Don Juan Criollo y la masculinidad hegemónica
DON JUAN CRIOLLO Y LA MASCULINIDAD HEGEMÓNICA
I
La Parodia de Don Juan Tenorio de Leonidas Yeroví es una obra de teatro escrita en 1909 pero recién publicada en el 2006. Si al menos dos copias manuscritas lograron sobrevivir tan largo intervalo fue, en un caso, por la devoción familiar, y, en el otro, por el entusiasmo de los amigos del autor. Y si no se publicó, y menos aún representó, fue por su impronta desafiante y escandalosa que evade (casi) todo límite moral. Tan transgresiva que su autor prefirió no estampar su firma en el manuscrito. Se trata pues de una obra bastarda, desconocida por un creador probablemente temeroso de haber llegado demasiado lejos. Según la memoria oral de la familia Yerovi Viale esta obra fue elaborada mientras su autor estaba en prisión como una suerte de conjuro o divertimento para aliviar el tedio carcelario .
La parodia se suele definir como “un trabajo satírico que imita a una obra de arte con el fin de ridiculizarla”. Pero esta definición es estrecha si tomamos en cuenta los aportes de Bajtín, para quien la parodia se enraíza en la vida, en esas actitudes subterráneas que solo emergen, legítimamente, en las fiestas de carnaval. En esos períodos cuando la ley queda en suspenso de manera que los goces corporales (la comida, el sexo y la bebida) son vividos sin límites ni vergüenza. Antes que un género discursivo, la parodia es una actitud frente a la existencia; un talante que rechaza el ascetismo, la mortificación del cuerpo a instancias de los mandatos sacrificiales, y que reivindica lo disparatado y lo grotesco como elementos que dilatan la potencia de la vida. Entonces, resulta que como género discursivo, la parodia surge de un espíritu libertario que invade la palabra y la enunciación ajenas para (re)conducirlas hacia el develamiento de una iluminación que en el texto original está escondida o mediatizada. Se trata de socavar la solemnidad y las altas pretensiones de lo serio, mostrando el goce corporal en su inmediatez integradora e irresistible.
No obstante aquí también deben señalarse los límites de la parodia pues el genio que la engendra no está llamado a permanecer. No puede ser el fundamento de un vínculo social estable. Su papel es procurar una suspensión temporal de la ley, un regreso provisional a lo infinito del goce. Sea como fuere, la parodia se sitúa en las antípodas de la fábula moralizante; género discursivo netamente pastoral que tras un cuento oculta un sermón. Sin pretenderlo abiertamente, la fábula reafirma la validez y sabiduría de la ley, llamando entonces a sujetarse a su imperio.
Para anticipar nuestra conclusión digamos que Yerovi parodia la fábula moralizante de Don Juan mostrando sin censuras la verdad vital de esta narrativa; es decir, que la fantasía de tener el falo siempre erecto está presente, en diversos grados, en toda la humanidad, por lo menos en la masculina. Pero la ausencia de censura y propósitos moralizantes no lleva, sin embargo, a una mistificación pues Yerovi muestra no sólo el empuje alegre y festivo de este deseo, sino también sus consecuencias compulsivas y deshumanizantes. En este sentido, como veremos, el Don Juan de Yerovi resiste la anulación de su individualidad implícita en ese mandato de tener el falo siempre erecto. De otro lado, también argumentaremos que solo en un medio como el criollo, marcado por el espíritu festivo y la autoridad debilitada, pudo surgir una narrativa tan desprejuiciada como la de Yerovi. Finalmente, veremos que La Parodia…por su misma consecuencia y desmesura nos permite identificar los dilemas de la masculinidad hegemónica. Pero no vayamos tan rápido… Empecemos por recapitular el argumento de la La Parodia de Don Juan Tenorio.
II
La obra se inicia con Don Juan que yace en su lecho gravemente enfermo. En su casa pero fuera de su habitación un tropel de frailes, so pretexto de evitar la perdición de su alma, demanda su confesión. No obstante, Don Juan rechaza estas exigencias ya que piensa que los frailes no son sinceros y que solo buscan satisfacer sus bajas pasiones. Además, el cielo no le interesa pues cree que ahí no hay sexo. En realidad está decidido a irse al infierno, a la “sempiterna orgía dirigida por Satán”. En todo caso, lo último que quiere, su deseo más vehemente, es morir copulando con una muchacha fogosa.
Pero cuando un coro de diablos y espectros acosa a Don Juan la situación cambia. Los diablos pregonan que Don Juan ha perdido su virilidad y que le esperan “las hogueras crepitantes de Satán”. En un inicio, Don Juan no se amilana y, en su estilo, se defiende amenazando con violar a los espectros. Pero sus perseguidores le contestan que su advertencia es vana pues “sin cojones y sin pinga/ su desdicha será atroz./ Si los huevos ha perdido/ su amenaza es irrisión”. Pese a todo Don Juan no se da por vencido y jura forzar hasta la misma Muerte, y si no tiene falo pues será con el puño. No obstante, cuando la Muerte aparece, Don Juan cambia de actitud y arrodillado exclama: “¡Señor, de mis muchas culpas / yo contrito me arrepiento…!”
Entonces, acepta confesarse. Su relato lo lleva a su primera infancia cuando todo empezó con el “placer de la puñeta”. Poco después vino la nodriza pues “era tal mi calentura / que ciego la violenté / y ocho vainas le planté / con indómita bravura”. Desde entonces nunca paró. Siempre estuvo en marcha, buscando mujeres, haciendo cualquier cosa por conseguirlas, incluyendo el asesinato de quien se interpusiera en su camino. Y si no había mujeres, pues, los hombres tampoco estaban mal. En su existencia errabunda, de ciudad en ciudad, Don Juan trata de satisfacer esa exigencia imposible; esa que apenas complacida renace imperiosamente nueva. Finalmente, Don Juan termina su historia pero el confesor no lo absuelve. Y no lo quiere hacer porque Don Juan no puede penetrarlo, tal como el confesor lo desea y exige a modo de pago por la absolución.
Don Juan fallece y se encuentra ahora en las inmediaciones del cielo. Ha recuperado su miembro viril y se siente íntimamente complacido. Entonces se le ocurre entrar al palacio celestial, resguardado por San Pedro. Pero éste no lo permite. En cualquier forma, en sus intentos por hacerse paso, Don Juan cree percibir que el cielo es un lugar frío y aburrido donde no hay posibilidad de copular. Es decir, se ratifica en su idea de que el cielo no es para él.
Continuando con su peregrinaje, Don Juan visita al purgatorio, que es un lugar sombrío y de efectos melancólicos. Su erección decae y un “vago temor” corroe su ánimo. Solo recupera su temple cuando el arcángel San Miguel lo intenta capturar. Don Juan se resiste y en la lucha logra desarmar al santo, y luego, pese a sus lloros, ruegos y protestas, lo fuerza. Continuando su camino llega al infierno. Satanás lo recibe calurosamente y Don Juan le narra alguna de sus hazañas. Pero, impaciente, reclama acción, de manera que se desata una orgía en la que Don Juan, por su brío y desenfreno logra poner envidioso al propio Satanás.
Pero el deseo más ferviente de Don Juan es Doña Inés, su antigua pasión. Ahora ella está de monja en un convento. Entonces, en su búsqueda, regresa a la tierra. El encuentro no puede ser más fogoso pues Inés está consumida por el deseo. Pero, de improviso aparece una tropa de caballeros que quieren fornicarlo. La defensa de Don Juan es inútil de modo que finalmente exclama: “¡Ay, Inés! ¡Soy hombre nulo, / me han jodido por el culo / con desusado furor! /… Me violaron / a un empuje rudo y fiero / me rompieron el trasero.”
Todo el mundo de Don Juan colapsa. No hay manera de aceptar la cruda experiencia de la violación. “Deja arrancarme los pelos/ y cortarme los cojones/ La rabia en mi pecho brama/ ¡qué borren a mi memoria…!/ ¡Adiós Inés! ¡Adiós gloria!/ ¡Adiós amor!, ¡Adiós fama!” Entonces, como por encanto, Don Juan se desvanece en el aire. Y de estos sucesos, a manera de moraleja, Doña Inés comenta: “daría mi salvación / si ya no lo he comprendido/ ¡Ay, Don Juan, te han convertido / de repente en maricón!/ Tal es el poder del nabo: / con sus férvidos placeres / nos subyuga a las mujeres / y hace del hombre un esclavo/ Y sola aquí ¿yo qué haré?”.
III
Yerovi nos instala como espectadores de un mundo que gira en torno al falo siempre erecto. Siempre porque el deseo renace antes de ser totalmente complacido, a la manera voraz de quien comiendo no dejar de tener hambre. Como nunca es suficiente, ese deseo inextinguible es al mismo tiempo placer y sufrimiento, alegría y decepción, promesa y desencuentro. Otra vez, la permanencia del deseo frustra una satisfacción plena. En realidad, Don Juan aparece como un anexo de su pene erecto. Casi totalmente alienado a una fantasía que lo esclaviza sin realmente satisfacerlo pues no llega a significar lo que le ofrece. Su situación es más trágica que dichosa. No hay descanso para él. Está atrapado en un círculo vicioso de forma que no hay ni fin ni comienzo. La dinámica del deseo se ha alterado. En circunstancias “normales” la realización del deseo suele implicar un rebajamiento de la tensión, un apagarse del anhelo. De ahí que tengamos que hacer duelo por las ganas que se fueron. Pero se trata de una tristeza dulce y sin mayor tensión pues la energía ya se fue, descargada en el último suspiro del orgasmo.
Ahora bien, como Don Juan es un ser humano tenemos que pensar que lo infinito de su potencia es algo más imaginario que real. Es decir, sucede que si ninguna satisfacción realmente lo colma, que si en medio de una cópula ya está anticipando la siguiente, es porque imagina que nunca colmará su apetito. Pero en la realidad su potencia si se agota por lo que tiene que mediar un tiempo para que ésta se recupere. En ese lapso su deseo puede mantenerse pero ya no estará respaldado por su pene erecto. En todo caso Don Juan cree que nunca tendrá lo suficiente.
En su confesión Don Juan nos cuenta su historia. En un inicio su inclinación lo llevó al autoerotismo onanista. Pero, tempranamente, violó a su aya. En realidad se trata de una relación (casi) incestuosa y violenta que coloca a Don Juan en un camino de rechazo apasionado a cualquier intento de poner límites a su voracidad. Entonces, su deseo no se detendrá ante nada pero tampoco podrá ser satisfecho. Don Juan copula, copula y copula… sus ganas son desesperadas. No cree en nada. No está sometido a la ley que pacifica. No está reconciliado con lo finito de su humanidad.
La figura de Don Juan equivale a una radicalización del “macho primordial” imaginado por Freud en Tótem y Tabú. En efecto, como Don Juan, el “macho primordial”, descrito por Freud, tiene todas las mujeres que quiere, su deseo no está limitado. Además, al ser el único hombre de la “horda primitiva”, no tiene competencia. No obstante, el “macho primordial” puede saciarse, el pene erecto no lo domina. El “infinito malo” no lo ha capturado. En cambio, Don Juan tiene rivales aunque eso no le importa pues apenas le incomodan, los elimina. La diferencia es que no hay sosiego para Don Juan. En este sentido puede uno preguntarse en qué medida la fantasía constitutiva de la masculinidad “normal” está más cerca de Don Juan que del “macho primordial”. Y creo que la respuesta es de Don Juan pues lo característico de la masculinidad es el empuje voraz e insaciable.
IV
Don Juan obedece a un imperativo de goce, a un mandato que lo constituye y que le dice ¡Busca el sexo! ¡Haz el amor! ¡No descanses! ¡Todo instante sin copular es un intolerable desperdicio! Esta presión es el motor que impulsa a un individuo que corre sin parar, que está siempre en movimiento pero que nunca llega a la meta. Pero ¿de dónde emana esta presión? Aunque pueda ser canalizada por los amigos, familiares o medios de comunicación, ella proviene de la cultura, de la creencia social de que el sexo es la verdad definitiva de la vida y que los mejores, los que están dispuestos a ir hasta el final persiguiendo sus sueños, encontrarán la felicidad en seguir a esa voz que les exige ir de prisa hacia la próxima cópula. Pero no habría que ver en esta creencia una suerte de hecho natural, una causa primera, pues, a su turno, esta creencia es una construcción intersubjetiva, un mito creado en la misma interacción social; una reflexión destinada a orientar las posibilidades de la vida, a encausar su discurrir, aunque en este caso lo haga en una dirección poco propicia para el desarrollo humano.
Don Juan es el protagonista del mito donde el sexo compulsivo es la salvación y el paraíso. Ahora bien para esclarecer el significado de este mito es conveniente compararlo con otras narrativas que producen otras figuras o subjetividades, igualmente marcadas por propósitos únicos, por sentidos obsesivos. El empresario, por ejemplo, obedece a un mandato de trabajo incesante pues toda su actividad está al servicio de una acumulación de activos que nunca podrá ser suficiente. El precepto fundador es que todo instante sea aprovechado a conciencia, productivizado para aumentar los rendimientos, la posesión de activos. Lo que para Don Juan son las mujeres para el empresario es el dinero. En ambos casos se trata del objeto y la causa del deseo. Un objeto que se anhela en tanto se le ilusiona como un paso más para el logro de la plenitud. Otro tanto se podría decir del sabio exigido de conocer siempre más, o del santo a quien se le demanda una mayor perfección moral. Todos estos sujetos obedecen a la misma lógica obsesiva.
No obstante, las figuras del empresario, el sabio y el santo son socialmente prestigiosas. Se trata de modelos de identidad, o sentidos de vida, constantemente divulgados, ofrecidos como solución a la angustia o al vacío primordial que es la condición humana. Estas virtudes tan aplaudidas suelen tener, sin embargo, un costo personal muy alto pues tornan a quienes la encarnan demasiados serios y obsesivos. Sea como fuere, el mito de Don Juan, por lo menos en su versión clásica, recoge una fantasía masculina que no es prestigiosa pero lo hace desde una enunciación moralizante que descalifica a su protagonista. Digamos que muestra un deseo en función de condenarlo. Pero a la larga, como ocurre en toda fábula, lo que más interesa es lo que muestra y no lo que condena. En sus formulaciones canónicas, Don Juan es un antihéroe, un modelo negativo de identidad. Su vida nos puede seducir, y hasta lo podemos admirar, pero finalmente somos invitados a rechazarlo pues no podemos identificarnos con su moralidad transgresiva e injusta para con los demás. Digamos entonces que el mito de Don Juan es la elaboración moralizante de una fantasía masculina transgresiva: rechazar los límites y la ley, y convertir al sexo desenfrenado en la única actividad que importa en la vida.
Pero podemos ir más allá si consideramos que esta fantasía de tener a todas las mujeres, una tras otra, no resulta tanto de una pulsión primordial, a la manera de lo que podría ser un instinto ciego, sino que es, sobre todo, el subproducto de la manera como se ha organizado la masculinidad hegemónica. En efecto, durante su socialización el hombre es llamado a obedecer pero también, y simultáneamente, a imponerse. Es decir, se le impulsa a competir pero sobre todo a triunfar, a moderarse pero a gozar sin freno. Se instala entonces en la subjetividad masculina una tensión constituyente. Una tensión que puede cifrarse como resultado de la vigencia de dos mandatos incongruentes entre sí: a) respeta la ley b) pero rechaza los límites.
Cuando el mandato de rechazar los límites predomina sobre el mandato de respetar la ley, la transgresión se generaliza y la vida social se hace más impredecible y conflictiva. En una coyuntura de este tipo Tirso de Molina elabora la primera versión del mito de Don Juan (1630). Según Ian Watt, Tirso de Molina predica la necesidad de ser más íntegros. El texto apunta a atemorizar a esa juventud engreída que, habilitada por su poder, y confiada en la posibilidad de un arrepentimiento postrero, no duda en entregarse a la concupiscencia y el desarreglo. En definitiva, Don Juan es un antihéroe, que si bien resulta atractivo por su coraje y por la entrega a su deseo; termina, no obstante, siendo un personaje repelente por lo arbitrario, injusto y desenfrenado de su comportamiento. Finalmente, Don Juan se condena, su destino es el infierno por toda la eternidad. Según Watt, la decadencia de la sociedad española hacía improbable una condena intramundana de los comportamientos de los jóvenes ricos y engreídos. La debilidad de la justicia y la creencia en que siempre era posible evadir el infierno habían llevado a una decadencia de la moralidad. No hay temor: ni a la ley, ni a Dios. Entonces, Tirso recuerda que la justicia verdadera es la divina y que ante no ella no caben los arrepentimientos convenidos. En definitiva, Tirso recoge una fantasía y la cristaliza en un personaje que pretende ser más repudiable que atractivo. Su historia muestra que a la gente como Don Juan le espera el castigo eterno. Si su prédica tiene éxito la sociedad debería ser mucho más moral, más cercana a sus ideales instituyentes, por lo menos públicos.
Como toda historia que logra simbolizar un drama humano perdurable, la historia de Don Juan es reelaborada muchas veces. José Zorrilla (1817-1893), bajo el influjo del siglo XIX, más secular y romántico, imagina un Don Juan más amable. Un personaje menos compulsivo que finalmente se salva pues la burlada Doña Inés, en virtud de su amor, le otorga graciosamente su perdón. Entonces, en el último momento, cuando se decide el destino de Don Juan, Doña Inés mitiga la ira de Dios y evita la condena eterna de su amado seductor.
El Don Juan criollo de Yerovi es muy distinto. Si Tirso condena sin dudas a su personaje, y Zorrilla lo salva gracias a la ternura de lo femenino, la posición de Yerovi es el triunfo del falo erecto aún en contra de la figura que lo emblematiza. Es decir, en las narrativas de Tirso y Zorrilla la condena o salvación de Don Juan significan el reestablecimiento de la ley. Pero en el mundo de Yerovi no hay ley ni, en consecuencia, tampoco transgresión. No hay prohibiciones, ni autoridad que las enuncie. El domino del falo erecto remite a una situación primordial, en la que aún no existe ley; en esas circunstancias el límite al poder del individuo es otro individuo en la medida en que sea más poderoso. Entonces la violación de Don Juan no es el triunfo de la ley y el castigo sino la continuidad de ese estado primordial donde no hay límites para el goce. Don Juan termina siendo víctima de la situación que se representa con su nombre.
La parodia de Don Juan de Yerovi puede ser vista como una cristalización de la fantasía de una sociedad de “machos y hembras calientes”. Todos cultores del falo erecto. En realidad esta fantasía se genera dentro de la ley y el (des)orden social, como una suerte de nostalgia carnavalesca que puede eventualmente conducir a un período de “desmadre”; es decir, a una suspensión temporal y relativa del orden social. En todo caso a través del prisma de esta fantasía el encuentro sexual deja de ser problemático y es imaginado como una cópula entre animales que están en celo y que son insaciables en su búsqueda de placer.
La parodia de Don Juan se asemeja a las fantasías adolescentes, tan llenas de ardor y transgresión pero, también, tan predecibles y reiterativas. Fantasías que resultan del cruce entre el vigor sexual y la necesidad de autonomía, de reafirmación contra le ley; factores, ambos, propios de esa época de la vida. En cualquier forma llama la atención la libertad y el desparpajo de Yerovi. Su no tener miedo, su ser consecuente con las premisas de las que parte para construir ese mundo que gira en torno al falo erecto.
V
La historia de Yerovi se inicia con un Don Juan castrado y cercano a la muerte. Pero, aún en un estado tan lamentable, mantiene su orgullo, su actuar sin miedo según su real capricho. El infierno no lo atemoriza pues trata de imaginarlo como la prolongación de su vida de desenfreno. Además, los frailes no le merecen ningún respeto. Pero con el asedio de los demonios Don Juan pierde su compostura. Resulta que el infierno es una “hoguera crepitante” y no “una sempieterna orgía” y, además, que la muerte ya se lo lleva. Entonces para evitar tan espantable destino Don Juan quiere reconciliarse con Dios y la ley.
El tránsito al siguiente episodio es oscuro. De pronto Don Juan aparece en la vastedad del cielo. Ahora bien, resulta que el cielo, tal como Don Juan lo quiere imaginar, es un lugar frío y sin atractivos. Y el infierno, en cambio, es un espacio cálido y placentero. Don Juan se encuentra a gusto con Satanás en medio de una orgía sin fin. Pero, a pesar de todo, Don Juan extraña a Doña Inés.
En el mundo de Yerovi todos pretenden gozar, de manera que Don Juan no es una excepción sino el cumplimiento más puro de la norma. En efecto, hombres, mujeres, frailes; hasta el mismo Pontífice, todos hacen girar sus vidas alrededor del desenfreno sexual. Se trata sin duda de una exageración paródica que sin embargo no hace más que radicalizar la propuesta ya implícita en el mito de Don Juan. El paraíso es una orgía sin término.
VI
Hay dos momentos en la obra donde se evidencia la humanidad de Don Juan; es decir, el hecho de que no está totalmente colonizado por la fantasía del falo siempre erecto. El primero es cuando, moribundo, Don Juan siente temor a la muerte, sentimiento que lo fuerza a ensayar un arrepentimiento que no será sincero, pero que se supone una conciencia de su finitud; es decir que lo espera “la hoguera crepitante de Satán”. La inminencia de la muerte, y del castigo eterno, desvanecen su erección, lo hacen pensar en otra cosa.
El segundo momento es su regreso a la tierra y la búsqueda de Doña Inés. Resulta que no todas las mujeres son iguales, objetos donde no se puede terminar de saciar una potencia imaginada como inextinguible. Hay una mujer diferente, hacia la que Don Juan tiende con redoblado furor. En esa predilección se evidencia su no ser enteramente máquina, su capacidad para forjar un vínculo en que el otro es reconocido en su alteridad.
A primera vista pareciera que la humanidad de Don Juan está totalmente capturada por la fantasía, por una enajenación en la creencia de que el sexo compulsivo es lo único que da sentido a la vida. La imagen de la orgía sin fin. No obstante, una lectura más atenta del texto nos permite identificar síntomas de una humanidad oprimida: el miedo y el amor. Don Juan no llega a ser un robot del sexo. No obstante, le falta poco, pues el afecto por Doña Inés parece fundarse en lo excepcional de su ardor femenino y, de otro lado, el miedo a la muerte proviene del temor al castigo y a la expectativa de no poder copular más.
VII
¿Cuál es el lugar de la fantasía del falo siempre erecto? La respuesta depende de la sociedad y la cultura de referencia. En la antigüedad clásica el falo siempre erecto estaba encarnado en la figura de Príapo, un dios relativamente menor, en la mayoría de las versiones, significativamente hijo de Dionisio y Afrodita. Imaginado, por tanto, como combinación del exceso orgiástico con el amor carnal. Príapo estaba asociado a la fecundidad de manera que era especialmente reverenciado por los pastores que le brindaban ofrendas para asegurar la multiplicación de sus rebaños. De otro lado su imagen era tenida como propicia para contrarrestar la envidia. Bajo el influjo del cristianismo Príapo se convierte en Belgefor un demonio enviado a la tierra para poner a prueba la virtud de las mujeres. La fantasía del falo siempre erecto es pues satanizada. No obstante, si comparamos las dos imágenes resulta que la de Belgefor es mucho más gozosa. Hecho que viene a ratificar las ideas de Foucault en el sentido de que al reprimir y condenar al sexo el cristianismo lo hace más atractivo. La prohibición exacerba el deseo.
Príapo
Belgefor
Como se sabe, la propuesta cristiana invita a una sublimación radical de las pulsiones, especialmente eros. Toda la energía de los seres humanos tendría que estar dirigida hacia Dios. Con la secularización y la modernidad surgen otras metas legítimas como la ciencia, la industria, el arte y la política. Entonces la vitalidad puede ser encausada hacia la realización de una serie de ideales como la verdad, la belleza, el poder, el dinero. Sea como fuere, la sublimación se mantiene aunque sus orientaciones no sean las mismas.
Pero junto con la sublimación está también la posibilidad de una satisfacción menos elaborada y más inmediata de las pulsiones. Apuesta visible en desenfreno del carnaval. En general puede decirse que esta apuesta tiende a ser dominante cuando se debilita la autoridad que sostiene las sublimaciones. Entonces, los “grandes logros” sin un reconocimiento que los haga deseables, se vuelven menos atractivos. Y, en contraste, se generaliza la búsqueda de la satisfacción corporal como sentido de vida. Pensemos, por ejemplo, en la Familia Simpson. Homero y Bart representan esa nostalgia por el carnaval, ese mundo simple donde las satisfacciones elementales (la comida y la bebida) son realmente contundentes.
En el mundo criollo colonial coexistían la fiesta y la santidad como las grandes orientaciones civilizatorias. Coexistencia tensa y problemática que entraña un desgarramiento. Lima era una ciudad donde el misticismo de la renuncia al cuerpo se daba la mano con el culto al goce sensorial. No obstante la obediencia extrema y la transgresión generalizada eran como la cara y el sello de la misma moneda. La articulación entre sacrificio y goce tiene que ver con el sistema de género. El misticismo ascético tiende a ser femenino y el goce corporal, masculino. El convento y el lupanar. La jarana y la procesión. Esta tensión define la subjetividad criolla.
Con la secularización el polo de la transgresión se va imponiendo en la medida en que el debilitamiento del discurso religioso no es acompañado por un afianzamiento de la autoridad civil. Entonces la tendencia es hacia la desublimación… Se afianza así, como señala Pepi Patrón, la creencia en que la buena vida es la vida buena. El disfrute tiende a ser lo único importante. En este sentido, tal como argumenta Juan Carlos Ubillúz, el mundo criollo se anticipa a la lógica del mundo posmoderno, o el capitalismo tardío, pues en ambos el imperativo del goce es el eje en torno al cual se nos demanda estructurar nuestras vidas.
VIII
En la imaginación de Yerovi, que suponemos es también la del mundo criollo y la del falocentrismo occidental, hay dos destinos. El masculino es un destino que hay que ganar pues no basta tener pene para alcanzarlo. Implica la disposición a la lucha y la subordinación del placer al poder. De allí que el goce masculino sea un despliegue posesivo de actividad. Comer, morder, engullir. Las palabras no alcanzan a expresar lo infinito del deseo. Las mujeres quieren ser “comidas”. Calientes y ardorosas están, allí, esperando el placer.
Para Freud el destino femenino es trágico. La envidia del pene define la condición femenina. Es una herida que no se puede curar. Quizá el padre del psicoanálisis esté equivocado. En realidad lo femenino supone renunciar al poder en función de obtener un mayor placer. Ya Lacan decía que el goce femenino es “otro goce”. Menos concentrado en lo genitales pero mas extendido por todo el cuerpo, y, en definitiva, más intenso.
El machismo de Don Juan le impide una actitud pasiva, de espera de ser tocado, acogiendo la iniciativa del otro. Esta espera despierta horror pues se asocia con lo femenino repudiado. Pero, y aquí está la intuición de Yerovi, también despierta atracción. Entonces la verdad de Don Juan es enunciada por Doña Inés. “¡Ay, Don Juan, te han convertido / de repente en maricón!/ Tal es el poder del nabo: / con sus férvidos placeres / nos subyuga a las mujeres / y hace del hombre un esclavo/” Resulta que la sodomización de Don Juan lo ha convertido a una posición sin prestigio y humillada pero más placentera.
El hombre activo que goza con el despliegue de su poder sobre el cuerpo femenino. La mujer pasiva que goza más de la actividad que se despliega sobre ella. Esta es la pareja patriarcal.
Pero el hombre no tendría porque ser siempre activo ni la mujer restringirse a esperar. En este sentido, la obra de Luce Irigaray abre una nueva perspectiva en la medida en que la relación entre géneros ya no gira en torno a una posesión que anula la alteridad para entretejer una mutua servidumbre sin vitalidad ni creación. Para Irigaray la preservación de la diferencia es posible gracias a la dupla cariño-caricia. Se establece así un vínculo que no subyuga, una proximidad que no captura, una distancia que es riesgo pero también riqueza. Desde esta perspectiva es posible la amistad entre hombres y mujeres. El hombre ya no tiene porque ser siempre activo, puede también recibir al otro, de la misma manera que la mujer ya no tendría porqué siempre ser pasiva, colocándose como objeto del deseo y la actividad masculina. Ello implicaría perder el miedo a la pasividad para los hombres, y superar el temor a expresar el deseo por parte de las mujeres.
En todo caso, es claro que una nueva educación sentimental es necesaria. Y esta posibilidad solo puede plantearse desde el callejón sin salida al que nos lleva el machismo don juanesco imaginado por Yerovi. En efecto, la obra termina con un Don Juan sodomizado y que ha disfrutado a regañadientes de la posición pasiva. Pero esta situación no tendría que significar que ha cesado su amor por Doña Inés. Si eventualmente Don Juan reapareciera su relación con Doña Inés fuera distinta, probablemente menos fálica y obsesiva. Pero imaginar esta relación es ya materia de otra obra de arte.
Príapo

Belgefor

