Homenaje a Gao Xingjian
I.
Hace muchos años, cuando empezaba a escribir, se nos imponía usar la tercera persona como la perspectiva más adecuada para dar cuenta del mundo. Había que escribir, por ejemplo: “los jóvenes piensan que el Perú es un país explotado por el imperialismo”. O que “el paro del 19 de julio de 1977 tuvo un carácter insurreccional”. El autor no tendría porque ponerse en evidencia pues la realidad era entendida como algo unívoco, objetivo, impersonal. Además, el uso de la primera persona era repudiado pues se le consideraba exhibicionista, índice de un deseo de protagonismo personal. Así, por ejemplo, una frase como “yo creo que el paro fue subversivo” era tenida como innecesariamente subjetiva, poco científica. Definitivamente reprochable.
Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Pero la enunciación ha sido para mí algo inquietante y problemático. Intuía que la manera en que se enuncia algo tiene muchas consecuencias. En breve, afecta la percepción de ese algo y hasta la credibilidad de lo dicho. Entonces, ahora quiero elaborar un poco esas intuiciones. El estímulo para esta empresa ha sido la lectura de J.M. Coetzee y sobre todo el contacto con la obra de Gao Xingjian. Una obra que por el momento prefiero no calificar pues no me siento en la capacidad de hacerlo.
Mi argumento es, en realidad, el hilvanamiento de una serie de aprendizajes personales. En síntesis podría cifrarse con las siguientes palabras: la persona gramatical desde la que se habla influye la manera en que se entiende la realidad y, también, el significado que el autor reclama para sus enunciados.
II.
Una enunciación impersonal, desde la tercera persona, invita a pensar en una realidad coherente, que puede ser aprendida mediante juicios categóricos. Al remarcarse que “las cosas son…” se eliminan las dudas y se refuerza la certeza. No se invita al diálogo, al menos explicitamente. Esta enunciación corresponde, en literatura, a lo que Bajtin llama el monologismo del narrador omnisciente. Se trata de una enunciación que, como la voz de dios, va creando el mundo a medida que lo nombra. Solo hay una realidad.
Por su parte, la enunciación desde la primera persona corresponde al género autobiográfico o testimonial. Género que en la época a la que me he referido, mi juventud temprana que coincide con el apogeo del estructuralismo, era tenido como la negación de la ciencia, la renuncia a cualquier vocación de objetividad. A lo mucho, el testimonio era entendido como un “documento” o “fuente”, es decir, algo relativo y necesariamente tendencioso, que debía ser tomado como un signo problemático dentro de un panorama más vasto y complejo.
Solo desde la teoría y de la tercera persona sería posible alcanzar la anhelada objetividad. La enunciación teóricamente informada era la única legítima en la medida en que hacía posible trascender la “falsa conciencia” de los que por ese entonces se llamaban “soportes de la estructura”. Y que ahora nombraríamos como sujetos o personas.
Además, reitero, el uso de la primera persona era también repudiable por su inmodestia, por la pretensión implícita, imposible, de representar la objetividad desde un lugar meramente personal de enunciación. Es decir, desde coordenadas biográficas definidas. Existía la fantasía de un lugar desde donde era posible la objetividad plena. Ese lugar era la Teoría Científica a la que, como el ojo de Dios, nada se le escapa.
En cualquier forma, resulta que uno estaba autorizado a describir las cosas siempre y cuando lo hiciera desde un fundamento conceptual y desde una enunciación que invisibilizara cualquier subjetividad pues, desde el postulado de una realidad única, “la impresión” y “la primera persona” eran individualismos aberrantes. En definitiva, el “yo siento” o el “yo creo” eran caminos de extravío para el esfuerzo científico.
III.
Toda esta situación empieza a cambiar con la crisis del estructuralismo y, como consecuencia, con la postulación de una realidad infinita, siempre (re) construida por la interacción subjetiva. Resulta, entonces, que el mundo es complejo e inagotable. No hay un sistema definitivo que totalice todo lo existente en una verdad única. Por tanto, el testimonio y la impresión no son necesariamente falsos y descartables. En todo caso el relato objetivista y omnisciente, escrito desde la tercera persona, pierde su aura de rotunda cientificidad. Se impone la idea de que ante la verdad solo caben aproximaciones. Acercamientos que resultan de diálogos, de interacciones razonantes de múltiples personas-perspectivas. En el campo teórico, paralelamente, se consolida un eclecticismo que supone que toda conceptualización es relativa. No hay palabras o argumentos finales. Solo esfuerzos permanentes e inacabados. Algunos más sugerentes que otros, desde luego. En todo caso la idea es que todo concepto visibiliza ciertas realidades pero, también, invisibiliza otras. Repito, no se trata de un deslizamiento hacia un relativismo generalizado pues hay relatos que son tenidos como más apropiados que otros. Aunque ninguno se pueda concebir como el único posible.
Mientras tanto, en el campo de la literatura, paradójicamente, la primera persona comienza a resultar una tipo de enunciación estrecha y limitante. Hablar desde la primera persona implica asumir presunciones demasiado fuertes e irreales. En efecto, la primera persona, escribir desde el “yo”, supone privilegiar la estabilidad y la coherencia. Desoír las voces disidentes y las corazonadas, esforzarse para ignorar el descentramiento del mundo interior. Pero, aún más decisivamente, escribir desde el yo es asumir una posición de acusado que se defiende de su amenazante multiplicidad ocultando parte de su realidad y rodeándose de buenas intenciones y disculpas. La enunciación desde yo es una camisa de fuerza que hace mucha más ardua la lucidez.
Referirse a sí mismo como “él”, escribir del “yo” desde la tercera persona facilita mostrar las ambigüedades y contradicciones propias de la condición humana. Por ejemplo, en sus escritos autobiográficos, Infancia y Juventud , J.M. Coetzee escribe de sí mismo como si se tratara de un otro, de un “él”. Gracias a esta perspectiva Coetzee puede ser más veraz, complejo y profundo. Nos puede hacer partícipes de los horrores de su mundo y de sus propias mezquindades con una gran sinceridad. Su enunciación le facilita eliminar la vergüenza y el exhibicionismo. Se muestra desnudo, sin pedir aplausos ni demandar compasión. Puede ser implacablemente objetivo. En contraste, escribir desde el yo tienta a figurarse como héroe, a defender una imagen. Pero, reitero, escribir de si como si uno fuera otro permite a Coetzee una gran lucidez. No tiene que defender a nadie. Solo evidenciar la fragilidad de un personaje que se vuelve cada vez más complejo y humano, próximo a sus lectores.
IV.
La enunciación de Coetzee me pareció genial Nunca había leído a alguien que escribiera de sí mismo con tanta inocencia. Sentí que su invitación a compartir devergonzadamente su humanidad era un desafío a sus lectores para ser sinceros en la admisión, y elaboración, de nuestra propia complejidad.
Pero debo decir, atónito, que la extraordinaria lucidez de Coetzee palidece si nos acercamos a Gao Xingjian. El proyecto de este escritor es radical. Su enunciación es mucho más compleja. Le permite una lucidez insospechable. Todas las personas gramaticales tienen su propia voz. Pero el hilo conductor de su relato es la relación tú-yo. “Tú” es, por supuesto, una parte autonomizada de “yo”. Entonces hay varios tú, con los que el yo entra en diálogo. Cada tú es autónomo e inestable. El mundo interior se reconfigura permanentemente. Pero dejemos hablar a Gao:
Tú sabes que no hago más que hablarme a mí mismo para distraer mi soledad. Sabes que mi soledad es irremediable, nadie puede consolarme, no puedo recurrir a otro que a mí como interlocutor de mis discusiones.
En este largo monólogo, “tú” es el objeto de mi relato, en realidad es un yo que me escucha atentamente, “tú” no es más que mi propia sombra.
Mientras escuchaba atentamente a mi propio “tú”, te he hecho crear a “ella”, porque tú eres como yo, no puedes soportar la soledad, debes encontrar también alguien con quien hablar…
“Tú”, el interlocutor de mis diálogos, has convertido mi experiencia y mi imaginación en relaciones entre “tú” y “ella”, sin que sepa distinguir qué es resultado de la imaginación y qué de la experiencia” (La Montaña del Alma p. 405-6)
Para narrarse a sí mismo, Gao explora el uso de todas las personas gramaticales. El “tú” forma parte del “yo”, e igual ocurre con el “él”. No obstante, hay una persona “prohibida”: el nosotros, la primera persona del plural. “Nosotros” es para Gao una enunciación casi obscena pues supone un deseo de poder, un discurso pastoral en que el otro es asumido como yo, forzado a identificarse conmigo. El “nosotros” debe evitarse a toda costa. No es sincero, sino manipulativo y autoritario. En la medida en que Gao se asume como una “persona sin doctrina” no quiere convencer a nadie.
Quizá la ganancia de lucidez más sorprendente es la permitida por el desdoblamiento entre el “yo” y varios “tu”. De pronto, el yo dialoga con sus fragmentos autonomizados. Figuras heterónomas que purifican y radicalizan lo que está confuso y mediatizado en el mundo interior. La referencia clásica es desde luego Pessoa que múltiplicó sus nombres para escribir con más libertad desde diversos puntos de vista que lo integran pero no lo agotan. Pero Gao hace conversar a sus heterónomos. Esos “tu” dialogan con el yo que es un personaje más.
La enunciación creada por Gao permite una objetivación sorprendente del mundo interior. Sin saber quien es nos muestra todo lo que es.
No obstante, cabría preguntarse en qué medida esta liberación de todos los fragmentos de quien no pretende nada no destruye la idea misma de responsabilidad. De hecho no encontramos un sujeto “estructurado” al que podamos demandar explicaciones. Alguien que pueda respondernos con algún grado de coherencia. Al que podamos tener como dueño de sus actos. La multiplicidad de las voces ha desvanecido al yo. Queda una vida indescifrable.
De otro lado, la enunciación de Gao genera una atmósfera de irrealidad pues nunca es posible saber a ciencia cierta lo que ocurre en sus historias. Lo que parece ser la narración de “hechos reales” puede también ser entendido como una proliferación de diálogos interiores. Lo que parece un diálogo puede ser un monólogo o polifonía interior. Entonces, siguiendo a Bajtin, se podría decir que Gao instala el dialogismo en el corazón del personaje. De esta manera la misma noción del personaje como agente unitario es cuestionada.
Pero para entender que puede significar “instalar el dialogismo en el corazón del personaje” es necesario referirme a algunos aportes de Bajtin. Bajtin conceptualiza el dialogismo y la polifonía como los eventos fundadores de la novela moderna. De repente, en vez de un narrador omnisciente que relata desde una (sola) perspectiva tenemos múltiples narradores que representan puntos de vista diferentes e irreductibles. Es decir, cada personaje se convierte en un lugar autónomo de enunciación, en una visión peculiar del mundo que dialoga con otras perspectivas, tan legítimas y enraizadas en la vida como la suya propia. Según Bajtin esta es la poética que inaugura Dovstoieski. La novela reproduce un diálogo de perspectivas que no tiene un desenlace definitivo. La narrativa dialógica pone en evidencia que la realidad es plural y que se va construyendo en una sucesión interminable de conversaciones. La narrativa de Gao traslada extiende la polifonía y el dialogismo al mundo interior, con lo que, reitero, la figura de un personaje coherente desaparece.
Este proyecto narrativo se encuentra ejemplarmente desarrollado en “La Montaña del Alma”, relato que representa una vuelta de tuerca en en el género novelístico. Para empezar no cuenta una historia definida. Tampoco tiene personajes permanentes. Se pierde constantemente en pequeños relatos. Carece de desenlace. Pese a ello, en sus casi 700 páginas se presenta una exploración radical de la vida. Aunque sea una búsqueda sin encuentro. En algún momento de su relato, Gao trata de conceptualizar el tipo de narración que elabora. Este intento se produce, otra vez, en un diálogo entre un “tú” crítico que cuestiona, y un “yo” que trata de explicarse.
“Finalmente, el crítico muestra una expresión de desprecio y masculla entre dientes:
- Otro moderno más que trata inútilmente de imitar a occidente.
El dice que es más bien una novela oriental.
- ¡En oriente es aún más raro encontrar sus extraños procedimientos: reunir relatos de viajes, recoger fragmentos de historias y observaciones hechas a base de unas pocas pinceladas, hacer comentarios sin ninguna base teórica: no se inventan así fábulas que no lo parecen en absoluto, no se transcriben unas pocas canciones o romances populares con, por añadidura, algunas historias de fantasmas creadas de cualquier modo, que nada tienen que ver con mitos, para reunirlo todo y llamar a eso, finalmente, una “novela”!.
Él dice que las monografías locales de los Reinos Combatientes, las evocaciones de hombres y de hechos señalados de las dos dinastías Han, de los Wei, de los Hin, de las dinastías del norte y del sur, los cuentos maravillosos de los Tang, los cuentos en lengua popular de los Song y de los Yuan, las novelas por entregas y los ensayos de los tiempos de los Ming y de los Qing pertenecen todos ellos al género novelesco, pues, desde antiguo, en un espacio geográficamente inmenso, reproducen el lenguaje de la calle, los comadreros de las callejuelas y consignan en un tótum revolútum todo cuanto es relevante, sin que nadie les fijara ningún modelo a seguir.
- ¿Acaso forma parte usted encima de la escuela de investigación de raíces?
Él se apresura a replicar que tales etiquetas es él quien las pone. Si él escribe novelas es para no padecer de soledad, para su exclusivo placer. Nunca se le ocurrió pensar que entraría a formar parte de los círculos literarios, pero ahora quiere escapar de ellos. No esperaba ganarse la vida escribiendo este tipo de libros; para él la novela es un lujo ajeno a toda la búsqueda de un medio de subsistencia.”
La Montaña del Alma puede ser entendida como una novela de aprendizaje, de crecimiento interior; se trata de un peregrinaje por los vericuetos más profundos de la China que es también una excavación del propio mundo interior. El capítulo final revela toda la sabiduría que, quizá, es posible alcanzar:
“Por la ventana, veo en el suelo nevado una minúscula rana. Parpadea un ojo y abre de par en par el otro. Me observa sin moverse. Comprendo que se trata de Dios. Se manifiesta a mí bajo esta forma y mira si he comprendido.
Parpadea para hablarme. Cuando Dios habla a los hombres, no quiere que oigan su voz.
Eso a mi no me sorprende, como si debiera ser así, como si Dios hubiera sido siempre una rana con un ojo totalmente redondo, inteligente, abierto de par en par. ¡Qué misericordia la suya de tener a bien ocuparse de un hombre tan digno de lástima como yo!
Es preciso que yo comprenda el lenguaje incomprensible con que se expresa con su otro ojo, parpadeando hacia los hombres. Pero eso no es asunto suyo.
Puedo igualmente considerar que ese parpadeo no tiene ningún sentido, pero su sentido radica tal vez precisamente en su ausencia de sentido.
No existen los milagros, he aquí lo que Dios me ha dicho, a mí, eternamente insatisfecho. Le hago una pregunta:
En ese caso, ¿queda aún algo por buscar?
Todo está en calma a mi alrededor. Cae la nieve en silencio. Estoy sorprendido por esta clama. Una calma paradisíaca.
Ninguna alegría. La alegría no existe más que en relación a la tristeza.
Solo cae la nieve.
En ese instante, no sé dónde está mi cuerpo, no sé de dónde sale este pedazo de tierra del paraíso. Escruto los alrededores.
No sé que no comprendo nada, creo que aún lo comprendo todo.
Las cosas suceden detrás de mí. Siempre hay un ojo extraño. Lo mejor es aparentar que se comprende.
Aparentar que se comprende, pero de hecho no comprender nada.
En realidad, no comprendo nada, pura y simplemente nada.
Así es” (La Montaña del Alma p. 650-1)

no he estudiado literatura ni mucha gramatica española, estudié en Chile, soy americana, vivo en Mexico (temporalmente), estoy escribiendo apuntes para un curso en arquetipos emocionales y espirituales(haciendo la diferencia con conductuales). me entró la duda, escribo en 1a. persona o en 3ra ?? y me contesté hablaré en “nosotros”, y me sentí que estaba en el púlpito, “preach sister preach” - me gustó, pero después de leer tus comentarios, creo que tendré que quedarme con el “tu”. muchas gracias, tienes cosas muy interesantes en tu blog
Comment by Rosemery — 2007 06 @ 12:19 pm