Estimado amigo:
Ayer tuve un sueño muy vívido que le procedo a relatar. Creo que allí se expresan actitudes profundamente mías. Ojalá me de pistas sobre su significado. No obstante, le confieso que tengo temor a encararme con alguna revelación inesperada. Pero por algo le escribo. Quizá más fuerte que el miedo es la curiosidad o hasta el presentimiento de que si supiera lo que allí se esconde mi vida podría ser más satisfactoria. Por razones que no escaparán a su comprensión he bautizado el relato como des-en-tonando.
Lo saluda afectuosamente
Enrique M.

Des-en-tonando
Es la fiesta de un amigo y aunque no conozco a nadie me siento obligado a quedarme. La casa es muy grande y los invitados se encuentran repartidos en diferentes ambientes. Algunos cerca de la piscina, otros en la sala, y muchos en el jardín. Yo no me ubico en ninguno de los grupos. Sucede que estoy desnudo y me siento incómodo, impresentable. Lo que me abruma es que mi cuerpo es poco atractivo: gordo, fofo y viejo. Me tengo vergüenza. Observo, desde lejos, a los invitados que no parecen darse cuenta de mi presencia. No puedo imaginar lo que piensan o sienten. Me pregunto, ¿Estarán contentos? ¿O solo dejan que el tiempo pase? Ellos no están desnudos pero aún viéndolos no logro inferir lo que sería una correcta forma de vestir. Estoy adherido a mi desnudez. Es como un compromiso que mantengo tercamente. En realidad no sé lo que me obliga a exponerme a miradas de seguro descalificadoras, a sufrir una vergüenza que me aísla. Pero, a medida que el tiempo pasa me voy dado cuenta que si podría haber una manera adecuada de estar. Unos shorts y una camisa o polo. Es decir, casi un pijama. Algo sencillo y bastante convencional.

Amigo Enrique

Veo en su sueño una tensión central que pareciera resolverse hacia el final. De un lado el deseo de pertenecer, de integrarse a la reunión y ser como –y con- los demás. Pero, del otro, un sentirse inadecuado, como si Ud. hubiera internalizado una mirada que lo desvaloriza radicalmente. Esta situación se complica por el hecho de que Ud. no siente que la reunión sea realmente feliz. Y, además, porque hay una fuerza que lo somete a permanecer en la vergüenza de su aislada desnudez. Entonces, podríamos decir que a la tensión señalada subyace tanto una incertidumbre sobre el valor de estar integrado, como, también, un sentirse obligado a permanecer en situación tan desventajosa. Digamos que la sociedad no lo atrae demasiado y que Ud. se siente impotente para cambiar. Aparece pues condenado a un orgulloso sufrimiento. Pero, casi al terminar el relato, Ud. descubre que es posible integrarse, ser uno más, con tal de adquirir una presencia ordinaria. Sacrificar esa desnudez doliente que lo hace especial por una protectora uniformidad que lo salvaría del sufrimiento.

Pero antes de detenernos en el desenlace quedemos con el núcleo de la trama y tratemos de ir más lejos: ¿no habrá algo de exhibicionismo en su permanecer desnudo? ¿y en esa “orgullosa vergüenza” lo que exhibe no será acaso su incomodidad y sufrimiento? ¿no está realmente gozando de su humillada situación? ¿no se ha puesto a pensar si no palpita en su narrativa un deseo autoritario de someter a los demás? ¿o, al menos, una protesta auto destructiva por la falta de reconocimiento? ¿de repente lo que Ud siente es envidia por una normalidad que ni siquiera entiende? ¿no será prisionero de un doloroso narcisismo? ¿quizá está alienado a la figura de un paria, sobre identificado con la exclusión? ¿Demasiadas preguntas? ¿Dónde encontrar las respuestas?
No se aflija. Vayamos paso a paso. Empecemos con una hermeneútica jungiana cuyo principio es que cada uno de los personajes del sueño representa a diferentes partes de su mundo interior. Para empezar tenemos la amplitud de la casa que nos habla de lo dilatado de su mundo interno. Observamos, luego, a la gente de la reunión, al amigo que lo compromete y, finalmente, a Ud. mismo. Esa gente extraña, desconcertante, simbolizaría fragmentos inconscientes de su propia subjetividad. Esos fragmentos aludirían a mandatos sociales o deseos que pese a que le resultan desconocidos son paradójicamente bastante convencionales. De otro lado Ud. representaría a su propia conciencia, desconcertada por la situación que atraviesa. Casi incapaz de elegir. Desgarrada y sufriente. Atrapada en dilemas: ¿me voy o me quedo? ¿permanezco desnudo o me visto? Por último, su amigo sería el mediador que lo compromete a reunirse con personas con las que Ud. no parece querer o poder relacionarse. Entonces ese amigo representaría una presencia lúcida que impulsa la integración de ese mundo tan vasto y disperso. Es la figura interiorizada de un analista o consejero que lo convoca a sumergirse dentro de sí para encontrar que allí no hay nada tan terriblemente especial.
Sigamos ahora con una perspectiva existencialista. La idea matriz es que todos estamos llamados a un futuro que tenemos que elegir y construir sobre la base de nuestro ser particular. Entonces la ansiedad que flota en el sueño sería una señal que le está advirtiendo del peligro que significa comprometer su autenticidad. La gente expresaría esa presión normalizadora a la que Ud. resiste. Su vida se ha construido rechazándola. Pero esa fuerza contraataca exigiendo que Ud. sea uno más, que se traicione a sí mismo. Tendría que escoger entre una integración banalizadora y una fidelidad a esa vocación sufriente. La normalización se le aparece como pérdida de sustancia y trivialidad pero, de otro lado, los sentimientos que preserva en su dolorosa marginalidad son dolorosos. Su individualidad aparece pues como un peso.

Desde el psicoanálisis clásico, freudiano, todo sueño debe ser pensado como la realización de un deseo, como una narrativa destinada a proteger el descanso mediante la creación de satisfacciones ilusorias que calmen los conflictos. Entonces la pregunta tendría que ser: ¿cuál es el deseo que se realiza en el sueño? La respuesta no puede ser otra que el anhelo de castigo. Es decir, el trasfondo del sueño es un sentimiento de culpabilidad que se alivia gracias a su dolor. Y la culpa que Ud. está pagando es el sentirse inadecuado, “gordo, fofo, viejo”. Hay entonces un enjuciamiento donde Ud. es un reo que se acusa de no cumplir ciertos patrones estéticos y, posiblemente, morales. No estar a la altura de las exigencias lo coloca en una situación de pena y ansiedad. Entonces es culpable pero al menos está castigándose. Ud. no desafía los valores hegemónicos sino que los acata humildemente. Su dolor e incomodidad son entonces garantías de que Ud. es una buena persona.
Si interpretamos el sueño desde los conceptos lacanianos tenemos que identificar la manera en que el ímpetu del “goce” se vive en el relato. El “goce” es esa tendencia al placer excesivo que nos impulsa más allá de lo razonable hasta llevarnos al dolor. El sueño es la alucinación del “goce”. Analizarlo nos permite precisar el “síntoma”; es decir, las formas en que un individuo, en este caso Ud., maneja su impulso al goce. Ahora bien, en su narrativa es claro que Ud. “goza” en esa posición de dolido y desnudo aislamiento. Sentirse inadecuado, no ser tomado en cuenta, estar poseído por la vergüenza: estos son los elementos que integran la fórmula de su “goce”. ¿Cuál es el placer que Ud. deriva de todo ello? La pregunta es pertinente pues en apariencia solo hay dolor. Quizá el placer se esconda en esa intensificación de la conciencia de la propia vulnerabilidad. Me explico, Ud. se entrega a un “martirio” donde el sufrimiento es un sacrificio y por tanto la ganancia de una “buena conciencia”. Entonces Ud. se vive como consecuente y corajudo, definitivamente distinto de todas esas gentes a las que no acaba de entender. Hay pues una ganancia de placer en el tormento que se infringe. Por tanto, en la medida en que se agrede Ud. se presume diferente y más valioso que los otros. De la tragedia que protagoniza fluye una suerte de belleza moral. El síntoma que lo caracteriza es un masoquismo autocomplaciente.

Ahora volvamos a las tensiones que el sueño pretende aliviar. Se trata de entender la narrativa onírica como elaborando una “formación de compromiso”, como un intento de sintetizar desgarramientos o antagonismos. En su sueño Ud. siente que existe una disyunción entre normalización e individuación. La primera, despersonalizada y banal; la segunda aislada y dolorosa. La integración le tienta y continuar desnudo es torturante. En todo caso Ud. no sabe como uniformizarse y hacerlo tampoco le parece una ganancia decisiva. Sea como fuere, hacia el final del sueño se produce el asomo de síntesis y la tensión parece aliviarse pues Ud. imagina que con una ropa muy casera, íntima, Ud. podría acercarse a los demás y salir de la exclusión. Es decir, la dicotomía se diluye pues sería posible un encuentro no trivial con los otros. Una reunión basada en la proximidad y la confianza.

¿Pero cómo llega Ud a descubrir que bastaría una ropa muy sencilla para abandonar su tormento y ser parte de un satisfactorio colectivo? Desde Lacan, lo decisivo habría sido darse cuenta de la necesidad de atemperar su goce con la aceptación de la ley que prohíbe la desnudez y que prescribe una “corrección” que no tiene que eliminar la manifestación de la intimidad pero si sujetarla dentro de un ámbito de pudor que es socialmente aceptable. Desde Freud, en cambio, lo decisivo sería tomar conciencia de lo infundado de su culpa, de lo prescindible del castigo. Entonces el atisbo de reconciliación con que termina el sueño provino de no juzgarse en términos tan duros, de no sentirse tan especial. No, Ud. no tiene el monopolio de lo deforme. Ud. descubre que tratar de sentirse libre de imperfecciones es un mandato aristocrático y represivo, que impulsa hacia un imposible absoluto, un ideal que invalida y culpabiliza.

Sentirse libre de exigencias mortificantes, tal como propone Freud, y aceptar la ley que normaliza e impide los desmanes del goce, tal como lo sugiere Lacan, representan en realidad la cara y el sello de la misma actitud. En efecto, la propuesta de Freud apunta a relativizar esos mandatos que por desproporcionados terminan siendo crueles. ¡Sé el mejor! ¡Ese cuerpo gordo, fofo y viejo es una vergüenza! Entonces somos colocados en el banquillo de los acusados e, inmediatamente, sentenciados culpables. Solo con nuestro dolor sentiremos que algo pagamos de nuestra deuda. Y, por tanto, la culpa se alivia un poco. Mientras tanto en la propuesta de Lacan debemos frenar el goce mediante una norma que impida ir más allá del placer, hacia ese sufrimiento auto complaciente. Articulando las enseñanzas de Freud y Lacan, tendríamos el precepto de evitar la culpa pero sin caer en el goce indómito. Y no parece haber otra forma de lograrlo que personalizar las normas. Digamos: ser gordo, fofo y viejo no es un delito. Lo criticable es más bien la tiránica imposición social. Debemos reconciliarnos con nuestras imperfecciones pues resultan en gran medida inevitables. No tiene sentido agredirse. Mejor sería dejarse ser. Y, para hacerlo, de otro lado, necesitamos una norma que nos impida lanzarnos a los brazos de la culpa gozosa. Y esa norma no puede ser otra que rechazar la seducción trágica. Aceptar, por ejemplo, una responsabilidad razonable. Es decir, algo podemos hacer por nuestro físico, es posible cuidarse pero no tiene sentido rechazar los estragos propios de la edad que son naturales a la condición humana.
Entonces todo apunta a deconstruir la dicotomía entre enajenación y autenticidad. Es decir, ni rechazar la norma general en virtud de una supuesta esencia (la imposible búsqueda de autenticidad que termina siendo un abandonarse al mortífero goce); ni, menos aún, ser esclavo de la norma, dejarse enajenar por ella, sobre identificarse con los ideales. El primer camino conduce a la tortura del goce, el segundo a la culpa de nunca estar realmente a la altura. Entonces fuera necesario estar del lado de la norma y la culpa para frenar el goce; y, simultáneamente, rescatar el placer para no terminar aplastado por los ideales. Finalmente nos encontramos con Aristóteles y su concepto de prudencia como una suerte de pragmatismo informado que busca en cada circunstancia el camino que libera la vida y la potencia de existir. El proyecto existencialista requiere entonces tanto de sacrificar la autenticidad para rescatar los ideales, como de sacrificar los ideales para abrir paso a la autenticidad.
En el sueño es visible que Ud, está en un buen camino. Abandona su aislamiento pero para integrarse de una manera personal, pretendiendo una relación con los demás que no pasa por las apariencias.
Finalmente, regresemos a Jung y su propuesta de una “amplificación externa” como modalidad para interpretar los sueños. La idea es que el relato onírico puede ser leído como una expresión cultural, como un drama humano que trasciende las particularidades de donde surge para poner en evidencia los problemas fundamentales de la relación entre los individuos y la sociedad. Desde esta perspectiva, en la socialidad que se desarrolla en la fiesta Ud. representa lo que no encaja, lo desnudo que no quiere ser visto. Ud. es entonces el “síntoma” de una colectividad que se erige sobre la base de negar el sufrimiento de los individuos. En efecto, en el mundo que vivimos se espera que todos estemos bien y que nadie abrume con sus problemas. Cada uno debe auto contenerse tras un semblante de cómoda suficiencia. Pero en el sueño Ud. expresa ese malestar negado. Su condición particular tiene pues un carácter emblemático. En Ud. todos podríamos reconocernos algo de nosotros mismos.
Ahora bien, se puede ir más lejos tras los pasos de Jung si seguimos su recomendación de analizar el sueño ya no desde la historia personal sino desde el simbolismo de la cultura. En este sentido el hecho clave es la “desnudez”. La desnudez avergonzada que Ud. siente es similar a la que vivieron Adán y Eva una vez que fueron expulsados del paraíso. Antes de la caída estaban desnudos y felices. Pero tan pronto como fueron castigados se sintieron profundamente inadecuados de manera que corrieron a procurarse algún vestido. Ya no eran inocentes, tenían que ocultar sus cuerpos. La transparencia se perdió para siempre. Era necesario protegerse de las miradas de los otros. Sobre el simbolismo de la desnudez Chevalier y Gheerbrant, escriben: “El simbolismo de la desnudez se desarrolla en dos direcciones: aquella de la pureza física, moral e intelectual, espiritual, y aquella de la vanidad lasciva, provocadora, que desarma el espíritu en beneficio de la materia y los sentidos”(p. 680).
Entonces su presencia en la fiesta puede entenderse como un reclamo de compasión e integridad. Exige a los otros una mirada que los ponga en contacto no sólo con Ud. sino también con ellos mismos. Mientras tanto, la socialidad “normal” se construye sobre la base de invisibilizar la incómoda verdad que su desnudez pretende hacer evidente.