La posibilidad de juzgar parece evidente. Ese es un violador que se aprovechó de su fuerza para gozar a una niña. Una vez capturado dice que la pasión fue más fuerte que su conciencia. Implora la piedad que no tuvo para que su condena no sea tan drástica. Tales confesiones me perturban pues no puedo descartar totalmente su argumento. Pero vivir es mirar hacia delante y ese cuestionamiento me detiene. Hace que el mundo luzca absurdo, que valga menos la pena. Pero las preguntas regresan ¿Podría YO hacer algo así? ¿No han pasado por mi cabeza crímenes peores que ese? Pero la posibilidad de juzgar se abre paso desde el momento en que reniego de esa añoranza por hacer mal que hay en mí. Pero esa renegación, no soy ingenuo, es siempre precaria y temporal. Es una lucha que no siempre gano.

Resulta que si podemos juzgar. Entonces, ¿cuál es el problema? Veamos el caso de los que se llamaban socialistas. La gente que se identificó con la izquierda heredó toda la indignación contra la injusticia del poder. La identificación con los débiles y la búsqueda del absoluto fueron, sin embargo, perdiendo fuerza. Asomaron las primeras inconsecuencias. Con la caída del socialismo real la comunidad moral se desintegra. Cada uno a lo suyo. ¿Los ideales ocultaban –desde siempre- pretensiones de poder? ¿Cómo juzgar a la persona que se acomodó a codazos a una existencia mediocre? ¿Y a la qué se inmoló en el altar de un supuesto deber? ¿Y al que se autodestruyó drogándose? Y de seguro hay muchos que, reconciliados con la vida, piensan que el mundo es así: un tanto negro y otro tanto blanco. Y que dada esta situación, cuidar de sí, sin perjudicar al otro, ya es bastante.

Spinoza, Deleuze, y Derrida son filósofos de la potenciación de la vida. Sobrevivir dice Derrida es no pasárselas esperando morir. Hacer honor a la posibilidad que se abre en todos los instantes. El heroísmo de decir sí. Pero, también ¿quién sabe? Mi ánimo no me deja de sorprender. La tristeza siempre anda rondando por allí. A veces me toma por asalto. No pide permiso. En todo caso lo de Derrida suena bonito.

II

Cada uno se las arregla como puede. ¿Quién puede juzgar? ¿Alguien puede pretenderse limpio? ¿Cómo estar tan seguro?

En algunas situaciones la idea de elección y culpa me parecen el fundamento de la sociedad. No se puede tolerar el mal, el gozarse con el malestar de los otros. Pero en otros juzgar parece más complejo.

¿He recibido lo que merezco? ¿Debo darme como un resentido? ¿Un acreedor que cobrará al mundo sus decepciones? ¿O seré un paciente que controlará su odio? ¿O, acaso, debo agradecer a la vida por haberme dado mucho más de lo que toca a la mayoría? ¿Pero así es la vida?

Entonces, si encuentro tan complicado el juzgarme a mí mismo, ¿como juzgar a los demás? De repente mis juicios no son más que extrapolaciones de mis conveniencias. Por ejemplo, ese tipo allí es malo porque me quitó lo que quería, eso que era mío. Pero: ¿era realmente mío? Puede que el otro sea mejor que yo. Perdí y eso era justo. ¿Pero en verdad lo era?

No me dio lo que tanto quería pero fue en uso de su libertad. ¿Cómo juzgarlo? Mis deseos no pueden significar imposiciones.

III

Se murió y la gente habla tan bien. No hay difunto malo. Pero la vida sigue. En su velorio se encuentra gente que no se ha visto durante mucho tiempo y circulan las historias y los chistes. No seré como ese, te dices. Te quedarás un tiempo más porque tienes miedo a la muerte o estás apegado a la vida. Pero los cercanos llevan la pesadumbre con zozobra. Se les agrieta el corazón.

El hecho es que se murió. Todos quieren pensar en un más allá y en un reencuentro. En una prolongación feliz de lo que se vivió acá.

Pero tú, como todos, sabes que el finado no fue tan brillante como se le pinta. ¿No serás un envidioso? En todo caso tu juicio sobre él ha cambiado. Antes pensabas que había los buenos y los malos. La izquierda y la derecha. Y el era de los conservadores convenidos. No merecía comprensión. Ahora no lo sabes bien. Pero lo que si sabes es la arrogancia ética de la izquierda fue una perversión que justificó la rabia y la violencia. En realidad comprendes que es muy difícil que el deseo de justicia se purifique de la crueldad y la revancha. Y, desde luego, de la intolerancia. Siempre me costó entender que Arguedas soñara con abolir la rabia. La idea de un corazón limpio y de una inocencia primordial te pareció una agresión personal porque tu estabas demasiado cargado de rabia. Ahora has cambiado. Comprendes más, juzgas menos.

Pero a veces necesitas juzgar. Necesitas saber dónde estás y qué vas a hacer. Es como superar tu miedo. Dejar atrás tus dudas. Tienes que ser valiente. No puedes quedarte paralizado.