La (i)rresistible belleza de lo trágico
Apuntes inéditos
Celia y Alicia Bustamante en la vida de José María Arguedas
Carmen María Pinilla
Editora
Fondo Editorial de la PUCP
Lima 2007
I
Cuando dos personas conocidas se encuentran en la calle, la buena educación prescribe que se saluden inquiriendo cada uno acerca del otro. “¿Cómo estás?” La respuesta tiene que ser, desde luego, “bien…¿y tú?” De esta manera se ha cumplido con el rito social que ordena el manifestar interés por el otro. No obstante, la intimidad queda sin expresarse. Sería poco civilizado responder “me siento pésimo”. No se manifiesta lo privado pues se supone que todos tenemos que estar “bien”. Y si, por último, estamos mal, para eso están los especialistas en la cura de almas, sacerdotes, psicólogos, o, si estamos muy solos, pues tenemos los manuales de autoayuda. En todo caso, la sociedad exige un semblante de “normalidad” que implica un esfuerzo más o menos permanente por estar a tono con lo que se espera de nosotros.
La revelación pública de la intimidad resulta impertinente, censurable. No obstante, paradójicamente, a la mayoría de las personas nos gusta conocer los tropiezos ajenos, sobre todo si no son muy trágicos. De ahí la popularidad del chisme. De la constatación de esta realidad emerge la pregunta sobre si acaso ese gusto por la desventura ajena no tiene como trasfondo la propia y no compartida infelicidad. En todo caso la exigencia “normalizante” de la sociedad, “siempre tenemos que estar bien”, nos deja aislados, sin posibilidad de revelar y elaborar nuestro malestar.
Esta exigencia de un semblante de normalidad encuentra una formulación conceptual en los discursos que reivindican la identidad. La idea es que las personas absolutamente coherente e íntegras son plenamente felices por lo que cada uno de nosotros tendría que desoír u ocultar cualquier asomo de debilidad. En esta línea la sociedad promueve entonces una “monumentalización” de ciertos individuos que pasan a convertirse en modelos. Y los mortales, claro, somos llamados a identificarnos con ellos, asumir que es posible esa coherencia que nos promete la felicidad. Y si fracasamos es, por supuesto, nuestra culpa. Solo podríamos tener vergüenza. Escondernos. Morirnos en silencio, sin fastidiar a nadie, sin cuestionar nada.
En realidad estos discursos de la identidad corresponden a la exigencia de lo que Lacan llama el Gran Otro; es decir, de un “amo” que exige esa constancia e invariabilidad que son imposibles pero que supuestamente son premiados con el reconocimiento público y el buen ánimo. Es decir, con una suerte de salvación intra-mundana.
Para todos aquellos que desde la debilidad, y la añoranza por lo absoluto, ilusionan en la adquisición de una identidad, de certeza absolutas, la salida de la desventura, y, en consecuencia tratan de construir héroes, la publicación de las cartas de José María Arguedas representa un contratiempo. En vez de la figura pétrea y sin fisuras que muchos quisieran ver tenemos al hombre frágil y vulnerable.
II
Ninguna vida en el Perú está tan documentada como la de José María Arguedas. Una pulsión autobiográfica recorre todas sus expresiones. En su narrativa, en su labor antropológica, en sus cartas; en todos estos campos, la intimidad de Arguedas está de alguna manera siempre presente. ¿Debilidad? ¿Exhibicionismo? ¿Necesidad de reconocimiento? ¿Chantaje emocional? Aunque puede haber un poco de todo ello, lo decisivo es la concepción del arte suscrita por Arguedas. Como lo ha esclarecido Carmen María Pinilla en un libro anterior, para José María se trata de ser fiel a la vivencia, de buscar hasta donde es posible, radicalmente, la autenticidad.
Lejos de censurar o reprimir esta disposición a constantes auto revelaciones, podríamos estar agradecidos pues este impuso a compartir la intimidad nos hace relativizar la idea de una normalidad, del mito de una persona estable e idéntica a sí misma, que es el ideal con que la sociedad nos interpela. Quizá conociendo las inconsecuencias y la humanidad de Arguedas, podríamos estar más dispuestos a hacer lo propio con las nuestras.
III
Arguedas. quiso hacernos sus confidentes. Nos convertimos en testigos de sus luchas contra la depresión y la muerte. Todo su vida y obra, tal como lo sugiere Carmen María Pinilla, puede ser leída como el intento de crear un sentido intramundano, de formular una tarea que respondiendo a un desafío social fuera también espacio para una realización personal, para el desarrollo y despliegue de su talento. Esta tarea auto impuesta es también un mandato que recurre en la historia del Perú. Se trata de comenzar a imaginar la nación, de ir juntando sus partes constitutivas, como quien identifica y reúne las piezas de un mosaico sin conocer de antemano la figura que emergerá del ensamblaje. Este mandato se constituye en un demanda voraz de manera que para Arguedas la única manera de salvarse del depresivo sin sentido de la vida es empeñando todas sus fuerzas es esa tarea.
Esta necesidad imperiosa de sentido pone en evidencia la filiación romántica de Arguedas. Su temple esencialmente trágico pues lo absoluto es tan seductor como mortífero. A la larga siempre se perderá la batalla. Aunque pueda ser de gran consuelo todo el fulgor desplegado en la lucha. Y la eventual buena conciencia de estar dando todo lo que se puede. Pero, repito, nunca es bastante, suficiente. De hecho Arguedas asume su vida como un sacrificio. El vacío primordial de la existencia es asumida como una culpa, una deuda imposible de pagar. En todo caso lo que queda es cumplir el deber: dar todo de sí para realizar los ideales de justicia y generosidad que son el sentido que vertebra su obra.
Como reflexión al margen puede decirse que en estos tiempos de descreimiento generalizado la mortificación a la que se somete Arguedas puede parecernos insensata. No obstante, los peruanos debemos mucho a la fecundidad de ese martirio al que Arguedas se somete. De allí que su sufrimiento no fuera en vano. La gratitud por su legado, la pena por todo lo que le costó, son entonces las actitudes que se imponen sobre nosotros sus lectores. Y tampoco es que en estos tiempos descreídos estemos en mejor pie para afrontar la vida. Ahora pareciera que entre la coherencia fundamentalista, que empobrece, y el cinismo del goce egoísta, fuera muy difícil encontrar un camino para vivir una existencia satisfactoria.
IV
Son muchas las novedades que el libro aporta. Quizá la principal sea la de visibilizar la contribución de Celia y Alicia Bustamante a la obra de José María Arguedas. En realidad, esta obra puede verse como la punta de un iceberg, debajo del cual hay todo un entramado de relaciones que hacen posible su existencia. En efecto, entre Arguedas y su esposa Celia hay una suerte de “contrato” de naturaleza patriarcal. Arguedas es el hombre talentoso que producirá la obra trascendente que justifica la existencia de ambos; de un laso su sufrimiento que es una suerte de espuelazo o látigo que avivará su creatividad y, del otro, la auto postergación sistemática de Celia, que pasa a convertirse en una mezcla de madre, enfermera, interlocutora y secretaria de José María. “¡Hay tantos proyectos maravillosos que podemos realizar! ¡Dejar una obra que perdure y que sirva de raíz! Tenemos todo. Y desde ahora tienes que ayudarme más , muchísimo más, quien sabe tengas que trabajar para que dispongamos de más libertad” (p.124) No es que Celia asuma sin conflictos este rol. A veces parece rebelarse, como si quisiera que Arguedas fuera menos dependiente, menos trágico y más decidido a luchar por su felicidad. No obstante, a la larga ella acepta el rol que se le asigna. De alguna manera estaba preparada por su medio para esta tarea. Pese a pertenecer a una familia distinguida. Celia comparte las convicciones socialistas que la impulsan al sacrificio. Lo que sí pide a cambio es exclusividad. La invitación de Arguedas a ser “mi guía y mi escudo; porque yo soy débil” (pág. 136) lleva a Celia a desarrollar una posesividad sobre su esposo. Es lógico, si él demanda tanto, ella tendría que tenerlo todo. Se instala así una relación intensa, mutuamente exigente pero que es fundamental para entender la creatividad de Arguedas.
A otro nivel, aunque con menor intensidad, se reproduce la misma situación con la hermana de Celia, Alicia. Y también con los muchos amigos que cultiva José María. Alejandro Ortiz ha identificado los diversos círculos de relaciones por los que transitaba Arguedas. Intelectuales aristocráticos, intelectuales provincianos, peruanistas extranjeros, músicos populares, parientes de sangre y políticos. La socialidad de Arguedas es muy amplia y diversa. Y de todas estas relaciones, fluye la inspiración para sus obras. El espacio de convergencia es la Peña Pancho Fierro. Lugar de encuentro y tertulia que, animado por Celia y Alicia, convoca a los artistas e intelectuales más connotados de la Lima de fines de los años 30 y de los años 40 y 50. Es interesante subrayar esa apertura al diálogo pues ella contrasta con el individualismo de nuestra época. Quizá una de las claves de esta socialidad comunitaria sea la existencia de un horizonte de expectativas comunes: el socialismo, el mejoramiento de la humanidad, la lucha contra el gamonalismo, la afirmación de una creatividad colectiva.
V
El libro que presentamos contiene valiosas referencias sobre el ejercicio narrativo de Arguedas. Lo primero que llama la atención es su capacidad para registrar la realidad. En este sentido las crónicas sobre su estancia en el hospital en 1938 son emblemáticas. Son. como ejercicios en los que se va cristalizando una enunciación que quiere calar hondo en las situaciones y las personas. Se trata de observaciones sobre cada uno de los pacientes que comparten la habitación del hospital en que está recluido Arguedas. A través de ellas José María va afinando su uso de la lengua, su voluntad de estilo. Pero, quizá, son intentos de dejarse guiar por la intuición, por contemplar y descifrar la particularidad de los individuos, evitando estereotipos y fáciles simplificaciones.
Al respecto es muy interesante la correspondencia con Enrique Congrains pues en ese diálogo Arguedas se ve forzado a reflexionar sobre la poética de su estilo narrativo. Aparentemente, se trata de registrar el mundo a partir de una capacidad de observar potenciada por esa intuición que le permite penetrar en la experiencia de las gentes y crear personajes literarios. En este sentido, parecería afiliarse a una suerte de realismo social y psicológico. No obstante, uno de los ejemplos que pone Arguedas hace dudar de la exactitud de esta reflexión.
Quizá Arguedas como autor está mucho más presente en su obra de lo que él mismo piensa. El ejemplo es el famoso cuento “Warma kuyay”, “Amor de niño”. En este relato, Ernesto, un niño misti, se enamora de Justina, una bella muchacha indígena. En este contexto Justina es violada por Froilán, un desalmado gamonal. Ernesto le demanda al Kutu, su pareja, que vengue la afrenta, que castigue al violador. No obstante, el Kutu se deshace en lágrimas porque “endio no puede”, no se atreve a alzarse contra el patrón, pese a que Ernesto lo tacha una y otra vez de cobarde. En la correspondencia por obra del propio Arguedas sabemos que la realidad que inspira la ficción es muy distinta. En efecto, refiere Arguedas que de la cholita disfrutan “mi hermano mayor y un hijo del otro dueño de la hacienda. Además que el Kutu existió efectivamente; pero que “era un pobre cholito, pequeño como yo, algo zonzo y que andaba siempre mugriento”. Esta claro entonces que entre la anécdota real y la ficción está de por medio un “inconsciente político” para usar el término de Jameson. El deseo de Arguedas es no solo denunciar la prepotencia de los gamonales sino sobre todo encarar a los indios para que ellos mismos tomen entre sus manos la justicia, para que salgan de su pasividad y puedan vengarse. De alguna manera, Ernesto representa al intelectual que anima al indio a actuar con coraje, a dejar atrás lamentos y complejos de inferioridad. Este llamado se remonta en realidad a la obra de González Prada, a los continuos llamados de este autor para que la redención de los indios sea protagonizada por ellos mismos.
La poética de Arguedas no se agota pues en un realismo social y psicológico. Está animada por un deseo de identificar las virtualidades emancipatorias, las dinámicas de las que podría emerger lo más afirmativo del mundo indígena y la cancelación del gamonalismo y la explotación.
VI
En el intercambio epistolar, recogido en el libro de Carmen María, es también patente la pluralidad de actividades en las que Arguedas está comprometido. Narrador, antropólogo, maestro, promotor de la cultura popular, hasta funcionario público. Pese a lo febril y fecundo de su actividad, sorprende que Arguedas considerase que no hacía aún lo suficiente.
VI
En algún momento de su vida el contrato con Celia se debilita. Arguedas quiere más libertad y emprende una serie de aventuras románticas y relaciones amorosas. Busca escaparse de esa condena que él mismo se ha impuesto. Aparecen entonces las figuras de Lola Hoffmann, de Beatriz y, sobre todo, de Sybila Arredondo. Pero las exigencias de esta nueva vida parecen desproporcionadas en relación al carácter de José María. La pasión que le depierta Sybila le devuelve vida pero ella no está dispuesta a repetir el sacrificio de Celia. Es como si le dijera a Arguedas puedo cuidar de ti siempre y cuando quieras sanarte y ser feliz. Pero lo que no seré es una enfermera permanente. Quizá era demasiado pedir pues Arguedas estaba ya muy hecho a ser cuidado y protegido.
VII
Quisiera felicitar a Carmen María por la fidelidad a una empresa, que como el estudio de la vida y la obra de Arguedas, nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos. En algún lugar Derrida dice que la herencia está antes del ser. Sólo apropiándonos del pasado del que venimos es que llegamos a ser. Conociendo a nuestros antecesores es que sabemos quines somos. En este sentido la obra de Carmen María desciende de la de Arguedas como la de Arguedas continúa la de Mariátegui. En todos estos casos está presente el mismo impuso generoso por imaginar la realidad de la promesa peruana.
Y, ahora sí, para acabar quisiera insistir en que el presente libro significa un reconocimiento a Celia y Alicia Bustamante. Recién ahora se puede hacer justicia a su contribución pues sin sus cuidados y entrega es seguro que mucho de la obra de Arguedas simplemente no existiera. Ahora lucho contra la tentación del cliche que señala detrás de un gran hombre hay una gran mujer. En este caso hay mucho de cierto pero habría que añadir que el gran hombre era una criatura frágil y vulnerable que seducida por la tragedia no buscaba sino hacer el bien, lo mejor posible.

Será motivo para comprar aquel libro, me he convencido después de leer este post tan extenso, como de costumbre en su blog.
Aunque nunca he sido tan fanático de José María Arguedas como mis amigos socialistas que reciben regalos por navidad, me siento más identificado con su vida, que con su obra, de la cual he leído “El sexto” y “Los ríos profundos”, aún estoy en deuda con “Todas las sangres”.
Comment by Gonzalo Del Rosario — 2007 07 @ 6:28 pm
Hola, bueno me da mucha pena que su libro cueste tanto, casualmente los cholos misios no podrán comprarlo sino simplemente los gringos de san isidro. No entiendo por qué un libro que edita el congreso de la republica cuesta tan caro, deberia ser todo lo contrario, para que esté a al alcance de todos. Es una lástima que no pueda llegar a leer el texto. Si hay una forma de comprarlo con un descuento o si conoce una ONG que financie la compra de libros en pos de culturizar a los peruanos le agradecería me la haga conocer
Espero su respuesta
Jose Miguel Silva Merino
Comment by Jose Miguel — 2007 07 @ 3:39 pm
Muchas gracias Gonzalo por esta reseña magnífica. Soy una admiradora de la vida y obra de Arguedas y hoy que se escribe tanto sobre ellas a veces una se pierde a la hora de optar por qué leer. En esa línea, es emocionanate ver que con el paso del tiempo, esa vida y esa obra sean asumidas con entusiasmo por cada vez más peruanos, como también por extranjeros que conocen ese vivir en la delgada y complicada línea de tránsito entre dos culturas y mundos. Porque, para mí, la mayor lección de Arguedas es haber intentado, con todas sus fuerzas, emocionales e intelectuales, vivir con felicidad en ambas culturas, extrayendo de cada cual sus néctares, buscando sus confluencias como quizás única garantía para alcanzar un futuro no amargo. Alguien ha comentado que el libro que reseñas es caro y debiera ser accequible a más peruanos, de acuerdo, ahora, no entiendo por qué, si hablamos del mismo Arguedas, introduce tanto encono y sesgo respecto a gringos saninsidrinos y ONGeros, y menos entiendo porqué te exige explicaciones a ti que nos ofreces una reseña abierta. En cualquier caso y para saltar dificultades de precios y entendimientos, vale recordar que en internet, gratis, se pueden hallar varios enlaces que conducen a ese indispendable texto arguediano “No soy un aculturado”, y que todos, nos sintamos mestizos, andinos o criollos deberíamos leer varias veces en la vida.
Saludos y nuevas gracias Gonzalo:
Karina Pacheco Medrano
Comment by Karina Pacheco Medrano — 2007 07 @ 6:23 pm
El libro de G. Portocarrero editado por el Fondo Editorial del Congreso no lo regalaran pero si está, igual que las demás publicaciones de ese Fondo, a un buen precio: 32 soles.
Comment by Ivo Urrunaga — 2007 07 @ 7:29 pm