Lo sabía, aunque no se hubiera dado cuenta. Cierto, toda su vida había sido la búsqueda de algunas frases que lo cambiarían todo. ¿Una fórmula? ¿Una oración? ¿Un conjuro? No lo sabía pero tendría que ser algo compacto y poderoso. Un texto que transformaría su vida y, quizá hasta el propio mundo. Lo suyo, eso lo supo desde siempre, no era entonces acumular una erudición que lo engalanara. Era verdad que leía desde niño, metódicamente. Pero dejaba que lo leído fluyera sin esforzarse en retenerlo. Suponía que todo iría acomodándose en ese texto pequeño pero decisivo, en esas frases que algún momento habrían de cristalizarse en su mente. Sería como una irrupción, de eso no podría dudarse. No obstante, ¿ocurriría en el sueño o en la vigilia? ¿Se presentaría de una sola vez, totalmente lograda, o sería un conjunto de revelaciones? ¿No sufriría una suerte de ataque de epilepsia y/o un conjunto de alucinaciones? ¿No sería ese texto el preludio de su muerte? ¿La lucidez de la agonía? Pero de repente todo era una quimera ¿No estaría repitiendo la búsqueda de los alquimistas, o de los estudiosos de la cábala? Estas preguntas lo inquietaban pero no pretendía darles respuesta, pues, aunque no podía dejar de hacérselas, no consideraba sensato pretender una contestación definitiva. Si, lo suyo era una apuesta desmesurada. Pero el fundamento de su certeza era inalterable. En algún momento se acuñarían esas frases en su mente. Y su vida cambiaría. Lo que pasaría en el mundo le interesaba cada vez menos. Después de tanta búsqueda, advendría la serenidad. Entonces, podría dejarse ser sin que la ansiedad lo secuestrara hacia esos deberes rutinarios, con los que, a manera de sacrificio, trataba de conjurar el sentimiento de absurdo que desde siempre lo corroía. O peor aún que esa ansiedad permaneciera como un malestar sin nombre, ni causa. Si, era esa elusiva paz a lo que aspiraba.

Transcurrían veloces los años y, a veces, en algunos momentos, parecía anunciarse el éxito de su búsqueda. De repente se despertaba sin prisa, ni temor. La dicha lo circundaba. Era como una esfera que lo protegía, lo aislaba, de todos esos imperativos que lo mortificaban. Pensaba que esos instantes eran propicios para la emergencia de ese texto que haría estable ese súbito bienestar. Pero no, sin saber cómo, ni por qué, esa serenidad tan contundente, que el llegaba a sospechar definitiva, se desvanecía dejando solo un recuerdo agridulce.

En un momento llegó a pensar que las frases de su texto estaban en su memoria pero que por lo incesante de su búsqueda no las podía reconocer. De pronto no tenía aún el ensamblaje pero si cada una de las piezas. Todo era cuestión de encontrarlas, componer el texto, y colocarlo en ese altar vacío que era como el centro anticipado de su vida. Puesto en ese, su lugar, el texto ejercería una poderosa gravitación, un orden y un concierto que eran la salvación que tanto buscaba.

En uno de esos momentos vagos de plenitud anticipada escuchó una voz que le dijo: si sabes tan bien lo que buscas y nadie te impide encontrarlo, entonces, ¿por qué no lo has hallado? Sin pensarlo, la respuesta fluyó de sus labios: por qué eso que busco simplemente no existe.

Esa voz que le revelaba lo imposible se su meta ¿de dónde venía? ¿Y su pregunta no era acaso el texto que esperaba? ¿Tendría, entonces, que abandonar su búsqueda? ¿Aceptar, sin pretender controlarlos, los vaivenes de su ánimo? ¿No sería una capitulación a la mediocridad de su vida? ¿No fuera mejor dejarse morir?
En todo caso la meta de su búsqueda se había esfumado. En realidad, solo ahora se daba cuenta que esa búsqueda era un deseo sin objeto, la persecución de un espejismo. No le quedaba más que reconciliarse con su presente. ¿Pero podría sobrevivir tamaño desencanto? Ahora se preguntaba por el afán que lo había impulsado, por los maltratos y satisfacciones que la vida le había dado. Todo era claro. El era un hijo tardío de la Ilustración. Había querido reemplazar la religión por el conocimiento. En el fondo, creyéndose un científico desprejuiciado, era solo un alquimista. Un romántico con nostalgias de absoluto. No había renunciado a la idea de salvación, aún cuando la perspectiva de un cambio social, de una revolución, se hubiera desvanecido. Tercamente, se había aferrado a la idea o mito de una verdad que lo estaba esperando.

En su vida se abría un post-tiempo. La espera, la búsqueda y la impaciencia ya no tendrían que ser las claves de su ánimo. Pero tampoco es que se quedara sin misión alguna. Mucha gente lo estimaba. Esa estima era un compromiso. Lo más tangible de su vida. ¿Habría de convertirse en un profeta del desencanto? ¿Un cazador de ilusiones? ¿Un aguafiestas profesional? Huyendo de la banalidad del mundo se había quedado, solo, con las manos vacías. Tendría que ser en el encuentro con los otros donde podría recuperar la ilusión perdida.