Homero representa la transgresión (casi) sistemática de la ley en función de la maximización del goce. Pero los goces de Homero son elementales: comer, tomar, ver televisión, jugar. Además están despojados de sus correlatos mortíferos. Homero come y toma desmedidamente pero sin sentirse mal. Ni física, ni anímicamente. Entonces, encarna la fantasía de que basta cubrir las necesidades básicas para pasarlo bien y ser feliz. La propuesta es que una desublimación radical es el camino a la alegría. Homero es la negación misma de la ascesis, de todo “lo elevado”. Él simplemente es. No piensa, obedece sus impulsos. No obstante, pese a ser egoísta y gozador no es totalmente irresponsable. Tiene buenos sentimientos. Obra siguiendo sus afectos, de una manera espontánea, sin sentirse presionado por mandatos sociales. Si se siente solo, abandonado por su esposa, entonces es capaz de acciones altruistas. Pero este altruismo es relativo, pues también puede pensarse que proviene de un cálculo: la soledad y la falta de amor pueden ser más penosas para él que los sacrificios que tiene que hacer para recuperar la compañía de su familia.

Homero es una persona feliz, pues sus necesidades son limitadas y sus deseos, aunque puedan ser voraces, se pueden colmar una y otra vez. Entonces vive un eterno carnaval. Hasta aquí es la encarnación del individualismo hedonista como modelo alcanzable de felicidad. No obstante, las cosas no son tan simples. Si esto fuera todo, el personaje y sus historias serían aburridos. Lo que hace gracioso a Homero es su aceptación no problemática del exceso. Algo así como el Tánatos, o impulso de muerte, depurado de su letalidad. Homero puede comer y beber casi sin límites, sin pensar en el mañana, en los demás, tampoco en su salud. Entonces, se atraca de comida y cerveza sin ninguna consecuencia, ni remordimiento. No se hace problemas. En realidad comer tan desaforadamente puede ser una satisfacción pero también es una agresión contra uno mismo. Pero de eso no se habla. Homero está contento. Goza de buena salud mental y física.

Homero Simpson es un mito, una figuración que resulta imposible en la realidad. Demasiado simple, feliz y saludable. Por tanto, tiene que concluirse que no se postula como un modelo real, vigente, sino como un ideal, quizá imitable, pero, en definitiva, inalcanzable. Es decir, Homero despierta un sentimiento de nostalgia por algo que nunca fue. ¡Cómo no poder ser como Homero! Concreto en mis deseos, satisfecho, feliz. Y, por eso mismo, simpático y amado. Con Lacan, Homero podría decir “pienso donde no soy, luego soy donde no pienso” (Lacan 2003:498). Homero no es el sujeto escindido, que arrinconado por los mandatos sociales tiene que pensar y obligarse, todo ello en detrimento de su gozosa espontaneidad. Es la persona que “no cede en su deseo”. La prueba de que pensar no sirve para ser feliz.

Bibliografía

LACAN, Jacques
2003 “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”. En Escritos 1. Méjico: Siglo XXI.