Su cuerpo se estremecía sin que pudiera evitarlo. La impaciencia lo dominaba. El espacio del cuarto no lo contenía pero tenía que estar allí. Trataba de dominar su ansiedad. Por momentos lo conseguía. Se fijaba en la habitación. Era rústica pero pretenciosa. El lujo que trataba de simular era traicionado por lo precario de los acabados. También por detalles que no venían a cuento. Le pareció de un gusto dudoso. Pero la distracción que le produjo el examen del cuarto fue efímera. Su cuerpo temblaba involuntariamente. No esperó tener esa reacción, aunque estuviera estaba haciendo algo que nunca pensó. ¿Era demasiado atrevido?
Pero ¿por qué se demoraría tanto? ¿Acaso se habría arrepentido? De repente lo denunciaría. O llegaría al cuarto con unos matones. Y si llegaba sola, tal como habían acordado ¿Cómo se entenderían? ¿Qué pasaría con sus ganas? ¿Podría su cuerpo poseerla? ¿Tendría esa erección indudable? ¿O desfallecería su deseo? No podía responder de sí. En definitiva, no sabía lo que iba a pasar.
Pero de lo que estaba seguro, la razón por la cual estaba allí, era la fuerza de esa voz que se le impuso cuando conversó con ella. Esa voz recogía los reclamos siempre ignorados que su vida le hacía, ahora último con mayor fuerza. Pese a todo, esa vez, la primera que habló con ella, esa voz lo tomó por sorpresa. Sin que él supiera, a sus espaldas, se había ensamblado un discurso que él mismo pronunció y escuchó con anhelo y temor.
A los 43 años, Eduardo estaba en el mejor momento de su carrera pero en un hiato en su vida. Nada lo entusiasmaba lo suficiente. Su vida laboral era segura. Hace poco había sido ascendido al cargo de redactor principal de la revista donde trabajaba. De hambre no se moriría. Pero tampoco es que sus crónicas y reportajes hubieran tenido el impacto con que había soñado. En cualquier forma, no podía ser ingrato con sus esfuerzos, ni maldecir su falta de talento. En realidad no tenía de que quejarse. ¿O si? Bueno, estaba mucho mejor de la mayoría de la gente que conocía. Pero igual no era suficiente. Su matrimonio se había ido deslizando en el aburrimiento y la monotonía. Un silencio hecho de decepciones inexpresadas se había instalado entre ambos. Y gracias a la televisión y a los cuidados que exigían sus dos hijos, esa distancia había terminado por parecer natural.
Hacía poco había asistido a la celebración por los 25 años de haber salido del colegio. Fueron casi todos los que estaban en el país. Álvaro repartió la lista de la promoción, todos los nombres con sus direcciones y teléfonos. Muchos vivían fuera pero lo que más le llamó la atención era el número de compañeros que habían muerto. Dos abatidos por el cáncer, tres que se suicidaron, otro que fue asesinado. Y dos más infartados. Suicidios, eso lo inquietaba. Hacía mucho tiempo que no veía a sus compañeros de colegio. El ambiente se animaba. Cada copa era un regreso a la infancia compartida. Estaban alegres y en confianza. Eran los mismos, nada había cambiado. Eso era, el menos, lo que parecía. Comenzaron a cantar. Una canción tras otra. No era un coro melodioso pero si intenso. Cuando ya no se les ocurrió como seguir se les vino a la memoria la canción que habían entonado durante todas las misas en todos los años del colegio. “Tú reinarás, ¡oh rey bendito!, pues tu dijiste reinaré, reine Jesús por siempre, reine en mi corazón”. Había salido de lo más hondo. De pronto comenzó a hablarse de sexo. El sexo era lo más importante de la vida. Pero ya no con las parejas, desgastadas y poco atractivas. El héroe era Lucho. Estaba en su tercer matrimonio y su esposa tenía 22 años. Si que sabía vivir. Los demás tenían que sentirse como unos tontos. Conforme avanzaba la tarde el ambiente se hacía más efusivo. Mayor era la envidia que sentían. Algunos se fueron yendo pero los que se quedaron se dieron cuenta que la cosa era a morir. Con cada chiste o risotada parecían decirse: hace tiempo que no nos divertimos tanto, esto no debería terminar. En algún momento, como grito de guerra alguien dijo “el único culo bueno es el culo nuevo”. Les pareció una afirmación evidente. Puede que grosera pero exacta. Una de esas verdades que no se quiere aceptar pues su sinceridad elemental da miedo.
Algunos compañeros se iban quedando dormidos. El ánimo de Eduardo se hacía menos jubiloso; de repente comenzaba a tomar distancia de lo que vivía, estaba cansado. Se retiró. Pero esa efusión de vida desenfrenada, vulgar, gozosa, lo había impresionado hondamente. Tenemos que luchar por nuestros juguetes, pensaba. A que viene hacerse el santo, esperando lo que no se sabe mientras pasa la vida, tan desabrida. En ese momento algo de su actitud estoica se quebró.
Cuando en su oficina le propusieron que aceptará como asistente a una joven estudiante, aceptó encantado. Imaginó que sería una muchacha bella e inocente que se quedaría prendada de su inteligencia y oficio. Además ella sería capaz de adivinar, y resucitar, esa ternura que había sido expulsada de su vida cotidiana. Sin querer se había ido convirtiendo en alguien seco y distante. La posibilidad de un romance reanimaba sus días. Ya se imaginaba en una nueva relación. En cualquier caso cumpliría con su mujer y sus hijos, pero nada le importaba; estaba dispuesto a todo. Haría intensamente el amor con ella. Y después, ya satisfecho, seguiría pensando en poseerla, de todas las maneras posibles. También habría cariño. El la protegería. Habría de guiar sus primeros pasos en el periodismo. Ella estaría agradecida. ¿Pero habría de ser ella cómplice de su furia sexual? ¿O sería sólo complaciente y maternal? ¿Cómo podría conciliar sus impulsos carnívoros con la ternura casi paternal que sentiría por ella? Algo no terminaba de cuadrar en su fantasía. Quería ser cruel y tierno. Deseaba ser su dios pero también quería admirarla, rendidamente, por su belleza, y también, por su inteligencia. Pero esperar tanto ¿No era ser iluso? ¿No era pretender demasiado? ¿No era enamorarse de una ilusión? Por momentos regresaba a pensar que toda su fantasía no era sino un consuelo para ser más llevadera su insatisfacción cotidiana.
Por fin se la presentaron. Ella se llamaba Ana. Su apariencia no lo defraudó. Era delgada y más bien alta. Sus caderas eran estrechas y sus senos poco pronunciados. Su rostro no era perfecto pero si fresco y agradable. Su sonrisa era graciosa. Antes de comenzar con la entrevista le advirtió que muchos estaban interesados en ese puesto de manera que los resultados de la selección los sabría solo después de que hubiera conversado con todos los postulantes. Remarcó que pese a que el puesto era de practicante conllevaba una remuneración pequeña pero no despreciable. Eso no era frecuente. Por último habló de la importancia de la revista en el medio local. Allí se habían formado la elite de los periodistas del país. Lo que había dicho era una manipulación que le permitía situarse en una posición de fuerza y deseabilidad. Ella asintió un tanto intimidada. Entonces comenzó a hacerle las preguntas de rigor. Cuántos semestres llevaba de estudios, qué cursos le gustaban más, qué significaban para ella esas prácticas, cómo creía ella que podía contribuir más eficazmente en las investigaciones periodísticas respectivas. Ana respondía con seriedad. Algo frágil pero decidido iba cobrando forma en su discurso. En algún momento de la entrevista, su ritmo se aceleró. Ana le dijo que para ella el puesto era cuestión de vida o muerte. Su padre estaba desempleado. Había sido despedido hace un año del banco donde trabajaba. Poco le había servido un desempeño honesto y esforzado de 25 años. Ahora recibía una jubilación miserable. Estaba deprimido y sin perspectivas. Su madre defendía el hogar haciendo movilidad escolar en dos colegios distintos. Pero, aún cuando ganara poco, estaba amenazada pues su camioneta era demasiado vieja y ya le habían advertido que sino la renovaba le cancelarían la licencia. Ana era la mayor de 4 hermanos, por lo pronto ella era la única universitaria. Para poder pagar las pensiones de los colegios habían tenido que alquilar su departamento e irse a vivir a un conjunto habitacional donde estaban apiñados. Su padre no quería hablar con nadie. Pero su madre le había advertido que tenía que trabajar. Imposible seguirle pagando la universidad. Además debería colaborar con los gastos de la casa. Y ayudar a sus hermanos. Quizá lo mejor fuera salirse de la universidad, por lo menos un tiempo, trabajar de secretaria. En su casa las peleas eran frecuentes, el mal humor estaba en el aire y los reproches estallaban en cualquier momento. Ana no quería dejar sus estudios. Ella tenía mucha ilusión por su carrera y pensaba que si conseguía el puesto de asistente podría mantener vivas sus ilusiones.
El la escuchaba con atención, hasta con cierto deleite. Por momentos su relato le pareció melodramático, efectista. Pero lo quebrado de su voz, el tono de urgencia de sus palabras y el asomo de llanto en su rostro, lo persuadieron de que mucho de verdad tendría que haber en esa historia. Pero fue escuchándola que emergió en él esa voz, inesperadamente clara y resuelta. Allí comenzó el contrato, la razón por la cual ahora la esperaba en el hotel. Esa voz habló: si, le dijo, comprendo tu situación. Nadie la tiene fácil. Todos pasamos por lo nuestro. El, se puso como ejemplo, era hijo de un matrimonio sin amor. Había crecido solo, sin que nadie lo asumiera. Todo su esfuerzo lo había puesto en sus estudios y en su trabajo. No había tenido juventud. Y ahora gracias a todos sus desvelos la economía no era un problema. Tenía un sueldo más que suficiente. Pero, hundido en un matrimonio sin amor ni pasión, la vida se le escurría. En realidad, vivía esperando morir. Necesitaba emoción y frescura. A él mismo toda esta confesión le pareció inusitada pues era usualmente reservado. Pero aquello que lo dejó perplejo fue lo que vino a continuación. Mira, le habló, como concluyendo, todos necesitamos ayuda porque todos tenemos problemas. A ti en obtener el puesto se te va la vida. Mientras tanto, yo quiero tener sexo y ternura con una muchacha bella e inteligente. Creo que sólo así podría reanimar mi vida. Entonces, ayudémonos. Yo te doy el puesto y tú te conviertes en mi amante. Todo tiene un precio No soy una mala persona. Seguro que no te arrepentirás. Total puedes decir que no, o renunciar la semana siguiente. Vamos a probarlo, dime que sí. Se había atrevido a mucho. La desnudez y sinceridad de su propuesta lo habían sorprendido. Pero, sin duda, eso era lo que pensaba. Esa voz que había hablado implicaba salir de su rol de caballero, de persona triste y resignada que veía la vida sin expectativas.
Había hecho su movida y ahora esperaba la respuesta de Ana. Mientras hablaba había evitado mirarla. Ahora clavó sus ojos en ella. En definitiva no era una chica coqueta que se insinuará, con risitas y remilgos. Su expresión era más bien adusta. No obstante, pensó que ella no tenía porque sentirse ofendida pues, en lo básico, se trataba de un acuerdo comercial, un contrato que favorecía a ambas partes. Además ¿Quién era Ana? Podía ser una bandida, una chica acostumbrada a pedir esa clase de favores. La facilidad con que le había contado sus desgracias le parecía sospechosa. De repente quería la cosa fácil. Una escena estudiada, una historia lastimera, unas lágrimas que se anuncian pero se contienen y ya está. Todo era de ella. El sería el padre caballeroso y benevolente que se moriría de deseos inconfesables mientras ella le tiraría unos mendrugos. Unas sonrisas, unos meneos. El haría todo el trabajo sin exigirle nada. Pero de repente no era una bandida sino la chica desesperada que aparentaba ser, la que buscaba una protección benevolente en un mundo que imaginaba de caballeros, la que se había confiado a su bien ganada fama de periodista serio y exitoso de quien no había historias que contar.
Ana escuchó el discurso de Eduardo. No lo esperaba pero había oído de situaciones como las que ahora vivía. Un torbellino de ideas pasaba por su cabeza ¿Qué hacer? ¿Darse por ofendida y retirarse altiva, con esa mezcla de decepción y desprecio que también sentía? ¿Esa propuesta no era acaso un acoso sexual? Como hombre Eduardo no le interesaba. Además era casado. Pero necesitaba el puesto. En el mundo del periodismo había escuchado muchas historias. Muchas chicas jóvenes se abrían paso a punta de coquetería. La receta era encamarse algunas veces con las personas indicadas. Entonces, todo era cuestión de pagar un derecho de piso. De repente con tres o cuatro veces podía comprar el tiempo suficiente como para demostrar su talento y hacerse necesaria. Entonces, ya no la podrían molestar más. ¿Pero como se dejaría tocar por Eduardo? ¿Qué le permitiría? ¿Y que si él fuera cruel? ¿Cuán complaciente tendría que ser? ¿No sería denigrante? ¿No le daría asco su cuerpo de persona mayor, quien sabe, desgastada? ¿Y si no aceptaba, qué pasaría con ella? Ana sintió que tenía que estar a la altura. Tenía que negociar. Bueno, le dijo, me pides, en resumen, que a cambio del puesto sea tu amante. Tenía que hablar tan francamente como Eduardo. Poner condiciones para no ser avasallada. Con ansiedad pero medidamente le dijo que podría estar con él una vez por semana, unas dos horas, en algún hotel. Eso sería todo. Y esa relación duraría hasta que se consolidara en el trabajo. Hasta que no dependiera de él. Sería algo transitorio. Entonces, tomo más fuerza y dijo, tú eres mayor y casado y yo joven y soltera. No representas ningún futuro para mí. Solo eres un peldaño en mi carrera. En ese momento prefirió interrumpir su discurso pues adivinó lo que seguía. Lo que haces es una canallada. Si te ha ido mal en la vida no es mi culpa ni es yo quien tengo que pagar. Si hubiera venido con una grabadora podría destruir tu carrera. Pero en poco tiempo te puedo tener en mis manos. Pero prefirió callarse. Como conclusión acordaron verse una vez por semana, los días miércoles. Ana empezaría a trabajar el día Lunes y Eduardo conseguiría que la empresa le pague un sueldo de asistente en vez de la propina que usualmente se entregaba a los practicantes.
II
Ese día era miércoles y Eduardo esperaba en el hotel el pago de Ana. La cita era a las 7 pero eran ya las 7 y 30 y Ana no venía. Finalmente, alguien tocó la puerta. Eduardo acudió presuroso. Solo podía ser Ana. Le preguntó sobre tu tardanza y ella respondió que había estado abajo, merodeando por la cuadra, indecisa. Había sentido cólera por el chantaje, pero también se daba cuenta que el trabajo comenzaba a gustarle, y que no quería perderlo. De otro lado ella había aceptado el trato. Entonces decidió subir. De todas maneras en su cartera llevaba una grabadora encendida.
Eduardo estaba nervioso. Invitó a Ana a sentarse en el filo de la cama. Tomó la mano derecha de Ana y la besó por ambas caras. Ella estaba rígida e impaciente. De pronto dijo: por qué no hacemos lo que hemos venido a hacer y terminamos de una vez. Eduardo asintió y ambos comenzaron a desnudarse. Ana apagó la lámpara. Eduardo pensó que eso era un atropello a su deseo de gozar la vista de su cuerpo. Entonces encendió la luz del velador y la cubrió con una toalla de manos. Ana no objetó la propuesta y continúo desnudándose. Pero se quedó en sostén y calzón. Por su lado Eduardo no se quitó el calzoncillo. Ana lo atraía, y mucho, pero todo parecía ser más imaginario que real pues él no tenía una erección. Entonces, decidido, le dijo: no, las cosas no pueden funcionar así. Necesito sentir tu deseo, qué estés acá, conmigo. Pero eso no es parte del contrato, respondió Ana. Yo, aquí soy solo un objeto. Te pago prestándote mi cuerpo pero eso no significa que yo tenga que estar dentro de él en el momento que tú quieras. Entonces, respondió Eduardo, si tú te ausentas y quieres ser solo una cosa, lo único que me queda es castigar tu cuerpo. Si no siento tu deseo por lo menos sentiré tu dolor. Sentiré poder sobre ti. Eso me excitará. Pero eso tampoco estará en el trato replicó Ana. Es cierto, dijo Eduardo pero mirando su calzoncillo añadió que tampoco estaba en el trato de que no pasara nada. El acuerdo parecía disolverse. Eduardo remarcó que era muy fácil cambiar de practicante. Entonces, Ana pensó en conceder. Se dejaría tocar, hasta cierto punto. Fingiría una pasión, moderada.
Sus cuerpos no se conocían. Eduardo apostó por una ternura envolvente, comprometedora. Comenzó a acariciar el cuerpo de Ana, suavemente. Las manos, los antebrazos, los hombros, las mejillas. Ana no se resistía pero tampoco devolvía las caricias. Estaba rígida. Eduardo comenzó a impacientarse. Entonces empujó a Ana, la obligó a echarse. Luego se paró y cogiéndola de las piernas la volteó boca abajo. Le bajó el calzón y le dio una fuerte palmada en el trasero. La yema de sus dedos y la palma de su mano le transmitieron una sensación intensa, un hormigueo excitante, una mezcla de miedo con goce. Se había atrevido a hacer algo con lo que había soñado largo tiempo. Ana gritó, sorprendida, pero sin estruendo, como conteniéndose. Niña mala, le dijo Eduardo mientras acariciaba la nalga abofeteada. Ahora si estás aquí. Y, nuevamente, pero con la mano izquierda palmeó con violencia la otra nalga. Ana volvió a contenerse. Algo la paralizaba. El dolor físico se mezclaba con la humillación de no haber gritado con todas sus fuerzas. ¿Qué la había detenido? ¿La vergüenza de hacer un escándalo? ¿El temor de romper el contrato? ¿O hasta quizá una secreta complacencia en torno a que Eduardo se quedara prendada de ella, que fuera su prisionero? Ana comenzó a llorar. Al principio unas pocas lágrimas, luego un torrente. Todo su cuerpo gemía. Mientras tanto la erección súbita de Eduardo se había cortado. Nunca se había atrevido a soñar lo que ya había hecho. Sentía placer pero también inquietud. ¿No habría ido demasiado lejos? Pero también se preguntaba ¿No era eso lo que siempre había querido?

Describes muy bien los sentimientos encontrados que ocasionan el cruzar los límites prohibidos: la mezcla de goce y angustia; la frustración de descubrir que entre fantasía y realidad suelen haber grandes contrastes y que la primera siempre soslaya las consecuencias y hasta la sordidez implicadas en la segunda.
Eduardo siente que no está frente a una fantasía concretada sino ante un simulacro de ella que no llega a convencerlo. Tal vez ni él mismo tiene claro que en el fondo busca algo más que saciar su lujuria, busca ya no amor sino al menos ternura, de allí que él sienta cierta decepción sin tener claro el porqué (aun cuando la joven no le niega sus favores), de allí que no esté muy seguro de que eso sea lo que siempre había querido, de allí que todo le parece un montaje demasiado evidente que ni él mismo termina de creerse…
Buen cuento, el que justamente por su riqueza, se presta a muchas lecturas…
Comment by Martín Palma Melena — 2007 03 @ 10:47 pm
En efecto, es una historia que se abre a diversas lecturas y sensaciones. En primer lugar me pareció una dura metáfora del monstruo que se despierta y explaya al constatar que tiene poder. Y sin embargo, es un monstruo novato y torpe que desconoce hasta dónde puede llegar, y es eso lo que lo hace más peligroso, temible (me recordó la parte final de la película “El último rey de Escocia”, cuando el joven médico le dice a Idin Amin que su comportamiento de niño –en el poder– es lo que que lo hace más terrorífico). Por otro lado, la reacción de Ana es perturbadora, porque es ante todo una víctima, pero una de esas víctimas que intenta consolarse, salvaguardar alguna pequeña dignidad aferrándose a la idea de que acaso consiga dominar a quien la someterá, humillará ( empoderarse sobre él). De toda la historia, esa es la parte que más ternura y tristeza me ha suscitado.
¡Felicitaciones, Gonzalo!
Karina
Comment by Karina Pacheco — 2007 03 @ 1:52 am
¡Hola Gonzalo!
Una vez más, felicitaciones por tu blog. Ahora bien, me ha vuelto a ocurrir que he intentado introducir un comentario y no lo he conseguido ( ¿o quizás demora en insertarse?). Por ello te envío por esta vía un comentario a “El contrato” que sigue al de la persona que te mandó uno anterior.
Un gran saludo desde Cajamarca:
Karina
En efecto, es una historia que se abre a diversas lecturas y sensaciones. En primer lugar me pareció una dura metáfora del monstruo que se despierta y explaya al constatar que tiene poder. Y sin embargo, es un monstruo novato y torpe que desconoce hasta dónde puede llegar, y es eso lo que lo hace más peligroso, temible (me recordó la parte final de la película “El último rey de Escocia”, cuando el joven médico le dice a Idin Amin que su comportamiento de niño –en el poder– es lo que que lo hace más terrorífico). Por otro lado, la reacción de Ana es perturbadora, porque es ante todo una víctima, pero una de esas víctimas que intenta consolarse, salvaguardar alguna pequeña dignidad aferrándose a la idea de que acaso consiga dominar a quien la someterá, humillará ( su venganza sería empoderarse sobre él). De toda la historia, esa es la parte que más ternura y tristeza me ha suscitado.
¡Felicitaciones, Gonzalo!
Karina
Comment by gonzaloportocarrero — 2007 03 @ 4:42 pm
este cuento tiene algo que hace que me guste mucho…todavia no descubro bien que…quiza lo ambiguas que pueden ser las relaciones, los (des)encuentros de sentimientos…
Comment by tilsa — 2007 06 @ 5:18 am