Muchos años después, en el contexto de estar alejándose de una melancolía casi constitutiva, Enrique vino a tomar conciencia de aquello que en esa chica lo había seducido hasta el punto de forjar una ilusión casi indestructible. Una expectativa tan bella como irreal, un sueño que le había hecho padecer durante muchísimos años. Por fin la esperanza se había ido y ahora se daba cuenta que a Alejandra la imaginó más bella de lo que en realidad era. Pero lo cierto es cuando se enamoró dejó de ser dueño de sí. Estaba dispuesto a todo. Y aquello que lo sacaba de quicio era un conjunto de rasgos único, algo indefinible. Para empezar el rostro de Alejandra. Sus cejas amplias y espesas, sus pestañas largas, su pelo negro y largo, sus dientes un tanto disparejos, su sonrisa cómplice. Pero más que las facciones de su rostro, aquello que lo atrapaba eran la expresión y los gestos de Alejandra. Especialmente su mirada. Pero también lo dubitativo de sus movimientos. Si, la mirada de Alejandra era peculiar. Se resbalaba sobre las cosas, no se fijaba en ellas. Como si fuera extraña al mundo y no fuera capaz de reconocerlo. O no quisiera hacerlo. Entre sus compañeros tenía fama de ser tímida y un tanto rara. En todo caso sus movimientos eran un poco indecisos como si buscara siempre alguna mirada aprobatoria. Su cuerpo era proporcionado. Ni alta, ni baja, ni llena, ni escuálida. Pero Alejandra no cuidaba su apariencia. No quería pasar por bella. No le gustaba llamar la atención. Alejandra no era la reina de sus compañeros. En la universidad era vista como una chica agraciada, pero no más que eso. Enrique no comprendía la percepción o ceguera de sus amigos. Cuando trataba de pensar que Alejandra no era tan bella se daba cuenta que estaba tratando de ser cauto pues lo suyo era una admiración rendida. Enrique veía, además, que Alejandra estaba muy presente cuando se trataba de ayudar a alguien. Pensaba que tenía un sentido de justicia a toda prueba. Tan bella como buena. No podía ser mejor.
La primera vez que se encontró con ella fue en un ómnibus saliendo de la universidad. La atracción fue instantánea y contundente. Todo lo que siempre había soñado encontrar en una chica estaba en Alejandra. Y aún más. No lo podía creer. Todo su trasfondo trágico y escéptico se vio conmovido. Resulta que la felicidad si existía, que se podía amar intensamente, que la vida, después de todo, valía la pena. Conversó solo algunas frases con Alejandra pero, en realidad, todo estaba decidido. Nunca había tenido una certidumbre más intensa aunque no tuviera ningún fundamento. Sin saber porque estaba seguro que Alejandra sería la mujer de su vida. Sería la salvación en la que había dejado de creer desde siempre. Pero resulta que ahora esa salvación se le aparecía, dejando tartamudo al enquistado profesional de la desilusión que llevaba dentro. De repente todo había cambiado. En los días siguientes trató de acercarse a ella. No obstante, pudo advertir que no era muy sociable, que prefería estar sola.
Una vez, mientras tomaban un café, le dijo, súbitamente, que la amaba, perdidamente. Tenía la respiración agitada, sentía que se jugaba esa salvación insospechada, en la que hace poco no creía. Enfrentaba su ilusión a la prueba de la realidad. Pero antes que Alejandra pudiera responderle, un compañero, Alberto, se sentó en la misma mesa; saludando, alegre, sin saber lo que estaba interrumpiendo. Enrique tuvo que contenerse y cambiar de conversación. Pero ya había roto el tabú. Desde entonces buscó encontrarse con Alejandra en todas partes de la universidad. Incluso, en una actitud que consideraba humillante y absurda, merodeaba su casa. Absurda por que en esas circunstancias era imposible fingir el encuentro casual que el buscaba conseguir. Su desesperación lo impulsaba a hacer tonterías. Pero era la manera en que su ilusión se comenzaba a infiltrar en su vida. Su vida se llenó de rituales. Si caminaba sin pisar las rayas de la acera, Alejandra lo aceptaría. Si bañándose en el mar, se sumergía a la tercera ola, tendría un hijo con Alejandra. Después de dos semanas, en las que había tratado de estar, disimuladamente, conteniendo su ansiedad, en todas partes, finalmente, se topó con Alejandra. No haberla visto era sin duda un mal augurio pero su anhelo era tan poderoso que no se imaginaba la posibilidad de ser rechazado. Por fin se haría realidad esa promesa escondida. Nunca podría haber una mujer más amada que Alejandra. Ella tendría que aceptarlo. Su aire ausente le parecía como una garantía de que podía ver más lejos, lo suficiente como para proyectarse a un futuro que no podría ser otro que el de una felicidad con él compartida.
Pero después de confesar, nuevamente, su dulce opresión, Alejandra le dijo que no. En realidad, fue rotunda, solo buenos amigos y nada más. Por supuesto que Enrique no pudo entender, menos asimilar, el rechazo. No podía comprender como eso tan valioso, que sin saber había atesorado toda su vida, y que ahora, por fin, podía ofrecer, pudiera ser descartado. Entonces pensó Enrique: no, esto no puede ser, Alejandra todavía no se da cuenta. Es solo un primer intento. Nada definitivo. Ya verá en mí lo que yo si percibo en ella, esa felicidad completa e instantánea que por no conocerme, no se atreve a darme. Mientras tanto, evitando ser demasiado pegajoso, Enrique daba vueltas en torno a Alejandra. Y ella no se resistía a hablar con él. Pero tampoco le decía que sí. Poco a poco el asunto fue tomando un cariz peculiar. A Alejandra le gustaba que Enrique estuviera deslumbrado por ella. Pero no quería ni jugar ni, menos, ceder. Entonces, un buen día lo envió al psiquiatra. Ese amor, le dijo, es tu rayadura y yo no puedo hacer nada. Pero de repente alguien te puede curar. Otra vez, Enrique no pudo asimilar el rechazo. Su ilusión era demasiado poderosa. Sin darse cuenta había estado esperando a Alejandra toda su vida. Entonces, se dijo, será cuestión de esperar. Seré fiel a esa pasión que nombra todo lo que me falta. Enrique trata de estar siempre cerca de Alejandra. Pero los años van pasando. Primero, Alejandra viaja y luego se casa y tiene hijos. En verdad, nada importa, Enrique la sigue esperando. Derrotado Enrique va finalmente al psiquiatra. Y, durante muchos años, explora sus recuerdos y su sensibilidad.
II
El pasadizo no es muy largo pero si es estrecho y oscuro. Las puertas que se abren sobre él corresponden a los cuartos de las empleadas domésticas. Hay además, al fondo, una tercera puerta. Es la de un pequeño baño. Es una zona de la casa que su mamá, Eloisa, le ha prohibido visitar. Enrique tiene miedo de entrar pero no sabe la causa. Será porque ha escuchado que la buena educación impone respetar la intimidad de los otros. O será por el miedo de su mamá le ha contagiado en torno a las enfermedades de las empleadas. O será porque ni Eloisa ni Enrique quieren reparar en lo estrecho y sórdido de esas habitaciones. O quizá por el temor a que ocurran cosas poco apropiadas.
Allí viven Rosa y Clementina. Rosa tiene la cara afilada. Es tosca y enfática. Según Eloisa es demasiado respondona. Ella se encarga de la cocina. Clementina es más dócil. Pero dice Eloisa que es un poco paseada. Después de tantos años, Enrique recuerda la proximidad de Clementina, pero no puede imaginar su rostro. Sabe que le debe mucho pero no puede precisar exactamente qué. En todo su caso su nombre lo hace sonreír. Rosa y Clementina son primas. Hace poco han venido de las alturas de Yungay, en Ancash. El día que entraron a trabajar Eloisa las llevo al umbral del pasadizo. Luego despidió a sus hijos y comenzó a dar las órdenes respectivas. Después, Eloisa contó que apestaban horrible. Las había hecho bañarse con jabón desinfectante. Lo más difícil fue sacar el mal olor de sus pies. Felizmente había un talco que venía con bicarbonato. Usado con regularidad y abundancia podía hacer el milagro. Así había aprendido Eloisa. Enrique sentía un poco de pena por Rosa y Clementina. Venían de tan lejos y estaban solas…
Enrique casi no veía a Carlos, su papá. Cuando salía al colegio estaba aún durmiendo. Y cuando se acostaba, el papá aún no regresaba a casa. Eloisa, su mamá, si estaba. Pero también salía todas las mañanas. Estudiaba idiomas. Primero, francés. Luego, inglés y alemán. Además organizaba todo el funcionamiento de la casa. Hacía el mercado y dirigía a Rosa y Clementina. Durante las vacaciones de verano, Enrique y sus dos hermanos, Álvaro y Ricardo, casi vivían en la piscina de la casa. O si no, jugaban a perseguirse con sus pistolas de fulminante. Vivían apurados. Siempre se podía jugar más. Al costado de la piscina, Eloisa se había hecho un cuarto, un estudio. Allí le gustaba hacer la siesta, leer sus libros, escuchar su música. Pero no siempre lograba conciliar ese sueño que tan afanosamente buscaba. Los ruidos de sus hijos la sacaban de quicio. Cuando la hora había avanzado y ya no podía hacer la siesta, salía de su estudio, destemplada, y gritaba, llamando a sus hijos. Entonces comenzaba a decirles que eran unos ingratos, que no sabían responder al amor que ella a raudales les entregaba. Eran unos egoístas sin remedio, si, eso eran. Deberían avergonzarse y callar en vez de tratar de aducir excusas estúpidas. No tenían ninguna defensa. Le estaban destruyendo los nervios. Así de mal le pagaban sus cuidados. Madre solo hay una y ellos no se daban cuenta. Estas escenas se repetían con cierta frecuencia y los hermanos tenían temor a lo que llamaban el “sermón”. Los hermanos se alineaban mientras escuchaban callados a Eloisa. Enrique juntaba las manos detrás de la espalda. Oía pero trataba de no escuchar. Ya pasará, ya pasará, repetía una y otra vez. Finalmente Eloisa los liberaba. Se supone que amansados. Pero el efecto del sermón no duraba mucho. Enrique pensaba que Eloisa era una histérica. Las madres deben cuidar de los niños. Para eso están. Así que volvía la bulla y eran nuevamente llamados. De allí nació en Enrique la facultad de oír sin escuchar. Mientras hablaba Eloisa, él estaba en otro mundo, rogando, sin embargo porque su madre terminara de una vez.
III
Enrique se sentía traicionado por su madre. Antes Enrique se asumía totalmente querido y jugaba sin miedo, con abandono. Pero muchas cosas comenzaron a pasar y el panorama de Enrique se ensombreció. Comenzó a dudar si su madre realmente lo quería. Ya no eran solo los sermones y la exigencia de callar. Ahora se quedaba perplejo de las cosas que su madre decía de él. En efecto, a Eloisa le gustaba alardear de sus hijos. Inteligentes, educados, buen mozos; así los describía cuando conversaba con sus amigas. Enrique no se reconocía en las palabras de Eloisa. Su madre lo presentaba como desenvuelto, como un líder entre los amigos de su colegio. Enrique sabía que esas historias eran tergiversaciones caprichosas de algunos incidentes sueltos que él mismo había contado. Entonces, cuando escuchaba a su madre hablar esas maravillas de él, sentía vergüenza y pensaba: yo no soy lo que tú deseas, preocúpate por conocerme como soy, por favor. Pero no tenía la fuerza como para desmentir en público a su mamá. Eso era imposible. Ni siquiera podía decirle eso en privado. En todo caso, el sabía que era tímido y recortado. Como no se reconocía en la imagen que daba su madre pero como tampoco podía protestar, Enrique quedó condenado a sumergirse en un silencio que intensificaba su conciencia interior. ¿Por qué su madre era así? ¿Cómo no podía darse cuenta de lo más obvio? ¿Qué podía hacer frente a esa imagen que lo negaba? ¿Y cómo lidiar con la vergüenza que lo embargaba cuando Eloisa repetía, una y otra vez, impúdicamente, las mismas historias? ¿Qué hacer con su furia? Enrique comenzó a sentir distancia y resentimiento frente a su madre. Sentía que su realidad no tenía cabida en el corazón de su madre. Eloisa no lo podía comprender porque ella estaba demasiado ocupada de sí misma, tratando de demostrar que sí, que ella era merecía mucho más de lo que tenía.
Siempre había escuchado a su padre decir que no hay que perdonar. Cuando somos traicionados, predicaba Carlos, la actitud debe ser olvidarnos de quien nos decepcionó. No verlo más, no esperar nada de él. Su recuerdo, definitivamente, muerto y enterrado. No hay otra manera de protegerse. Solo así se puede uno precaver del dolor de otra desilusión pues quien ha traicionado una vez lo hará siempre. Ser hombre es no dar segundas oportunidades insistía, su padre, con amargura.
Ya de adulto Enrique se dio plenamente cuenta de la melancolía que encerraban las palabras de su papá. Tenían una expresión directa en la frialdad con que trataba a Blanquita, su propia madre. Y también a Eloisa, su esposa. Apenas se saludaba con Blanquita. No fluía un cariño entre ambos y ninguno de los dos parecía lamentarlo. La abuela era orgullosa y despótica. Era como si dijera: si no eres como quiero igual puedes desaparecer pues no me importas. Y la verdad es que para ella nadie parecía existir. Se la pasaba sentada en un mullido sillón esperando los tributos a los que creía tener derecho. En verdad, sin embargo, solo se le acercaban las empleadas domésticas para recibir órdenes que ella acompañaba de agresiones.
Pero Enrique quería a Eloisa. Mejor que enterrarla sería llamar su atención. Si mamá, fíjate en mí, yo existo aunque no sea como tu crees y quieres. ¿Cómo hacerle ver, sin recurrir a las palabras que no podía pronunciar, que él, Enrique, no era como su madre asumía? Comportarse de una manera distinta a la que su madre esperaba no era suficiente. Entonces hundido en el silencio, atrapado en una ansiosa inseguridad, se dio cuenta que no había manera de llegar a su madre. Y es que para Eloisa, y esta es una constatación de la solo mucho más tarde se percató, las cosas tenían que ser de una manera y de ninguna otra. Ella era especial y sus hijos también tenían que serlo. Triunfar, ser lo mejor, era lo natural. Las cosas no podían ser de otra forma. Todo lo que no cuadraba en este marco simplemente no existía. O era motivo de odio.
En algún momento Enrique comenzó a engordar. Comiendo sin medida pensaba que sus padres tendrían que darse cuenta que él no era lo que ellos pretendían. Y, efectivamente, subió de peso. Rollizo y falto de agilidad estaba muy lejos de ser el líder que Eloisa imaginaba. Pero para la sorpresa de Enrique a nadie pareció importarle su creciente deformidad. Carlos y Eloisa ni siquiera comentaron su gordura. Y sus tíos le decían que con el estirón de la adolescencia se adelgazaría. No había pues nada de que preocuparse.
Enrique concibió entonces otro plan. Sería todo aquello que su madre deseaba. Sus triunfos serían las llaves para acceder a la fortaleza donde Eloisa debía esconder el amor que alguna vez le tuvo. Entonces comenzó a hacer todo lo que creyó que su madre deseaba de él. Comenzó a leer y estudiar. Cantidades industriales de libros. Pero su mamá tampoco se daba mucha cuenta de los esfuerzos de su hijo para llegar a ella. Entonces llego un momento en que Enrique tiró la toalla. Seguiría el consejo de su padre. Enterraría a su madre. Y eso fue lo que en apariencia hizo. Vivía resentido, dominado por la conciencia de no tener lo que más estimaba: el amor de Eloisa. El solo podía ser una pieza en el mundo perfecto de Eloisa. Con los años, Enrique desarrolló un carácter inseguro pero extrañamente comprensivo. En efecto, antes de reivindicar lo suyo ya estaba comprendiendo al otro. El no merecía nada porque valía muy poco. Entonces, la razón la tenía el otro. Total, él podía mirar desde los ojos del otro pero no podía esperar ser comprendido. Su mamá no lo reconocía pero él tenía que entenderla. Siempre cedía. Tenía miedo a los enfrentamientos.
IV
Pasaron los años y, pese a todo, no podía quejarse de su destino. Tenía éxito profesional, un buen matrimonio, dos hijos. En todo caso la idea de una felicidad absoluta, como la que había imaginado con Alejandra, se le iba haciendo más remota. Ahora, había llegado a comprender que Alejandra había aparecido en un momento de profunda desesperación en su vida. Fue la ilusión con que combatió su soledad. El escudo que lo protegió de la tristeza. Entonces, pese a haber sufrido su incondicional rechazo, no podía odiarla.
Un día de vacaciones decidió revisar los álbumes de fotos de su infancia. Eloisa había fallecido años antes. Los álbumes estaban desvencijados pero lo conmovió entrar en contacto con el esfuerzo y la persistencia de su mamá. Cada uno de sus hermanos tenía 3 álbumes. Todas las fotos tenían leyendas y comentarios que pretendían ser ocurrentes y graciosos. Las imágenes concordaban con sus recuerdos. Su memoria quedaba ratificada con cada foto que veía. Pero entre todas las fotos hubo dos que le llamaron la atención. En ellas estaba Clementina. En todos los años que habían transcurrido desde su infancia, Enrique había retenido su nombre y la importancia que tuvo en su vida. Pero se había olvidado totalmente de su rostro y de las razones por las que debería recordarla. Paradójicamente de Rosa guardaba una cierta imagen, pero no de Clementina. En su álbum de infancia había 3 fotos donde aparecían las primas. En una de ellas estaba Rosa, en el centro, tomando de la cintura a él y su hermano. Rosa estaba con su uniforme, contenta, poderosa. En las otras dos aparecía Clementina. Pero como presencia casual, inadvertida. Sujetando al hermanito en la primera y muy atrás de los hermanos que posaban para la cámara, en la segunda. Clementina tenía las cejas espesas y las pestañas largas. También ese aire ausente y soñador de quien no termina de aceptar el mundo. Era muy buena.
En todos los años en que había sido rechazado, había una palabra que él repetía y que le daba fuerzas: Clementina. Ella, silenciosamente, le había enseñado el amor. Simplemente, estando allí pendiente de él, siempre. Entonces. Enrique se preguntaba: ¿Las mujeres tienen que ser esclavas para ser amadas? ¿No lo había mal acostumbrado Clementina? ¿No había sido demasiado incondicional? Pero también se daba cuenta que él también había sido Clementina, rechazado y buscando desesperadamente a quien amar.

Me ha llamado la atención aquella época en la que Enrique engorda, escudándose en la comida. La comida llena su vacío… A propósito de esto, hay una obra titulada “Cuando la comida sustituye al amor”, y cuenta historias de vida, historias de individuos (sobre todo individuas)con compulsiones, quienes en realidad, para sanar… Sólo necesitaban amor, pero no lo sabían.
Suerte que Enrique supera esta etapa pronto. Pero su vacío sigue. La compulsión termina y hay que lidiar con lo peor, con él mismo, sin la comida.
Dicen los expertos en la materia que el vacío se debe a los primeros años de vida de esa persona durante los cuales la madre “ha estado ausente” (aunque haya podido estar “presente” de hecho, como la madre de Enrique).
Algo más sano que la comida, es recurrir a la búsqueda de “la pareja ideal”, en este caso, Alejandra… Pero el verdadero amor parece difícil de encontrar.
Dicen que alivia la soledad, que puede llenar el vacío y hasta sanar, pero al tiempo también hacer recordar lo peor de uno mismo, aquellos momentos en que uno no fe amado.
Las siguientes frases expresan de maravilla cómo se siente uno en ese vacío tan particular:
“El no merecía nada porque valía muy poco. Entonces, la razón la tenía el otro. Total, él podía mirar desde los ojos del otro pero no podía esperar ser comprendido.”
Comment by Eva — 2007 04 @ 5:10 am