El perro está a mis espaldas. No lo he visto pero creo que es un pastor alemán. Sé que es feroz. Sé, además, que me ha atacado muchas veces. Pero no guardo recuerdo de esos ataques. Solo sé que está quieto, esperando. En cualquier momento puede lanzarse contra mí. A veces escucho sus gruñidos. Pero no lo conozco y su conducta me resulta impredecible. Creo saber que hay cosas que no le gustan. Calculo, por ejemplo, que prefiere que esté quieto. Pienso que le da cólera que me mueva mucho. Entonces trato de estar inmóvil, como muerto.

Me gustaría poder obedecerle y así vivir sin miedo. Pero para poder obedecerle necesitaría saber lo que realmente quiere. Y todo lo que tengo son suposiciones, casi totalmente arbitrarias. Digo “casi” porque me dejo guiar por mi miedo. A veces siento miedo y pienso que ese miedo corresponde a que el perro está al borde de atacarme por algo malo que he hecho. Pero sucede que no sé lo malo que puedo haber hecho. Solo siento miedo.

A veces, no tengo miedo sino furia. Entonces, no me importa que me ataque y hago lo que quiero. En esos momentos, le digo: perro, perrito de mierda, si quieres mátame de una vez. La verdad no me importa morir. Voy a correr, te dejaré atrás. Haz lo que quieras. Pero buscaré mi vida lejos, muy lejos de ti.

Pero, después de correr, cuando estoy cansado y quieto, siento sus gruñidos. Y, entonces, vuelve ese miedo. Algo horrible sucederá y mejor quedarse como muerto.

Otras veces me despierto sin fuerzas, herido. Entonces sé que el perro me ha masacrado. Estoy molido a golpes y me propongo hacer todo lo que puedo por complacerlo. Pero en realidad no se que hacer.

A veces, me digo, quizá una oración sirva, entonces le rezo:

Divino perro, dios oscuro, dueño de mis días,
acércate a mi, deja que te conozca. Habla claro.
No voy a correr, tampoco cerraré mis ojos.
Te espero, can poderoso.
Dígnate aparecer ante mí.
Te aceptaré como eterna compañía.
No me importa si te gusta alimentarte de mis entrañas.