En el número 1974 de la Revista Caretas, bajo el nombre de “Elena Iparraguire habla desde la cárcel por primera vez” se publica una entrevista a la “novia de Abimael Guzmán”. La transcripción está intercalada con diversas informaciones que permiten contextuar las respuestas.

Elena Iparraguire, la camarada “Miriam”, no pretende justificar las acciones de Sendero, aunque tampoco emprenda una autocrítica veraz, lúcida, de su trayectoria personal. Su opción es contestar desde su mundo privado, de su ser Elena Iparraguire más que desde la camarada “Miriam”. En realidad, insiste en su humanidad, no parece interesarle su figuración pública. Ahora quiere ser recordada en tanto que “por lo menos ayudé a desarrollar la conciencia política del pueblo más atrasado”. En todo caso ella quiere atrincherarse tras el semblante de una buena voluntad que recorrería y daría coherencia a todo lo hecho. La apuesta era estar a la altura de los ideales de defensa del pobre y de construcción de un mundo de justicia. Entonces, aún la violencia más cruenta era un sacrificio, una “cuota”, que había que pagar para lograr el feliz desenlace del “mundo nuevo”.

No obstante, en la subjetividad de Elena Iparraguirre flota la sensación de que hubo algo de excesivo en la violencia senderista. Claro, en principio una “potente guerra civil” es necesaria, dice la camarada “Miriam”, pero agrega, “reconozco que todo se descontroló”. Esta opinión marca una ruptura con respecto a las tesis oficiales de Sendero que son las asumidas por la misma “Miriam” en la primera parte de la entrevista. En efecto, hablando desde una posición oficial, ella justifica los asesinatos de mujeres y niños en Lucanamarca. “Nos reafirmamos en lo dicho en la entrevista del siglo que dio Abimael Guzmán… Se desarrolló una guerra civil… Por último pregunto ¿Por qué ocultan las matanzas feroces, crueles, inicuas del ingreso de las Fuerzas Armadas”. “Miriam” ratifica la validez de las justificaciones de Guzmán: el terror era la única forma de escarmentar a las “mesnadas” que se resistían a Sendero.

Tenemos, pues, dos posiciones distintas: una oficial y ortodoxa, militante. Para la camarada “Miriam” todo se justifica. Pero de otro lado está la posición desde la se reconoce que hubo un “descontrol”. Este aserto significa un hecho nuevo que señala, potencialmente, el inicio de la reabsorción de la militante “Miriam” en la humanidad de Elena Iparraguirre.

En realidad, la posición militante de “Miriam” glorifica la violencia y devalúa la vida humana. La valora como un medio sacrificable para alcanzar fines superiores. La segunda, la posición “autocrítica” es más humana y cauta, sugiere que hechos como los de Lucanamarca no debieron estar en el plan original del partido.

La coexistencia de estas dos posiciones, la fanática de “Miriam”, y la más humana y reflexiva de la reaparecida Elena Iparraguirre, queda facilitada por un responsabilizar a los mandos medios senderistas que, en la versión de Iparraguire, habrían tergiversado las orientaciones de Guzmán. “nuestros seguidores fueron cerca de 70,000 personas a inicios de los años noventa; lo cual hizo imposible que pudiéramos manejar a todos los miembros que desataron el terror en Lima y los principales departamentos andinos, con bombas, apagones y asesinatos selectivos a las más altas autoridades. Les enseñaron a usar armas antes de entender la ideología político-ideológica”. La violencia extrema habría resultado de un militarismo ajeno a Guzmán.

Ahora bien, en estas opiniones es evidente la falta de coherencia. En efecto, la militante “Miriam”, como miembro del partido, aprueba la matanza de inocentes pero, al mismo tiempo, Iparraguirre, hablando a título más personal, pretende limpiarse las manos de otros atentados menos sangrientos. Lo que habría ordenado Guzmán era controlado y racional. Lo que hicieron los otros era una brutalidad. La matanza más reprobable, la defendida por Guzmán, es medida con una vara distinta que las otras matanzas que no hicieron sino seguir su ejemplo.

En su tardío escrito “La escisión del yo en proceso de defensa”, Freud llama la atención sobre un hecho que no sabe como calificar. De repente es sólo una repetición pero puede que sea algo radicalmente novedoso. De hecho, para Freud la ausencia radical de integridad, la debilidad del yo, y su función sintetizadora, marca el territorio de la psicosis. Allí reina lo caótico y fragmentario de manera que la persona no podría ser tenida como responsable de sus acciones. Pero lo nuevo que Freud cree descubrir es la profundidad que puede cobrar la “escisión”. La fragmentación del mundo interior. Por ejemplo, allí donde las prohibiciones de la ley obstruyen la realización de los deseos sería aún posible cumplirlos pero a condición de no tomar conciencia de la realidad; es decir, de desairar la autoridad y la ley. Es posible escaparse de la sujeción al deber sin enfrentar directamente a la ley que lo instituye. La manera de escapar sin enfrentar es pretender que la ley y el deber no existen. Entonces se pierde en lucidez y coherencia lo que se gana en goce. Más decisivamente, escurrirse de la autoridad tiene sus costos que son el miedo y la culpa, la fragmentación dolorosa de nuestra interioridad. No obstante, en apariencia la “solución” es óptima. Como dice Freud. “Las dos partes en disputa reciben lo suyo: al instinto se le permite seguir con su satisfacción y a la realidad se le muestra el respeto debido” (Freud 3375).

Pero el desentenderse de la ley no puede ser total. Se trata más bien de que la conciencia de las transgresiones está reprimida. De allí que estas faltas regresen como síntomas. Se trata principalmente del miedo al padre como figura de autoridad y, en consecuencia, una desarmonía interior. Digamos que la ley desairada produce miedo. Es decir, en la interioridad hay un trasfondo oscuro donde uno siente que está fallando. Digamos que la falta de coherencia, la renuncia a la síntesis y la responsabilidad, entraña ese temor al castigo que pone en evidencia un sentimiento de culpabilidad. En brece, la escisión es muy costosa pues exige reprimir la ley lo que significa convivir con el miedo a ser castigado. La ley siempre regresa.

Volvamos ahora a la entrevista. Elena Iparraguirre narra los primeros días después de su captura. “Sentirme agredida en lo más íntimo frente a la brutal presentación a la prensa para lo cual te obligan por la fuerza y hasta contra tu justa resistencia a vestirte con un traje a rayas de presidiario”. Otra vez es notoria la falta de consecuencia pues se queja de un trato que frente al terror impuesto por Sendero no podría calificarse sino de benigno. Es decir, exige a los demás lo que ella no está dispuesta a dar. Reclama, implícitamente, un estatuto de excepcionalidad. ¿Pero cuál es el fundamento de ese reclamo? Sencillamente que ella tiene más derechos que los demás. Su sufrimiento no sería parte de ese sacrificio o “cuota” imprescindible para el éxito de la revolución. Sería un atropello. Entonces la vida de los demás si son medios, pero podría decirse lo mismo de su propia vida. Estas declaraciones despiertan estupor. ¿Esta loca? ¿Cómo puede estar tan escindida? ¿Cómo no se da cuenta que es inconsecuente exigir de los otros la humanidad que no se tuvo con ellos?

Antes de su ruptura con su familia, con su esposo e hijos, para dedicarse totalmente a la causa, “Miriam” dice “Confieso que intenté diversas formas de cumplir con todo, pero no me dieron buenos resultados. Di mil vueltas al problema, no soy de tener cargos de conciencia, más bien analizo, sopeso varios aspectos…” En este punto debemos acordarnos del famoso aserto de Freud en el sentido de que la palabra NO, no existe en el inconsciente. Por tanto, la frase equivale a la admisión de una culpa que no la deja tranquila.

Elena Iparraguire dice que su conversión en “Miriam”, la militante, fue una decisión heroica. Dejo todo para servir a sus ideales. La revolución como plenitud de la justicia. Pero hay algo que, a la luz de su vida posterior, suena falso en estas declaraciones. En realidad está más dispuesta a sacrificar a los otros que a sí misma. Ella no renuncia a su papel de madre en un acto de sacrificio por un mundo mejor. Todo indica que su deseo era servir a ese amo despótico en la medida en que su entrega la liberaba de sí misma, de cualquier culpa, hasta de la lucha por mantener una integridad. Entonces más que de un acto heroico estamos hablando de un aceptar la inconsecuencia colocándose bajo el amparo de ese padre despótico que la afianza en su elección de la muerte como camino de vida.

Todos estamos hechos de fragmentos. El ser humano es una criatura expuesta a los desgarramientos impuestos por exigencias contradictorias. Pero lo que nos hace humanos es perseverar en la búsqueda de una cierta coherencia en vez de abandonarnos a la fragmentación. Abdicar de buscar cierta integridad, la que es humanamente posible, significa coexistir con la mala conciencia, condenarse a que la culpa y el miedo minen nuestra aparente tranquilidad.

En cualquier forma, las declaraciones de Elena Iparraguirre implican un enfrentamiento con Abimael Guzmán. Una humanización, un comenzar a dejar atrás a la camarada “Miriam”. No dejan de ser alentadoras.