La liberación como el reencuentro con lo que pudo ser

En Trilce, Vallejo escarba en la condición humana. Y lo hace de manera implacable. Llega entonces al absurdo, al sin sentido como condición primordial de la existencia. La vida no tiene una dirección trascendente, ya dada de antemano. Tenemos que crearla. Y, ahora, en la modernidad, es cada uno quien tiene que hacerlo. La alternativa es dejarse arrastrar por los convencionalismos. Pero eso no es vida. Eso es no haber nacido. Un destino triste. “No haber sido sino muertos siempre” (LXXV). El absurdo tiene multitud de rostros. El aburrimiento y el tiempo detenido, el dolor sin causa ni esperanza, la añoranza de lo perdido definitivamente. Es un estar pasmado sin futuro, una sensación de encierro, de encogimiento de la potencia de ser. No tiene causa porque es el hecho primordial que siempre acecha. Es una angustia constituyente que nunca deja de regresar. Entonces, la vida pasa por enfrentar a esa sensación de absurdo. Si queremos escapar de la confrontación, caemos en la banalidad de lo que se reitera. Pero aún así, el absurdo regresaría. No hay lugar donde estar a salvo.

Hay pocos poemas visionarios en Trilce. El amor es convocado pero la respuesta dista de ser contundente. Se le busca y se le espera pero no se lo termina de encontrar. En este contexto, donde lo absurdo parece congelar totalmente la vida, Trilce LVIII representa una excepción notable.

La primera pista para una comprensión del poema está dada por el pasaje de lo sólido a lo líquido y luego a lo gaseoso. Es como si la pesadumbre de la existencia se fuera aligerando con cada transformación.

En la celda, en lo sólido, también
se acurrucan los rincones.

La celda es un espacio pequeño y lo sólido un volumen concentrado. Un lugar de repliegue, de encogimiento de la potencia de ser. Pero esta contracción tiene un rasgo de dolor y ternura, de piadoso auto consuelo, de acurrucamiento, como respuesta a la opresión y el desconsuelo. No obstante, la acción es posible. La cárcel no es un límite absoluto. El trabajo sobre sí significa que

Arreglo los desnudos que se ajan,
se doblan, se harapan

Apéome del caballo jadeante, bufando
líneas de bofetadas y de horizontes;
espumoso pie contra tres cascos.
Y le ayudo: Anda, animal!

“Arreglar los desnudos” es ordenar lo precario, desplegar una agencia, “corregir” esa espontaneidad desmadrada del absurdo que nos lleva a detenernos en el desengaño, a girar en círculos en torno a nada. Para producirse como ser humano es necesario apearse de ese jadeante caballo de la pasión, de esa sufrida naturaleza que corre hacia ningún lado. Hay que ayudarla pero sin dejarse dominar por ella. No es como supuesto jinete que el hombre debe relacionarse con su propio cuerpo. La representación del ser humano como una mente que conduce un cuerpo, a la manera en que lo hace un jinete con el caballo que monta, remite a un imaginario de separación y control del alma sobre la carne. Es una propuesta racionalista de divorcio, alejamiento y control sobre la vida. Pero se trata de una imagen engañosa pues no tiene sentido pretender una soberanía de la conciencia cuando en realidad sufrimos y gozamos de los indómitos embates de la vida que habita nuestro cuerpo. Entonces hay que ponerse del lado de lo animal, refundar una relación con la carne que no se base en una aspiración de control, en una supremacía absoluta de la mente. La humanización pasa por ayudar a nuestro cuerpo, compenetrarse con él. Montarse encima se revela como una posición ilusoria e inconducente.

Esta es la posibilidad menos costosa, la que permite además una dilatación del ser y la posibilidad. Entonces lo sólido se vuelve líquido.

Se tomaría menos, siempre menos, de lo
que me tocase erogar,
en la celda, en lo líquido.

La virtualidad de una relación más amable con la naturaleza que somos, deshace lo concreto, lo sólido. Ahora, en un estado casi onírico, es posible la ruptura de la linealidad del tiempo. La simultaneidad de lo que acontece en diferentes momentos.

El compañero de prisión comía el trigo
de las lomas, con mi propia cuchara,
cuando, a la mesa de mis padres, niño,
me quedaba dormido masticando.

Entonces el recuerdo se fabrica. El niño sueña con un personaje de su adultez futura. Lo acoge. Comparte con él su trigo. Ese alimento infantil que es el amor de madre que satisface perdurablemente el hambre de cariño. Es el “agua viva” de la que habla Jesús: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (San Juan Cap. 14) El presente convoca a una (re)actualización del pasado de la que emergerá una situación distinta, menos opresiva. Entonces el compañero de prisión tendrá lo que nunca tuvo. Y será más compañero que nunca.

Este es un contexto de movilización y de urgencia que implica una revaloración de la vida y el mundo:

Le soplo al otro:
Vuelve, sal por la otra esquina;
apura …aprisa,… apronta!

E inadvertido aduzco, planeo,
cabe camastro desvencijado, piadoso:
No creas. Aquel médico era un hombre sano.

Este cambio es casi involuntario, inadvertido; no obstante, implica un proyectarse sobre el futuro. Hacerse de un sitio, precario, quizá; pero en todo caso, acogedor. Donde “cabe camastro desvencijado, piadoso”. Desde allí los juicios son benevolentes. Se ve mejor lo bueno. Ese nuevo lugar permite profundizar en la rectificación del pasado.

Ya no reiré cuando mi madre rece
en infancia y en domingo, a las cuatro
de la madrugada, por los caminantes,
encarcelados,
enfermos
y pobres.

En el redil de niños, ya no le asestaré
puñetazos a ninguno de ellos, quien, después,
todavía sangrando, lloraría: El otro sábado
te daré de mi fiambre, pero
no me pegues!
Ya no le diré que bueno.

El niño aprende del adulto y ese crecimiento humano del niño se proyecta en una extensión del poder del hombre. La actualización del pasado permite su transformación. Entonces, ya no se reirá de la piedad de su madre. Tampoco será abusivo con los otros niños. Vallejo plantea la misma posibilidad que abre el psicoanálisis: desde un presente insatisfactorio, se puede (re)escribir el pasado, identificar otras virtualidades en él contenidas para regresar a un presente empoderado. Aligerado de la pesadumbre de lo que fue gracias a la constatación de que aquello que pudo ser no está definidamente muerto, sino que es aún posible. Finalmente lo que fue, lo fue de un presente que al ser rechazado nos lleva de vuelta a un pasado vivo, allí donde moran las virtualidades no realizadas pero que tampoco están definitivamente muertas.

Partiendo de la idea de que no somos señores de nuestro mundo interior, Slavoj Zizek plantea que es posible una agencia, un trabajo sobre sí. No es, por su puesto, la omnipotencia de re inventarse a partir de cero, pero sí es la posibilidad de escogerse a sí mismo sobre la base de la virtualidad escondida. Aquella que se quedó flotando en el tiempo, como un germen o semilla de un futuro distinto. De allí una de las frases características de Zizek, inspirada en Lacan, sea “el sujeto es un efecto que excede sus propias causas”. Ante todo somos consecuencias del pasado. Pero tampoco somos inertes pues podemos transformar las causas que nos produjeron. Pensemos en una película de ciencia ficción en la que se evita una catástrofe que amenaza al presente gracias a un viaje al pasado que permite reparar una secuencia de hechos de manera que de regreso al presente nos encontramos con una situación mucho mejor. Este es el núcleo del argumento del film “regreso al futuro”. En un viaje en el tiempo, Michael Fox descubre que si no hace algo con el pasado, de no arreglarlo, su presente será mísero. Felizmente el protagonista evita el futuro desgraciado que se insinuaba en ese pasado al que regresa. Descubre entonces que su vida actual supone que él haya hecho ese viaje y que haya tenido éxito en su apuesta a cambiar lo que sucedió.

¿Pero qué es lo que Vallejo tiene que corregir en su pasado para mejorar su presente? Ser más empático con las oraciones de la madre, en vez de reírse de ellas. Y, de otro lado, no ser violento con los demás niños. De alguna manera el presente de angustia que él vive resulta producido por estas actitudes y comportamientos que podríamos llamar poco cristianos. En vez del amor y la solidaridad, primó una cierta altanería que se prolonga en esa culpa angustiosa que turba su presente. Reconstruir la memoria pasa pues por un arrepentimiento que la enderece hacia una actualidad mucho más potente. Trascender el absurdo, construirse otra morada, tiene como fundamento hacerse fuerte en torno a los valores cristianos de manera de evitar la culpa y hacer posible un encuentro fecundo con el otro. Esta apuesta es el camino que inicia Vallejo en Trilce y que desarrolla en sus dos siguientes libros Poemas Humanos y España, Aparta de mí este Cáliz. En la década de los años 30, las figuras heroicas del miliciano español y del bolchevique ruso representan para Vallejo realidad de la salvación del hombre.

Trilce LVIII acaba así:

En la celda, en el gas ilimitado
hasta redondearse en la condensación,
¿quién tropieza por afuera?

La expansión del gas lleva a su condensación en nube, en humedad flotante. Entonces, habría que recordar con Vygotsky que “el pensamiento es una nube que arroja una lluvia de palabras”. En efecto, como nubes estamos ahora listos para ser lluvia y fecundar lo sólido. Finalmente pasamos de lo gaseoso a lo fluido. El líquido aparece como un estado menos opresivo que lo sólido pero más concreto que lo gaseoso. La vida es un río que puede buscar su propio cauce. La vida como río es una metáfora clásica al menos desde las coplas de Jorge Manrique.

Para responder a la pregunta ¿quién tropieza por afuera? habría que
tener claro dónde es ese “por afuera”. Por afuera del ¿sueño? ¿de la nube? ¿de la celda? Luego viene el quién. Es un alguien o es un nadie. Finalmente, el tropiezo. ¿es una caída? ¿hace ruido? Estas preguntas pueden tener respuestas distintas. Por ejemplo, ese alguien ha tropezado fuera de la celda arrancando a la persona de su sueño. En este caso la pregunta ¿quién tropieza por afuera? resulta formulada desde un regreso abrupto y desconcertado a la vigilia. La liberación queda planteada como un sueño. Pero el sueño es ambiguo pues puede ser tanto una invitación a la acción como un consuelo que hace más llevadera la desgracia. En todo caso se trata de una visión libertaria.

Bajo el peso del colapso de los ideales de la “belle epoque” y la consecuente toma de conciencia del sin sentido primordial de la existencia, Vallejo emprende una lucha contra el absurdo que pasa, primero, por expresar sus múltiples rostros y luego por conjurarlo. Y la moraleja es que el pasado que recordamos no tiene la última palabra. En el pasado habitan posibilidades emancipatorias que nos están aguardando solo si somos capaces de enfrentarnos al absurdo, si acompañamos a nuestro cuerpo, si no pretendemos ser omnipotentes, si fuéramos capaces de sumergirnos en nuestros recuerdos para poder cambiarlos.

LVIII

En la celda, en lo sólido, también
se acurrucan los rincones.

Arreglo los desnudos que se ajan,
se doblan, se harapan.

Apéome del caballo jadeante, bufando
líneas de bofetadas y de horizontes;
espumoso pie contra tres cascos.
Y le ayudo: Anda, animal!

Se tomaría menos, siempre menos, de lo
que me tocase erogar,
en la celda, en lo líquido.

El compañero de prisión comía el trigo
de las lomas, con mi propia cuchara,
cuando, a la mesa de mis padres, niño,
me quedaba dormido masticando.

Le soplo al otro:
Vuelve, sal por la otra esquina;
apura …aprisa,… apronta!

E inadvertido aduzco, planeo,
cabe camastro desvencijado, piadoso:
No creas. Aquel médico era un hombre sano.

Ya no reiré cuando mi madre rece
en infancia y en domingo, a las cuatro
de la madrugada, por los caminantes,
encarcelados,
enfermos
y pobres.

En el redil de niños, ya no le asestaré
puñetazos a ninguno de ellos, quien, después,
todavía sangrando, lloraría: El otro sábado
te daré de mi fiambre, pero
no me pegues!
Ya no le diré que bueno.

En la celda, en el gas ilimitado
hasta redondearse en la condensación,
¿quién tropieza por afuera?