Tenías razón al sospechar que tu pensamiento, buscando acercarse a la vida, se había extraviado por senderos que se alejaban de ella. Me refiero a varios textos recientes donde reflexionabas sobre el narcisismo. Hiciste tuya la idea de que el objeto que ama el (supuesto) narcisista no es tanto su realidad inmediata cuanto una imagen idealizada de sí mismo. La observación viene de Freud y Lacan, pero también está en otros autores, desde fines del siglo XIX. La idea implica que, a medida que la criatura humana se desarrolla, mucho de la libido deja de centrarse en su propio cuerpo y, como efecto de sucesivas intervenciones de la autoridad, ese erotismo es reconducido hacia otros objetos que resultan más alejados de lo inmediato y sensible. Esos otros objetos son los ideales que fundan la sociedad, las metas que se imponen sobre los individuos. A cambio de la obediencia, la sociedad promete un reconocimiento social que sostendrá el sentimiento del propio valer. No obstante, esa sumisión no es ninguna garantía de felicidad. Resulta que el precepto de ¡cumple tu deber, se bueno, y serás feliz! es un engaño.

Tu propia experiencia personal te había preparado para acoger estas ideas. Por más que te esforzabas, muy pocas veces lograbas sentirte a la altura de lo que te exigías. Y las escasas veces que algo parecido a la complacencia se apoderaba de ti, esta situación se te escurría rápidamente, sin dejar apenas huella. Entonces, en medio de la tristeza, pensabas que tu infelicidad obedecía a tu falta de entrega a esos ideales que creías tuyos, y que representaban para ti, la salvación. En realidad, no te aceptabas. Te acosabas con reproches. Vivías exigiéndote, continua, despiadadamente.

Entonces, a partir de tus lecturas y de tus mismas vivencias, concluiste que el término narcisismo era una suerte de azote, un dispositivo autoritario usado para exigir siempre más, para cancelar cualquier asomo de alegría, convirtiendo la satisfacción en ansiedad, en espera temerosa de nuevas órdenes. Por tanto la misma palabra “narcisismo” sería una expresión clave en el remozamiento de la vieja pastoral ascética, cristiana, de la negación de sí. En vez de pecador y condenado, ahora se habla de “narcisista”; es decir, de egoísta autocentrado, de persona incapaz de amar.

Pero oscuramente sentías que algunas cosas no calzaban en esa manera de definir el narcisismo que habías hecho tuya. Por ejemplo, y decisivamente, la “abierta complacencia” que muchas personas exhiben por algunas de sus obras o características. Las chicas por su atractivo estético, los intelectuales y artistas por sus creaciones, los empresarios por su dinero, las madres y los padres por sus hijos. Y así sucesivamente. En todo caso esta “abierta complacencia” no es eterna pero tampoco es efímera. Resulta que esta realidad, tan visible para otros, tú no la podías ver. Tú pensabas que la sociedad promovía que la gente se odiara a sí misma. Y que nadie podía escapar.

Para convencerme de la realidad de esta “abierta complacencia” me propones que te acompañe analizando la manera como las mujeres se (re)miran frente al espejo. Apenas lo hacen, dices, se abre un espacio de diálogo y negociación. En un inicio, con frecuencia, el espejo devuelve una imagen que hiere el sentimiento del propio valor (idealizado). Esa mirada de (auto)desaprobación se acompaña de una voz cruel. “Estás horrible”. Entonces empieza un trabajo de “seducción del espejo”. Se trata de conquistar una imagen “aceptable”, la devolución de una mirada amistosa. Se trabaja en dos frentes. El primero: los arreglos de maquillaje y los cambios de vestido. El segundo, un diálogo interior donde se trata de suavizar la agresividad descalificante de la primera impresión. Ejemplo de ese diálogo interior:

“No serás Natalie Portman, pero tampoco estás tan mal. En realidad la imagen de la Portman es una fabricación de la industria de la moda para que me sienta fea, para que compre sus productos. Es un hecho que te defiendes bastante bien. No serás la muerte pero estás apetecible. Qué no darían muchos por estar contigo. ¡Anda! No seas tonta e insegura. Además tú también tienes tus valores que van más allá de la apariencia física. En verdad, sin saber cómo, resulta que acertaste porque ese vestido te queda muy bien. Mírate, que bonita se te ve”.

Entonces se ha pasado de la desaprobación inicial a un amor cordial, quizá hasta apasionado. Lo mismo podría decirse de la relación del artista y su obra o del joven y su proeza.

II

Resulta entonces que te habías equivocado. Tú pensabas que la complacencia era solo un instante fugaz. En tu formación católica te llevaron a desconfiar de cualquier satisfacción personal. Abjurar del propio interés y del bienestar era lo noble y lo bello. Sermones que decían lo mismo se repetían por todos lados. Finalmente, la complacencia no desapareció de tu vida totalmente, pero tenía que ser clandestina, vivida como si no te dieras cuenta de ella. Además, no debería ser muy recordada, pues, cumpliendo con la ley, de tu vida solo te venían episodios penosos. Lo trágico se había infiltrado hasta el tuétano de tus huesos. Los momentos felices te resultaban sorpresivos y efímeros. Y, aunque estuvieran en tu memoria, no estabas en el humor de recordarlos. No se unían los unos a los otros de manera que permanecían aislados y distantes.

Desde esa, tu perspectiva; es decir, la que se te había impuesto, y que tú pensabas como parte de la condición humana, los juicios del sistema socio simbólico, internalizados como conciencia moral o súper ego, eran siempre definitivos, sádicos, implacables. Por lo que sostener una autoestima era imposible. Entonces, la plenitud prometida por la sociedad, a cambio de esfuerzos y sacrificios, resultaba ser solo un espejismo. Una engañosa ilusión que se desvanece conforme se va logrando el deber fijado. Para reaparecer luego, más lejos, tras otro deber más arduo.

Poco a poco comenzaste a sentir que el narcisismo no solo es un engaño. Tomabas conciencia de tu inadvertida vocación ascética. Te dabas cuenta que sin querer eras un tremendista. Pero, desde que descubriste esta situación te sentiste perdido. Ahora sabías que en tu horizonte las falsas promesas eran las más brillantes. Y que de tu pasado solo atesorabas lo sufriente.

Pero esta desorientación era también una libertad. Tus ataduras se aflojaban. Lo que siempre habías sabido, lo comenzabas a comprender. Los ideales no tienen porque ser arrolladores, el individuo puede defenderse a la manera que lo hace la chica frente al espejo. Entonces, lo consecuente es que repienses todo, desde un inicio. Por lo pronto has dado dos pasos. Primero has cuestionado la idea ingenua de narcisismo como un amor apasionado por sí mismo. Si esto fuera así, si el narcisismo fuera lo natural y duradero, entonces la mayoría de la gente no fuera triste y amargada, sino feliz y contenta. Pero, de otro lado, la sociedad estuviera llena de gente incapaz de renunciar a cualquier gratificación. Entonces la vida en común sería competitiva y belicosa. Hecho que multiplicaría los antagonismos sociales haciendo imposible la proliferación de la felicidad y la alegría. Por tanto es un hecho que a mucha gente le sucede lo que a ti; es decir, es instruida para identificarse con ideales (casi) imposibles de alcanzar. Y, además, contrarios a sus intereses. Estás hablando de un domesticamiento social de los impulsos, de un dispositivo que funciona en base a interiorizar la agresividad, a odiarse a sí mismo, que se roba la satisfacción y la autoestima.

Pero, segundo, has logrado identificar una “abierta complacencia”, un sentimiento invisibilizado por las exigencias idealizadoras. Descubriste tu América. Si, pese a todo, de manera abierta o clandestina, y a contracorriente de los procesos disciplinarios de regulación de la autoestima, existe un “narcisismo” que es como una resistencia de la criatura humana a su amaestramiento por la sociedad.

Ahora tienes que resumir lo avanzado. La idea ingenua de narcisismo desconoce que el amor propio pueda estar tan influido por la sociedad. Por lo general, esta idea culmina en una crítica al “orgulloso”, que nadie puede aceptar y, por tanto, en una exigencia de sumisión. Pero, de otro lado, esta exigencia de sumisión no logra que toda la libido abandone el cuerpo para ponerse al servicio de ideales superiores, imposibles y mortificantes. En realidad, es imposible no retener un poco de amor por sí mismo. Por tanto, concluyes que la idea ingenua visibiliza una realidad pero lo hace en función de descalificarla. Los restos del “narcisismo originario” te salvan de ser un robot programado. No cabe, por tanto, que lo satanices. Pero, de otro lado, no puedes dejar de problematizarte ese narcisismo. No te gusta la gente auto-complaciente que se deslumbra con su propio brillo. La verdad es que te dan más cólera que pena. Están fuera de la realidad porque desconocen al otro. Pretendiendo ser soles, se ponen siempre por delante, es como si quisieran seguir siendo esos bebés que reclaman la admiración rendida de sus madres. Entonces, qué pasa con el narcisismo: ¿mal con él pero peor sin él?

Mencionas un caso típico. Un niño querido por sus padres y poco exigido por la sociedad. Una criatura “egoísta”, que se piensa siempre como fin y nunca como medio. Poco colonizada por la sociedad. Siente mucho su cuerpo y poco le importan los ideales, los deberes y los demás. Pero no me queda claro que representa tu ejemplo. ¿Un emblema de salud mental? ¿Un caso de barbarie (in)civilizada? ¿Una muestra de decadencia moral?

III

Fue Slavoj Zizek quien te hizo pensar que, en la sociedad moderna, el narcisismo era prácticamente imposible. Durante muchos años esperabas devotamente cada una de sus publicaciones. En ocasiones no las terminabas. Otras veces las leías, una y otra vez. No las entendías pero con algo te ibas quedando. Tu admiración era, y es, genuina. Por fin alguien que piensa audazmente, sin miedo a equivocarse o quedarse solo. De otro lado, un autor que se repite, incesantemente, pero que quiere progresar pues las reiteraciones son más claras e incisivas que las formulaciones originales. Para Zizek la gente está movida por una voz que siempre demanda más, por un amo al que es imposible complacer. Esa voz no es otra que el súper ego; es decir, los valores del sistema social que colonizan nuestro mundo interior. De allí emanan exigencias que no pueden ser satisfechas. Resulta que dentro de cada uno, la fuerza de lo social es tan abrumadora que es casi imposible defenderse. Esta visión del individuo está lejos de ser nueva. Se encuentra en el positivismo y en el estructuralismo, en la definición del individuo como “soporte” de la estructura, como un “engranaje” de una máquina social. En todo caso lo nuevo, del pensamiento representado por Zizek, está en penetrar en el mundo interior de ese “engranaje”. Darse cuenta que ese “soporte” se ilusiona, sufre y goza. Aunque no sepamos bien si todo ello significa una diferencia.

Ahora bien, para Zizek, la revelación del sadismo del súper ego representa el inicio de la caída del padre como figura de autoridad. Y detrás del padre, desde luego, Dios mismo. La idea del debilitamiento o muerte del amo, y sus distintas figuras, viene de Lacan y Nietzsche. Pero el tema es elaborado una y otra vez por Zizek. Entonces, a la imagen idílica del padre bueno y desinteresado se contrapone una visión crítica. El padre no es tan altruista como pretende. Tiene sus goces ilícitos y secretos. Sus cochinadas. Le encanta castigar, descalificar, hacer sentir su poder. Kafka lo había visto con toda la lucidez posible. Detrás del semblante de justicia, con el que la autoridad gusta adornarse, está el goce obsceno. En El Proceso, el protagonista, K. está inculpado de lo que no sabe pero, como tampoco está seguro de ser inocente, no puede defender su buena conciencia. Entonces se somete a los procedimientos inquisitoriales de un sistema arbitrario, que no da explicaciones sino que acusa sin cargos y exige de continuo. Los jueces gozan impúdicamente de su poder. Y K., el reo, cede, ya que comienza a sentir que tanta acusación no puede ser mentira y que por tanto es, definitivamente, culpable. En realidad pocas veces has sentido la inmensidad de un autor como al leer a Kafka. Tú, también, habías tenido un proceso abierto desde hace mucho tiempo. Y lo estabas perdiendo.

Pero también te había interesado el psicoanálisis que se desarrolló en Inglaterra con Melanie Klein y Winnicot. A diferencia de Lacan y Zizek para estos autores es posible una auto complacencia erotizada, un narcisismo ¿sano? En todo caso, el psicoanálisis que se desarrolla en Inglaterra está menos influido por la Sociología y la Antropología. No es tan filosófico, ni conceptual pero es más clínico e inductivo. Se concentra más en los primeros meses de vida y en los vínculos personales. Entonces una madre que acoge, y que es “suficientemente buena” (Winnicot), es capaz de dotar a su vástago de una seguridad “ontológica” que le permite enfrentarse a los imperativos sociales preservando un autoerotismo que es como el residuo del poderoso lazo con la madre. Aunque la visión de Klein pueda ser más sombría tampoco es muy diferente. El recién nacido está sometido a vivencias aterradoras de abandono y fragmentación, pero también a otras de plenitud y cohesividad. Solo en la medida en que niño atesore a la madre como un “objeto bueno” y protector puede asumirse como un sujeto diferente. Soy un “sujeto libre” y no una mera máquina- engranaje en la medida en que estoy habitado por una presencia tutelar que me infunde esa confianza, y ese aprecio por la vida, que me permite decidir en vez de repetir.

Entonces resulta que Zizek, en la pista de Lacan, imagina un individuo sobre determinado por lo social. Una suerte de robot infeliz que cuanto más cumple su deber tanto peor se siente. Mientras tanto, Klein y Winnicot dejan más espacio para lo “personal”; es decir, para las vicisitudes de las relaciones familiares y la propia agencia personal.

IV

Para Zizek la sociedad está ahora presente de una manera distinta dentro de los individuos. En reemplazo del súper ego moderno, -a la vez protector, ascético y sádico- se tiene un súper ego mucho más imperativo e insidioso. Su único comando es ¡Goza! Pero no se trata de un goce libre y discriminado, sino compulsivo y hasta sufriente. Si no gozas debes sentirte culpable pues eres un perfecto y despreciable imbécil. Por ejemplo, si te quedas en tu casa un viernes en la noche te tienes que sentir mal. Eres culpable de no cumplir con tu deber. El comando ascético de ¡trabaja y productiviza tu tiempo!, propio de la ética protestante y de los primeros tiempos del capitalismo, cede parte de su imperio al nuevo mandato de ¡consume y goza! característico del capitalismo de alta productividad y de la sociedad sin dios ni padre. Ahora nadie quiere sermones y todo pastor es visto con sospecha como alguien que quiere aguar la fiesta para llevarse la parte del león del goce. Solo los fanáticos, los que se niegan a ser sujetos, aceptan que alguien tenga la última palabra. Su goce será sentirse buenos e inocentes.

Según Zizek la fuerza creciente de este imperativo nos coloca en una situación paradójica si se toma en cuenta la gravitación paralela de ese otro mandato, que siguiendo a Foucault, podría llamarse “cuidado de sí”. “El hedonismo de hoy en día combina placer con restricción. Ese es el precio que tememos que pagar para acceder al placer. En todo caso, el placer está desprovisto de su sustancia: café sin cafeína, cerveza sin alcohol, chocolate laxante, xanax con champagne. Tomen lo que quieran por que aquello que tomen está ya desprovisto de su capacidad de producir una satisfacción profunda”.

Se tiene, entonces, un cortocircuito. Lo que te causa placer te mata. Como tú quieres placer pero no quieres morir, tienes que restringir el placer en función de la salud y la vida. Hasta tal punto que tu vida se puede volver desabrida. Según Zizek esta es la realidad del hombre en el mundo de hoy.

Quien sabe podrías ir un poco más lejos de Zizek y cifrar en tres el número de imperativos que emanan de la sociedad de hoy: 1.- Trabaja y rentabiliza el tiempo, 2.- Goza y diviértete a lo grande 3.- Cuídate y vive todo el tiempo que tu organismo te lo permita. Apenas formulas estos mandatos te resulta obvio que hay tensión entre ellos. El goce deja de ser placentero en algún punto para convertirse en un exceso que te destruye. Tomas, comes, te drogas. Pero al día siguiente, ¡qué dolor de cabeza! Y la depresión acecha. De otro lado, el trabajo se convierte en una obsesión y terminas sumergido en una repetición monótona. En el fondo no haces más que esperar la muerte. Finalmente, te cuidas tanto que dejas de vivir, eres algo así como una momia. Entonces, conclusión: no es nada fácil lograr un equilibrio entre estos imperativos. En realidad parece que no hay fórmulas generales de manera que cada uno lo tiene que intentar como mejor puede.

V

Es paradójico que Zizek quiera ocupar esa posición, cada vez menos posible, de amo o pastor. De ese “papa (que) lo sabe todo”. De hecho, siempre tiene algo que decir. No hay pregunta para que no halle respuesta. Los desafíos están allí para ser esclarecidos, para precisar la salida “correcta”. No hay guante que no recoja, es imposible imaginarse a Zizek callado. Su locuacidad es entusiasta y arrebatada. Pero su discurso es casi siempre innovador y refrescante. Su eficacia se juega en el terreno del “ejemplo”. Para Zizek, el ejemplo no es un avance de lo conceptual sobre lo empírico. Una simple demostración de una idea previa. Tampoco, de otro lado, es un momento puramente inductivo, a la manera de esa intuición o revelación, donde el examen de un caso permite elaborar nuevos conceptos. En realidad, para Zizek el ejemplo es ambas cosas a la vez. Para entender mejor, conviene analizar un ejemplo de los muchos que abundan en su obra. En numerosos textos Zizek desarrolla la idea de que el súper ego post moderno es mucho más insidioso y comprometedor que el vigente en las “apacibles” épocas del patriarcado moderno. Antes el padre decía a sus hijos “Mañana vamos a visitar a la abuela. A mi no me importa lo que Uds. quieren o piensen. Es su obligación. Y tienen que cumplirla. No hay más”. Los niños renegaban un rato pero aceptaban la orden como una fatalidad del destino. Ahora el padre dice a sus hijos “Mañana voy a visitar a la abuela. Como Uds. suponen, a mi me gustaría mucho que me acompañen. Su abuela los quiere mucho y se va a poner feliz. Pero vengan conmigo solo si quieren. De lo contrario pueden quedarse en casa”. El mandato post moderno es más complejo y comprometedor. Exige una despersonalización u “obediencia voluntaria”. Una suerte de allanamiento total. Los niños no sólo deben visitar a la abuela sino que tendrían que disfrutar de hacerlo. No pueden siquiera renegar. Tienen que tratar de convencerse de aquello que no sienten. No pueden aceptar sus sentimientos. Para Zizek esta situación pone en evidencia el declive de la autoridad paterna y su reemplazo por un chantaje emocional. En efecto, el subtexto de la admonición post-moderna es: “Uds. van a ir porque lo disfrutan, porque son buenos hijos, y si no estan contentos es porque son malos hijos, y yo, desde luego, no he hecho nada para merecer vástagos así”.

El ejemplo funciona para Zizek como ese espacio de re-creación de la teoría que permite hacerla más pertinente a la actualidad de la vida. No obstante, por tu lado, tú no puedes dejar de observar que este ejemplo no es atinado para los fines que pretende Zizek; es decir, hacer visible que el imperativo post-moderno es ¡goza! En efecto, aquí se exige a los niños ¡sacrifícate y pon buena cara! ¡renuncia a tu deseo sin hacerlo notar, sin que nadie se de cuenta! ¡Oculta tus sentimientos! En realidad, a diferencia de Zizek, tú piensas que el ejemplo pone en evidencia una articulación de mandatos. A la vieja exigencia ascética del cumplimiento del deber se agrega ahora la exigencia de que ese cumplimiento debe ser vivido como goce y disfrute. No es evidente que este ejemplo funcione en su discurso como el laboratorio que él pretende. A ti te parece que en este caso el ejemplo le sirve como ilustración de una idea previa. Para ti lo que el caso hace visible es la hegemonía del mandato sacrificial sobre el mandato de goce. El goce queda reducido a una pretensión o semblante a mantener. En todo caso, por último, el sacrificio es la fuente de goce.

En cualquier forma el ejemplo es, quizá, el elemento más distintivo de la discursividad de Zizek. Le permite moverse entre las ideas más abstractas y las realidades más inmediatas. Sucede que nunca has leído a alguien que se mueva con tanta libertad entre ambos planos. Ahora bien, sus autores favoritos, Lacan, Hegel y Marx, son citados en referencia a acontecimientos recientes, inmediatos. Por lo general esas citas pretenden abrir nuevas posibilidades de comprensión. Su pensamiento está poseído de la urgencia de servir a la vida. No se trata tanto de entretener sino de salvar y redimir. El aliento profético es decisivo en su discurso.

Pero el humor y la ironía están constantemente presentes en su escritura. Este aspecto remite a lo que puede llamarse, el “goce zizekiano”. El goce de Zizek está en defraudar las anticipaciones de sus lectores poniendo en evidencia, en una suerte de revelación genial, inesperada, una realidad oculta. Entonces, en un inicio la argumentación avanza por caminos predecibles, pero, ¡espérate! ahora resulta que todo lo elaborado es mera superficie que debe ser entendida como síntoma de algo mucho más profundo. A Zizek le gusta ser contraintuitivo, subvertir los fundamentos del sentido común. Es notoria la felicidad del autor al dejar sin piso a su lector. A (re)conducirlo por caminos inéditos en un ímpetu de maliciosa seducción. “Si tu creías que las cosas eran así, como aparecían, no te apenes. No es que seas tonto. Es que no te habías dado cuenta de esto y lo otro”

Ahora tomas otro ejemplo de Zizek. En algún momento dice que las reglas de interacción social propias de Occidente parecen condenar al individuo a una soledad insoportable. Aquí queda inmediatamente evocada la nostalgia de comunidad, el anhelo de un contacto profundo entre la gente. Es decir, todo el sentido común que cifra el malestar de occidente en el individualismo desamparado que aísla y deprime a las personas. No obstante, acto seguido, Zizek valora en esas reglas de interacción social, que prescriben la “desatención cortés” para usar un término de Goffman, el mayor logro de Occidente. En efecto, gracias a estas reglas de “buena educación”, nos distanciamos del prójimo y podemos convivir con él. De otra manera si estas fronteras no se establecieran, la otredad fuera intrusiva e insoportable, y la consecuencia sería la envidia y la guerra. Es decir, lo que sucede constantemente fuera del mundo occidental. Entonces, en este ejemplo lo que parece la debilidad de occidente resulta ser, paradójicamente, su mayor fuerza. Pero el ejemplo de Zizek no te parece tan convincente pues se prejuzga que la cercanía lleva necesariamente a una dinámica de desconocimiento y odio. Y esta dinámica no es la única posible. Puede ocurrir el reconocimiento tal como se manifiesta en el intercambio de dones y, sobre todo, en el ágape. Lo que Ricoeur considera el círculo virtuoso de la proximidad. En efecto, en la dinámica equilibrada entre el don y el contra don se entreteje una relación donde la confianza es posible. Y en el caso de ágape, menos duradero pero emocionalmente más intenso, se impone el “ánimo grande”, la generosidad y el desprendimiento que no humilla y aleja sino que estrecha los vínculos de la gratitud y el amor.

No deja de ser paradójico que el autor que se presenta como el heredero y el renovador del pensamiento de izquierda sea quien pretenda enterrar la idea de comunidad como mistificación romántica y fascista. Más paradójico es aún el hecho de que en su obra se encuentren numerosas referencias para teorizar la comunidad como un hecho real y no solamente un delirio colectivo. La comunidad se funda en formas compartidas o similares de goce, en hábitos colectivos o individuales que permiten alguna forma de expresar el disfrute. Esta perspectiva permite releer y rehabilitar géneros como la literatura costumbrista, el ensayo sobre el carácter de los pueblos y la psicología de las sensibilidades colectivas.

VI

Has visto varias grabaciones en video de Zizek. Su hablar es enérgico y resuelto aunque entrecortado. No quiere ser fluido y melodioso. Su inglés tiene un fuerte acento (¿esloveno?) que te resulta fácil de comprender. Más aún porque su pronunciación no es afectada. No quiere pretender ser un hablante nativo. De otro lado, su gestualidad, el movimiento aparatoso de manos y brazos, agrega un sentido de urgencia, un deseo de convencimiento, a su discurso. Zizek sabe demasiado bien lo que va a decir de modo que no teme prodigarse en ejemplos y en oraciones subordinadas. El hilo conductor de su discurso reaparecerá en algún momento. Zizek se envuelve en una atmósfera de teatralidad. Trata de ser irónico y divertido. Explicar lo más complejo en los términos más sencillos. Pero su goce es máximo cuando deslumbra. Es la estrella de la teoría y del pensamiento crítico. Nadie puede competir con él en términos de manejo de conceptos y conocimiento de hechos relevantes. Siempre polémico y sorprendente, le apasiona llamar la atención. Escribe, da conferencias, sostiene entrevistas, filma documentales. Su productividad es inmensa. Por más talentoso que pueda ser es visible un esfuerzo permanente de lectura, de síntesis de la mucha información que recoge. Buscando, además, vincular esa información con los conceptos que permanentemente re-elabora.

Zizek evita referirse a su vida privada. Pero es obvio que leer, escribir y ver películas debe tomar la mayor parte de su tiempo. De hecho Zizek parece un adicto al trabajo. Esta es la única manera de explicar su “stajanovismo”, su enorme productividad intelectual. Si fuéramos a explicar su vida, lo que sabemos de ella en base a sus teorías, tendríamos que decir que su goce es su trabajo. Los imperativos de goza y trabaja están confundidos pues el trabajo pareciera ser, para él, su único goce.

VI

Pero anda concluyendo, termina. Para Zizek el narcisismo originario es arrasado por la sociedad. La satisfacción pasa a convertirse en una promesa que nunca se cumple pero que sirve para arrancarle a la gente sus mayores esfuerzos. Este es el llamado “heroísmo de la destitución subjetiva”. Asumir que no somos nada pero seguir pretendiendo que lo queremos todo. Movernos con pasión hacia ninguna meta pues al final lo que importa es el despliegue de nuestra propia vitalidad.

Pero tú ya no puedes creer más en esa historia. Ahora buscas esa “abierta complacencia”, sabiendo que es problemática pero, en todo caso, de ninguna manera quieres ser esclavo de un amo cruel. Como criollo que eres, tu relación con la ley es muy distinta a la de un europeo. Sabes que la “trasgresión prudente” puede ser la llave a esa “abierta complacencia”. En todo caso no quieres ser un robot. Para ti el proceso terminó, te fuiste de la corte sin esperar tu sentencia.

¿Tu autocrítica te libera? ¿Estás más allá de la culpa? ¿Y qué pasa con los ideales? Según Lacan hay que “atravesar la fantasía”, identificar ese Otro para quien queremos ser deseables. Ese Otro que toca la música a cuyo compás bailamos. Ese Otro es social; es decir, es algún común a (casi) todos. Son los grandes valores, lo irresistiblemente deseable. Se trata del ascetismo de la negación de sí en la proeza del trabajo y del progreso, o es el consumismo capitalista, o es cuidado del propio cuerpo. En todo caso, “atravesar la fantasía” significa desprenderse de lo compulsivo de los ideales sociales. Es el paso decisivo en recuperar la libertad, en dejar atrás la culpa que persigue y mecaniza. Y, de otro lado hay que “identificarse con el síntoma”. Aceptar las maneras en que uno goza pues ellas son el fundamento del propio ser.

No obstante hay tensión entre estos postulados. Por ejemplo, qué sucede con alguien cuyo goce es la renuncia a sus deseos, el sacrificio a los ideales, una vez que logra liberarse del imperio de esos mandatos. Si su goce ha sido el sacrificio, entonces, qué camino le queda abierto. En su caso el atravesar la fantasía significa desestructurar su forma de goce, el núcleo de su ser en el mundo, de su síntoma.

Piensa, por ejemplo, en tu generación. Los ideales eran la revolución política y la liberación de la sensualidad. El marxismo era el “horizonte insuperable”. Los sacrificios valdrían la pena. Pero resulta que se cae el muro de Berlín. En tu generación, había mucho de mentira y también de ilusión. En todo caso el sacrificio pasa de moda. Y lo que queda es la recuperación de la sensualidad. La liberación sexual, la sofisticación gastronómica, la intensa preocupación por el cuerpo. En todo caso el sacrificio por el futuro personal. Surge la llamada “izquierda caviar” (Perú) o la “izquierda rosa” (Chile). Al renunciar al sacrificio los integrantes de tu generación han perdido un goce que tratan de reencontrar en lo sensorial y en la familia nuclear. ¿Tu dirías que hay nostalgia de la época que pasó? ¿Son ahora más felices?

Pero tu misma generación evolucionó de manera distinta en otros países. En su novela Nieve, el reciente Premio Nobel O. Pamuk documenta el tránsito del marxismo al islamismo de aquellos que fueron jóvenes en los años 60 y 70. El islamismo conserva los ideales del marxismo. La crítica al poderío imperialista, la defensa de los pobres, el ansía de comunidad. Pero todo ello en el marco de un proceso de re-sacralización del patriarcado. Dios ha regresado con mucho más fuerza que antes y exige los sacrificios de siempre.

Entonces terminas con una cita de Pamuk “…los recuerdos del paraíso solo pueden permanecer vivos mientras seamos capaces de imaginarlos”. ¿Debemos imaginar el paraíso? ¿No será incrustar en nuestras vidas un ansía mortificante de absoluto? De repente nunca hubo paraíso ni habrá tampoco redención. O puede que el paraíso sea ese momento de tranquilidad que no supiste apreciar por querer siempre más.