En 1978, a poco de haber muerto Mao Tse Tung, Ten Siao Ping lanzó el programa de reformas que ha llevado a China a una transformación económica que por su ritmo, cerca de 10% anual de crecimiento durante casi 30 años, y extensión, abarcando a 1200 millones de seres humanos, sencillamente no tiene paralelo en la historia del planeta. Después del desastre de la “revolución cultural” y su agresivo igualitarismo, la frase que habría de guiar a la sociedad china fue muy precisa: “Para que todos seamos más ricos, es necesario que algunos lo sean primero”. Quedaban consagrados la desigualdad, el mercado y la libre empresa, como el camino que habría de sacar a China de la pobreza. Desde entonces ha surgido una enorme clase media pero las distancias sociales no han hecho más que crecer. El “milagro chino” ha sido administrado por un régimen político dictatorial y corrupto que disciplina a la población impidiendo la libertad de información, reprimiendo los núcleos opositores y enfatizando un nacionalismo en torno a los logros obtenidos y a la promesa de que poco a poco los beneficios serán extensivos a todos. No habido, nunca, una política tan exitosa. Actualmente los chinos se perciben como regresando al lugar que siempre tuvieron: la sociedad más avanzada del mundo.

En las discusiones sobre el desarrollo el caso de la China resulta paradójico e incómodo. En síntesis hay dos grandes posiciones en debate. Los neo-liberales que promueven el mercado, la iniciativa privada y el Estado remedial como la fórmula para el desarrollo. Cuanto mayores sean las ganancias tanto más rápida será reabsorbida la pobreza. La inversión, aprovechando lo “competitivo” de las remuneraciones, creará tanto empleo que finalmente toda la población estará ocupada y, recién entonces, los ingresos de los trabajadores, habrán de crecer sostenidamente. Mientras tanto, le toca al Estado construir una red de apoyos que permita que la gente no se muera de hambre y que la población esté realmente capacitada para su futura inserción como trabajadores en el mundo globalizado. A los empresarios se les da todas las facilidades y se les pide invertir. A los que nada o poco tienen se les demanda paciencia y esfuerzo. Las recompensas están a la vuelta de la esquina.

La fórmula de los social-demócratas no es demasiado diferente. Es más cuestión de matices aunque estos matices puedan tener un gran significado para millones de personas. La idea es un Estado más presente y activo. Es decir, un estado más caro pero cuyo costo estaría más que compensado por la formación de un “capital humano”, no sólo mejor preparado sino también más pacífico. El resultado sería una sociedad menos conflictiva, más solidaria. Quizá el crecimiento pueda ser menor pero tampoco sería -ni ética, ni políticamente posible- una libertad económica absoluta pues las crecientes diferencias sociales la harían cada vez más improbable.

En realidad hay una tercera fórmula: el populismo. Basado en el protagonismo económico del estado y el clientelismo político. Las perspectivas para la acumulación de capital no muy buenas pero por lo menos la diferenciación social está contenida. El populismo está asociado a líderes mesiánicos y al arrinconamiento del mercado. Florece en sociedades pobres pero democráticas, al menos en el sentido de basadas en el sufragio universal. Este es el modelo favorito de la población precarizada por la globalización. Por los excluídos a quienes no les entusiasma la perspectiva de sacrificio que el neo liberalismo les demanda.

En China se conjuga el liberalismo económico y el autoritarismo político con una profunda convicción nacionalista. Entonces la gente espera su turno, pues las cosas se ven de modo que la riqueza de mi prójimo no es lo que me falta sino es el anuncio de lo que ya me toca.

Es claro que los tiempos están marcados por el liberalismo económico pues la social democracia es solo una variante en la que se enfatiza la función remedial del estado. Digamos que son los capitalistas los que tienen la sartén por el mango. En todas partes del mundo aumentan las ganancias de las empresas y los salarios de los altos ejecutivos. Y aumenta también la inversión y las tasas de crecimiento. La generalización del capitalismo parece augurar un bien estar generalizado. Digo parece pues vivimos en un mundo donde no puede haber certezas, solo apuestas. Está por ejemplo, la amenaza de catástrofes ecológicas o de pandemias mundiales.

Pese a al crecimiento económico, sin embargo, la gente no está más feliz. Todas las encuestas demuestran que el vínculo entre aumento del ingreso y satisfacción subjetiva es consistente hasta el momento en que se sale de la pobreza y se adquiere un mínimo de seguridad en términos de alimentos, salud y perspectivas de futuro. A partir de ese momento, la mejora en el ingreso tiene un efecto “decreciente” en los niveles de satisfacción. Es decir, “el dinero calma los nervios” pero solo eso, que es desde luego mucho.

Pero conforme se asienta la prosperidad, la gente comienza a añorar un mundo que acaso nunca existió: el de las familias extensas nucleadas en torno a la mística de salir de la pobreza, el de la tranquilidad y las relaciones solidarias, el de la pareja estable y las expectativas concretas. La insatisfacción tendría que ver con la competitividad y el individualismo, finalmente con la soledad. El capitalismo habría debilitado tanto el vínculo social que viviríamos en una sociedad donde las relaciones se basan en contratos donde se tarifa lo que va y lo que viene. Nadie quiere ser dependiente, nadie quiere ser menos y así todos encontramos mucho más difícil amar.

El capitalismo encontraría pues una barrera en la psique humana. La soledad y la depresión es el caldo de cultivo para el regreso del fundamentalismo. El remedio del capitalismo a la falta de sentido es el desarrollo de la actitud consumista. Pero el consumismo no es respuesta a esa necesidad imperiosa de sentido que es la única manera de salir de la depresión o de la muerte del deseo. Quien sabe sea Paris Hilton, y su búsqueda desesperada de algún entusiasmo, el síntoma o emblema de esta esta situación. La abundancia económica, sin cultivo de la interioridad, parece producir estados anímicos intolerables. Y cualquier cultivo de la interioridad implica un situarse en el mundo. Sujetarse a una causa. Así uno se va contando una historia acerca de quien es y cuáles son sus expectativas, sus derechos y obligaciones. Tener un proyecto, modesto pero efectivo como cauce de nuestras energías.

¿Cómo será la vida íntima de los beneficiarios y divulgadores del neo liberalismo? Ellos dicen que la realización personal vendrá con el consumo. Pero ellos son ya muy pudientes, pues ganan mucho o sus servicios son muy valiosos para quienes los contratan. Entonces, para no caer en el cinismo malévolo o la depresión que siempre los asechan, los neo liberales tiene que añorar esos tiempos patriarcales, del capitalismo del buen patrón, cuando el propietario era venerado. Esta es la combinación extraña en la que se funda el Opus Dei o la derecha cristiana norteamericana. Los que tratan de conciliar los “valores familiares”, la tradición, con el despliegue radical del cálculo en todas las esferas de la vida.

En estas circunstancias creo advertir un resurgimiento incipiente del humanismo. Situación paradójica pues sostener que el fin de todo es la persona humana parece ser un soñar despierto en un mundo dominado por las leyes objetivas e ineludibles del capitalismo globalizado. ¿Pero no es allí donde apuntan la sacralización de los derechos humanos? Este movimiento está presente en la persona que sin obsesionarse, si pretende cumplir su deber. Que hace de su deber su deseo. El profesor que gusta de enseñar, de ver crecer a sus alumnos. El hombre de ciencia que sigue la huella de una intuición. El esposo que se ríe con su esposa. El taxista a quien le gusta manejar. Estamos pues ante un humanismo práctico capaz de hacer retroceder la instrumentalización de la vida y hasta de convertir el tanatos en acicate para la vida.

¿Suena bonito? ¿Verdad? Dios sabe si será una alternativa consistente, probable para las próximas generaciones. Pero de todos modos es una apuesta….