La creencia como poder sobre la memoria y la vida
Emergina tiene 36 años, vive en Ventanilla, está casada y tiene dos hijos, Patricia de 6 años y Juan Diego de 4. Su esposo, José, trabaja en labores de limpieza en una empresa que hace servicios para el diario La República. Gana 650 soles por mes y trabaja doce horas al día, seis veces por semana. Hasta hace poco lo despedían y volvían a contratar. De esta manera no le pagaban las vacaciones y gratificaciones respectivas. Ahora, en reconocimiento a su laboriosidad y buena disposición, ha pasado a planilla. Es un trabajador estable.
Pese a lo reducido de los ingresos familiares, Emergina tiene en su casa un menaje doméstico bastante completo: televisión a color, DVD, licuadora, refrigeradora, equipo de música. Ella trata de complementar como puede la remuneración de su pareja. Como los niños van al nido y ella ha conseguido la ayuda de una joven, que es prima de su esposo, ahora puede trabajar limpiando casas en Miraflores o vendiendo manzanas que su prima trae de Mala.
Emergina tiene a veces dolores de cabeza y pesadillas. Pero no les da importancia a estos malestares pues tiene la ilusión de ver logrados a sus hijos como profesionales. En todo caso, su mayor queja es el no poder disfrutar el domingo fuera de su casa, pues la economía familiar no lo permite.
Esas pesadillas tiene que ver con su pasado, Emergina nació en 1970 en Ayacucho, en un distrito de la provincia de Víctor Fajardo. En 1980 llegaron a su pueblo “los senderos” que ganaron la simpatía de la población. Hablaban quechua y les decían que ellos, los comuneros, no tenían lo que merecían pero que habrían de conseguir una vida mucho mejor gracias al partido. En consecuencia había que luchar contra “los ejércitos”. Toda familia debería tener, en su casa, un balde de arena y una caña con un clavo en la punta. Así podrían defenderse. Arrojar arena a los ojos de “los ejércitos” y hacerlos huir con las “lanzas”. La gente del pueblo era bien ignorante, comenta Emergina. Sendero no los defendió de la incursión de los militares y muy poco pudieron hacer. Quedaron pues abandonados a su suerte.
Los recuerdos más vividos de Emergina se refieren a la convocatoria de los “ejércitos” o los “senderos” a la plaza del pueblo. Era terrible, nadie sabía lo que iba a pasar. En la plaza sus vidas estaban abandonadas a la suerte y a la política o capricho de quien los convocaban. En su pueblo, según estima, más gente murió a manos de los “senderos” que de los “ejércitos”. Además, los “senderos” no mataban de una, sino que torturaban primero. Cortaban una oreja, luego otra, después la nariz y seguían así hasta terminar con la vida de sus acusados. A los 11 años Emergina fue testigo del asesinato de sus tíos y primos. Después de las primeras matanzas, la comunidad dispuso de un sistema de vigías de modo que la gente pudiera huir hacia las alturas apenas se corría la voz de una incursión. Esas noches de frío y miedo, en pequeñas cavernas o descampados, están plenamente presentes dentro de ella.
A los trece años Emergina y su mamá se van a vivir a la costa, a Mala. Entonces acorta su nombre a Gina y aprende a hablar bien español. Después migra hacia Lima trabajando como obrera y como empleada del hogar.
A Gina no le gusta recordar, ¿para qué? se pregunta, si cada vez que lo hace regresan los sufrimientos de lo que quiere huir. No, ella quiere mirar hacia el futuro con la ilusión que le da el amor por sus hijos. Es muy paciente con ellos y está muy agradecida con José, su esposo, que es de Cajamarca, que no habla quechua, ni ha pasado por experiencias similares.
Digamos que la estrategia de Gina ha sido tratar de bloquear sus recuerdos dolorosos. Se trata de creer, de apostar por el futuro. En realidad a Gina no le gusta contar su historia y solo en una relación de confianza, y requerida a hacerlo, se anima a revivir su pasado.
II.
Quisiera comparar la posición de Gina con la de Primo Levi, sobreviviente del holocausto, y uno de los más lúcidos cronistas de la vida en Auschwitz, el campo de exterminio donde estuvo prisionero 10 meses.
Primo Levi escribe un libro fundamental “Si este es un hombre”. Lo hace en 1946, poco tiempo después de ser liberado por el ejército soviético. Su narración destaca por su objetividad y precisión. Es el testimonio de alguien que ha logrado una verdadera distancia respecto a su experiencia. De esta manera puedo objetivarla sin adjetivaciones, en un tono casi minimalista.
Levi nació en 1919, era judío de origen y químico de profesión. En 1943 se une a una milicia antifascista pero es capturado por la policía nazi. Entonces, no hay duda, siendo judío y antifascista es enviado a Auschwitz junto con otros 600 judíos italianos. De este grupo sobreviven solo 20, es decir el 3%.
III.
Ahora quisiera hacer un intermedio antes de continuar con Primo Levi. Freud decía que en el inconsciente no hay tiempo, todo lo vivido se sedimenta de manera que el pasado está siempre presente en nuestro mundo interior. No necesariamente bajo la forma de una elaboración simbólica, de un recuerdo que pasa por la palabra pero si, al menos, bajo la forma de una huella afectiva. La intensidad de esta presencia es mucho mayor cuando se trata de acontecimientos traumáticos que conllevan una intensidad emocional que desborda la capacidad de elaborar de la persona que los sufre. Entonces, el trauma es como una coagulación, una suerte de tumor que contamina nuestra vida anímica. Estas vivencias, aun cuando hayan sido olvidadas o reprimidas regresan una y otra vez, acechan y socavan nuestro ánimo. Son parte nuestra, para siempre.
La solución de Freud es “elaborar el trauma” pues narrar los hechos sufridos haría posible comprender aquello que ocurrió. Así se podría atenuar lo terrible del acontecimiento, reintegrarlo como un episodio en el flujo de la vida, superar la fijación que nos detiene.
Esto es lo que hace Primo Levi, ya desde 1946, cuando publica su testimonio. En los años siguientes Levi se convierte en un escritor a tiempo completo y en una celebridad internacional. Levi afirma que no odia a los alemanes pero que tampoco los perdona. Conforme se hace más conocido, las invitaciones a dar conferencias y entrevistas se multiplican. Y todo en torno al holocausto.
La sociedad lo nomina como el guardián del recuerdo de la barbarie nazi dice Judith Butler y él acepta esta condición como una suerte de deber moral para que el recuerdo permanezca y la historia no se repita. No obstante, esta reactivación constante de sus recuerdos no parece haberle hecho bien. Sufría continuas depresiones.
En “La tregua” escrita en 1947, Levi cuenta una pesadilla que se repetirá hasta su muerte en 1987. Sucede que de pronto esta nuevamente en el “lager” y escucha la palabra “a levantarse” en polaco. La intensidad del sueño es tal que pareciera que Levi nunca hubiera salido de Auschwitz. Es como si él viviera en el campo de exterminio y su vida cotidiana fuera solo un sueño. Atrapado por sus recuerdos, y más todavía, como sugiere Butler, por el rol de testigo de excepción que le asignó la sociedad, el 11 de abril de 1987, a los 68 años, Levi se suicida. Ese mismo día, su esposa dice que estaba cansado de la vida.
IV.
Para explicar situaciones como las de Levi se ha teorizado la existencia de un “complejo de culpa en el sobreviviente”. La vida que tiene es la de alguien que la perdió. Entonces, se instala, por el hecho de estar vivo, un cargo de conciencia, una voz acusadora, una pesadumbre en el alma.
En cambio para explicar situaciones como la de Gina se ha elaborado el concepto de “resiliencia” entendido como capacidad para resistir el sufrimiento sin una pérdida total de la alegría de vivir. El término viene de la ingeniería y su significado original es la capacidad de un material para resistir un monto de presión antes de deformarse. Este concepto surge en la psicología de los años 70. La “resiliencia” se supone asociada a la capacidad de simbolizar, a la creatividad, y a la solidez de los vínculos en la infancia temprana. Aunque sea solo de pasada, me parece importante señalar que este concepto puede llevar a ignorar el sufrimiento del otro, desde una perspectiva racista en la que este otro aparece como “recio”, fuerte, casi insensible.
Entonces podríamos decir que Primo Levi sufrió “el complejo de sobreviviente”, mientras que Gina fue “resiliente”.
V.
Pero sin entrar a discutir lo válido que pueden tener esas explicaciones quisiera proponer una alternativa que se fundamente en la obra de Slavoj Zizek y el psicoanálisis lacaniano.
Se trata de la idea de creencia. Para Zizek la creencia no es una certidumbre pues se trata de una apuesta incierta. Hasta cierto punto es “una decisión”, una suerte de salto, un tratar de sobrepasar el desánimo mediante una fe sin fundamentos ni garantías pero que es capaz de producir una ilusión, un reencuentro con el deseo. El orden de la creencia dice Zizek, “no concierne a los hechos sino que da expresión a un compromiso ético incondicional.” A este orden pertenece la política de los “derecho humanos”. En efecto, si uno trata de fundamentarlos “en nuestro conocimiento y humanidad, la conclusión inevitable será que las personas son diferentes radicalmente, que algunas tiene más sabiduría y dignidad que otras”
En este sentido, son ejemplares las cartas que la Madre Teresa de Calcuta escribe a sus confesores. En medio de una entrega total a los desvalidos, en la ciudad más pobre del planeta, la Madre Teresa duda de la existencia de dios. Pero, estas tribulaciones no impiden la continuidad de su esfuerzo. La fe implica, dice Kierkegaard, un salto a la vez que una lucha agónica para perseverar en ese nuevo lugar que nunca termina de ganarse. Todo diálogo con dios es un monólogo incierto. Incertidumbre y perseverancia.
Volviendo entonces a las historias de Gina y Primo Levi podríamos decir que Gina hizo la apuesta por su familia y el progreso. Entonces, su vida adquiere un sentido que la protege hasta cierto punto del regreso de las vivencias traumáticas. Mientras tanto, Levi estuvo, quizá, demasiado expuesto a sus recuerdos. El ejercicio constante de la simbolización a través de sus narraciones no fue suficiente para devolverle la confianza y el deseo, la alegría de vivir.
VI.
Podrá pensarse que la mejor opción fuera combinar el análisis y la capacidad de elaborar, con de otro lado, la creencia y su posibilidad de producir entusiasmos. No obstante, esta combinación es problemática pues, como se sabe, el racionalismo, si bien no impide la creencia, si la dificulta. En efecto, para una persona sumergida en lo que Arendt ha llamado “la vida de la mente”, el escepticismo y la duda son actitudes naturales; creer entonces se hace más difícil. Quizá habría que recordar a Pascal quien recomendaba a sus amigos pensadores entregarse sin reservas a la creencia mediante la participación en los rituales religiosos. “Arrodíllate y creerás”. La propuesta es poner las dudas en suspenso y entregarse ciegamente a la actividad. Poco a poco, la creencia se instalara con firmeza, de manera que las vacilaciones serán menos paralizantes.
VII.
Danilo Martuccelli constata que la teoría social se ha movido entre dos afirmaciones mutuamente contradictorias. De un lado está la constatación de la experiencia personal de la modernidad como separación entre la realidad social y la dimensión subjetiva. Es decir, el individualismo, la vivencia de la libertad como hecho característico de una época donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Cada persona es convocada a construir su propio proyecto de vida en un contexto donde lo normativo se debilita, en que la figura del padre-amo se ha caído.
Pero de otro lado, la teoría social ha construido una visión del mundo donde la subjetividad es una variable dependiente que aparece determinada por las estructuras económicas, culturales y políticas. Entonces dada la posición socioeconómica de un individuo podríamos inferir su estilo de vida, sus creencias y su toma de partido a nivel político. Este es el supuesto básico de las teorías de las clases sociales. En esta segunda perspectiva los fenómenos individuales, tales como la movilidad social ascendente y descendente tienden a ser invisibilizados.
Martuccelli opta por una sociología que partiendo de los individuos logre identificar en sus trayectorias biográficas los factores que los condicionan, pero sin que esto implique perder de vista la dimensión de la “agencia”.
Digamos, entonces, que ni todos los sobrevivientes del holocausto se suicidan, ni todos los desplazados por la violencia pueden continuar con una vida con una razonable alegría de existir tal como lo ha hecho Gina.
Gina, como muchos peruanos, ha optado por encapsular sus vivencias dolorosas, por no recordar. Trata de evitar que el pasado invada su presente. Apuesta, en cambio, al futuro, en la creencia de que su familia le permitirá intercambios afectivos que la recompensen de sus sufrimientos. Ahora bien, la posibilidad de creer y apostar es mucho más probable en un mundo social como el peruano popular, tan marcado por las certidumbres de la religión, donde el racionalismo no ha socavado la vigencia de lo maravilloso.
La historia de Gina viene a poner de manifiesto una capacidad de agencia en el mundo subalterno. Capacidad puesta en duda por autores como Gayatri Spivak con su famoso dictum “los subalternos no pueden hablar”. Esta frase expresa una gran verdad puesto que el subalterno (mujer, indígena, pobre) no tiene mucha capacidad para representarse a sí mismo de manera que es construido discursivamente desde el otro hegemónico. No obstante, una historia como la de Gina hace pensar que el mundo subalterno, aunque tenga grandes dificultades para hablar, si tiene una mayor facilidad para creer.
VIII.
Las ideas de Zizek sobre el creyente pueden entenderse con mayor facilidad si contraponemos esta figura a la del fanático. A diferencia del creyente, el fanático no tiene dudas, se concibe como un instrumento de una causa superior que lo fundamenta. Trata de anular cualquier asomo reflexivo. Tiende a convertirse en un autómata, se cosifica. Como resulta muy difícil mantenerse en esta posición de absoluta certeza y optimismo, y como la duda siempre tiende a regresar, entonces el fanático tiende hacia la inmolación, a convertirse en mártir de esa causa que lo trasciende y que lo instituye, que lo convierte en un instrumento, en un enviado. El creyente duda pero persevera en la apuesta. Esta combinación de duda y apuesta es lo que le permite acoger sus fluctuaciones anímicas sin caer en la inmolación del fanático o en la depresión del escéptico. El ejemplo de esta actitud, dice Zizek, fue dado por el propio Jesús cuando crucificado, duda, pero finalmente se entrega a su creencia. Entonces a la frase “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”, le sigue la renovación de su apuesta: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Al terminar esta breve disertación quisiera relativizar su argumento. Introducir una sensación de cautela. No es que seamos omnipotentes por creer. Tampoco es que el pasado traumático deje de estar vivo porque optemos tercamente por adherirnos a la vida. Finalmente la creencia puede derivar en fanatismo. No obstante, pese a todo, la creencia es el único camino para el encuentro con el deseo de vivir.

ya me dio ganas de estudiar sociologia…
Comment by zambocholo — 2007 09 @ 2:58 am
es interesante leer acerca del poder de la fe sin caer en el aburrimiento…muy ilustrativo…ojala que siga asi..suerte
Comment by Fiorella — 2007 09 @ 3:52 am
Soy antifreudiano, porque es antiliberal estar atado a una carcel que está dentro de nosotros. Prefiero la resiliencia como actitud, que se logra a través del cinismo hedonista ¿Suena fuerte? Pero es la actitud mas sabia desde el punto de vista dela vida mejor.
Así, creo que la CVR fue un error impuesto por algunos “iluminados” pseudocientificos que asumían que raspando la cicatriz se sanará la herida. Falso. A veces se infecta o reinfecta.
Amigo Antonio
entré a su blog y no vi huellas de ese cinismo hedonista que preconiza como filosofía de vida. Encontré algo muy distinto: una demanda de amor.
Está bueno el término. Suena a comecura. Simpatizo con la sinceridad y la desverguenza. Pero el cinismo es un talante vital que no te arraiga en la vida. El cínico está muy expuesto a la depresión. Es muy difícil construir un sentido de vida teniendo como único referente la voluptuosidad pues está se agota rápido.
En el comentario sobre la CVR creo advertir un poco de odio. ¿Por qué?
En lo que digo está implícito un llamado de atención a la gente de la CVR.
saludos
Gonzalo
Comment by Antonio Azul — 2007 09 @ 5:29 pm
Muy bueno, felicitaciones Gonzalo. Entonces el creer es un instinto de sobrevivencia y el suicidio es a causa de la falta de fe en absoluto???.
Gracias.
Comment by Mauricio — 2007 09 @ 3:34 am
Este tipo de roles que asigna la sociedad –por ejemplo: guardián del recuerdo de la barbarie nazi- son siempre peligrosos y muy duros de llevar. La sociedad, así como necesitas paradigmas edificantes –la madre que sale adelante a pesar de un pasado traumático-, parece necesitar también presentar ofrendas sacrifícales. Pucha, visto así genial el invento cristiano de la recreación en la misa del sacrificio de Cristo: el ritual elimina o al menos sublima la necesidad de andar sacrificando gente.
Lo más genial de la obra de Bob Dilan a mi parecer es como cambiaba de piel cada vez que el publico pensaba que era x o y. O que hacia folck, o que hacia rock… pero no los dos a la vez pues. Bueno, el compadre hacia la mitad del concierto uno y luego el otro. Y lo odiaban por eso. Pero, a si vista, la opción suya resulta la más sana.
Quizás el problema de Primo Levi no fue reelaborar su trauma. Tampoco necesariamente haber optado por aceptar ser el “guardián del recuerdo de la barbarie nazi”. El problema más bien fue que se quedo en ese papel mucho tiempo.
Dices que la creencia religiosa es el único camino para el encuentro con el deseo de vivir. No me cuadra del todo. ¿No le darías una oportunidad a la capacidad de reinvención de tenemos los seres humanos? ¿No nos da la postmodernidad y los instrumentos teóricos que tenemos a estas alturas la capacidad de recrearnos cuando es necesario?
Esto me trae a la mente lo frecuente que en USA es hablar del second act, o ahora ultimo, lo que sería la versión 2.0 o 3.0 de una persona (así como en software): como en cierto momentos de la vida puedes dejar atrás un estilo de vida e iniciar uno nuevo a los 20 40 60 o cuando quieras. Cosa que no recuerdo haber observado en Perú, donde somos aun tan… ni siquiera modernos. Qué lejos y que cerca pueden estar una cultura de la otra: en google 262,000,000 entradas para “second act”, 2,760,000 para “segundo acto”. La mayoría –cuando se trata de recreación personal- en España, sin duda, como se han puesto al día los españoles, es casi de no creerlo.
Muy bueno tu blog
Comment by Daniel Samanez — 2007 09 @ 2:28 am
Ha sido un buen recuento la exposición de estos dos casos, más aun seguido de un examen posterior de la psicología de Freud, la de Martuccelli y la de Zizek (recuerdo que escuhé de él por la conferencia de Jodi Dean hace algún tiempo). Aquellos casos son tan lejanos cronológico y espacialmente hablando; sin embargo, lo que los aquejó fue un hecho trágico y que atormentaba sus recuerdos. Dada la distinción de ambas, también presentaron esos dos modos diferentes (la resiliencia y el complejo de culpa de sobreviviente) de creer.
La creencia, de hecho, supone avanzar, tomar rumbo. Como la duda supone quedarse, revisar, regresar por el rumbo tomado. Si es que nos detenemos nos daremos cuenta que hasta las cosas presuntamente estáticas cambian y se mueven. Si buscamos abandonar este estado, nos daremos cuenta de que no será difícil movernos. Hemos llamado, prolongando el movimiento a demás movimientos, vida a ello, así al menos lo entendemos en nuestro conocimiento occidental. El occidente, y las demás culturas pequeñas comparadas a nuestra civlización, aseveró esto y casi no hay nadie dispuesto a detenerse, es decir, reitero, a dudar sobre la vida.
Cabe aclarar que lo anterior presupone generalidad y de hecho escapa la casualidad de casos atípicos. Es así como obró Martucelli, partío de casos individuales. Según téngamos un grupo de condiciones podemos dar la espalda al avance y solo deternos y no ver más ningún avance, esto es –de seguro– el suicidio. Eso alude al caso de Levy, y se podría asociar las otras ideas del párrafo anterior al caso de Emergina.
Hoy en día prevalece usted, yo, él y ella, a partir de ahí pueden prevalecer ustedes, nosotros y ellos. A eso se debe que cada quien también decida sobre sí. Ya Durkheim, en los comienzos de la sociología y de la idea vertebral que los hechos sociales deben estudiarse como realidades externas al individuo, había estudiado el suicidio ya como un mal sujeto a causas extrínsecas. Sin embargo, ya no decir esto tiene sus concesiones porque actualmente así tengamos un sesgo hacia socializarnos e imitar a los demás; ello cuenta con una relatividad, idea procendente del relativismo.
¿Qué es lo mejor? La respuesta, a todas luces, se da de manera genérica y podría hacernos pensar que incondicinalmente vivir, moverse, no detenerse, no morir. Tantos gritos de auxilio en la mayoría del globo, tanta pena con la sola alusión a la muerte, porque la muerte es una tragedia, solo es comedia cuando queremos reírnos de nosotros y estamos más vivos que nunca.
La creencia no, de otra parte, solo permite vivir, también permite vivir siguiendo la vida en sociedad. ¿A qué me refiero? Por Foucault, no solo él, sabemos que hay seguridad en el interior de nuestra convivencia con los demás y ella permanece porque hemos practicado los hábitos que ella nos ha inculcado. Además, para movernos sin tropezar necesitamos de un saber. De esta necesidad fatal –por lo inmortal cuando vivimos– nos afánamos por buscar más creencias, así se multiplican para dar todo un conjunto de coherencia, un entramado complejo de premisas. Además, por ello lo occidental aprueba y se construye sobre la filosofía griega y de la que se hace filosofía: necesitamos explicar lo que ocurre, en este sentido, creer y creer que podamos seguir creyendo.
En esa realización también eliminamos creencias y, literalemente, nos detenemos para cuestionar. Eso también es virtud del escéptico que no es más que otra importante atribución a la filosofía y al saber en general, desde luego: no es un avance lineal, sino uno irregular, controvertido, multiforme.
A conclusión, para referir directamente mi intención, he querido sumarme a las explicaciones dadas por usted y también prolongar que toda crencia supone vivir y éste último supone otras inherencias como dudar. A lo que concierne a la idea del fanatismo, original del estudioso esloveno, es una creencia absoluta, más bien no relativa, por ello para vivir también necesitamos dudar.
Comment by Jol — 2007 09 @ 12:22 am
Ha sido un buen recuento la exposición de estos dos casos, más aun seguido de un examen posterior de la psicología de Freud, la de Martuccelli y la de Zizek (recuerdo que escuhé de él por la conferencia de Jodi Dean hace algún tiempo). Aquellos casos son tan lejanos cronológico y espacialmente hablando; sin embargo, lo que los aquejó fue un hecho trágico y que atormentaba sus recuerdos. Dada la distinción de ambas, también presentaron esos dos modos diferentes (la resiliencia y el complejo de culpa de sobreviviente) de creer.
La creencia, de hecho, supone avanzar, tomar rumbo. Como la duda supone quedarse, revisar, regresar por el rumbo tomado. Si es que nos detenemos nos daremos cuenta que hasta las cosas presuntamente estáticas cambian y se mueven. Si buscamos abandonar este estado, nos daremos cuenta de que no será difícil movernos. Hemos llamado, prolongando el movimiento a demás movimientos, vida a ello, así al menos lo entendemos en nuestro conocimiento occidental. El occidente, y las demás culturas pequeñas comparadas a nuestra civlización, aseveró esto y casi no hay nadie dispuesto a detenerse, es decir, reitero, a dudar sobre la vida.
Cabe aclarar que lo anterior presupone generalidad y de hecho escapa la casualidad de casos atípicos. Es así como obró Martucelli, partío de casos individuales. Según téngamos un grupo de condiciones podemos dar la espalda al avance y solo deternos y no ver más ningún avance, esto es –de seguro– el suicidio. Eso alude al caso de Levy, y se podría asociar las otras ideas del párrafo anterior al caso de Emergina.
Hoy en día prevalece usted, yo, él y ella, a partir de ahí pueden prevalecer ustedes, nosotros y ellos. A eso se debe que cada quien también decida sobre sí. Ya Durkheim, en los comienzos de la sociología y de la idea vertebral que los hechos sociales deben estudiarse como realidades externas al individuo, había estudiado el suicidio ya como un mal sujeto a causas extrínsecas. Sin embargo, ya no decir esto tiene sus concesiones porque actualmente así tengamos un sesgo hacia socializarnos e imitar a los demás; ello cuenta con una relatividad, idea procendente del relativismo.
¿Qué es lo mejor? La respuesta, a todas luces, se da de manera genérica y podría hacernos pensar que incondicinalmente vivir, moverse, no detenerse, no morir. Tantos gritos de auxilio en la mayoría del globo, tanta pena con la sola alusión a la muerte, porque la muerte es una tragedia, solo es comedia cuando queremos reírnos de nosotros y estamos más vivos que nunca.
La creencia no, de otra parte, solo permite vivir, también permite vivir siguiendo la vida en sociedad. ¿A qué me refiero? Por Foucault, no solo él, sabemos que hay seguridad en el interior de nuestra convivencia con los demás y ella permanece porque hemos practicado los hábitos que ella nos ha inculcado. Además, para movernos sin tropezar necesitamos de un saber. De esta necesidad fatal –por lo inmortal cuando vivimos– nos afánamos por buscar más creencias, así se multiplican para dar todo un conjunto de coherencia, un entramado complejo de premisas. Además, por ello lo occidental aprueba y se construye sobre la filosofía griega y de la que se hace filosofía: necesitamos explicar lo que ocurre, en este sentido, creer y creer que podamos seguir creyendo.
En esa realización también eliminamos creencias y, literalemente, nos detenemos para cuestionar. Eso también es virtud del escéptico que no es más que otra importante atribución a la filosofía y al saber en general, desde luego: no es un avance lineal, sino uno irregular, controvertido, multiforme.
A conclusión, para referir directamente mi intención, he querido sumarme a las explicaciones dadas por usted y también prolongar que toda crencia supone vivir y éste último supone otras inherencias como dudar. A lo que concierne a la idea del fanatismo, original del estudioso esloveno, es una creencia absoluta, más bien no relativa, por ello para vivir también necesitamos dudar.
Comment by Jol — 2007 09 @ 12:24 am
bien loco
Comment by Kathia — 2007 09 @ 2:04 am
muy bueno, felicitaciones Gonzalo
Comment by Kathia — 2007 09 @ 2:10 am
lo maximo
Comment by Kathia — 2007 09 @ 2:19 am
Muy interesante su exposicion, siempre me ha llamado la atencion como se recuerda diferencialmente la historia, mientras la tragedia judia es siempre recordada, inclusive a traves de la cultura popular globalizada (cada anio sale una pelicula al respecto), a la gente de otros pueblos que sufrieron tambien eliminaciones sistematicas como Ruanda, Guatemala y Peru, se les pide que olviden, que no recuerde, que es por su propio bien, y se borra estos testimonios no solo de la historia oficial, sino de la historia personal. Aunque si creo que a nivel individual de las victimas tiene que haber un proceso de contencion de esos recuerdos traumatico, a nivel colectivo no podemos olvidar.
Comment by Amazilia Alba — 2007 09 @ 4:20 pm