Siento que está llegando algo tan horroroso que la misma anticipación es de por sí insoportable. Me siento muy mal y se anuncia una situación mucho peor. Entonces el miedo se convertirá en pánico. Sufriré un ataque convulsivo. Todo mi ser se agitará. Ya no podré aguantar. Es inminente que mi cerebro explote y se convierta en papilla. Mis huesos se arquerán hasta hacerse pedazos. Pero tengo que evitarlo. Debo estar inmóvil, contraído. Si extiendo mi mano para coger el vaso, mi brazo sufrirá tremendos espasmos y se iniciará el ataque. Entonces el líquido volará por los aires y mi cuerpo se retorcerá. Estoy en el umbral del pánico. Tengo que serenarme, me digo. Pero no puedo. Me gustaría estar solo, en mi cama. Quizá allí estuviera a salvo. Y no aquí, en medio de tanta gente. El ataque está dentro de mí. Pugna por salir. Pero no puedo abandonarme. Lucho por mantener el control. Ya pasa, ya pasa; me digo y lo repito una y otra vez. Pero la verdad es que no está pasando.

Manejo con miedo. Trato de vigilar todo lo que sucede alrededor pero siento que algo se me puede estar escapando. Un camión enorme me arrollará. Toda la concentración de la que soy capaz es insuficiente. En realidad no controlo nada. Puede pasar cualquier cosa. Aprieto el timón. Siento que me estoy distrayendo. Mi cerebro puede estallar, mi cráneo se romperá en mil pedazos.

Si continuo mirando a la persona con quien converso me vendrá el ataque. En realidad ya está aquí, en la parte de arriba de mi cabeza, debajo del pelo y del cráneo, en la boca de mi estómago. Mi corazón está por detenerse, ya está retorciéndose. Respiro con mucha dificultad. No puedo contenerme…

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En un tiempo pensaba que el ataque era una manera costosa pero efectiva en que mi cuerpo cansado expulsaría los demonios que lo atormentan. La liberación me dejaría con alguna secuela. No sabía si paralítico o infartado. Esas eran mis previsiones y apuestas. El costo sería alto pero después del ataque podría disfrutar de esa calma serena, tan deseable. El paroxismo de la tensión precipitaría el ataque.

Pero ahora que el ataque no ha venido y su amenaza se ha desvanecido me doy cuenta que el verdadero ataque es mortífero y real, contundente. Viene sin avisar y si me alcanza nada quedaría de mí. Tengo que evitar el ataque. No exponerme a las situaciones en la que se hace inminente. Para empezar no debo concentrarme demasiado. Mi mente no debe de fijarse en nada en especial. Me he dado cuenta que me deslizo de la concentración a la fijación y de esta a la rigidez, sin darme cuenta.

Sabe dios si el ataque es un castigo o una redención. No me entiendo. Habrá que tener paciencia. Es la primera vez que la locura me persigue con tanta fuerza. Y yo que pensaba que la locura era liberarse de la tiranía de la razón. La locura es horrible. El pánico me puede matar.

Los estados de ánimo vienen y se van. Cuando vienen su imperio es inapelable. Y cuando se van ya no entiendo su fuerza. La alternancia me parece misteriosa. No obstante, se cuando el cambio se está incubando dentro de mi. Todo comienza a tener una dirección inesperada. O, a veces, no puedo salir de un círculo en que no ceso de dar vueltas.