¿EL MAL ABSOLUTO?

La muerte de Pinochet hace ver con claridad que no hay justicia en este mundo. Quizá, quien sabe, sintió culpa. No obstante para todo lo que hizo sufrir, morir en su cama, a los 91 años, y rodeado de afecto, aunque también de odios y cuestionamientos, es mucho más de lo que alguien se merece en esa circunstancia. El asunto es aún más complicado porque hay gente que piensa que su dictadura, con los muertos y torturados, se justifica a la luz del crecimiento económico que inauguró su gobierno. Chile seguirá dividido.

Puedo entender que la gente brinde por la muerte del dictador. Pero no podría compartir una actitud así. Tampoco estoy de acuerdo con su satanización absoluta, como si fuera la encarnación misma del mal. Me preocupa que tanta gente sienta la necesidad de eliminar cualquier vestigio humano de su figura. Creo que esa gente será también propensa a lo opuesto. Es decir a santificar como bien absoluto a otras figuras. Demonizar, santificar, absolutizar, son actitudes autoritarias pues reducen la complejidad de la vida a conceptos sin matices, moldes inhumanos.

No se trata de exculpar a Pinochet. Los testimonios apuntan a señalar que fue un hombre sin muchos principios, gozador y taimado. La fortuna lo puso en una situación en que hacer sufrir a mucha gente podía acarrearle grandes beneficios. No dudo en tomar la oportunidad. Se encaramó en el golpe que estaba en marcha, traicionó a Allende, y logró, finalmente, controlar el gobierno durante 17 años. No teniendo grandes luces se trató de creer un predestinado. Su entorno lo acabó de convencer. Fue más pragmático y tuvo mucho más suerte que sus homólogos argentinos. Prefirió usar de la tortura y la intimidación antes que del asesinato. Hacia el final de su actuación pública cayó en la corrupción. Cobró comisiones por la compra y venta de armas. También sucumbió a la tentación de robar.

Me imagino que habrá querido a sus hijos, quizá a su esposa, a la que sin embargo engañó. Era un hombre sin grandes miras históricas. No le importó sacrificar vidas ajenas. Mandó a matar a mucha gente. Sus afectos privados no lo redimen de su actuación pública. Sus eventuales aciertos en el gobierno tampoco justifican su cruel dictadura.

No obstante, no puede estar de acuerdo con su satanización absoluta que no es sino su exilio de la especie humana. Nos guste o no, Pinochet era un ser tan humano como todos nosotros. Sin que signifique disculparlo debemos entender el horror moral en que cayó. En este caso no suscribo la tesis de Hanah Arendt sobre la “banalidad del mal”. Pinochet sabía lo que hacía y disfrutaba de su poder. Las huellas del mal están patentes en su sonrisa jactanciosa, en su desprecio frente al dolor de tanta gente. Todos podemos ser así. Es parte de la condición humana.

Pero quizá la justicia de la historia pueda llegar de manera de restituir un rostro humano a Pinochet. Verlo entonces como un semejante que nos hace avergonzarnos de compartir con él la misma condición humana.

Ojalá esa gente que lo defiende tome conciencia del sufrimiento que ocasionó y de su propia podredumbre moral. Con el tiempo se verá más claro que para ello no hay justificación posible. Y esa gente que celebra su muerte, ojalá que comprenda que Pinochet era un hombre ciertamente retorcido, cruel y oportunista; pero tampoco la encarnación del mal absoluto.