Desde muy pequeñito el burro aprendió que tenía que mover la noria. Y tenía que hacerlo sin parar. Si se detenía le llovían palos. Tenía entonces miedo y dolor. Sin darse cuenta se acostumbró a esa vida. Sus dueños calculaban que podía trabajar hasta unas 16 horas al día sin mayor detrimento de su salud. Le habían programado una vida útil de unos 10 años. Entonces, cuando su rendimiento decreciera sería vendido al matadero para que sus restos fueran convertidos en comida para mascotas. En realidad querían maximizar sus recursos. Pero el burro no sabía nada de esto y estaba contento. La comida era adecuada y terminaba tan cansado que en el tiempo que le quedaba no hacía más que dormir. Como no tenía nada que desear, no soñaba. Tampoco pensaba pues estaba íntegramente concentrado en su tarea. Y así pasaban los años dando vueltas y vueltas para mover la noria.
Un día llovió tanto que el suelo estaba fangoso. De repente el burro se resbaló y se cayó. Su amo, siempre atento a su desempeño, le dio un buen palazo. Ese dolor inesperado fue una iluminación que disparó el pensamiento del burro. Para empezar el castigo había sido injusto pues la caída no era resultado de una falta de empeño. Pero, además, y sobre todo, ¿no era su vida insatisfactoria y reiterativa? ¿no habrían otras vidas más felices? Hasta ahora había estado contento pero solo porque no pensaba. Entonces comenzó a preguntarse sobre lo que realmente quería.
Todas estas ideas que no cesaban de cruzarse por su cabeza hicieron que su paso no fuera tan regular como antes. Ahora vacilaba. Por momentos estaba como ausente y se detenía sin darse cuenta. Entonces venían los palos. No obstante estos castigos no lo regresaron a la satisfacción ni a la regularidad sino que lo hicieron más pensativo y añorante. En las noches comenzó a soñar. Su sueño favorito era cuando se imaginaba con una manada de burros en un prado silvestre corriendo sin dirección pero con placer. Se levantaba malhumorado y en el día la jornada de trabajo se le hacía cada vez más larga y tediosa. Ya no estaba contento. Algo estaba esperando pero el problema era que no sabía lo que quería.
Entre tanta incertidumbre comenzó a sentir añoranza de esos días pasados donde el trabajo agotaba sus energías. Eso de pensar y soñar resultaba una maldición. Viéndolo bien no le había traído nada bueno. Estaba cansado y por más que pensaba no lograba imaginar lo que deseaba. Entonces se le ocurrió que si disminuía su ritmo de trabajo le habrían de pegar más y más; tanto que no le quedaría sino caminar ligero hasta olvidarse de todo lo que le había pasado y volver a ser el de antes. En consecuencia, un día soleado decidió no seguir empujando la noria. Su dueño se le acercó pensando que estaba enfermo. Pero cuando se dio cuenta que estaba sano lo molió a palos. Entonces, el burro confirmó que su mayor anhelo era evitar el dolor de manera que comenzó a moverse rítmicamente, con el contento de antes.

En este cuento el amo es dios y el burro inconsciente es el hombre antes de la caída. La conciencia nace de un sufrimiento inesperado y es como la expulsión del paraíso. Pero la conciencia solo lleva a sueños que hacen más difícil la vida cotidiana. Es una promesa sin sustancia por lo que el burro se da cuenta que lo mejor es evitar el dolor innecesario que trae una esperanza que no llega siquiera a visualizar su objeto. Entonces el burro es muy sabio al renuciar a esa conciencia que lo parasita, al hundirse en la rutina insensata de su vida.
Palabras más o palabra menos esto es lo que dice Zizek.
Comment by gonzaloportocarrero — 2006 08 @ 12:07 am
el burro y su noria… ¿es más feliz el burro en su estado de pulsión, olvidando su capacidad de desear algo más?.
Muchas veces nosotros somos el burro, con la diferencia que hemos llegado a convertir a la insatisfacción -el elemento que despertó la racionalidad crítica en el burro- en nuestra propia noria.
No sabemos qué buscamos, pero siempre nos quejamos. La política anda mal, el presidente siempre es corrupto, la coyuntura política nunca es la adecuada, y siempre hemos encontrado en ella una razón que nos despierta a quejarnos, al punto que ahora solo nos quejamos y nada más. Nuestra noria es la insatisfacción. No sabemos ya que exigimos -si es que exigimos algo- pero siempre está ese empuje a levantarnos, a cerrar carreteras, al paro, a la protesta a voz en cuello que repetimos en ciclos y que hemos vuelto nuestra razón de ser al no poder racionalizar bien lo qué necesitamos y cómo alcanzarlo por vías no necesariamente violentas.
Comment by Kandish — 2006 08 @ 3:07 pm