Solo hay salvación en la servidumbre
Solo hay salvación en la servidumbre
La construcción colonial de la subjetividad indígena
A propósito de los Himnos católicos quechuas recopilados por
José María Arguedas (Ensayo dedicado a Carmen María Pinilla)
Las teorías más recientes sobre la ideología tienden a privilegiar más el cuerpo que la mente y más la práctica que la creencia. Esta posición marca un giro “materialista” que implica privilegiar las conductas sobre los discursos. La idea es que los discursos “se inscriben” en el cuerpo como instrucciones o programas a partir de la repetición y el ritual. El trabajo de la repetición sobre el cuerpo ayuda a la fijación de la libido en ciertas zonas que ratifican su especial sensibilidad. Y también a la deserotización de otras partes definidas como instrumentos de trabajo. En todo caso la construcción social de la subjetividad pasa, por tanto, por la reiteración de prácticas que van sedimentándose en hábitos que son como equivalentes humanos del instinto. Así, por ejemplo, el estudiante es un sujeto producido por su inserción en un conjunto de interacciones sociales en las que va internalizando en su propio cuerpo lo que se espera de él: estar quieto, atento, eventualmente dispuesto a participar cuando se le convoca, a memorizar y/o aprender las lecciones, etc. La dimensión práctica de la conducta una y otra vez repetida va modelando las actitudes que lo definen. Esto no significa concebir el discurso y la creencia como mera súper estructuras o racionalizaciones de conductas aprendidas a través de la imitación o de la identificación. Después de todo, en el seno de los hábitos están presentes los discursos que lo justifican. No se trata, entonces, de regresar de un culturalismo simplificador, para el cual sólo existe el discurso, a un materialismo igualmente simplificador donde lo único definitivo sería la conducta. Discursos y prácticas están mutuamente interpenetrados de modo que no se pueden entender aisladamente. Cabría la posibilidad, sin embargo, de pensar que en algunas ocasiones las prácticas resultan más “fundamentales”. Y en otras lo propio sucede con los discursos.
Es clara la pertinencia de estas ideas para analizar la construcción de la subjetividad indígena como resultado de la evangelización. En consecuencia, se trataría de enfatizar, o por lo menos no perder de vista, la dimensión ritual en la que se inserta la palabra, la creencia o lo simbólico. Aislada de la interacción, la ideología en sí misma resultaría poco efectiva para producir el sujeto que se reclama. La evangelización como “conquista del imaginario” debe ser pues examinada en su contexto de ritos y ceremonias, y no sólo en base a las ideas y creencias.
En este sentido, resulta de sumo interés el trabajo de José María Arguedas sobre los “himnos católicos quechuas”. El texto que analizaré se encuentra al final de este ensayo. Se trata de canciones bellas y emotivas que son interpretadas por los fieles con el fervor que sólo un deslumbramiento estético permite producir. La performance es, además, parte de ritos como la misa o las procesiones o los entierros. El himno transcrito por Arguedas es de un gran impacto emocional. El motivo inicial del himno es el desfile de la naturaleza ante su creador. El sol, las estrellas, la tierra, los animales rinden homenaje a Dios. Todos los elementos del universo son como criaturas sensibles que agradecen infinitamente su propia existencia. Su humildad y gratitud sobrecogen. No obstante, en este concierto maravilloso la nota disonante la da el hombre. Tentado por el pecado, fracturado por la culpa, no se integra plenamente en el desfile de la creación. Esta situación tiene que producir lástima y pena en quien canta el himno. La felicidad de formar parte del esplendor de la marcha queda pasmada por una voluntad pecaminosa contra la cual la lucha debe ser permanente. Se añora la alegría de ser parte del conjunto, se la siente tan próxima, pero a la vez tan lejana. Es como si el himno hiciera sentir “¡ah, si fuéramos sólo un poco más consecuentes, toda la felicidad que tendríamos!”. De esta manera, el intérprete del himno queda fijado en una posición doliente, arrepentida. Es llamado a rechazar lo impuro dentro de sí, aunque al mismo tiempo intuya que esta “impureza” es su propia sustancia.
En cualquier forma, lo relevante es, quizá, el deslumbre estético y la emoción corporal que lo acompaña. ¡Cómo no poder ser tan inocente como el sol, la tierra, el agua que nunca faltan al orden divino, y que son criaturas de una belleza tan inconstrastable! Entonces, el sujeto queda escindido entre un deseo de acatamiento ciego a la ley y su propia conciencia que es sentida como rebeldía demoníaca, causa del pecado, productora de muerte, alejamiento de Dios.
II
El himno tiene tres partes bien diferenciadas. La primera tiene la forma de un canto jubiloso. Es un mundo orgánico, armonioso, cada uno de sus elementos está plenamente realizado. Todos participan en una comunión que pone de manifiesto la magnificencia de Dios.
Es muy clara la impronta panteísta que el himno recoge probablemente de la tradición andina. La naturaleza tiene vida y esa vida es alegre y bulliciosa porque refleja el esplendor de su Creador. Cada elemento de la realidad florece; despliega su ser en este homenaje que es también una renovar el acto primordial de la creación.
El sujeto de la enunciación de esta primera parte es una suerte de observador, un testigo que testimonia el esplendor del universo, su pureza y buen concierto.
La segunda parte es una denuncia que tiene como trasfondo un lamento y una nostalgia. En efecto, resulta que en este despliegue maravilloso, el hombre está ausente. “Solo el hombre no recuerda sus pecados del día y de la noche, no siente la tristeza en sus culpas y se niega a purificar su vida. Solo el hombre no escucha que debe purificarse, para adorar a Dios en todo el universo”.
Se denuncia pues la terquedad del hombre, su no dejarse llevar en esta procesión triunfal, su permanecer en la corrupción, su huir de la voz divina. Es claro que tras esta denuncia, y el lamento y la nostalgia que la acompañan, existe una amenaza velada, el quedar abandonado en la impureza; es decir, la condenación eterna. En esta segunda parte, el sujeto de la enunciación es una suerte de testigo de cargo, casi un fiscal, alguien a quien le consta esta resistencia del hombre para integrarse en el plan de la creación. Se trata pues de una voz que oculta la amenaza de castigo tras una promesa incierta de redención. No queda claro, sin embargo, por qué la criatura humana se empecina en vivir en la corrupción, por qué permanece sorda a la voz de su creador. Lo que sí es evidente, otra vez, es el resultado desastroso que esta actitud le acarreará al propio hombre. No escuchar a Dios aparece como un capricho inmotivado, ya que de seguir a su creador tendría todo por ganar y nada que perder. Entonces, el alejamiento de Dios no tiene razones profundas o valederas, es solo resultado de una insensatez. Si el hombre pudiera abrirse un poco más, su reincorporación al reino de la creación sería tan fácil y total…
La tercera parte tiene la forma de una invocación, de un ruego humilde, solícito. Ahora el sujeto de la enunciación es el propio hombre que, tomando conciencia de lo equivocado y riesgoso de su situación, le pide a su hacedor interceder en su beneficio, ayudarlo para lograr su propia salvación.
Si en la segunda parte el pecado aparece como una contingencia caprichosa del hombre, aquí, en esta oración casi desesperada, el hombre se describe a sí mismo como una criatura ”errante y pecadora”. Ahora, resulta que la transgresión de la ley de Dios no es un hecho tan azaroso pues está enquistado en la propia naturaleza huérfana y dubitativa del hombre. Paradójicamente, esta criatura favorita, este hombre que invoca a Dios, con todas sus fuerzas, se describe como huérfano, sin un camino evidente. En otras palabras, como racional y libre, pues lo contrario sería tener un camino fijo, una conducta programada (un instinto). Ahí está justamente la raíz de su drama. No está conminado por el instinto y puede optar a partir de su propio razonamiento. Eventualmente puede enfrentarse a los designios de Dios. Resulta entonces que la criatura para la cual se ha hecho el universo no tiene incorporada en su naturaleza un principio de obediencia, un automatismo de cumplimiento. Puede deliberar y escoger. Y estas capacidades son en definitiva peligrosas, ya que están asociadas a la impureza y la corrupción. De alguna manera, el himno llama a abdicar de la razón y la libertad, a implorar por convertir la obediencia en un instinto, a salvarse en el cumplimiento del plan de Dios. Si el hombre persistiera en su razón y libertad, es muy probable que permaneciera sordo a la voz de Dios, que se apartara de la salvación, condenándose irremisiblemente. Lo que el himno demanda entonces es el sacrificio de la libertad y la razón, casi una “animalización”, pues sería solo en base a la obediencia incondicional, al fanatismo, a la creación de una segunda naturaleza que el hombre podría reintegrarse inocentemente en el dominio de la creación.
Es desde un sentimiento profundo de desorientación y temor que el hombre implora ser escogido como el “creyente”, “el que oye tu voz”. Lo paradójico es que la criatura humana ruega por no ser lo que es: autónoma y pensante. Solo en la renuncia de su humanidad podría encontrar la salvación que añora, la inocencia perdida, la vuelta al paraíso. Justamente, el himno postula que el hombre no quiere otra cosa que renunciar a lo característico de su humanidad pues ese sería la sola vía para ese reencuentro tan añorado con su creador.
En el fondo, se trasluce la imagen de un Dios cruel y castigador. Le da a su criatura más amada, como regalo, el principio de su perdición, para reclamarle luego que renuncie a ese principio, sumándose a la obediencia mecánica e incondicional que caracteriza al resto de la creación. Dios tienta al hombre dándole una facultad que juega en su contra. Y, de otro lado, promete una reconciliación si su “amada” criatura rechaza ese regalo que es supuestamente la prueba más ferviente de su ternura. Finalmente, el himno se cierra en una suerte de clímax en que el hombre implora ser limpiado de su impureza para decir lo que toda la fuerza de su ser le solicita: la adoración de la grandeza de Dios, la sumisión sin condiciones.
La “rebeldía” humana, el no acatar los designios de Dios resulta, en un inicio, en la segunda parte, de un capricho injustificado del hombre. A continuación, en la tercera parte del himno, la “rebeldía” aparece como resultado de una libertad que en el fondo el hombre no desea. Esa autonomía resulta de una suerte de condena que le produce pesadumbre pues en definitiva no está preparado para escoger. Su sola salvación es entonces su total entrega. Ahora podemos preguntarnos qué tipo de subjetividad es la que el himno pretende crear. El creyente que vive intensamente este cántico es ante todo un admirador de la belleza, de la perfección de la obra de Dios, como lo testimonia toda la naturaleza. Pero también es alguien que se siente extrañado de esa exultante hermosura. Un sujeto que está dispuesto a dar todo, a sacrificar su propia humanidad por volver a ser parte de ese esplendor del que ha sido separado por obra de un Dios que le da una facultad para, de inmediato, pedírsela en retorno, como prueba de su amor y valía. En síntesis, estamos pues ante un discurso del Amo. Una enunciación autoritaria que no reclama un interlocutor reflexivo sino que apunta a la construcción de un “siervo voluntario”. Alguien que encuentra su realización en la negación de sí, en el sacrificio de su ser. Ese Amo sádico parece gozar de la desventura de su siervo, juega con él, lo coloca en una situación imposible. No obstante, pese a todo, se hace llamar “manantial de la ternura”. Otra vez, estamos ante una figura de autoridad que se reclama benevolente y amorosa pero que actúa de una manera definitivamente malévola. Una autoridad que se parece demasiado al patrón o gamonal, que representa la arbitrariedad convertida en hecho incuestionable.
Lo trágico está aquí en la lucha agónica del hombre contra su propia naturaleza, en la renuncia (im)posible a su autonomía y su buen juicio. Una batalla permanente y sin salida pues el triunfo de la obediencia significaría su muerte simbólica, su conversión en animal-máquina. Y de otro lado, la derrota de la obediencia incondicional, la preservación de su autonomía, implicaría su alzamiento contra Dios con la consiguiente culpa y angustia. En síntesis, la reconciliación con Dios es imposible. No obstante, el himno presiona por la muerte simbólica de lo humano.
Lo que puede llamarse el legado trágico implícito en la condición indígena es que solo caben dos posiciones: la sumisión incondicional según el deseo del Dios- patrón o, de otro lado, la rebelión satánica, absolutamente condenable.
“Y ahora, mi Dios, mi Hacedor, mi Salvador, ¿con qué boca he de adorarte, yo, tu criatura errando y pecadora, siendo Tú la Excelsa Hermosura?
¿Con qué lengua he de bendecirte, siendo huérfano y errante? Y tú, que eres el manantial de la ternura, escógeme para ser, en este mundo temeroso, tu creyente, el que oye tu voz. ¡Limpia mi palabra impura, desata mi lengua encadenada, para ser con tus ángeles el adorador de tu grandeza; y bendecirte por la eternidad de la eternidad!”
III
En su análisis sobre “El concepto y la tragedia de la cultura”, Georg Simmel define como destino trágico aquel “que a diferencia del triste o del perturbado desde el exterior, (en éste, en el destino trágico) las fuerzas negativas orientadas contra un ser surgen precisamente a partir de los estratos más profundos de este mismo ser; que con su destrucción se consuma un destino que está ubicado en el mismo”. En el centro de la tragedia tenemos pues un desequilibrio, un antagonismo irresoluble que define la misma naturaleza del individuo. Individuo que, en la medida en que no puede aspirar al control de su vida, no llega a constituirse como sujeto libre. No puede “actuar”, porque está atrapado en el nudo de la imposibilidad trágica. Como dice Simmel “Lo que se opone a la voluntad y a la vida como contradicción y ataque a éstas, emerge de lo más radical y profundo de la voluntad y de la vida mismas”.
En este sentido preciso se puede decir que al sujeto fundado por este discurso se lo enrumba hacia un destino trágico, a ser gobernado por un proceso autodestructivo No es posible una síntesis o un compromiso entre los elementos opuestos. El ser humano acaba autodestruyéndose pues no puede complacer los designios de Dios sin socavar su propia humanidad ni, de otro lado, puede realizar su humanidad sin contradecir los mandatos divinos.
En efecto, en el Himno que comentamos la condición humana del indígena está presa de un impasse pues el conflicto entre obediencia y libertad no puede ser mediado. Solo cabe la sumisión total o la rebeldía satánica. Y ambos extremos son insostenibles. En estas circunstancias es muy difícil que surja un orgullo indígena. Por el contrario, escapar de la trampa que lo aprisiona es lo único sensato. Es decir, intentar la des-indianización, que equivale a abjurar de los antagonismos que definen la condición indígena. En efecto, si “endio no puede” (J.M. Arguedas en “Amor de niño”), pero si quiere, entonces no queda más que una reconstrucción radical de la subjetividad.
Hasta mediados del siglo XX en el mundo criollo el indígena era representado como melancólico y pasivo, como un desecho de hombre producido por la propia codicia y el abuso de los españoles y sus descendientes. La tragedia del indio era pues una culpa colectiva de la sociedad peruana. En cualquier forma la República se construyó sobre la base de una promesa de reparación, de un acceso a la peruanidad para los indígenas que, dejando de lado su mundo social, tendrían que acriollarse para adquirir una ciudadanía plena.
No obstante, desde fines de los 50 comienza a construirse una visión del migrante muy diferente al estereotipo del indígena. El fundamento de esta visión es identificar en ese migrante una voluntad de progreso, una capacidad de acción, cuyo requisito habría sido renunciar a la tradición indígena para “acriollarse” en la urbe. Con el paso de los años, esta visión va ganando fuerza para dar lugar a la figura del “cholo emergente”, definido, precisamente, por su laboriosidad, iniciativa y espíritu de empresa. Esta nueva percepción se va cristalizando en textos como los de Quijano, Matos Mar, Golte, Degregori. El legado trágico de la condición indígena parece quedar pues definitivamente atrás.
¿Pero queda realmente atrás? ¿No estaríamos más bien ante una secularización relativa? Es decir el amo y su mandato imperativo permanecen pero lo que cambia es el contenido de su discurso. La orden a obedecer sería ¡Progresa! ¡Cambia!
Entonces, como lo ha señalado Rafael Tapia se abren dos caminos que corresponden a dos distintos amos. Lo que ambos tienen en común es la fuerza de su convocatoria que hace que no estemos frente a una crisis de sentido o una depresión colectiva.
En primer lugar el discurso de la izquierda que es una rebelión contra el gamonal en nombre del buen patrón. En este sentido es sorprendente la afinidad entre el himno que comentamos y la prédica de Sendero Luminoso. Abimael Guzmán habla también de un universo majestuoso que compuesto de materia ha ido evolucionando por “quince mil millones de años”, pugnando por realizar la creación suprema el “socialismo”. Los hombres aislados nada somos. Fuera de este incontenible movimiento no hay ningún sentido. Solo en tanto nos sumemos a esa marcha triunfal nuestra vida tendrá significado. Estamos pues llamados a ser “hombres rojos”, solidarios, entregados a la causa, dispuestos a dar nuestras vidas. La salvación es la alegría de sentirnos parte de ese futuro que se está abriendo paso aquí en la tierra, gracias a la lucha contra los gamonales y al sacrificio de la gente buena.
En segundo lugar el discurso capitalista cuyo mandato es el trabajo y el progreso. El confort material y el reconocimiento social sustituyen a la salvación en el otro mundo como el motivo central de la vida. Hay que obedecer con alegría la nueva orden de este amo que no tiene rostro pero cuya voz, potente, dice: ¡trabaja! ¡esfuérzate! ¡merece! Ese amo impulsa al progreso, al empresario y al trabajador. Es el capitalismo que hereda el disciplinamiento secular de los pueblos andinos.
IV
Desde una perspectiva más conceptual subyace al himno la idea de que la historia debería ser como un “proceso sin sujeto”. Este concepto de “proceso sin sujeto” tiene raíces hondas en el pensamiento occidental. En el campo de las CCSS puede retrotraerse al positivismo y su fobia por la historia y lo contingente. El movimiento autónomo de las estructuras destierra al sujeto y al acontecimiento al fantasmal reino de las apariencias, de los reflejos deformados. A la ilusión sin consecuencias. La idea está en el Durkheim de “Las reglas del método sociológico”. La formulación más precisa es, desde luego, de Althusser. A la solidez objetiva de las estructuras se contrapone las veleidades de la ideología. Es decir, el dominio de lo inconsecuente donde las personas toman una conciencia falsa e irrelevante de sus verdaderas condiciones de existencia. Pero el himno que comentamos va más allá del estructuralismo pues este texto reconoce la posibilidad de una “desviación”, de que las cosas no sean como deben pues la criatura humana es díscola y puede apartarse de los designios de su creador. De ese mal uso de la libertad, del pecado, emerge entonces el sujeto en tanto exceso no asimilable al movimiento autónomo de las estructuras. El “libertinaje”, en la medida en que desvía el rumbo natural de la creación, hace tanto más necesaria la prédica que reencuadra permanentemente al sujeto, que lo hace desaparecer en el dominio de lo objetivo y predecible.
V
En un comentario al presente ensayo, Carmen María Pinilla me hace una atinada observación. El Himno no sólo era cantado por los indígenas sino también por los mistis, los dueños de vidas y haciendas. La religión no es pues opio para el pueblo, una creación instrumental destinada a sofrenar las rebeldías de los oprimidos. También está comprometida la subjetividad de los opresores. ¿Qué podría sentir el gamonal que enternecidamente canta con “sus” indios el himno de alabanza a Dios? ¿Acaso no sería su caso el mejor ejemplo de libertinaje? ¿Por qué su codicia, su impiedad y su lujuria no encontrarían un límite en el mensaje del himno?
Estas preguntas exceden mi capacidad de respuesta. La verdad, lo confieso, no me las había planteado. Una manera tentativa de aproximarnos es examinando el universo narrativo de Arguedas. En esta línea se podría sugerir varias respuestas no excluyentes entre sí. La primera es que los hacendados piensan estar hechos de otra sustancia que los indios. Es decir, el racismo. En Todas las Sangres, por ejemplo, Don Lucas, el gamonal más intransigente, despliega toda una estrategia para afianzar su dominio sobre los indios. Básico es el castigo físico pero igualmente importante es la prédica de esos sacerdotes franciscanos que Don Lucas manda traer a sus haciendas para que hagan llorar a sus indios. En este caso, el cinismo es patente. La religión es sólo un instrumento. Pero una segunda respuesta es la culpa. Los gamonales saben, aunque no quieran tomar conciencia, que hacen mal. Entonces sienten culpa y miedo. Están expuestos a la ira de Dios quien ya les tomará cuentas. En Los Ríos Profundos, por ejemplo, los hacendados están muy inquietos después de la rebelión de Doña Felipa, la mestiza que se alzó contra ellos. En este clima se escuchan los rumores más extraños. Se dice que ella regresará con un ejército de chunchos, que ya está viniendo y que incendia las propiedades que encuentra a su paso. No creo que sea arbitrario suponer que tales historias se tornan verosímiles en tanto corresponden a una necesidad de expiación, a la mala conciencia de los señores. O sea que el catolicismo que impregna el himno fundamenta a la vez que desestabiliza la dominación de los señores. La servidumbre indígena tiene como correlato el cinismo y el sentimiento de culpa de los mistis. La subjetividad de los gamonales estaría pues desgarrada. Digamos que en lo principal el catolicismo no detuvo las violaciones pero sí creó una sensación de ilegitimidad entre los amos. Quizá ese trasfondo de duda angustiosa sea una de las fuentes del indigenismo, de esa matriz discursiva que glorifica el mundo de los oprimidos, denunciando la bestialidad de sus amos.
Pacha pakkariy uylla
“Ha amanecido el Universo, y sacudiendo su resplandor, rinde homenaje a Dios.
Ya el Mundo, arrojando las nubes grises, ha abierto su manto negro, para rendir homenaje a su Creador.
Ya el Rey de las estrellas, el ardiente Sol, empieza a lanzar su luz, y tendiendo su cabellera dorada en el Universo, rinde homenaje a su Hacedor.
Y apareciendo el Sol, las montañas se vistieron de luz; ríen, para adorar a su Dios.
Y con el soplo de los vientos, los árboles se juntan, y agitan sus ramas hacia el alto cielo, rindiendo homenaje a Dios.
Y en los árboles frondosos se han posado los pájaros, y desde los más grandes hasta los pequeños, abren sus picos hacia el alto, y cantan en tropel, rindiendo homenaje a su Creador.
Y los pastos, los pajonales, sacuden su rocío sobre las flores de la tierra, para rendir homenaje a su Creador.
Ya las flores desde su honda envoltura han brotado, y dan al aire su dulce aliento, para rendir homenaje al Creador.
Y el Río Sagrado, el Wilkanota, expandiendo su garganta, grita con la fuerza entera de sus aguas, para adorar al Creador.
Y en el agua ondeante de los lagos, en su luz cristalina, los peces nadan y hierven, rindiendo homenaje a Dios.
Y aun los barrancos y las rocas más duras se han cubierto de verdor, para rendir homenaje a Dios.
Y las serpientes salvajes de los grandes montes han despertado de nuevo para adorar a Dios.
Las montañas han tendido las yerbas, desde los pequeños helechos hasta la achicoria, para recibir al Creador.
Y la genciana de la fría estepa ha florecido, la alta paja brava, el acuático sura, encendieron su verdor para adorar a Dios.
Y los grandes árboles de las quebradas, florecieron de nuevo, para rendir homenaje a su Dios.
Las culebras han arrojado su añosa piel, y vestidas de nuevo adoran al Creador.
Y el agua de los torrentes ha fundido a las rocas duras; y la salvaje vicuña se ha tornado en mansa criatura, para adorar, en la aurora, al Creador omnipotente.
Sólo el hombre no ha cambiado sus vestiduras, no se ha hermoseado, para recibir a su Dios, siendo el único que vive en la morada del Creador.
Sólo el hombre no se ha engalanado en la aurora, a pesar de que es semejante a Dios.
Sólo el hombre no recuerda sus pecados del día y de la noche, no siente la tristeza de sus culpas y se niega a purificar su vida.
Sólo el hombre no escucha que debe purificarse, para adorar a Dios en todo el Universo.
Nuestro corazón sabe que, viviendo en la corrupción, Dios nos abandonará en la impureza.
Y la palabra de Dios es oída por todo lo creado, por la piedra y las yerbas, por las bestias y los árboles; sólo el hombre huye de la voz divina.
Y ahora, mi Dios, mi Hacedor, ni Salvador, ¿con qué boca he de adorarte, yo, tu criatura errando y pecadora, siendo Tú la Excelsa Hermosura?
¿Con qué lengua he de bendecirte, siendo huérfano y errante? Y tú, que eres el manantial de la ternura, escógeme para ser, en este mundo temeroso, tu creyente el que oye tu voz. ¡Limpia mi palabra impura, desata mi lengua encadenada, para ser con tus ángeles el adorador de tu grandeza; y bendecirte por la eternidad de la eternidad!”

Me gustó tu texto.
Comment by rodrigo núñez carvallo — 2007 07 @ 6:32 am