida. Se puede apreciar intelectuales que tienen un origen popular pero que son ahora gente de libros, que tiene muchos recursos como para elaborar representaciones verbales consistentes. Por ejemplo, en el campo de las ciencias sociales, podría mencionar a Pedro Pablo Ccopa y María Emilia Yanaylle, que provienen de familias de trabajadores manuales con primaria completa, pero que son ya intelectuales. Para hacer este salto hay que tener mucha vocación, porque el capital cultural lo tienes que haber conquistado.
Estos nuevos actores comienzan a expresarse desde una manera descolonizada, y sin vergüenza. Todavía esto es un proceso incipiente, al cual hoy debemos apostar.

Desde las aulas del colegio en las zonas altas de Collique, le digo que gusta mucho su mensaje de este mes por expresar de muy cerca su vida y su posicion frente a los “nuevos limeños o nuevos citadinos”. Ah ah ah… Es usted un intelectual “pituco” de la izquierda caviar, sin embargo manifiesta una identificación esperanzadora sobre los migrantes
progresistas. Gracias por hacernos caer en la cuenta que del mundo de los conos de Lima podrían los intelectuales expresar desde su vida manifestar como son realmente nuestras familias. La mayor parte de ellas tienen mucho coraje -aunque hay de todos los estilos, ambicionan lo mejor para sus hijos e hijas. Respecto a cuestiones politicas, tenemos una forma peculiar de hacer y organizarse, se incluyen modos tradicionales con formas solidarias respecto de la población. Hoy en el cono norte se están reuniendo algunos empresarios e intelectuales para ver asuntos politicos pensando en iniciativas al Congreso, así como en campañas pre-electorales tempranas. El médico Dr. Nico de Collique junto a otros regidores de estos distritos están evaluando si conforman algún movimiento o se incorporan al de Yehude Simón. Gonzalo, su visión esperanzadora demuestra su sensibilidad respecto a nosotros los hij@s de migrantes a parte de su erudicion en varias especialidades. Siga compartiendo sus saberes respecto de “Los de afuera”. ANATERESA.
Comment by ANA TERESA ZEGARRA C. — 2008 03 @ 9:36 pm
Muy interesante su post.
Solo dos cuestiones:
1)Como se conceptualiza lo misti y lo indigena en las CCSS? A veces me parece que se usa esos terminos muy rigidamente y no reflejan lo fluido y dinamico que son esas categorias, hay gente que salta de una categoria a otra y no solamente en el ameztizamiento de la gente indigena urbana, o que son una u otra dependiendo de las circunstancias y lugares. Y tambien el uso de esos terminos hace que para los mistis o los hijos se le haga dificil “reclamar” sus raices culturales, al implicar que solo lo indigena es “autenticamente” andino.
2) Cual cree que sea el rol de las nuevas tecnologias en la representacion de lo andino? Por ejemplo en Youtube ahora puede Ud ver sin intermediarios expresiones culturales de los pueblos mas reconditos del Peru.
Comment by Amazilia Alba — 2008 03 @ 7:06 pm
Estimado Gonzalo:
Lo felicito por todo lo que usted hace,le escribo desde el Distrito de Quellouno,Provincia de La Convención en Cusco,aquí estamos en afanes de revocatoria, un ex.Alcalde que malversó fondos,quiere volver con el aprtido de los pitucos SOMOS PERU,yo quisiera que usted me oriente,qué mensaje puedo dr a mis hermanos de Quellouno para evitar que este mal ex-alcalde de los gamonales retorne a mi distrito.Gracias.Seguiremos en contacto.
Comment by Carlos Gonzales — 2008 03 @ 4:26 pm
Ah, los Indios de mierda… lastima que España nunca los extermino, cuantos problemas nos habrían ahorrado!
Comment by sss — 2008 04 @ 12:50 am