Emergina tiene 36 años, vive en Ventanilla, está casada y tiene dos hijos, Patricia de 6 años y Juan Diego de 4. Su esposo, José, trabaja en labores de limpieza en una empresa que hace servicios para el diario La República. Gana 650 soles por mes y trabaja doce horas al día, seis veces por semana. Hasta hace poco lo despedían y volvían a contratar. De esta manera no le pagaban las vacaciones y gratificaciones respectivas. Ahora, en reconocimiento a su laboriosidad y buena disposición, ha pasado a planilla. Es un trabajador estable.

Pese a lo reducido de los ingresos familiares, Emergina tiene en su casa un menaje doméstico bastante completo: televisión a color, DVD, licuadora, refrigeradora, equipo de música. Ella trata de complementar como puede la remuneración de su pareja. Como los niños van al nido y ella ha conseguido la ayuda de una joven, que es prima de su esposo, ahora puede trabajar limpiando casas en Miraflores o vendiendo manzanas que su prima trae de Mala.

Emergina tiene a veces dolores de cabeza y pesadillas. Pero no les da importancia a estos malestares pues tiene la ilusión de ver logrados a sus hijos como profesionales. En todo caso, su mayor queja es el no poder disfrutar el domingo fuera de su casa, pues la economía familiar no lo permite.

Esas pesadillas tiene que ver con su pasado, Emergina nació en 1970 en Ayacucho, en un distrito de la provincia de Víctor Fajardo. En 1980 llegaron a su pueblo “los senderos” que ganaron la simpatía de la población. Hablaban quechua y les decían que ellos, los comuneros, no tenían lo que merecían pero que habrían de conseguir una vida mucho mejor gracias al partido. En consecuencia había que luchar contra “los ejércitos”. Toda familia debería tener, en su casa, un balde de arena y una caña con un clavo en la punta. Así podrían defenderse. Arrojar arena a los ojos de “los ejércitos” y hacerlos huir con las “lanzas”. La gente del pueblo era bien ignorante, comenta Emergina. Sendero no los defendió de la incursión de los militares y muy poco pudieron hacer. Quedaron pues abandonados a su suerte.

Los recuerdos más vividos de Emergina se refieren a la convocatoria de los “ejércitos” o los “senderos” a la plaza del pueblo. Era terrible, nadie sabía lo que iba a pasar. En la plaza sus vidas estaban abandonadas a la suerte y a la política o capricho de quien los convocaban. En su pueblo, según estima, más gente murió a manos de los “senderos” que de los “ejércitos”. Además, los “senderos” no mataban de una, sino que torturaban primero. Cortaban una oreja, luego otra, después la nariz y seguían así hasta terminar con la vida de sus acusados. A los 11 años Emergina fue testigo del asesinato de sus tíos y primos. Después de las primeras matanzas, la comunidad dispuso de un sistema de vigías de modo que la gente pudiera huir hacia las alturas apenas se corría la voz de una incursión. Esas noches de frío y miedo, en pequeñas cavernas o descampados, están plenamente presentes dentro de ella.

A los trece años Emergina y su mamá se van a vivir a la costa, a Mala. Entonces acorta su nombre a Gina y aprende a hablar bien español. Después migra hacia Lima trabajando como obrera y como empleada del hogar.

A Gina no le gusta recordar, ¿para qué? se pregunta, si cada vez que lo hace regresan los sufrimientos de lo que quiere huir. No, ella quiere mirar hacia el futuro con la ilusión que le da el amor por sus hijos. Es muy paciente con ellos y está muy agradecida con José, su esposo, que es de Cajamarca, que no habla quechua, ni ha pasado por experiencias similares.

Digamos que la estrategia de Gina ha sido tratar de bloquear sus recuerdos dolorosos. Se trata de creer, de apostar por el futuro. En realidad a Gina no le gusta contar su historia y solo en una relación de confianza, y requerida a hacerlo, se anima a revivir su pasado.

II.

Quisiera comparar la posición de Gina con la de Primo Levi, sobreviviente del holocausto, y uno de los más lúcidos cronistas de la vida en Auschwitz, el campo de exterminio donde estuvo prisionero 10 meses.

Primo Levi escribe un libro fundamental “Si este es un hombre”. Lo hace en 1946, poco tiempo después de ser liberado por el ejército soviético. Su narración destaca por su objetividad y precisión. Es el testimonio de alguien que ha logrado una verdadera distancia respecto a su experiencia. De esta manera puedo objetivarla sin adjetivaciones, en un tono casi minimalista.

Levi nació en 1919, era judío de origen y químico de profesión. En 1943 se une a una milicia antifascista pero es capturado por la policía nazi. Entonces, no hay duda, siendo judío y antifascista es enviado a Auschwitz junto con otros 600 judíos italianos. De este grupo sobreviven solo 20, es decir el 3%.

III.

Ahora quisiera hacer un intermedio antes de continuar con Primo Levi. Freud decía que en el inconsciente no hay tiempo, todo lo vivido se sedimenta de manera que el pasado está siempre presente en nuestro mundo interior. No necesariamente bajo la forma de una elaboración simbólica, de un recuerdo que pasa por la palabra pero si, al menos, bajo la forma de una huella afectiva. La intensidad de esta presencia es mucho mayor cuando se trata de acontecimientos traumáticos que conllevan una intensidad emocional que desborda la capacidad de elaborar de la persona que los sufre. Entonces, el trauma es como una coagulación, una suerte de tumor que contamina nuestra vida anímica. Estas vivencias, aun cuando hayan sido olvidadas o reprimidas regresan una y otra vez, acechan y socavan nuestro ánimo. Son parte nuestra, para siempre.

La solución de Freud es “elaborar el trauma” pues narrar los hechos sufridos haría posible comprender aquello que ocurrió. Así se podría atenuar lo terrible del acontecimiento, reintegrarlo como un episodio en el flujo de la vida, superar la fijación que nos detiene.

Esto es lo que hace Primo Levi, ya desde 1946, cuando publica su testimonio. En los años siguientes Levi se convierte en un escritor a tiempo completo y en una celebridad internacional. Levi afirma que no odia a los alemanes pero que tampoco los perdona. Conforme se hace más conocido, las invitaciones a dar conferencias y entrevistas se multiplican. Y todo en torno al holocausto.

La sociedad lo nomina como el guardián del recuerdo de la barbarie nazi dice Judith Butler y él acepta esta condición como una suerte de deber moral para que el recuerdo permanezca y la historia no se repita. No obstante, esta reactivación constante de sus recuerdos no parece haberle hecho bien. Sufría continuas depresiones.

En “La tregua” escrita en 1947, Levi cuenta una pesadilla que se repetirá hasta su muerte en 1987. Sucede que de pronto esta nuevamente en el “lager” y escucha la palabra “a levantarse” en polaco. La intensidad del sueño es tal que pareciera que Levi nunca hubiera salido de Auschwitz. Es como si él viviera en el campo de exterminio y su vida cotidiana fuera solo un sueño. Atrapado por sus recuerdos, y más todavía, como sugiere Butler, por el rol de testigo de excepción que le asignó la sociedad, el 11 de abril de 1987, a los 68 años, Levi se suicida. Ese mismo día, su esposa dice que estaba cansado de la vida.

IV.

Para explicar situaciones como las de Levi se ha teorizado la existencia de un “complejo de culpa en el sobreviviente”. La vida que tiene es la de alguien que la perdió. Entonces, se instala, por el hecho de estar vivo, un cargo de conciencia, una voz acusadora, una pesadumbre en el alma.

En cambio para explicar situaciones como la de Gina se ha elaborado el concepto de “resiliencia” entendido como capacidad para resistir el sufrimiento sin una pérdida total de la alegría de vivir. El término viene de la ingeniería y su significado original es la capacidad de un material para resistir un monto de presión antes de deformarse. Este concepto surge en la psicología de los años 70. La “resiliencia” se supone asociada a la capacidad de simbolizar, a la creatividad, y a la solidez de los vínculos en la infancia temprana. Aunque sea solo de pasada, me parece importante señalar que este concepto puede llevar a ignorar el sufrimiento del otro, desde una perspectiva racista en la que este otro aparece como “recio”, fuerte, casi insensible.

Entonces podríamos decir que Primo Levi sufrió “el complejo de sobreviviente”, mientras que Gina fue “resiliente”.

V.

Pero sin entrar a discutir lo válido que pueden tener esas explicaciones quisiera proponer una alternativa que se fundamente en la obra de Slavoj Zizek y el psicoanálisis lacaniano.

Se trata de la idea de creencia. Para Zizek la creencia no es una certidumbre pues se trata de una apuesta incierta. Hasta cierto punto es “una decisión”, una suerte de salto, un tratar de sobrepasar el desánimo mediante una fe sin fundamentos ni garantías pero que es capaz de producir una ilusión, un reencuentro con el deseo. El orden de la creencia dice Zizek, “no concierne a los hechos sino que da expresión a un compromiso ético incondicional.” A este orden pertenece la política de los “derecho humanos”. En efecto, si uno trata de fundamentarlos “en nuestro conocimiento y humanidad, la conclusión inevitable será que las personas son diferentes radicalmente, que algunas tiene más sabiduría y dignidad que otras”

En este sentido, son ejemplares las cartas que la Madre Teresa de Calcuta escribe a sus confesores. En medio de una entrega total a los desvalidos, en la ciudad más pobre del planeta, la Madre Teresa duda de la existencia de dios. Pero, estas tribulaciones no impiden la continuidad de su esfuerzo. La fe implica, dice Kierkegaard, un salto a la vez que una lucha agónica para perseverar en ese nuevo lugar que nunca termina de ganarse. Todo diálogo con dios es un monólogo incierto. Incertidumbre y perseverancia.

Volviendo entonces a las historias de Gina y Primo Levi podríamos decir que Gina hizo la apuesta por su familia y el progreso. Entonces, su vida adquiere un sentido que la protege hasta cierto punto del regreso de las vivencias traumáticas. Mientras tanto, Levi estuvo, quizá, demasiado expuesto a sus recuerdos. El ejercicio constante de la simbolización a través de sus narraciones no fue suficiente para devolverle la confianza y el deseo, la alegría de vivir.

VI.

Podrá pensarse que la mejor opción fuera combinar el análisis y la capacidad de elaborar, con de otro lado, la creencia y su posibilidad de producir entusiasmos. No obstante, esta combinación es problemática pues, como se sabe, el racionalismo, si bien no impide la creencia, si la dificulta. En efecto, para una persona sumergida en lo que Arendt ha llamado “la vida de la mente”, el escepticismo y la duda son actitudes naturales; creer entonces se hace más difícil. Quizá habría que recordar a Pascal quien recomendaba a sus amigos pensadores entregarse sin reservas a la creencia mediante la participación en los rituales religiosos. “Arrodíllate y creerás”. La propuesta es poner las dudas en suspenso y entregarse ciegamente a la actividad. Poco a poco, la creencia se instalara con firmeza, de manera que las vacilaciones serán menos paralizantes.

VII.

Danilo Martuccelli constata que la teoría social se ha movido entre dos afirmaciones mutuamente contradictorias. De un lado está la constatación de la experiencia personal de la modernidad como separación entre la realidad social y la dimensión subjetiva. Es decir, el individualismo, la vivencia de la libertad como hecho característico de una época donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Cada persona es convocada a construir su propio proyecto de vida en un contexto donde lo normativo se debilita, en que la figura del padre-amo se ha caído.

Pero de otro lado, la teoría social ha construido una visión del mundo donde la subjetividad es una variable dependiente que aparece determinada por las estructuras económicas, culturales y políticas. Entonces dada la posición socioeconómica de un individuo podríamos inferir su estilo de vida, sus creencias y su toma de partido a nivel político. Este es el supuesto básico de las teorías de las clases sociales. En esta segunda perspectiva los fenómenos individuales, tales como la movilidad social ascendente y descendente tienden a ser invisibilizados.

Martuccelli opta por una sociología que partiendo de los individuos logre identificar en sus trayectorias biográficas los factores que los condicionan, pero sin que esto implique perder de vista la dimensión de la “agencia”.

Digamos, entonces, que ni todos los sobrevivientes del holocausto se suicidan, ni todos los desplazados por la violencia pueden continuar con una vida con una razonable alegría de existir tal como lo ha hecho Gina.

Gina, como muchos peruanos, ha optado por encapsular sus vivencias dolorosas, por no recordar. Trata de evitar que el pasado invada su presente. Apuesta, en cambio, al futuro, en la creencia de que su familia le permitirá intercambios afectivos que la recompensen de sus sufrimientos. Ahora bien, la posibilidad de creer y apostar es mucho más probable en un mundo social como el peruano popular, tan marcado por las certidumbres de la religión, donde el racionalismo no ha socavado la vigencia de lo maravilloso.

La historia de Gina viene a poner de manifiesto una capacidad de agencia en el mundo subalterno. Capacidad puesta en duda por autores como Gayatri Spivak con su famoso dictum “los subalternos no pueden hablar”. Esta frase expresa una gran verdad puesto que el subalterno (mujer, indígena, pobre) no tiene mucha capacidad para representarse a sí mismo de manera que es construido discursivamente desde el otro hegemónico. No obstante, una historia como la de Gina hace pensar que el mundo subalterno, aunque tenga grandes dificultades para hablar, si tiene una mayor facilidad para creer.

VIII.

Las ideas de Zizek sobre el creyente pueden entenderse con mayor facilidad si contraponemos esta figura a la del fanático. A diferencia del creyente, el fanático no tiene dudas, se concibe como un instrumento de una causa superior que lo fundamenta. Trata de anular cualquier asomo reflexivo. Tiende a convertirse en un autómata, se cosifica. Como resulta muy difícil mantenerse en esta posición de absoluta certeza y optimismo, y como la duda siempre tiende a regresar, entonces el fanático tiende hacia la inmolación, a convertirse en mártir de esa causa que lo trasciende y que lo instituye, que lo convierte en un instrumento, en un enviado. El creyente duda pero persevera en la apuesta. Esta combinación de duda y apuesta es lo que le permite acoger sus fluctuaciones anímicas sin caer en la inmolación del fanático o en la depresión del escéptico. El ejemplo de esta actitud, dice Zizek, fue dado por el propio Jesús cuando crucificado, duda, pero finalmente se entrega a su creencia. Entonces a la frase “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”, le sigue la renovación de su apuesta: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Al terminar esta breve disertación quisiera relativizar su argumento. Introducir una sensación de cautela. No es que seamos omnipotentes por creer. Tampoco es que el pasado traumático deje de estar vivo porque optemos tercamente por adherirnos a la vida. Finalmente la creencia puede derivar en fanatismo. No obstante, pese a todo, la creencia es el único camino para el encuentro con el deseo de vivir.