¿El regreso de lo peor?

Resulta inquietante la falta de criterio del gobierno de García en el manejo del fallo de la Corte Interamericana de DDHH sobre los sucesos de Canto Grande.

Se trata de un tema complejo donde mejor es ir paso a paso:

1.- La matanza de Canto Grande se sitúa entre el golpe del 5 de abril de 1992 y la captura en Septiembre de Abimael Guzmán. En ese período Sendero alardeaba de haber conquistado el “el equilibrio estratégico”. En respuesta, el gobierno quería demostrar, a todo el país, que estaba dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para reestablecer el orden. El hecho más contundente de esa demostración fue el ajusticiamiento de la dirigencia senderista presa en Canto Grande. Era una respuesta brutal a la insensata provocación de Sendero. En efecto, Sendero definía a los penales como “luminosas trincheras de combate”. Es decir, una suerte de “espacios liberados” en los que la lucha continuaba y donde se desarrollaba una vida “heroica”, disciplinada y comunitaria. Pese a la demencia senderista la matanza fue ilegal e innecesaria. Fue un acto terrorista. Aunque contara, como veremos, con un amplio respaldo social.

2.- Fueron asesinados 41 reclusos. En el caso de 1986 los muertos, en Lurigancho y el Frontón, fueron más de 300. Ahora bien la matanza de 1986 no fue planeada. Se origina cuando el presidente García exige una solución drástica e inmediata a los amotinamientos senderistas en los penales. Esta exigencia fue muy bien recibida por muchos de los altos mandos militares. Por fin podrían dar esa lección de sangre.
3.- La matanza de 1992 quiso representar la determinación del gobierno a escalar la guerra contra Sendero mediante la radicalización del uso del terror contra los terroristas. Ya no solo en Ayacucho sino también en Lima. Finalmente ese escalamiento no fue necesario puesto que ocurrió lo que nadie había imaginado: la caída de Guzmán y el desplome de Sendero. La pretensión de ser invencibles se desinflaba. En realidad, esa pretensión era un alarde, y una arrogancia, que “mejoraba” la moral de combate de los senderistas. Pero, de otro lado, producía miedo y justificaba una mayor violencia contra ellos. Sendero creía, fanáticamente, que azuzar la violencia era el camino de la victoria.

3.- La matanza de 1986 ha recibido más atención pública. En su momento, despertó indignación y el propio presidente García exigió el esclarecimiento de los hechos. La comisión Ames esclareció los sucesos pero su dictamen no fue aprobado. Entonces, al final no hubo una versión pública y oficial de lo sucedido. En realidad la mayoría de los ciudadanos supo lo que había pasado pero prefirió no reconocerlo. Como consecuencia se trató de salvar las apariencias recurriendo a la confusión y al olvido. En esta política, de “ignorancia premeditada”, el concepto de exceso es central puesto que define al crimen como una excepción lamentable pero comprensible. En realidad la idea de “exceso” es ingenua y cínica al mismo tiempo. Ingenua porque calificar como excesos hechos sistemáticos y premeditados es contradictorio. En efecto, si lo excesivo es la regla se convierte en lo “normal”. Cínica porque la idea de exceso esconde la convicción de de que los senderistas no deben tener derechos y que deben ser asesinados sin misericordia por todo el daño que causan. Esta mezcla de ingenuidad y cinismo está destinada a salvar las apariencias de legalidad y civilización (se trata de hechos infrecuentes y lamentables), encubriendo la voluntad de exterminio

4.- No obstante debe tenerse en cuenta para ser justos con los defensores del orden que no hay guerra civilizada. La barbarie es muy difícil de controlar pues los comandos de las fuerzas en conflicto tienen que dar rienda suelta a los impulsos agresivos de sus tropas. No obstante este argumento es relativo pues desde la época de Genghis Khan y Atila, la guerra ha sido “reglamentada”. Gracias a la convención de Ginebra el ajusticiamiento del rendido y la tortura, por ejemplo, son ilegales.

5.- La matanza de 1992 es más sórdida. Estaba planificada. Si se salvo Morote, el número dos de Sendero, fue por el temor a la opinión pública mundial. En realidad, Fujimori sostuvo una versión inverosímil de los hechos. Quiso presentar como un combate lo que fue una masacre. Pero en ese momento nadie quiso cuestionar esa versión. Sendero había perdido la batalla ideológica. La izquierda estaba fragmentada y en retroceso, y el mundo popular le había dado la espalda a Sendero.

5.- Todo indica que Fujimori es más culpable por los muertos de 1992 que García por los de 1986. No obstante la opinión pública ha ignorado, justificado, el crimen de Fujimori. Es como si Fujimori hubiera actuado con una “licencia social” que no tuvo García.

6.- El fallo de la corte “oficializa”, reconoce, lo que es ampliamente sabido. Es decir, que hubo premeditación y alevosía en los asesinatos de Canto Grande. Las víctimas eran ciertamente culpables pero fueron asesinadas al margen del ordenamiento legal. No obstante, repito, esta matanza contó con un amplio apoyo social. Entonces, en estas circunstancias, tener que pagar elevada sumas de dinero a los parientes de estos culpables-victimas es algo que se siente como injusto. Por ser víctimas merecen compensación pero por ser culpables, castigo. Esta situación tendría que ser esclarecida en la línea de lo planteado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Es decir, la culpabilidad no justifica la ejecución fuera del sistema judicial. En realidad, predominó la barbarie, la lógica de la venganza y el exterminio. Se debería reconocer que eso fue lo que sucedió. Pero una reparación económica está fuera de lugar.

7.- García ha presentado el fallo de la Corte de una manera cínica, no respetando la inteligencia de la ciudadanía. En el fondo pretende (re)validar la “licencia social” para matar que le fue acordada a Fujimori a principios de los años 90. En todo caso, la táctica de García ha sido confundir los hechos. Entonces dice que el Perú está siendo juzgado por gente que no conoce lo que era Sendero. De otro lado, insiste en que la matanza no fue tal. No hubo premeditación sino pura reacción contra la intransigencia senderista. En este punto García podría estar confundiendo 1992 con 1986. García, menos culpable salva a Fujimori, el más culpable. En cualquier forma se va construyendo el pacto cómplice del olvido y de la mentira. En este punto García y Fujimori son expresión de lo mismo. Autoritarismo, renuncia a la lucidez, corrupción. Fujimori es, desde luego, más siniestro.

8.- La necesidad de hacer noticia, el exhibicionismo y la adulación, desestabilizan a García. Se le ve lleno de sombras. La depresión lo ronda. Y ser (ad)mirado por la gente es el gran antídoto. Pero parece necesitarlo en proporciones cada vez mayores. La voracidad de protagonismo de García es uno de los elementos más desequilibrantes de la actual política peruana. No obstante, a García se le tiene que agradecer que el caudillismo arrogante, autoritario y sin ideas de Humala, no llegara al poder. El Perú estaba en riesgo de perder lo avanzado en un salto al abismo de la improvisación y la demagogia. La exasperación popular creó al Humalismo. No obstante, Humala no ha logrado encaminar de una manera constructiva esa exasperación.

9.- Resulta entonces paradójico que el fallo de la Corte refuerce el entendimiento entre García y Fujimori. En todo caso se puede palpar los frutos del rechazo del informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. ¿Será posible moralizar el país? ¿Las iniciativas del gobierno de García son solo gestos para las galerías?