El matrimonio burgués suele ser un contrato de venta de servicios sexuales a cambio de ternura, protección y dinero. Para empezar, el deseo está desalojado del cuerpo femenino. Eso significa que, en el campo de lo erótico, la esposa o compañera es un objeto para el otro; es decir, está en la cama para que el hombre patriarcal escenifique su deseo, esa mezcla de ternura y violencia que la mujer burguesa finge acoger con gusto. En todo caso, el control de la sexualidad es el arma con que la mujer negocia su posición en la relación de pareja. Y su gran recurso es su capacidad de hechizar el deseo masculino. Y el hacer, y dejarse hacer, tiene, desde luego, su buen precio.

¿Le preocupa al hombre la satisfacción de su pareja? Los ideales caballerescos así lo prescriben. Un verdadero hombre debe esperar por el placer de su dama. Solo después puede tomar lo suyo. Entonces, él, satisfecho, podrá decir, “estamos iguales, cada uno obtuvo lo que quiso y nadie le debe a nadie”. Pero la realidad es mucho más compleja que el ideal caballeresco.

Quizá, lo más frecuente es que la dama le diga a su caballero “yo te quiero, pero esta vez, es solo para ti, amorcito. Por mí, no te preocupes, que a mi, con tu cariño, me sobra. Así, que no pienses y vete no más”. ¡Qué bonito le suenan estas palabras al caballero! Su dama lo acoge sin reclamar, al menos, en ese momento, nada. La relación sexual pierde algo de ímpetu pero se simplifica. No habrá exploración mutua de los cuerpos. Pero tampoco responsabilidad por el goce del otro. Entonces el caballero se va y la dama se siente bien de haber capturado el furor del deseo de su gentil hombre. Ha cumplido su deber y tiene a su pareja contenta. ¡Qué más puede pedir! En ese preciso momento, el caballero se convierte en ese niñito mimoso que quiere pagar los engreimientos de mamá. Agradecido, acepta cualquier cosa. Aunque ya esté pensando en hacerlo otra vez. Pero, claro, tiene que portarse bien.

A las damas les han enseñado que no debe responderse con deseo a la fuerza de la acometida masculina. Eso sería ser como puta. Y ser puta es mal negocio. Es entregar el poder por un precio que es, en realidad, ínfimo. En efecto, a las putas se les paga por adelantado. A cambio están dispuestas a recibir, dentro de ciertos límites, la codicia voluptuosa del varón. Se dejan hacer o hacen, afectando un placer que no sienten. Esos gemidos son una manera en que acompañan y apuran el placer del cliente. “Ya vete que yo ya me fui… gracias por hacerme disfrutar…. Eres todo un caballero… pero no te demores mucho porque mi placer me cansa”. Entonces el cliente se va yendo, termina, y luego sonríe agradecido. Una voz en su interior le dice: si, qué duda cabe, eres todo un hombre, hasta puedes hacer disfrutar a una mujer con tantísimo recorrido. Todo concluyó. Y lo mejor es que como ya pagó por adelantado no ha contraído deuda alguna.

Pero el cliente quiere más. Ya no le bastan unos pocos movimientos y unos gestos de ardor. Quiere lo que se llama “trato de pareja”. Lentitud, cariño, hasta la posibilidad de actuar su agresividad, gozar el cuerpo de ella. Ya no ser despojado de su potencia en dos minutos. Claro, de poder, todo se puede, pero eso cuesta más. Es el dominio del “sexo gourmet”, reservado para la gente con dinero. Y no cualquier mujer entra en ese juego. De repente tiene que hacerlo porque ya es mayor y sus encantos se fueron. O pueda que quiera más dinero. O, también, puede que su amor propio haya sido tan arrasado que necesite ratificarse en su idea de no valer nada. Entonces se convierte en botadero de esa agresividad que a su cliente le sobra. Curioso empate. Ser tratada con aspereza es el castigo que la libera (momentáneamente) de su culpa. Es eso lo que se merece. Su dolor puede traducirse a palabras. “No valgo nada y pesa sobre mi una condena cuya sentencia es mi humillación. Entonces, estoy contenta cuando pago mi pena, además, algún día pagaré toda mi deuda, y recién entonces conoceré el gran amor”. Por allí, en esa vulnerabilidad, se alojan la figura del rufián, del caficho, del macró.

La puta es la dama que cayó. El padre no la protegió. El enamorado la forzó. Ambos le hicieron entender que no valía un compromiso. Entonces, ahora, ella ha decidido cobrar por lo que gratis le fue arrebatado. ¿Por qué no? Los hombres, y tod@s los que están a su alrededor, pagarán su dolor. Su denigración se convertirá en odio y amargura.

Mientras tanto, la dama no se cayó. Su abuelita la previno. “Todos los hombres quieren eso. Pero no te dejes tocar. Si te tocan antes de tiempo no vales nada. Serías una perdida. Házlo esperar, y cuando te cases, aguanta y cobra, mientras puedas. Si pierdes tu hechizo, y ya no come de tu mano, defiéndete con tus hijos”. Pero hace tiempo que el abuelo tiene un departamento de soltero. No obstante eso a la abuela no le importa pues los hombres son así de insaciables y a ella nunca el abuelo la va a dejar.

¿Una nueva feminidad? Ahora resulta que ella también quiere. Ella ya no depende de él. Gana su propio dinero. La frase “soy infeliz pero tengo marido”, ya no la impresiona tanto. En cualquier forma, no necesita quien la mantenga. Pero si quiere romance, cariño y, también, sexo. Pero su situación no es fácil pues tiene miedo a ser dependiente. Teme muchos a los hombres. En su experiencia la decepción ha sido frecuente pues casi todos los hombres buscan putas. Después de unas cuantas salidas se quitan las caretas. “Toma: allí está lo que te doy, míralo bien, es un montón. Mucho me debes. Se mi reina, atiéndeme”. Los hombres pretenden que el poder en su mundo, el dinero que traen de su trabajo, es el poder en la pareja. Pero el patriarcado está decayendo. Entonces ella responde “Si, lo miro; pero no es para tanto. Lo hurgo con un palito y lo que veo, no es el amor que busco sino el cariño por el perro faldero”. Entonces él se siente rechazado. Su poder ya no sirve y se ha olvidado de amar, porque el amor es esa vulnerabilidad que él odia, pero que ahora le es exigida. Entonces él dice a ella: “Es cierto eso que me dices. Pero el amor que me pides ya lo di. Una mujer como tu, mi madre, se lo llevó. Ya no tengo más. Ahora solo puedo comprar. Ya no me queda nada para dar. Tu exigencia me da miedo, me recorta. Así no puede ser la vida.”

Las mujeres se han adelantado a los hombres. Rechazan la provisión que antes las compraba. No les basta ni el cariño ni el dinero. Buscan algo que a los hombres casi no pueden dar. Esa incondicionalidad que ellas todavía pueden tentar. Pero ¿por cuánto tiempo?

Ahora bien, los hombres recuperan terreno. Saben que las pretensiones de las mujeres son justas. No lo pueden negar. Pero una mujer con poder, dinero y ganas… ¡Huy qué miedo! ¿Quién me zurcirá las medias? ¿Quién calentará mi comidita? ¿Cómo podré satisfacerla? ¿Seré potente? ¿No me resentirán sus exigencias? ¿No me convertiré en un esclavo? La sabiduría convencional es que el poder en el hombre atrae a la mujer y el poder en la mujer hace huir al hombre. ¿Estamos realmente preparados para cambiar?