Homenaje a Leon Tolstoi

Soy un autor desconocido, salvo por unos cuantos amigos. De otro lado, a los 57 años no tengo mucha ilusión de trascendencia. Pero este panorama no es desconsolador. Es el mejor que he tenido en mi vida. Conociendo la modestia de mi lugar en el mundo y lo evanescente de la vida, puedo juzgar con (más) libertad y admirar sin (muchas) envidias. Y tengo más paciencia pues carezco de una meta hacia la cual correr. Entonces esta ha sido una buena época para leer las 1856 páginas de la novela de Lev Tolstoi Guerra y paz. La capacidad narrativa de Tolstoi es, en definitiva, deslumbrante. Pero, también, y no lo esperaba, tremendamente dispareja. A veces su prosa fluye mostrando las cavilaciones más íntimas de sus personajes. Se iluminan entonces los anhelos y temores que ellos rechazan. Las ideas de las que no quieren ser conscientes, pero que se abren paso, turbadoramente, por algunos instantes. Se trata de epifanías o revelaciones, momentos de verdad, en los que un abismo es súbitamente desvelado. Pero, otras veces, sin embargo, ocurre que los personajes y la propia narrativa tienden hacia el acartonamiento y el estereotipo. Entonces la novela se desliza de la exploración lúcida a la lección moralizante. Pese a todo, sin embargo, esta mezcla heterogénea entre profundidad y melodrama resulta cautivadora. A la riquísima descripción de los mundos personales y de los escenarios sociales, se agrega una dosis de intriga que hace que sea difícil desprenderse de la novela. Además, creo justo decir que todos los personajes importantes de Guerra y paz, tienen esa dimensión abisal en la que anida la posibilidad de lo intempestivo e inesperado.

En El erizo y la zorra, ensayo que Isaiah Berlin dedica a la filosofía de la historia de Tolstoi, este autor es razonado como un zorro disfrazado de erizo. La polaridad zorro-erizo nace de la célebre frase del poeta griego Arquíloco: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Erizos son los autores que convierten toda observación en momento de un sistema. Están obsesionados con la coherencia, con el logro de una perspectiva integradora. Zorros, en cambio, son los autores que se prodigan en lo particular, que están siempre dispuestos a dar cuenta de la variedad del mundo, de todo lo contingente y fragmentario. Desde luego, que caben especies híbridas pero se trata de pseudos-híbridos pues el zorro y el erizo son vocaciones que apuntan a caminos muy distintos y divergentes. Para Berlin, por ejemplo, Tolstoi es un zorro que pretende ser un erizo. Es decir, Tolstoi presume de una coherencia que, en realidad, no tiene. Su fuerza está en su capacidad para describir la variedad del mundo y la contingencia de lo que acontece. No obstante, Tolstoi interviene sus narrativas con disquisiciones en las que pretende identificar leyes o tendencias que explicarían los (supuestamente) erráticos caminos de la historia. Entonces el Tolstoi-zorro, el cronista, es quien cala hondo en el mundo. Pero ese Tolstoi está parasitado por un mandato de coherencia que lo arrastra a la sociología y a la especulación infecunda. La conclusión es que Tolstoi no conceptualiza adecuadamente el evento que su obra significa, la novedad de su propuesta. Sus descripciones de lo particular son pues intuitivas y “geniales” pero sus intentos de comprender lo particular desde un sistema de causas o hipótesis son totalmente deleznables.

El planteamiento de Berlin es interesante pero no creo que tenga que tomarse como última palabra. Tengo dos observaciones para ir más allá de Berlin. La primera se refiere a la necesidad de Tolstoi de complementar su crónica con observaciones teóricas. Berlin no explica por qué Tolstoi, pese a la brillantez de su descripción, tiene que intervenir su narración para articular reflexiones sociológicas que serían impertinentes. La segunda observación apunta a rescatar algunas de esas reflexiones como sugerentes y válidas. Volveré sobre el punto. No obstante ahora, a manera de tributo, me interesa compartir la enormidad de Tolstoi, su poder para verbalizar las erráticas vibraciones del alma. Para ello presento dos textos que me parecieron maravillosos.

II

La princesa María es una rica heredera, pero no es agraciada y su padre es celoso y autoritario. Gracias a la devoción piadosa, ella se ha hecho fuerte en su destino de soltera. Además ilusiona convertirse en una de esas peregrinas mendicantes a las que ella ayuda. Dejar todo para buscar a Dios. En medio de este equilibrio algo le ocurre. Un príncipe que aspira a su dote la corteja. El suceso le resulta inesperado. Tolstoi describe así las impresiones de María:

“Volvió en sí y se horrorizó de sus pensamientos. Antes de bajar se acercó al oratorio y fijando sus ojos en una imagen negra del Salvador, alumbrada por una lamparilla, juntó las manos y se recogió así unos momentos. Una duda punzante atormentaba el alma de la princesa María. ¿Le estaba reservada la alegría del amor, del amor terrenal por un hombre? Pensando en el matrimonio, la princesa María soñaba con la felicidad familiar, los hijos, pero su sueño principal, el más intenso y oculto era el amor terrenal. Ese sentimiento era tanto mayor cuanto más trataba de ocultarlo a los demás o aun a sí misma. “Dios mío, ¿cómo arrojar del corazón estos pensamientos del demonio? ¿Cómo alejar las malvadas tentaciones para siempre, para cumplir tranquilamente tu voluntad? Y apenas lo hubo preguntado le pareció que Dios contestaba en el fondo de su corazón: “no desees nada para ti, no busques nada, no te inquietes, no tengas envidia. El porvenir de los hombres y tu destino deben serte desconocidos, pero vive siempre preparada para todo. Si Dios quiere probarte con los deberes del matrimonio, debes estar dispuesta a cumplir su voluntad”. Con ese pensamiento tranquilizador –pero también con la esperanza de su sueño terrenal prohibido- la princesa María, suspirando, se persignó y salió de allí sin pensar más en el vestido y en el peinado, ni en cómo se presentaría o en qué había de decir: ¡Qué podía importar todo ello en comparación con los designios de Dios, sin cuya voluntad no cae ni un solo pelo de la cabeza del hombre! (p. 320-1)

El mundo interno de María está revuelto. Su tranquilidad (relativa) se fundaba en su sometimiento a la ley, en estar siempre disponible para el destino que Dios mande. Por tanto, la única actitud posible es confiar. Pero las cosas no son tan simples. La princesa desea casarse y tener hijos y, además, el “amor terrenal” la convoca. Estos deseos son vividos como “pensamientos del demonio”. Frente al ideal de la espera y la resignación, esas pretensiones introducen una dinámica de angustia pues ahora está demasiado cerca de lo que quiere. La subjetividad de María está pues escindida entre el mandato de conformidad y obediencia y, de otro lado, sus sueños personales. Una parte de sí, la no colonizada por los mandatos que estructuran la subjetividad femenina, se rebela. La princesa María no es pues un robot. Tampoco es un caos de emociones. Ella vive un conflicto y trata de hacerse fuerte tras sus creencias religiosas.

Tolstoi se anticipa a los planteamientos de Freud sobre la subjetividad y el conflicto interior. Revela la tiranía de la ley sobre la persona y el cuerpo, la supresión de la libertad. Pero lo interesante es la maestría de Tolstoi, la belleza de su escritura. “le pareció que Dios contestaba en el fondo de su corazón: “no desees nada para ti, no busques nada, no te inquietes, no tengas envidia. El porvenir de los hombres y tu destino deben serte desconocidos, pero vive siempre preparada para todo. Si Dios quiere probarte con los deberes del matrimonio, debes estar dispuesta a cumplir su voluntad”. Tolstoi participa los sentimientos de María; y al hacerlo, incrimina la humanidad de sus lectores que son convocados a identificarse con ella. Y sentir piedad, ese respeto afectuoso que debemos a nuestros semejantes más débiles, pues Tolstoi está poniendo al desnudo la injusta opresión que sufre la princesa, opresión patente en su tendencia a negar sus propios sentimientos.

El príncipe Andréi, el hermano de la princesa María, ambiciona la gloria. Su mandato es realizar las grandes hazañas con las que se asocia su apellido. Pero también ama la vida. Un día antes de la gran batalla de Austerlitz, Andréi sueña con un futuro de esplendor ganado en base a su inteligencia y coraje. Ilusiona ser protagonista de esa y otras batallas. En su interior se dan cita una serie de voces.

“¿Y después? –repite la otra voz. –Después, si antes de alcanzar eso no eres herido diez veces o muerto, si todo eso no resulta un engaño… ¿qué harás después? “Después –se responde el príncipe Andrei- después, no lo se, no lo sé, ni quiero ni puedo saberlo, pero si deseo, si ambiciono la gloria, quiere ser conocido y famoso. ¿Soy culpable, acaso, de no querer otra cosa, de no vivir más que para eso? ¡Sí, solo para eso! A nadie se lo confesaré jamás, pero, Dios mío, ¿qué le voy a hacer sino amo más que la gloria y el amor de los hombres? ¡La muerte, las heridas, la pérdida de la familia, nada me asusta! Y pese al cariño, al amor que siento por muchas personas –mi padre, mi hermana, mi mujer- que son los seres más queridos por mí, y por terrible y contrario a la naturaleza que parezca, yo entregaría a todos sin vacilar por un momento de gloria, de triunfo sobre la gente, por ganarme el amor de unos hombres a los que no conozco ni conoceré jamás, por el amor de esos hombres” (p. 383).

Tolstoi construye magistralmente a su personaje. La atracción del ideal es para el príncipe tan poderosa que bastaría solo un momento de gloria para renunciar a todo, a la vida y a los seres más queridos. Y la gloria es el ser amado o reverenciado, sobrevivir como mito, triunfar sobre los otros. El príncipe Andréi es claramente consciente que esa atracción es oscura y mortífera. Pero, igual, está firmemente decidido. “A nadie se lo confesaré jamás, pero, Dios mío, ¿qué le voy a hacer sino amo más que la gloria y el amor de los hombres? ¡La muerte, las heridas, la pérdida de la familia, nada me asusta!”. Esa voz tan poderosa no es la de Dios de María, su hermana. Esa voz es de otro amo. Uno oculto pero poderoso. Esa voz le dice: “tú eres el mejor de todos, el más capaz y valiente, tu estás llamado a ser el primero, a triunfar sobre todos tus semejantes” Esa convicción es absoluta, es la premisa de su identidad. Andréi solo puede ser un ganador.

Tolstoi escribe en una época donde la autoridad y los ideales tienen una gran fuerza. Las certidumbres son tan absolutas que muchas veces la vida interior queda reducida a tímidas dudas que terminan en ratificaciones contundentes del deber. María quiere amar y vivir pero no se atreve a desear. Su mandato es la espera resignada. Andréi pretende ser el modelo de los demás. Está dispuesto a pagar cualquier precio para lograrlo. Más alienado a los ideales está Andréi. Parece más libre pero está más tiranizado. La búsqueda de la gloria lo empuja hacia la muerte. Todo el tiempo tiene que estar demostrando su valor.

Desde luego que María y Andréi evolucionan en el transcurso de la novela. A María, tan modesta en sus expectativas, la aguarda, una vez muerto su padre, un matrimonio feliz y una maternidad dichosa. Andréi logra relativizar la gloria. En las próximas batallas quiere ser responsable y efectivo pero conservando la vida. El ideal heroico deja de seducirlo. No obstante, pese a su mayor cuidado, no consigue permanecer vivo. En la batalla de Borodino es parte de la reserva de caballería que aún no entra en acción pero que es bombardeada por la artillería francesa. Allí es mortalmente herido. Finalmente la gloria le es esquiva.

Tolstoi consigue lo que su personaje Andréi no logra. La gloria, la admiración general. Imposible no rendirse a su genio. La elaboración literaria reemplaza al campo de batalla como espacio de consagración. La veracidad de Tolstoi, su fuerza expresiva, nos invita a pensar sobre la vida.

III

Ahora, sí, volvamos a la filosofía de la historia. Es cierto que Tolstoi, como lo ha señalado Berlin, se compromete con dos mandatos imposibles de realizar de manera simultánea. De un lado, quiere ser el cronista que de cuenta de una amplísima variedad de personajes y situaciones de la Rusia de principios del siglo XIX, la sociedad encabezada por el Zar Alejandro, en lucha contra la Francia de Napoleón. Pero, de otro lado, Tolstoi pretende, identificar las “causas últimas” que puedan explicar la complejidad que nos describe. La coexistencia de estos mandatos explica el constante ir y venir entre los hechos y las conceptualizaciones. Como he dicho, para Berlin este último aspecto de la obra de Tolstoi no es relevante.

Podría decirse lo mismo de Marx. De un lado está el Marx teórico, conceptual y sistemático, y, del otro, está el Marx periodista, el observador agudo de la escena mundial. Digamos: el Marx de El Capital y el Marx del 18 de Brumario. Ahora bien, El Capital no es, ni podría serlo, la palabra definitiva sobre el mundo moderno. No obstante está lleno de hipótesis sugerentes y válidas. Puede decirse que Marx, en su búsqueda casi obsesiva por cerrar un sistema, nos deja un legado de gran importancia. Pero, de otro lado, el legado de sus crónicas históricas es igualmente considerable. Tenemos aquí ideas muy significativas y, también, modelos de análisis. Pero quizá, sobre todo, la lección de que es imposible reducir la complejidad del mundo a un sistema de conceptos, a un modelo o teoría. O sea que Marx es erizo y zorro a la vez. Una zorro que quiere ser erizo, o un erizo que no puede dejar de ser periódicamente zorro.

Entonces antes que criticar el ímpetu especulador de Tolstoi, sería más fructífero inventariar sus reflexiones sociológicas, separando la paja del trigo. Se trata, no obstante, de una tarea que desborda el modesto cauce de este ensayo que solo es un agradecimiento, un tributo de admiración.

Por tanto lo que cabe es identificar y examinar algunas de sus reflexiones histórico-sociológicas. Antes de hacerlo, sin embargo, debe decirse que la línea de fuerza del pensamiento de Tolstoi, la más presente en su narrativa, es la que enfatiza la complejidad de lo histórico y la importancia correlativa de lo imprevisto y contingente. En el campo de batalla las balas silban por todas partes y es cuestión de suerte que hieran o maten a este o a aquel. Y en cuanto a los resultados de los enfrentamientos, el clima puede hacer la diferencia. Un ejército permanece oculto gracias a la niebla. Adquiere así una ventaja decisiva pues el efecto sorpresa será devastador para el enemigo. Entonces resulta que en la medida en que la acción humana se despliega sobre un trasfondo de incertidumbre, la importancia de la razón y el papel de lo deliberado son muy relativos. Entre los propósitos y los resultados está siempre el azar. Buscando una cosa se consigue otra.

Dada esta visión de la realidad, es lógico que Tolstoi se burle de las explicaciones que descansan en la genialidad de los individuos. Sean emperadores, reyes o generales, los dirigentes se creen decisivos y hacen sus planes con gran detalle, pero en realidad, lo que sucede en el campo de batalla tiene poco que ver con lo que se ha previsto. Los planes implican la existencia de un orden y de una capacidad de mando que, en la realidad, son muy precarios. Lo que sucede es complejo e impredecible. Pese a todo, en la realidad de los acontecimientos los individuos sencillos pueden ser muy importantes. Si una batalla se gana es porque decenas de miles de personas deciden pelear sin ceder al pánico que suscita la inminencia de la muerte. Y si persisten es muchas veces por el ejemplo de gente inspirada, capaz de revertir las fugas y reconstruir una formación de lucha. La importancia de los individuos, gracias al fenómeno del contagio, explica la cristalización de una moral colectiva. Si por alguna razón misteriosa los soldados piensan que van a ganar, entonces lucharán con todas sus energías desbandando al enemigo. El impulso de Tolstoi es restar importancia a las grandes personalidades y a las causas únicas, remarcando en cambio el significado de los individuos ordinarios y la intervención de lo fortuito y azaroso.

No obstante, Tolstoi es ambiguo pues en sus disquisiciones más filosóficas convierte a la causalidad en una cuestión de perspectiva. Es decir, sostiene que cuánto más cerca nos hallamos, tanto más compleja y azarosa nos parece la realidad. Pero si nos alejamos de ella, si vemos el conjunto de acontecimientos, entonces podríamos descubrir leyes, férreas relaciones causales. “Al considerar la historia desde un punto de vista general, se adquiere la certeza de una Ley Eterna en virtud de la cual se cumplen los acontecimientos. Pero si la contemplamos desde el punto de vista individual nos persuadimos de lo contrario” (p. 1772). La conciencia entonces resulta una ilusión. La fatalidad domina la historia pero existe una ley psicológica “…que obliga a un hombre a realizar con menor libertad sus actos y a crear en su fantasía toda una serie de razonamientos retrospectivos para demostrarse a sí mismo que ha obrado libremente” (p. 1774).

Berlin razona que “Tolstoi no era un visionario por naturaleza; veía los varios objetos y situaciones terrenas en toda su multiplicidad…. Toda teoría reconfortante que tratara de reunir, de vincular, de “sintetizar”, de revelar sustratos y escondidas conexiones internas… el ideal del todo sin costuras, toda doctrina de este tipo quedaba hecha añicos en sus desdeñosas manos” (p.87-8). No obstante la ambigüedad de Tolstoi se enraíza en el miedo que le produce “su propia falta de convicciones positivas…”, la ausencia de un sistema que le permitiera tomar posiciones, orientarse en el mundo. De allí la “búsqueda desesperada” de una doctrina. Digamos que Tolstoi no puede resignarse a la contingencia de lo real. El concepto de providencia y las necesidades que procura están aún demasiado presentes en su espíritu. En realidad el positivismo social, con sus grandes leyes y explicaciones unitarias, puede ser interpretado, a la manera de Weber, como una secularización de la idea de providencia.

IV

Pero en la búsqueda deseperada de una doctrina, Tolstoi llega a elaborar reflexiones de mucho interés que trascienden lo particular aunque tampoco puedan ser tomadas como leyes generales de la historia. Entre estas reflexiones me parece importante referirme a una de ellas. La relación entre los ideales de los pueblos y el carácter de sus dirigentes. En esta relación lo fundamental es para Tolstoi los ideales de los pueblos. En Francia el ideal de la gloria se ha democratizado. Hasta los soldados quieren hacer grandes hazañas. La disposición a la lucha y al heroísmo es incontenible. Entonces es la fuerza de este ideal colectivo lo que fundamenta el liderazgo de Napoleón. En Rusia, mientras tanto, el gran ideal es la fidelidad personal, el servicio sacrificado al amo. Al zar. Las masas se identifican con los individuos que plasman sus ideales. A ellos entregan su amor y obediencia. Y la vitalidad de este vínculo, decidido desde abajo, hace poderosos a los dirigentes. Esta idea parece provenir de las imágenes de su novela. No es una elucubración, sino una comprensión práctica e intuitiva del vínculo que funda la autoridad. El amor por el zar es un estímulo para el ardor guerrero. El zar puede ser distante pero es bello. Su figura representa la patria y la lealtad. ¡Quien no está dispuesto a morir después de sentir su presencia!

Lo interesante de la observación de Tolstoi es la importancia que da a lo intersubjetivo, a la relación entre las gentes, una realidad que es a la vez potente pero volátil. Los ideales engendran una gran pasión colectiva que, sin embargo, no es la única, pero si la distintiva de una época. El ejército que hoy lucha denodadamente, dominado por un sentido de grandiosidad, puede convertirse mañana en una turba de saqueadores. Igual ocurre con los individuos. Napoleón se presta para encarnar ese ideal colectivo pero él, como persona, está muy lejos de ser todo lo que representa. Es mezquino, caprichoso, cínico. Tolstoi piensa que es –sobre todo- lo fortuito lo que hace a ciertos individuos representantes de los valores de una época.

“Ese ideal de gloria y grandeza que consiste en no ver nada malo en las acciones propias y enorgullecerse de cualquier delito, atribuyéndole una incomprensible importancia sobrenatural, ese ideal que guiará a ese hombre y a los que con él marchan unidos empieza a formarse con plena libertad en Africa…. Solamente él,… con esa adoración demente de sí mismo, con su audacia en el crimen y su cinismo en el engaño, puede llevar lo que ha de suceder” (p.1640). Y a medida que esas fuerzas se multiplican aumenta más el prestigio del hombre que lo dirige y más justificadas se consideran sus acciones…. Los desbancados dueños del mundo no pueden oponer ideal alguno razonable al insensato ideal de gloria y grandeza de Napoleón. .. los que lo rodean, hasta más que él, lo preparan para que acepte la responsabilidad de todo cuanto se hace y ha de hacerse”(p. 1642)

Quizá la elaboración conceptual más lograda de esta observación se encuentra en la primera mitad de la siguiente cita.
“La teoría de la transferencia de la voluntad popular a los personajes históricos no es más que una perífrasis, una repetición con distintas palabras a la pregunta: ¿Cuál es la causa que origina los acontecimientos históricos? El poder
¿Qué es el poder? Es la suma de voluntades transferidas a una sola persona.
¿En qué condiciones esa voluntad de la masa se transfiere a una sola persona? Cuando esa persona representa la voluntad de todos. Es decir, que el poder es el poder. O lo que es lo mismo: el poder es una palabra cuyo significado no comprendemos”. (p. 1729)

La idea del poder como “suma de voluntades transferidas a una sola persona” es muy sugerente por dos razones. La primera es que la línea de fuerza de la explicación va de lo colectivo a lo individual. La historia es hecha por la gente que “transfiere” su voluntad a una persona que puede sentirse predestinada pero cuyo protagonismo depende enteramente de encarnar esos ideales que se han apoderado del imaginario colectivo. Es decir, la agencia está en la multitud. La segunda es la importancia que se da a los mitos, a las ideas y sentimientos colectivos. Estas dos razones le dan a la idea de Tolstoi una impronta muy vigente.

La propuesta de Tolstoi está en Weber y su idea de carisma y también en Freud en su visión del líder y las masas. De otro lado, como es obvio, Tolstoi no quiere desarrollar su idea. Prefiere dejarla en germen. Pero, insisto, la idea proviene sobre todo de las descripciones que hace Tolstoi de los ejércitos ruso y francés.

V

Tratemos de elaborar un poco más la idea de Tolstoi. El argumento es que el poder se construye en base a la transferencia de la voluntad de muchas personas a una sola. Esta transferencia de la voluntad supone una identificación. “El es como si fuera yo”. “El hará lo que yo haría”. Lo más preciado en nosotros, el ideal que nos seduce, está presente, en definitiva, en ese otro que nos guía.

Creo que un estudio del liderazgo puede encontrar mucha inspiración en estas ideas de Tolstoi. ¿Por qué el país ha elegido a Alan García? ¿Qué valores y aspiraciones representa? Dejó al lector con la pregunta.