En “La muerte de un viajante”, Arthur Miller narra el colapso de Willy Loman un vendedor que, en el Nueva York de los años 40, no puede seguir compensando las falencias de su vida real con sus grandielocuentes historias. La brecha entre su realidad y su fantasía se agiganta de manera que no pudiendo cambiar la primera ni renunciar a la segunda, termina suicidándose.

Su vida es la de un vendedor a comisiones de escaso éxito. A medida que sus energías declinan, también lo hacen sus ingresos de manera que es inminente la caída en la indigencia. En medio de esta existencia gris, florece una narrativa donde él es un triunfador. Un hombre que se impone sobre sus circunstancias, a quien todos conocen y respetan, la encarnación misma del logro. Esta visión casi delirante de sí le permite mantener un sentimiento de potencia que se ve, sin embargo, perturbado por las intromisiones incontenibles de esa realidad en la que es poco menos que un mendigo. Y, así, la obra de teatro oscila entre el intento del viajante de refugiarse en su grandiosa narrativa y los crueles embates de una realidad que no tiene compasión.

En algún momento el equilibrio colapsa. No puede dejar de darse cuenta de su realidad pese a sus esfuerzos ya delirantes de imaginar que está por encima de todos. Los sucesos que rompen su precario equilibrio son la disminución de su eficacia como vendedor, y el regreso de su hijo mayor. Su hijo no es el dueño del mundo que él ilusionó. Es sólo un desocupado, alguien derrotado que, a diferencia de su padre, no puede cultivar esos sueños que podrían dotarlo de ese entusiasmo casi maníaco que el padre si sabe cultivar. El hijo vive más en su realidad porque desde joven pudo darse cuenta de lo insustancial de las historias de su padre.

En realidad Loman está enajenado al mito del éxito, tan característico de la cultura norteamericana. No obstante, no ha podido encarnarlo pues su vida apuntaba a una dirección muy diferente respecto a los mandatos sociales que lo saturan. El “verdadero” Loman es un hombre “pequeño”, de ambiciones limitadas. Le gusta el trabajo manual y no es ni ascético ni disciplinado. Es un hombre corriente que se deja secuestrar por los discursos sobre el éxito como único fin de la vida. Poseído, entonces, por la mística del poder, el reconocimiento y la riqueza, trata de encaminar su vida, y la de su familia, hacia esa grandeza que se le escapa en la realidad, pues no estaba dotado para lograrlo, pero que si captura en ese delirio que estructura mucho de su vida cotidiana.

Pero si Loman logra sostenerse en sus delirios es porque tiene una familia que lo sigue. Su esposa lo acompaña, consiente sus fantasías, lo protege de la realidad. No hay más camino para que ella que la subordinación. Es sólo en un personaje en el drama de su marido. Y sus hijos son la proyección de los deseos de Logan. Ellos tienen el mandato de ser los mejores. Pero este mandato no se compadece con la situación del padre. No los apoya en sus estudios, menos aún les enseña a enfrentar la realidad. Están entonces tan llenos de ambición como desarmados de capacidades. Tendrán que lidiar con la pesada herencia de su padre.

Muchos de los tópicos sobre los que se estructura la obra están fechados. Corresponden a una época que no es más la nuestra: el matrimonio patriarcal, el apabullante mito del éxito, la verticalidad en la relación entre el padre y sus hijos. Pese a no ser estrictamente actuales, tampoco son tan distantes, de manera que si pueden sentirse y comprenderse.

No obstante, hay en la obra de Miller alguno universal que trasciende su época. Y es sobre ese algo que hemos concentrado nuestros comentarios. Nos referimos, como es claro, a la relación entre realidad y fantasía en la vida cotidiana. Al polarizarlas en una dinámica que tiende al colapso, Miller nos invita a pensar en nuestras propias vidas en tanto compuestas por hechos y significaciones imaginadas. Todos nos contamos historias. Y es desde estas narraciones que damos un sentido a los hechos que nos acontecen. La vida que vivimos no es siempre aquella para la que estamos mejor dotados. Y es que esas historias que nos repetimos están –siempre- demasiado modeladas por mandatos sociales. La posibilidad de construir una narrativa un poco más individualizada está a la orden del día.

En todo caso lo que Miller plantea es la tensión entre esos modelos interiorizados como verdades indiscutibles y, de otro lado, nuestras disposiciones más espontáneas. Y, quizá, sobre todo, la negociación constante entre los hechos y esa matriz interpretativa que nos ha sido dada. ¿Es posible captar la verdad que portan los hechos desde esas historias que nos definen? No es imposible pero tampoco es algo fácil. Fuera necesario aprender, en vez de encubrir. Cambiar en lugar de resistir. Tomar distancia de esas historias. Compenetrarnos más con esas realidades disonantes, contemplarlas como signos de algo que no puede expresarse pero que está ahí dentro de nosotros.

“La muerte de un viajante” está dominada por un elán trágico. Loman no quiere cambiar. Persiste en su delirio hasta las últimas consecuencias.

En pocas ciudades del mundo como en Buenos Aires la obra de Miller puede sonar tan convincente. Una narrativa autocomplaciente marcó, durante mucho tiempo, el carácter de los argentinos. Triunfar era lo natural para este pueblo tan bendecido por la naturaleza. Solo bastaba el deseo para que la realidad sea la esperada. Felizmente, Argentina ha podido aprender. Los sucesivos golpes han llevado a reconstruir sus narrativas. A la figura clásica del porteño engreído y arrogante, dueño del mundo, le viene a suceder una figura más modesta y humana, una criatura humana amable, más consciente de sus limitaciones. No, no son los favoritos del destino sino un pueblo que tiene que reconciliarse con un pasado donde el autoritarismo y la prepotencia han estado demasiado presentes.