La figura del cínico, del hombre que busca ser fiel a su goce sin ninguna inhibición moral, goza de gran predicamento en nuestros días. Se supone que la persona desprejuiciada y emprendedora es capaz de ser feliz, o, al menos, puede conseguir, en este mundo, toda la felicidad posible. En efecto, caídos los ideales religiosos, la moral laica pierde mucho de su fundamento. Entonces ¿por qué no entregarse al goce? Total la vida es una y lo conveniente es mantener un semblante de respetabilidad que nos permita perseguir lo que queremos. Entonces el cínico pasa como el hombre “sincero” pues hace lo que realmente desea. No es ni el “pacato”, ni el “lorna”. Se instituye entonces una actitud que podría nombrarse como “pragmatismo utilitario”. Lo que vale es lo que conviene a mi goce. Ahora, en esta época, (casi) todos estamos interpelados por este discurso. Cada uno juega su pelota para meter sus propios goles. Lo único importante es no ser descubierto o “ampayado”. Y ni siquiera eso sería tan trascendente pues no hay una razón de fondo para condenar en el otro lo que nosotros haríamos si estuviéramos en su situación. El arquetipo del cínico en el Perú contemporáneo es Vladimiro Montesinos. Pero otros personajes le hacen la competencia: Alberto Fujimori, Alan García, Abimael Guzmán. Montesinos no se priva de nada, no tiene ningún escrúpulo. El libro de Juan Carlos Ubillúz (Nuevos súbditos Ed. IEP. Lima 2006) nos lo presenta como alguien que realmente hace lo que quiere. Trabaja mucho y le duele el estómago pero tiene toda la libertad para desplegar su voracidad de poder, sexo, corrupción y crueldad.

En las líneas que siguen trataré de argumentar que el cínico es no sólo un individuo escindido, desubjetivado, (casi) una máquina de goce, sino que no puede enfrentarse a la ansiedad, de manera que es periódicamente víctima de la depresión. El cínico no es pues tan feliz como nos solemos imaginar. Para esta argumentación me baso en el texto de Joan Copjec “May´68, the emocional month” publicado en Lacan, the silent partners, libro editado por Slavoj Zizek y publicado por la editorial Verso en el 2006.

II

Es un hecho que nunca nos podremos conocer, al menos totalmente. Todos compartimos esta situación aunque no siempre apreciemos su carácter inevitable. Algunos creen que es posible que un auto conocimiento pleno lleve a un bienestar estable. Pero no es así. En mayor o menor medida permanecemos como un enigma para nosotros mismos. La evidencia de esta realidad es que siempre nos sorprendemos de los cambios emocionales que sufrimos. Somos afectados por estados anímicos que no sabemos de donde vienen. Entonces cuando, en vez de la alegría, viene la ansiedad, Lacan dice que debemos avergonzarnos. Es decir, recordar quienes somos, de donde venimos, cuáles son nuestros compromisos, a quienes somos fieles. Sentir vergüenza es el primer paso a una reintegración que reestructura lo disgregado por la ansiedad. La vergüenza no pregunta sino que supone un respeto comprometido por nuestro semblante social.

La vergüenza representa la única defensa realmente fecunda contra la ansiedad. Entonces cuando somos asaltados por la una insatisfacción radical tenemos que apelar a la vergüenza. En efecto, a diferencia de la ansiedad que paraliza, el convocar y sentir vergüenza es un afecto que nos unifica y empodera. Se trata entonces, otra vez, de recordar quienes somos, cuales son nuestros deberes y cómo hemos decidido articularnos en el mundo. La vergüenza supone la fidelidad a nuestro presente, un llamado a la consecuencia con nuestras opciones más fundamentales.

La ansiedad es un afecto abrumador. No tiene palabras. De pronto nos sentimos extrañados. Súbitamente el pensamiento se interrumpe y nos quedamos detenidos en un desgarramiento que no podemos superar, al menos fácilmente. La ansiedad surge cuando estamos demasiado cerca de lo real de nuestro goce dice Lacan. O para decirlo de otra manera, en momentos en que desenganchados de los mandatos que nos enraízan en la sociedad, somos asaltados por esas posibilidades que no habiendo sido realizadas en nuestro pasado, nos reclaman un presente muy distinto al que vivimos. En la ansiedad nos vivimos como “aquel que ha sido” dice Heidegger. O, si se quiere, aquel que ya no puede ser. Nos sentimos muertos en vida, radicalmente insatisfechos.

Ahora bien la ansiedad puede convertirse en culpa cuando la conjuramos con una “promesa de poder”. Es decir, nombramos la ansiedad como una falla y nos comprometemos a una acción destinada a reparar esa falla o pecado. Entonces convertir la ansiedad en culpa nos permite reintegrarnos pero al precio de sentirnos deudores, personas que cargan un peso, que tienen que pagar una deuda que, en realidad, es impagable. En cualquier forma la culpa es mucho más tolerable que la ansiedad pues se trata de un afecto con el que es posible dialogar. “Ya no ya… prometo que haré mucho más”. En cualquier forma, sin embargo, la culpa es una forma poco conducente de enfrentarse a la ansiedad.

Entonces a lo que debemos aspirar es a una actitud de dejarse ser sin forzar
un conocimiento y un poder sobre uno, que no solo son imposibles de
lograr sino que el solo intento de hacerlo conduce a la permanencia de la
ansiedad o su conversión en culpa.

III

Estas ideas me hacen pensar en dos temas que me inquietan desde hace tiempo. Me refiero al cinismo y a la creatividad.

El cínico está detrás de su goce y no hay ética ni vergüenza en su mundo
interior. Entonces el “castigo” del cínico sería la imposibilidad de luchar
contra la ansiedad pues no puede transformarla en culpa, ni, tampoco, puede protegerse de ella con la reafirmación implícita en la vergüenza. El cínico tiene que esperar que el infierno de la ansiedad sea sustituido por un ánimo distinto.

Desde luego que decir que el cínico no tiene moral es una simplificación extrema. En la sociedad individualista y secularizada de hoy el mandato de goce podrá ser el más prominente. Pero la cultura, y su prolongación en el superyó de los individuos, tiene que ser pensada desde la larga duración. Es decir nadie puede escapar de los ideales de ¡haz el bien! y ¡trabaja! Propio, el primero del cristianismo en general, y seguro de casi todas las religiones; y propio el segundo de la tradición protestante. Si esto es así el cínico es un individuo escindido, que lleva al extremo un mandato a costas de reprimir a todos los demás mandatos. Por tanto, aunque no quiera el “cínico realmente existente” puede sentir culpa. Puede invocarla como forma de escape de la disgregación ansiosa

IV

El cínico produce sentimientos ambivalentes. Fascina y repugna a la vez. En el Perú de hoy el balance se ha desequilibrado a favor de la fascinación. Por ejemplo, es sentido común aceptar que las autoridades públicas mientan con tal de que “hagan aunque roben”. En el mismo sentido se ha entronizado una hermeneútica de la sospecha. Nadie hace nada gratis. Todos actúan en función de lo suyo. Entonces, extrapolando a lo social, se podría decir que este pragmatismo cínico lleva a las colectividades a estar indefensas frente a la ansiedad. Y la ansiedad colectiva podría razonarse como un afecto que irrumpe como un recordatorio de lo que pudo ser, una insatisfacción absoluta con el presente desde las virtualidades imperiosas pero no realizadas del pasado. La sociedad se vive entonces como que “ya fue”.

V

Desde el sentido común se dice del cínico que “no tiene sangre en la cara”. Es decir que es incapaz de sonrojarse, de sentir vergüenza. Su semblante es pétreo e inexpresivo. Es un “cara dura” que insiste en su “inocencia”. Es como si dijera aquí no pasa nada. Pero la expresión “no tiene sangre en la cara” puede ser entendida como designando a un muerto en vida. A alguien desconectado de su cuerpo. Pero, también desde el sentido común se suele decir del cínico que es un “vivo” o un “vivazo”. Alguien que rompe con la ley impunemente. En esta expresión es, sin embargo, audible una cierta admiración. El cínico hace lo que todos quisieran pues se sale con su gusto. Entonces es patente la ambivalencia que despierta la figura del cínico.

A veces, asoma en la expresión cínica una sonrisa “cachacienta” que delata el trasfondo de “pendejo”, de transgresor sistemático. “Les metí la yuca a todos, así que muévanse no más”.

El rostro impávido del cínico, que es su expresión oficial, produce credulidad, desconcierto, admiración. ¿Cómo alguien como Fujimori puede tener esa sonrisa de inocencia, seguridad y triunfo? ¿Cómo logra dominar sus fantasmas? La misma pregunta es aplicable a otros personajes tan siniestros como él. De repente, la respuesta es que esa imagen “oficial” tiene como correlato no publicitado otras imágenes. Recuérdese por ejemplo el rostro de Fujimori cuando es llevado por la policía chilena a su encierro. En esas imágenes vemos a un Fujimori transido por la angustia, su rostro desencajado.

No obstante la fascinación que produce el cínico implica que es un atractivo modelo de identidad.

V

La creatividad supone la desverguenza en el sentido de un ignorar las
creencias y mandatos sociales que estructuran nuestra subjetividad. Pero la
desverguenza no es la actitud del cínico, aquella de ignorar los mandatos de la moral. Es un revelarse, un dejarse ser. En este sentido demasiada vergüenza nos convierte en prisioneros de expectativas que no son necesariamente las nuestras. La desverguenza no equivale a la pendejada del sinverguenza. Lo que se transgrede es la represión normalizante que impide la afloración liberadora de nuestra intimidad.