Invitación a la lectura de Marté Sánchez
Debemos estar agradecidos a Marté Sánchez por confrontarnos lúcidamente con dos de las situaciones más horrorosas que el Perú haya conocido en su historia reciente. Se trata de la historia de las comunidades andinas, Chuschi y Quispillacta. Dos pueblos atrapados en el torbellino de la violencia de la década de los años 80. El autor, en lucha contra el olvido, y también contra las explicaciones partidaristas y superficiales, reconstruye laboriosamente una realidad compleja y ambigua, gracias al ensamblaje de numerosos testimonios y, también, a una cuidadosa revisión de las historias locales. En realidad estamos ante un trabajo que se puede leer como una novela pero que es ante todo una crónica de hechos fundada en un análisis de las estructuras sociales. La agilidad narrativa se basa pues en una investigación detallada que se guía por conceptos que están presentes a través de sus efectos, permitiendo una mejor comprensión de una realidad particular que, sin embargo, condensa mucho de la historia de la sociedad peruana. Estamos pues ante un texto que fusiona la facilidad literaria con la documentación exhaustiva y la arquitectura conceptual. Todo un logro. Un camino que se abre para futuros trabajos.
La historia que cuenta Marté Sánchez comienza con un Sendero Luminoso que logra el favor de la población en la medida en que se presenta como una fuerza moral y justiciera. Sendero va a reestablecer un orden añorado. En concreto, va a castigar a los abigeos y a los adúlteros. Esto significa que Sendero se instala en las grietas entre lo que es y debe ser, prometiendo una curación “tradicionalista” de los males sociales.
No obstante, a Sendero no le bastaba el apoyo de las comunidades. Sendero quería movilizar al mundo campesino para enfrentarlo con las Fuerzas Armadas en la perspectiva de crear un nuevo poder en la sociedad peruana. Esta propuesta es extraña al mundo andino y no tiene mayor acogida, salvo por el caso de algunos jóvenes fanatizados y de un pequeño número de campesinos comprometidos. Entonces, dada la falta de entusiasmo, Sendero comienza a usar el terror: levas de jóvenes, castigos físicos, asesinatos.
De parte de Sendero esta estrategia implicaba un gran optimismo sobre su propia fuerza y, también, un gran desprecio por los hombres y mujeres campesinos, definidos como elementos desechables, vidas sin valor. En realidad el optimismo senderista ralla en la soberbia, supone un delirio de omnipotencia, un creer poderlo todo. Esta apuesta, vista en retrospectiva, suponía que las Fuerzas Armadas no serían un rival para Sendero, ellas se disgregarían, no aguantarían el choque con la férrea determinación de los militantes senderistas. No obstante, este supuesto era totalmente ilusorio. En efecto, pensar que Sendero lograría un gran poder de fuego mediante pequeñas victorias que arrebataran las armas al Ejército era una ilusión. En realidad los senderistas escapaban de las FFAA dejando abandonados a los campesinos a quienes habían prometido apoyar sin vacilaciones.
Sendero toma la decisión de arrojar a los campesinos a la guerra a mediados del año 1982. Los cuadros senderistas les dicen a los campesinos que son prácticamente omnipotentes. Con métodos artesanales vencerán a los militares. A la gente que los apoya se le recomienda, por ejemplo, mezclar ceniza con ají para tirar este preparado a los ojos de los militares. O también se les promete que cada vez conseguirán más armas, de manera que la desventaja en poder de fuego será solamente cuestión de una primera etapa. Otra versión señala que los senderistas decían que los helicópteros se estrellarían si la gente les tirara un buen número de lanzas.
En diciembre de 1982 el presidente Belaúnde toma la decisión de entregar el poder a las Fuerzas Armadas en las llamadas “zonas de emergencia”. Sobrepasado por una violencia creciente e inesperada, el gobierno civil, como ha señalado la CVR, abdica de su responsabilidad delegando su autoridad en los militares. Previsoriamente, algunos militares criticaron la decisión, pues sabían de antemano que lo que habrían de hacer era matar a quien no se comprometiera con las FFAA, y que resultara, por tanto, sospechoso de albergar simpatías senderistas. No obstante, una vez tomada la decisión, ¿qué camino le quedaba a las FFAA?, ¿cómo luchar contra un violentismo que no escatima en vidas humanas y que está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias? La opción fue producir un terror aún más grande que el instigado por Sendero, en el supuesto razonable de que los campesinos terminarían por aliarse con la fuerza más poderosa. La estrategia funcionó y Sendero fue derrotado en el campo militar. ¿Pudo haber otra alternativa? Parece difícil si se toma en cuenta el desconocimiento de los militares de los lugares y las gentes. Además de su preparación ideológica y de sus prejuicios racistas. En la espiral de violencia está presente, pues, una dinámica trágica. Una regresión a la barbarie, un enfrentamiento en la que se incita a la crueldad y donde se desconoce la humanidad de la gente. El resultado es la exaltación de la violencia y la proliferación del sufrimiento.
De lo anterior se colige que los años 80 y 81 fueron decisivos, que si en ese período se hubiera puesto en práctica una política dirigida por el gobierno civil y basada en la inteligencia policial, las cosas pudieron haber sido muy diferentes. Con la entrada del Ejército es que se consolida esa dinámica trágica.
En todo el episodio de la insurrección armada y su develamiento, lo que más llama la atención es el poco sentido de realidad de la dirigencia senderista; o en otros términos, la disponibilidad para auto engañarse atribuyéndose una grandiosidad sin fundamento. Grandiosidad tan exaltada que infundió un temor que legitimaría una represión cruenta.
La izquierda “legal” se dividió frente a la insurgencia senderista. Muchos grupos, especialmente los maoístas, sentían culpa frente a Sendero, pues ellos, los senderistas, estaban haciendo en la práctica lo que esos partidos no se cansaban de ofrecer: la lucha armada. De otro lado, muchos intelectuales permanecieron ciegos, no quisieron darse cuenta de la centralidad del terrorismo en la acción de Sendero. Como la gente que lucha por el cambio es por definición buena, las noticias de las crueldades senderistas tenían que ser falsas o, en todo caso, ser simplemente excesos puntuales. La falta de información fidedigna hacía plausible mantener esta posición. No había información independiente de lo que ocurría en las zonas de conflicto.
El Perú no puede tener otro destino que no sea reconciliarse con su historia. Es imposible escaparse del pasado. Esos muertos están penando. Regresarán una y otra vez hasta que sus reclamos sean atendidos. Solo entonces podremos estar en paz. El informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación ha trazado un camino. Pero la mayoría de la sociedad peruana no se decide a recorrerlo. No se quiere acabar con el pasado sino que se pretende olvidarlo. Esta propuesta no es justa ni posible. Retrasa la confrontación pero la reproduce en distintos niveles.
El libro de Marté Sánchez es una lectura obligatoria para toda persona que no quiere cerrar los ojos y que está dispuesta a ver más allá de sí misma. Felicitaciones y gracias, Marté.

Mi estimado: muy bien por la invitación a la lectura, pero no nos dices el título del libro, la editorial, el año, cómo se consigue, etc!! Saludos
Martín
Toda la razón del mundo. El libro se llama “Pensar los senderos olvidados de historia y memoria” y está publicado por la UNMSM y SER. Estupendo libro!
Comment by Martín Tanaka — 2007 08 @ 4:46 pm
¿como se llama el libro?
¿Quien lo ha publicado?
Comment by Ivo Urrunaga — 2007 08 @ 8:58 pm
Buena,Gonzalo tu reflexion del texto me gustaria leerlo, solo un comentario dices: Es imposible escaparse del pasado. Esos muertos están penando. Regresarán una y otra vez hasta que sus reclamos sean atendidos. Solo entonces podremos estar en paz.Te estas refiriendo de los que pasamos la experiencia de violencia porque los jovenes y los niños, no conocen o no quieren recordar porque los que vivieron la guerra hoy deben tener de 30 años para arriba en unas entrevistas que realice en la Provincia de Angareas del Departamento de Huancavelica a los Jovenes y niños ellos no tiene información de los que pasaron sus padres, la pregunta es ¿Sus padres quieren olvidar todolo que paso? ¿Por que no les cuentan la historia que paso?.
Comment by Ricardo Soto — 2007 08 @ 10:21 am
Buena,Ricardo porque no nos cuentas loqu pasó?
Comment by Evaristo — 2007 08 @ 4:04 am
excelente libro, nos lleva por los caminos de la memoria y abre los ojos a una realidad que aun no queremos aceptar.
Comment by Manuel Valenzuela — 2008 11 @ 3:50 am