Otras especulaciones señalan que, pese a estar sumergido en la repetición, el burro sentía que su situación era horrorosa y que empujar la noria era una carga prácticamente insoportable. De hecho, se quejaba todo el tiempo. Su mal humor era permanente. Daba la impresión de odiar al mundo. Pero, ¡oh milagro!, a veces, sonreía, como si se olvidara de su trajín y, abstraído, se sintiera contento. Entonces, aunque no tuviera permiso, parecía estar en paz.
Cuando no empujaba la noria, en sus escasos tiempos libres, socializaba con otros burros. El grupo de amigos gustaba conversar sobre lo humano y lo divino. Pero también bromeaban. Se tomaban el pelo. Con frecuencia se reían de él y sus quejas. Era fama que no había que tomarlo muy en serio. No debería ser tan infeliz como presumía. A lo mejor, le gustaba quejarse, a la manera como se demanda amor. Entonces, lo lógico sería que cuanto más desgarradas fueran sus protestas, más contento tendría que estar. Es problemático pronunciarse sobre la veracidad de estas opiniones. Siempre cabe la posibilidad de que fueran un escudo, una manera en que sus compañeros rechazaran incriminarse en sus quejas y maldiciones.
Entonces, nuestro burro trabajaba y trabajaba, pero también era pródigo en quejas y maldiciones. A veces la felicidad le parecía tan cercana y al alcance de la mano que ya se sentía contento y agradecido a la vida. Pero otra veces, casi siempre, se sentía tan miserable y desdichado que invocaba a la muerte. En realidad él mismo no podía decir cuán afortunado o desgraciado era. En todo caso, sin darse cuenta la vida se le iba de a pocos, pero, mientras tanto, seguía empujando la noria.
