Hacer una evaluación de los primeros meses del gobierno de Alan García implica tratar de anticiparse al juicio de la historia. Un ejercicio temerario pues resulta difícil ser justo. Es un desafío escapar de la desconfianza para razonar la novedad de la situación. Y lo nuevo es una voluntad de hacer bien las cosas.

Los motivos para desconfiar están muy presentes. Por más que Alan García y el APRA quieran desmarcarse del pasado un cambio radical resulta difícil de creer. El partido es heredero de una tradición autoritaria y mafiosa que lo ha ido alejando de la gente más preparada y honesta. No obstante, también es heredero de un espíritu gregario y combativo. Por su parte Alan ha demostrado una férrea voluntad de poder y una indiferencia respecto a la normatividad ética. Pero, de otro lado, el Alan de hoy pretende ser el hombre maduro que quiere pasar a la historia como el presidente que consolidó la democracia en el Perú. Entonces, si tendríamos que juzgar por el pasado no hay mucho margen para la esperanza. Si este fuera el caso el panorama sería un copamiento aprista del Estado, la proliferación de la corrupción, la crisis de la autoridad moral del régimen y, como resultado, una ingobernabilidad que podría llevar a una elección anticipada o a un gobierno bamboleante que signifique la pérdida de otra oportunidad histórica.

Para hacer más preocupante este escenario pesimista puede sumarse la impaciencia popular que asume hoy en nuestro país tantos rostros distintos. El síntoma de la sociedad peruana es una violencia contenida que supone una gran desconfianza en el Estado y que lleva a la “acción directa” como forma privilegiada de reclamo. En un pueblo joven el ladrón de un artefacto electrodoméstico puede ser quemado vivo o, al menos, masacrado. Y la policía que lo rescata es apedreada. En otras ocasiones la gente de un barrio defiende a los microcomercializadores de droga. Enfrentándose también con la policía. Entonces ocurre que un (presunto) delincuente puede convertirse en el chivo expiatorio, en una figura que galvaniza y atrae todo el odio y el descontento. El malestar social carece de canales políticos de expresión. Pero deriva de la frustración de la promesa de la modernidad para la mitad del país. Vivir sin el mínimo confort material, en la pobreza absoluta, y, además, sin reconocimiento social, en un medio donde la publicidad y la política nos llenan de promesas y expectativas, es ciertamente frustrante. En cualquier forma la atomización del nacionalismo en decenas de caudillismos locales debilita el sistema político, su capacidad para representar a los excluídos. Entonces la ciudadanía se debilita y el Estado no se enraíza en la sociedad. Hasta ahora el malestar social es esporádico y no se expresa políticamente, aunque, de otro lado sea violento y relativamente continuo. Si hubiera un debilitamiento de la autoridad moral del régimen la situación podría ser muy diferente.

En dos palabras: el escenario más sombrío sería el regreso de lo peor que tienen Alan García y el APRA y, de otro lado, la atomización violenta de la protesta social. Esta situación sería ideal para Humala, interesado en atizar conflictos hasta que pueda imponer su dictadura de (supuesta) salvación del Perú.

Pero hay muchos motivos para la esperanza. Hasta ahora el copamiento aprista es más un temor que una realidad. Aunque el nombramiento de Luis Alva Castro no sea una buena señal. Tampoco lo es que Mantilla exhiba con su silencio su factura por cobrar. En todo caso es una presión a la que se puede o no ceder. De otro lado, hace muchos años que no habido en el Perú un ciclo de crecimiento económico tan sólido como el actual. Al gobierno le toca administrar una prosperidad como no se veía desde las décadas de los 50 y los 60. Y en medio de todo el actual gobierno ha dado algunos indicios muy buenos. La austeridad en los sueldos es algo que todo el país reclamaba. La composición plural del gabinete ha sido también muy apreciada. Los esfuerzos por sacar adelante la evaluación docente son sin duda encomiables. Finalmente los cambios en el poder judicial parece ser la promesa de algo distinto. Muchos comentaristas ven en estas políticas solo “efectismo” o “cambios de fachada”. No comparto esta apreciación. Creo que hay, pese a todo, una buena voluntad. Y digo pese a todo, principalmente, por los exabruptos de Alan García (pena de muerte, retiro de la CIDH) y las presiones del aparato partidario.

En este panorama un factor muy ambiguo es la situación política. La derecha rompió filas, abandonando, ingratamente, a Lourdes Flores, para negociar personalmente con el gobierno. Los abrazos de la derecha son peligrosos. Ojalá el miedo a Humala persuada a la gente afortunada para que cambie de a de veras. Hecho positivo fue que el tema del CADE 2006 haya sido la inclusión social. Pero la descomposición del nacionalismo puede reforzar las viejas tendencias excluyentes. Total el susto parece haber pasado. La debacle del Humanismo ha sido muy desafortunada para el país. Creo que a la larga hubiera sido mucho mejor la cristalización de una fuerza política representativa de los más pobres. Un partido capaz de poner en jaque al gobierno, capaz de canalizar las legítimas demandas de los postergados. La ausencia de una fuerza representativa de este sector implica el protagonismo de la calle y la violencia en vez de la política y la negociación.

En todo caso nada está dicho, lo importante está aún por suceder. Ojalá este gobierno esté a la altura del desafío histórico de nuestro tiempo que no es otro que crear las condiciones que hagan posible un desarrollo humano sostenible. Parece difícil pero no es imposible. En todo caso yo no estaría entre las filas de aquellos que se complacen en su fracaso.

En nuestro país hay mucha injusticia y resentimiento. Demasiadas necesidades insatisfechas. Tensiones y violencia contenidas. Pero también hay algo que sorprende a quienes nos visitan: el baile y la fuerza de la familia. Aquí, se hace baile de cualquier cosa, dicen los estudiantes de intercambio que vienen de Europa y Estados Unidos. Es difícil saber el significado de estos hechos pero creo que podemos derivar de ellos una nota de optimismo.