En la última semana dos veces he estado expuesto al lente fotográfico. Se trataba de ilustrar entrevistas en periódicos con mi imagen. Las entrevistas eran sobre cosas sesudas. Y me imagino que las fotógrafas quieren presentar una imagen de mí acorde con la expectativa de cómo puede ser un hombre que pretende decir cosas sesudas.

Desde siempre he vivido en guerra con mi imagen. Nunca la acepté como mía. Siempre me pensaba mejor que lo horrible que veía. En realidad me daba miedo confrontarme con eso que la cámara había arrancado de mí. Mejor huir. Entonces, no me gustaba que me tomaran fotos pero, paradójicamente, si me gustaba tomarlas.

Muchos años después vengo a descubrir lo injusto que he sido con mi propia imagen. De hecho esas fotos que repudié, que no quise ver o que apenas miré, muestran a alguien normal. Para nada horrible. Con esta valoración parece que estoy caminando hacia una reconciliación con mi imagen. Pero, por lo pronto, es solo con mi imagen pasada, aquella que corresponde a mi niñez o juventud. El repudio de mi imagen continua pero circunscrita, ahora, a las fotos del presente. No a todas pero poco falta.

En efecto, en las fotos de las entrevistas me veo mayor de lo que me siento, y, además, me observo triste. En realidad, no quiero mirarme. No sé si ese sea yo. En realidad si lo se pero igual no me gustan esas fotos. ¿Demasiado pretencioso? En esta situación, pensar que esa imagen corresponde a un deseo social es, de repente, una forma de consolarme. En todo caso, la idea es que las fotógrafas trataron de capturarme en ese punto donde mi expresión puede ser, efectivamente, lo que se espera de un intelectual maduro. Una suerte de profundidad desapegada del mundo, una vaga melancolía. Y yo era materia dócil en sus manos. “Por favor! Acérquese un poco, sonría, cruce los brazos” Ahora “distendido, sereno”. Y así continuaron las sesiones.