EL OLVIDO MODERNO DEL MAL Y LA PESADA HERENCIA DEL MARXISMO.
Defino el mal como destrucción gozosa de la vida. De los términos de esta definición el problemático es el de gozoso. El concepto de goce lo retomo de la tradición psicoanalítica, de Freud y Lacan. El goce es una experiencia de satisfacción, que cuando no está ligada a la ley y al amor se transmuta en una excitación desequilibrante, mortífera. El goce se convierte entonces en un sustituto del sentido, en un intento de llenar el vacío de la existencia sobre la base de abandonarse a una impulsividad ciega. Satisfacer la pulsión se convierte entonces en un fin en sí mismo. La crueldad en sus múltiples formas y el atentar contra la propia vida, son pues rostros de ese goce no atemperado por el amor y la ley. Bret Easton Ellis en su novela Menos que cero relata la caída de unos jóvenes en el mal. Hijos de los grandes millonarios de Hollywood, lo tienen todo menos un sentido para sus vidas. Se aburren mortalmente. En este ambiente descubren que ver morir es excitante, muy entretenido. Entonces empiezan primero con animales para seguir luego con la contemplación de los moribundos en su último desfallecimiento. En esta búsqueda de excitaciones cada vez más potentes el grupo termina violando y asesinando a una muchacha. En vez de crear nuevos sentidos y entusiasmos, el grupo busca llenar el vacío de su existencia con la adrenalina pura que produce el sufrimiento ajeno. Los jóvenes de Ellis son responsables pero puede argüirse, como atenuante, la crisis de la sociedad de la que son vástagos. Es decir, una sociedad que dificulta el amor y que promete la plenitud mediante el consumo. Una sociedad entonces que es casi incapaz de dar algo a los que ya tienen todo. Hay sociedades que convocan a sus miembros a buscar el goce en la destrucción de la vida. El ejemplo clásico es la Alemania nazi con su exaltación de la crueldad como deber heroico. El mal se legitima en una sociedad cuando se hace del goce un reemplazo del sentido. El problema está en que el goce en sí mismo no es una satisfacción equilibrada y duradera, no es un camino que apunte a un desarrollo humano, es sólo algo efímero cuya repetición permite evadir la búsqueda de un significado para nuestras vidas. El goce sin ley como único fin de la vida nos embrutece y culmina, finalmente, en la autodestrucción pues resulta que el propio sufrimiento puede ser vivido como una satisfacción..
Ahora bien, la invisibilización del mal es resultado de los tiempos modernos. La edad media sentía muy agudamente la presencia del mal. El mal estaba por todas partes. Y para protegerse de sus terribles amenazas había que aceptar la protección de aquellos que lo hacían visible. Acentuar la realidad del mal servía pues a los intereses de los poderosos. El llamado a la virtud era también aceptar la fatalidad de la dominación. En el imaginario cristiano la persona dominada por el mal termina en el infierno castigada por diablos que son precisamente la encarnación de esa fuerza oscura que los ha esclavizado y perdido. Las pinturas de El Bosco (figura 1) son en este sentido emblemáticas. En sus cuadros los diablos son seres feroces y voraces que gozan castigado a los condenados. Aunque sus figuras conservan un rastro humano se trata de seres sin alma; dominados enteramente por la pasión de triturar, engullir, hacer daño. Criaturas terroríficas entregadas al goce de destruir la vida. Lo mismo puede decirse de Bruegel el viejo y de otros tantos autores que se figuran al diablo más cerca del animal que del hombre, imaginando seres presas de su maligno vicio. Sin conciencia, ni culpa. Su capacidad racional solo existe como medio para buscar el alimento para su goce desenfrenado. Extrañamente estos diablos son felices pues la repetición incesante de su crueldad los tiene satisfechos. No hay sombra de duda en ellos. Es más, paradójicamente, están cumpliendo una tarea que es imprescindible. Una suerte de verdugos necesarios y felices. Siempre ocupados haciendo lo mismo. Los pecados capitales impiden la salvación y llevan a la condenación eterna.
FIGURA 1
EL BOSCO 1504

Una visión tan poderosa sobre el mal otorgó a la Iglesia, como entidad que administra la salvación, un poder inmenso sobre los hombres. El terror al infierno llevó, hacia el siglo XII, a la invención del purgatorio y luego a la venta de las indulgencias, de títulos que acreditan el derecho a pasar menos tiempo del debido en el purgatorio. Era posible comprar una rebaja de la pena. Entonces la Iglesia se enriqueció y mundanizó. Precisamente el protestantismo nace del rechazo a la idea de que la indulgencia podía venderse y comprarse.
En cualquier forma las cosas comienzan a cambiar con el renacimiento y el racionalismo. Ya en la pintura de Miguel Angel (ver figura 2) los demonios están humanizados. Sus figuras son feroces pero ya no voraces. No son las máquinas malignas de El Bosco. El inicio de la invisibilización del mal y el desarrollo del racionalismo no son una coincidencia. La figura diabólica es cada vez menos aterradora. Con el romanticismo el diablo es estetizado en la figura de un hombre juguetón (ver fig. 3), y en tiempos más recientes el diablo aparece como una criatura débil y triste, hasta seductora. Llegamos así, finalmente, al pobre diablo. Lo malo es la infelicidad encarnada sobre todo en la persona que carece de éxito y reconocimiento. No es nadie, ni nada, solo un pobre diablo (ver fig. 4). El mal pasa desapercibido.
FIGURA 2
MIGUEL ANGEL

FIGURA 3
Louis Galice
1900

FIGURA 4
CABEZA DE UNA MARIONETA SIGLO XX

II
La identificación del mal con la ignorancia, con el predominio de falsas creencias resulta del racionalismo y la secularización. El mal no tendría sustancia, de manera que la luz de la razón terminaría por desvanecer las tinieblas de las que se nutren la crueldad y la corrupción. El mal queda definido como una contingencia llamada a desaparecer mediante la educación. Entonces, el avance de la cultura sobre la ignorancia, el autocontrol reflexivo, haría posible una sociedad feliz. Marx, el último profeta de la tradición judeocristiana, en su sueño de una sociedad sin mal, encarna esta concepción con más vigor. Los oprimidos, premunidos de la ciencia, lograrían crear en el presente ese mundo feliz que la tradición cristiana había prometido para los justos después de la muerte.
Sea como fuere con el fenómeno nazi la idea de que la Ciencia pueda liberar al hombre de un mal que es razonado como una contingencia desafortunada sufre un golpe definitivo. Las fábricas de la muerte son impensables desde el horizonte optimista de la ilustración. Algo sombrío en la criatura humana había sido invisibilizado pero retornaba brutalmente: su fragilidad, su propensión al mal.
Pero las lecciones de Auschwitz demoran en ser aprendidas. Por el contrario, después de la segunda guerra, con el auge del estructuralismo en las Ciencias Humanas, el problema del mal y de la infelicidad humana se sitúa en los ordenamientos sociales. En efecto, el determinismo, en sus diferentes formas, social, psicológico, biológico y económico, hacen desaparecer al sujeto. Junto con él también se desfiguran las nociones que permiten razonarlo: libertad, responsabilidad, agencia. La noción de causa excluye a la de motivo a tal punto que los seres humanos son figurados como simples marionetas accionadas por leyes prácticamente naturales. El mal no es un problema, en todo caso de lo que se trata es de un funcionamiento defectuoso o insatisfactorio de las estructuras sociales, económicas o psíquicas. Es paradójico que el estructuralismo haya sido la filosofía dominante en una época donde los individuos y grupos sociales pretenden convertirse, más que nunca, en agentes de su destino. Me refiero a Mayo del 68, a toda la efervescencia por crear una nueva sociedad. En general a esa reactivación del horizonte optimista de la modernidad que dura hasta mediados de los años 70. Toda esta efervescencia se ha solidificado en ideas que hoy son decisivas en nuestra vida: me refiero al respeto a los derechos humanos, a la renuncia del etnocentrismo, a la búsqueda de una relación más cordial con la naturaleza y nuestro cuerpo, al rescate de la sensualidad.
Entre el hecho de Auschwitz y su asimilación conceptual han mediado pues casi tres décadas. La resistencia a visibilizar el mal, no obstante, ha terminado cediendo. Para ello ha sido necesaria la rehabilitación de los conceptos de sujeto y libertad, de responsabilidad y sanción. En la incesante reflexión producida por el Holocausto el mal comienza, tardíamente, a ser nuevamente tomado en serio. Me refiero a autores como Todorov, Badiou, Agamben, Safranski. Quizá sobre todo a Paul Ricoeur, quien, al margen de las modas, ha ido construyendo una Antropología Filosófica que, desde una intuición del hombre como una criatura inocente pero lábil y precaria, logra rescatar la validez del mito y del símbolo como espacios reflexivos donde la humanidad, en muy distintas sociedades, y épocas, ha encarado la realidad abrumadora del mal. Ricoeur reconstruye como la sabiduría humana ha tratado de definir y explicar el mal. En su exploración de las mitologías de muy distintos pueblos distingue dos posiciones. Para algunas sociedades el mal resulta de una caída, de una acción humana que al violar una normatividad establecida por Dios o la propia comunidad, según los casos, precipita al hombre fuera del paraíso, de esa tierra sin mal, donde no existía ni la muerte, ni el sufrimiento ni la vergüenza. Para otras sociedades, en cambio, el mal ha estado desde siempre, es un hecho primordial. En las primeras, la caída abre un horizonte de redención: es posible la vuelta al paraíso. En las segundas la historia tiende a repetirse de manera que no es posible una liberación radical. En todo caso, según Ricoeur, cada colectividad elabora su propia mitología sobre el mal.
III
Pero, al mismo tiempo todas las sociedades legitiman, en alguna medida, la crueldad, la corrupción y el desprecio. Imaginan creencias que al entretejerse con las pulsiones agresivas cristalizan hábitos y disposiciones que implican la naturalización del mal. En nuestro mundo social, hablo del Perú, la principal conceptualización del mal ha sido la elaborada por el cristianismo colonial. La evangelización se basó en culpabilizar a los hombres andinos por ser paganos e idólatras, por ser (casi) definitivamente malos. La prédica “cristiana” tuvo como eje la amenaza del infierno si es que la gente no se regía por la moral cristiana y no cumplía con sus deberes para con los dominadores. Prometió el paraíso para los mansos y obedientes. En definitiva se trató de una manipulación grosera de la buena nueva del evangelio. No obstante, la colonización del imaginario nunca fue tan total como las autoridades civiles y eclesiales hubieran querido. La resistencia se expresó de muchas maneras. Para efectos de esta presentación interesa señalar la trivialización de lo demoniaco. Actitud patente en las máscaras de demonios sonrientes, profundamente humanos, y también es esos bailes exaltados de diablos felices que terminan inspirando más regocijo que temor (ver fig. 5).
FIGURA 5:
DIABLADA PUNEÑA AÑOS 30

Sea como fuere la simbolización del mal estuvo al servicio de la injusticia a través de la culpabilización y la expectativa de una redención extramundana. En breve la simbolización del mal sirvió para hacer o justificar el mal.
En el horizonte de mi generación el tema del mal era conjurado y totalmente desechado pues se le definía, no sin cierta razón, como un mito opresivo que inhibía la felicidad. Es decir, como un dogma de una teología oscurantista destinada a que la gente soporte la injusticia. La perspectiva era la liberación, la eliminación de la autoridad, la transformación de las estructuras, la revolución. De allí emergería un hombre reconciliado con su cuerpo y con los demás hombres. No porque el mal perdiera visibilidad estaba menos presente. En realidad estaba por doquier. Nuestra inocencia era pues demasiado ingenua. Tratando de ser éticos, nos dejamos arrastrar por un goce destructivo, por una crítica dogmática que validaba el odio, que no se decidió por interponerse en el camino de la actuación del resentimiento. El llamado lúcido y constante de Arguedas a que “no haya rabia” no encontró el eco suficiente.
Sea como fuere, con la violencia que desata la insurrección senderista, primero, y luego con la corrupción proliferante manifiesta en los vladivideos, la ingenuidad ya no debería ser posible. Deberíamos dejar atrás entonces los buenos deseos de Marx. Comprender que el mal es una posibilidad abierta a todos. Hombres, mujeres, pobres y ricos. Desde luego que algunos están más expuestos a su influjo: los ricos, los poderosos, los amargados, los desesperados. En realidad poder actuar con un mínimo de Etica es en gran medida una suerte. Aunque hacerlo es también, desde luego, una decisión personal.
No es díficil identificar la constelación de factores que, sedimentados en nuestra historia, nos predisponen a la transgresión y al desprecio, a la corrupción y a la crueldad. La idea fundamental es que la falta de una autoridad legítima, de un lado, y la impunidad, o ausencia de sanción, del otro, son el trasfondo que facilita la proliferación del mal. Este proceso se radicaliza a medida que la secularización va erosionando el temor a Dios y el horror al mal, actitudes que habían fundamentado el orden moral durante la época colonial. El problema se agrava en tanto este orden no puede ser sustituido por otro laico y democrático. Entre la decadencia de la legitimidad religiosa y la dificultad para construir una autoridad civil, se abre un período, donde actualmente vivimos, de crisis y malestar. El principio de autoridad tiende a desvanecerse, no hay un agente autorizado para enunciar la ley. El resultado es el desorden y el campeo de la transgresión. Digamos que la criatura humana en esta parte del planeta se haya expuesta a una situación en la que puede dejarse seducir por las figuras del canalla, el atorrante, el cínico y el corrupto. El pacto social sobre el que descansan las instituciones no llega a comprometer a la gente pues para empezar, son los encargados de guardarlo los primeros en violarlo.
IV
En esta parte de mi exposición quisiera profundizar el tema del mal y referirlo a las circunstancias que hoy vivimos. Empezaré por decir que la especificidad de lo humano está dada por una razón que se hace preguntas y que requiere de diversos horizontes de significación para poder encontrar respuestas que, una vez cristalizadas, fundan los hábitos cotidianos. Ahora bien, las preguntas que la razón se formula trascienden el plano de lo inmediatamente útil, de la búsqueda de placer y conocimiento, de lo estrictamente instrumental. Esta compulsión a pensar es mortificante y Zizek la asocia con la pulsión de muerte freudiana y con la negatividad autoreferencial que caracteriza la subjetividad tal como es pensada por el idealismo alemán. En todo caso, este exceso abre una brecha en el orden del ser, pues implica que el comportamiento humano ya no estará programado por un instinto, sino por un universo de significaciones sociales, que resultan de la intersubjetividad, de la imaginación radical, para usar el término de Castoriadis. Desde este punto de vista, la razón es una locura en el orden del ser, un momento donde se suspende el determinismo para abrir paso a la novedad de la idea. Entonces, tiene que pensarse que, de la locura de la razón, de su desarraigo en el ser, surgen ideas como: la realización del bien, la justicia y el crimen radical. Debemos preguntarnos, sin embargo, por qué esta tendencia a la interrogación mortificante, a la búsqueda de sentidos que obturen el vacío primordial de la condición humana, puede dispararse en direcciones tan diversas, como son la reafirmación o, alternativamente, la destrucción de la vida. En cualquier forma, queda claro que el orden de lo humano es un salto del ser al vacío. La apertura de posibilidades no inscritas en cadenas de causalidad determinadas.
Deleuze señala que la vida y la muerte, la creación y la destrucción, están inextricablemente ligadas. Es la cadena del ser que se despliega en el tiempo. Pero esto sucede hasta cierto momento pues con la aparición de lo humano la idea emerge y se abre el orden del ser. Pero la acción guiada por la idea no garantiza la realización plena de esa idea. La acción se suele quedar corta de manera que la subjetividad de la que surge, se decepciona.
Ahora bien, tratando de ir más allá, debemos preguntarnos por que los seres humanos tendemos mucho más al crimen radical que a la realización del bien. Para tratar de elaborar una respuesta empecemos definiendo nuestros términos. La idea de crimen radical remite a la fantasía de una “destrucción creadora”. En esta “destrucción fecunda” el criminal se concibe como instrumento de una voluntad trascendente a la que se siente sometido, de la cual es portador y emisario. Su recompensa es sentirse agente de una necesidad histórica ineludible. Por tanto, en la actuación del “crimen creativo”, el individuo se desconoce como agente de sus actos para enmascararse como servidor de una entidad trascendente. Entonces, la idea de un crimen radical y fecundo implica la sustancialización o fetichización de una ficción, la construcción de un simulacro como diría Badiou. De otro lado, la idea de hacer el bien implica, igualmente, la posición subjetiva de mediador de una causa. No obstante, la recompensa está más ligada al reconocimiento del otro, al vínculo afectivo con personas concretas. La generosidad, por ejemplo, supone que el bienestar del otro rebota sobre mí como algo gratificante. En el caso del “crimen creativo” la recompensa viene dada desde una entidad abstracta que activa un sentimiento de haber cumplido, mientras que en el otro proviene de un otro como yo, con el cual compartir una potenciación de la vida.
A la luz de lo anterior debe quedar claro que cuando el sádico se piensa como un emisario de una causa superior, lo que en realidad está intentando es aferrarse a un pretexto para legitimar lo real de su goce: el sufrimiento ajeno. Tanto más gratificante cuanto que la víctima está escindida entre su condición sufriente y su esperanza de alcanzar la humanidad del otro para que cesen las torturas. El desoír la humanidad del otro e insistir en la tortura es una mortificación excitante, plena de goce, mientras dura, al menos. La relación entre el sádico y su víctima es pues compleja. Los dos están divididos. El sádico adopta la impostura de agente de una causa que le permite desconocer/justificar el goce que le produce el tormento que infringe sobre el otro. La víctima mientras tanto sufre. Y es convocada a leer su sufrimiento como sanción a su maldad o como sacrificio que la enaltece. No obstante, también espera conmover a su torturador. Entonces, protesta su humanidad, acaso su inocencia. Si la víctima tiene éxito el sádico se desarma, la piedad lo fragiliza, se impone la evidencia de la común humanidad de ambos. Ya no puede gozar porque el otro tiene también rostro. En este caso Entonces el (ex)sádico puede recusar el simulacro que lo legitima. Otro desenlace es que la protesta de la víctima abra una fisura en la (in)humanidad del sádico. Entonces perderá seguridad, sentirá culpa. Hace poco un torturador argentino confesó sus crímenes. En su relato refería la voz de su víctima, una mujer que acababa de dar a luz, demandándole el respeto de su vida, invocando su ser cristiano. La víctima fue asesinada pero el goce del torturador quedó arruinado. La mala conciencia no lo abandona desde entonces. Desgraciadamente este caso parece ser más la excepción que la regla. La mayoría de los torturadores sádicos no vacilan. El primer “frío” (asesinato) es penoso dice un infante de marina peruano refiriéndose a su acción en el contexto de la lucha contra Sendero. Pero, continúa, luego te acostumbras, le “encuentras el gusto”. Y ya no paras. Entonces, concluye, “estás cagado”.
V
Las evidencias recientes en torno a la insurrección senderista y su sangrienta represión, hacen visible que los senderistas no fueron inmunes a la tentación del mal. El idilio inicial entre las comunidades campesinas y los cuadros senderistas fue rápidamente trastocado en una imposición violenta de los segundos y en una resistencia, en un inicio, pasiva, de los primeros. Colocados en una situación de poder, los senderistas comenzaron a hacer las cosas contra las cuales ellos insurgían. Pretendían luchar contra la inmoralidad: el abuso, el abigeato, el adulterio. Rápidamente, sin embargo, hicieron lo mismo que criticaban. Sistemáticamente, expoliaron a los campesinos, secuestraron a los jóvenes, violaron mujeres y esclavizaron a comunidades enteras. Todo ello bajo el “pretexto” de la revolución, de crear una sociedad mejor. El poder que construyeron los llevó a ser lo que ellos querían destruir. Su justificación de actuar en nombre de un futuro mejor es totalmente endeble, pues en la mayoría de sus acciones es visible la presencia de la crueldad, el infringir un sufrimiento innecesario, pero gratificante para los ejecutores. Si prefirieron hacer el mal, enmascarándose en una causa que lo justificara, es porque estaban “ideologizados”, porque la humanidad concreta del otro no les importaba tanto como la causa que era, en realidad, el pretexto de sus desmanes. Entonces, se concluye que si optaron por la crueldad y el terror es porque, en el fondo, se deshumanizaron ellos mismos como instrumentos. Y de igual manera percibieron a sus víctimas, como objetos que se interponían en el camino de la realización de la causa. El goce sádico los alejó de los otros, los precipitó en el mal. La convicción absoluta de tener la verdad, de ser iluminados, abrió pues las puertas a la crueldad y la depredación. Las personas que no se dejaron arrastrar por la marea senderista fueron aquellas que siguieron viendo en el otro un ser humano, un fin en sí mismo, alguien sin el cual yo no puedo ser enteramente yo mismo.
Pese a las evidencias múltiples de la crueldad senderista, la mayoría de la Izquierda legal osciló entre una simpatía por los fines de la insurrección y una condena por sus “excesos” puntuales. No se quiso o no se pudo comprender la vocación terrorista de Sendero Luminoso. Fue decisivo para ello el maniqueísmo dogmático que vinculaba lo “popular” a lo bueno y lo “no popular” a lo malo. Como la gente de Sendero provenía del pueblo, y éste no puede hacer cosas malas, entonces, las noticias que se filtraban sobre la crueldad de Sendero tenían que ser invenciones malintencionadas o, en el peor de los casos, hechos aislados. La mayoría de la Izquierda legal idealizó a Sendero, cayó presa de su chantaje. Sendero decía que llevaba a la práctica lo que muchos soñaban sin atreverse a hacerlo: la lucha armada. De esta manera, la izquierda legal responsabilizó unilateralmente al Estado de la escalada violentista en la que entró el país a partir de 1983.
En el fondo el “olvido” moderno del mal, se radicalizó en el marxismo, pues desde esta perspectiva el mal aparece vinculado no tanto con los individuos de carne y hueso como con las estructuras sociales. Hasta grandes intelectuales, normalmente lúcidos, se dejaron seducir por el discurso senderista. Desde su perspectiva, Sendero representaba la justicia de los de abajo, a veces cruel y dura, pero necesaria, inevitable.
La mistificación de Sendero Luminoso respondió al deseo de muchos de cambiar una sociedad tan injusta como la peruana. No obstante, este deseo de revolucionar las cosas, de trastocar lo existente, no discriminaba entre lo que es una destrucción constructiva y lo que es una destrucción sin futuro, que no crea, como fue el caso de Sendero. En realidad, el Sendero imaginado por políticos e intelectuales respondía más a sus fantasmas de culpa y deseos de redención que a una percepción lúcida de lo que sucedía en la realidad.
Mucho de esta situación se explica por la vigencia del marxismo con su promesa de un bien absoluto al que habría que llegar a través de un necesario camino de sufrimiento. La expectativa de una redención intramundana justificaba casi todo.
Hoy sabemos que el mal es hecho por los individuos y puede surgir de distintas posiciones sociales. ¿Qué hacer, entonces, con la herencia marxista? Una herencia pesada, si cabe, pues aunque haya pasado de moda, el marxismo regresa como aparato conceptual y hasta como promesa mesiánica. Es el lenguaje en el que tienden a hablar los explotados y excluidos. De otro lado son los conceptos (casi) insuperables que nos hacen entender el funcionamiento del capitalismo como mecanismo ciego, proceso acéfalo, máquina que tiende a anular la subjetividad humana convirtiéndola en instrumento de valorización del capital. Marx diagnostica acertadamente la desaparición de lo humano y convoca a la clase mesiánica, el proletariado, a convertirse en el realizador de la idea del bien supremo: una sociedad justa y feliz. El problema está en que la idea del socialismo tiende a convertirse en el simulacro que alienta la destrucción de la vida. ¿Dónde esta el impasse? ¿Cómo impedir que la idea del bien se convierta en la justificación del mal? Creo que la respuesta está en el rechazo a convertir a lo humano en medio. De no haber este rechazo el marxismo termina siendo un simulacro que justifica el mal. Si la promesa del bien aplasta la vida entonces es una farsa. Un engaño. Yo sólo soy en tanto el otro es. La diferencia, la singularidad de cada ser humano me enriquece. Si pretendo anular esa diferencia estoy deslizándome en el camino del torturador sádico. Entonces todos tienen que ser como yo interpreto que la causa lo exige. Abimael Guzmán en la encarnación viva y culpable de esta lógica viciosa.
Pero mi esfuerzo no va en el sentido de señalar la imposibilidad de superar nuestros problemas como sociedad. Actitud que por desgracia es muy frecuente en los profetas de la catástrofe, en aquellos que señalan gozosamente el mal, haciéndose cómplices involuntarios de la situación que denuncian. Desde mi punto de vista se trata de visibilizar el mal para defenderse de él. Por tanto del marxismo debe rescatarse mucho de sus conceptos y su inspiración justiciera y democrática pero debe rechazarse categóricamente la idea de una causa final que justifica la destrucción del otro.


El artículo es por demás interesante y toca la esencia de la lo que significa ser “persona humana”. Sobre el acercamiento al diablo desde la perspectiva religiosa hay un “nuevo” o re-creado concepto del diablo y del mal, que ha quedado restringido solamente a ciertos pecados o faltas: lujuria, alcoholismo, robo abierto. Pero no a los temas de injusticia, honestidad, integridad, solidaridad, transparencia. Este “demonio” se mueve libremente en las iglesias cristianas carismáticas modernas, donde el caudillismo de sus dirigentes y componendas con el poder son todo un escándalo. Temo que estamos enfrentando un nuevo concepto de espiritualidad religiosa sin contenido ético, sobre todo dentro del nuevo universo religioso que ha ido creciendo alarmantemente: el carismatismo cristiano evangélico.
Comment by Rafael Torres — 2006 09 @ 8:36 pm
malestakisiguecondireksionseptiembrede masacresinolodetieneleestebloksaberqienesmarthasenayudacalmarelmal http://creaydestruye.blogia.com/
Comment by Balasubramanian — 2007 08 @ 9:58 pm
DOCTOR UNA ?¿.
LA IGLESIA CREO, POR TEMOR AL INFIERNO, EL PURGATORIO COMO UNA FORMA DE APACIGUAR LA PENA DEL ALMA..
PLEASE DIGAME UN TEXTO(S) DONDE PUEDA INDAGAR ESTE TEMA PUNTUAL. GRACIAS.
Comment by JULIO — 2007 09 @ 7:11 pm