De la resistencia al achoramiento: cambios en la cultura popular criolla

I

A continuación transcribo y analizo dos relatos surgidos del mundo popular afro-peruano. Se trata de narraciones pertenecientes a trabajadores rurales del valle de Nazca. Estos relatos fueron recogidos en el contexto de una fiesta o jarana promovida por Rafael Tapia, y a la que asistimos unas veinte personas, un grupo conformado por gente de Lima y, de otro lado, por algunos de los herederos más caracterizados de la cultura afro-peruana del valle de Nazca. Incluyendo decimistas, músicos y contadores de historias. La reunión fue grabada en un video al que se tituló “fiesta bajo el tamarindo”, en alusión al enorme árbol que cobijo la alegría de nuestro encuentro. Entonces paso a transcribir los relatos. Hago la salvedad que la redacción está ligeramente retocada en función de una mejor lectura. Anuncio que hacia el fin daré algunas opiniones personales.

El Negro Francisco, de los Blancos su Amigo

Mi madre me contó que su papá le había contado, y a su papa le contó su abuelo, que hace mucho tiempo, pero cuando ya Ramón Castilla había abolido la esclavitud en este valle y en todos los valles de la costa peruana, había un negro llamado Francisco que era muy apegado y adulón a los blancos que eran los dueños de las haciendas. Les había servido tanto que le quedo ese amor a ellos. Pero era un negro tan especial que quería llamar la atención de todo el mundo. Y un día le dijo a su mujer: “mujer, has correr por el pueblo la enfermedad mía”. Y la negra salió pues por todo el pueblo a decir que se le había enfermado su marido y muy pronto llegaron a su casa no gente de color sino gente blanca de muchos pergaminos. De la enfermedad fingida paso a la muerte: “mujer, has correr por todo el pueblo la muerte mía”. Y la gente llenó su casa. No gente de color sino gente blanca. Y al negro lo comenzaron a velar en su casa pues, estaba tendido en una cama sobre hojas de plátano. Entonces la negra, su mujer, estaba muy preocupada, preocupadísima, por la osadía de su marido. Ella se acerca en un disimulo: “pero Francisco, tu dejar enterrar vivo, vivo, vivo”. Y el negro le contesta: “tanto acompañamiento como va a desairar”. Y así es que al siguiente día llegaron pues los blancos con una carreta y sobre la carreta venia un ataúd, un ataúd de esos mal tallados, de guarango que hacían antes, y en un santiamén lo colocaron al negro, lo tendieron cuan largo era en su cajón. Entonces lo comenzaron a llevar al cementerio, entre cánticos y todo, y con todos sus recutecus. Antes de meterlo al nicho, se le acercó nuevamente su mujer, pero Francisco, la negra estaba muy preocupada: “pero Francisco, tu dejar enterrar vivo, vivo, vivo”. Pero el negro le vuelve a responder: “Tanto acompañamiento como va a desairar”. Entonces la gente, ¡Pum!, metió el cajón adentro del nicho y lo tapearon, y le colocaron un epígrafe ahí colgado en un clavo, un clavo todo mohoso: “aquí yace el negro Francisco, de los blancos su amigo”. Y se quedó a expensas de los gusanos, no volvió a salir más.

El Negro Indalecio y el Carnero Merino

Les cuento una anécdota que me contó Don Indalecio Chávez que en paz descanse. Allá por los años 65, 70, el patrón que en esa época estaba en Collungos, Don Ismael Elías, llevó un carnero merino para su rebaño. Don Indalecio ve ese carnero merino y en la noche le da vuelta y se lo lleva a su casa y lo cuelga. Al otro día se levanta el guardián, el pastor, y no estaba el carnero merino. Se va donde el patrón: “Patroncito, el carnero merino que usted trajo ayer no está patroncito”. “¿Cómo no puede estar?, vamos a revisar todas las casas, aquí nadie puede ser ladrón”. Y entonces iban. Toc, toc. “Abre tu puerta”. “Qué patroncito”. “Se han robado al carnero merino”. Entraban.. Y nadie tenía. Avanzaban tres puertas y Felicinda, que era su mujer de Indalecio, le decía: “Indalecio, por qué te has robado ese carnero, horita viene el patrón y nos va a encontrar con la merca pes ahi” “Hijita, no te preocupes, deja el cuento a mi” Cuando faltaban dos puertas.” Ayy, Indalecio, ahí viene el patroncito”. “Hijita no te preocupes”. Cuando en eso, “Toc, toc”. Y sale Indalecio. “Sí, don Ismael, qué ha pasao” “No te preocupes”, le dice, “ñaño”, sino que anoche se me han robado mi carnero merino y estoy revisando puerta por puerta”. “Ahh, ahora el ladrón viene a revisar la casa del honrado” “No te preocupes hijito”. Y se fue, y se pasó para la otra puerta, y se fue.

II

El relato sobre el negro Francisco tiene una impronta legendaria. Narra sucesos que ocurrieron hace mucho, cuando entre los trabajadores negros del valle de Nazca, la esclavitud era aún una memoria viva, un trasfondo presente. Francisco “era muy apegado y adulón a los blancos”. Además le gustaba llamar la atención. Estos antecedentes representan el contexto de las decisiones de Francisco de presentarse, primero, como enfermo, luego como muerto y, finalmente, dejarse enterrar vivo.

¿Cómo explicar el comportamiento de Francisco? ¿Y por qué persiste en su opción? Hay varias razones que pueden ayudarnos a entender a Francisco. La primera es el deseo de ser querido, sobre todo por aquellos a quienes aprecia tanto, los dueños de las haciendas, la “gente banca con muchos pergaminos”. Ahora bien, como Francisco no es visitado por sus compañeros trabajadores podemos suponer que no era muy querido por ellos. Si, además, era “adulón”, entonces es razonable pensar que fuera un favorito de los patrones y que colaborara con ellos denunciando a sus vecinos a cambio de algunas ventajas. En todo caso, aislado y sin el reconocimiento de sus semejantes, la valía de Francisco tenía que depender del buen juicio y del afecto de sus superiores. Por tanto, podemos suponer que, al declararse enfermo, Francisco desea poner a prueba si, efectivamente, cuenta con ese presumido apoyo y aprobación. En definitiva quiere regalarse o engreírse saboreando el manjar del afecto de sus patrones. No obstante, al divulgar un hecho falso, Francisco miente; se aparta de la imagen trabajador bueno y leal, incentivada por los hacendados. Imagen que él se siente orgulloso de encarnar. En realidad, al mentir declarándose enfermo, Francisco pone su necesidad de afecto por encima de su deber. Otra razón para darse por enfermo sería que Francisco esté cansado, o que simplemente, no quiera trabajar. En todo caso es claro que no es tan fiel y obediente como pretende.

La respuesta de los amos es aquella que Francisco espera pues resulta que recibe muchas visitas. Pero ahora está metido en una trampa y ya no sabe cómo volver atrás. No puede confesar que es una mentira o una broma pues eso contravendría su bien ganado prestigio. “Tanto acompañamiento, como va a desairar”. Entonces no le cabe más que seguir adelante y ser enterrado vivo. Esa imagen lo compromete al extremo de llevarlo a sacrificar su vida. Aún cuando Francisco tiene la oportunidad de darse cuenta que los amos no pagan tan bien pues depositan su cuerpo en un ataúd “mal tallado”. Es decir, le han dado un reconocimiento afectivo pero no una buena compensación material.

Francisco, el “adulón”, el trabajador ideal, resulta ser para sus compañeros un modelo negativo de identidad. Es un tonto porque se engaña y sacrifica su vida por gente que no merece la pena. La historia de Francisco es una fábula cuya moraleja es que la dependencia afectiva de los patrones lleva al trabajador, primero, al aislamiento respecto de los suyos, y, finalmente, a la rigidez y a la muerte. Hecho que queda subrayado en el cartel que se pone en su nicho y que dice: “aquí yace el negro Francisco, de los blancos su amigo”. Es decir, la amistad con los blancos mató al pobre negro Francisco. En este sentido su historia es más trágica que cómica. Los ingredientes de la tragedia son la soledad, la necesidad de afecto, y el compromiso con el papel de trabajador modelo. Pero lo trágico tiene su aspecto cómico pues se pone en evidencia la tontería, las ilusiones sin base de Francisco.

El relato prescribe que los trabajadores deben ser solidarios para lo que sus necesidades afectivas deben ser satisfechas en comunidad. Es decir, la figura de Francisco es satirizada desde la vigencia de otra figura que es el trabajador que marca la distancia con los patrones, que no se ilusiona con ellos. No obstante, el mundo de los patrones no es satanizado. Se les reprocha que no paguen bien. Son presentados como propietarios legítimos que no son justos y que seducen a los trabajadores para hacerlos más eficientes a sus intereses.

III

El relato sobre el negro Indalecio es presentado como una “anécdota” contada en un inicio por el mismo protagonista. El hecho es que Indalecio roba y mata a un carnero de raza destinado, como se sugiere, a mejorar la calidad del ganado de la hacienda. Lo degüella para comérselo. El patrón Elías investiga la desaparición del animal asumiendo las funciones de fiscal y policía, vulnerando la privacidad de las casas de sus trabajadores. No obstante Indalecio no se deja amedrentar, no tiene miedo, de manera que cuando Don Elías pretende entrar en su casa, le dice “Ahh, ahora el ladrón viene a revisar la casa del honrado”. Don Elías queda así “destapado”, desarmado, y le responde “no te preocupes hijito”. Debe notarse el trato preferente, marcado por la familiaridad y el respeto, del patrón hacia Indalecio. Mientras que amedrenta a los trabajadores a Indalecio lo llama primero “ñaño”, y después de ser desafiado le dice “no te preocupes hijito”. Se hace el loco porque no tiene ningún poder efectivo sobre Indalecio.

Indalecio roba el carnero para su propio beneficio. Es significativo, además, que su acción obstruya el progreso de la hacienda. Indalecio es un trabajador “achorado”. La figura del patrón no le merece ningún respeto. En efecto, pese a haber sido el autor del robo, Indalecio se considera, frente al patrón, como honrado. Considera, según la máxima, que “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Y más perdón, todavía, si quien hurta es un trabajador de ese gran ladrón que es el dueño Don Elías. Entonces el robo se valora como una expropiación justiciera a cuenta de toda la explotación sufrida. Indalecio se presenta como un trabajador conciente y corajudo que sabe lo que hace. En realidad el patrón ya no tiene poder, es incapaz de reaccionar frente al trabajador “consciente”. Debe notarse, sin embargo, que Indalecio es una excepción pues los demás trabajadores temen al patrón y dejan que sus casas sean rebuscadas. Pero se trata de una excepción que se postula como un ejemplo que indica un camino. El trabajador puede “desquitarse” sin tener cargo de conciencia pues solo está recuperando lo que le han quitado.

Debe remarcarse que el comportamiento de Indalecio obstruye el desarrollo y que solo lo beneficia a él. No obstante, él presume de su manera de actuar. La anécdota se sitúa en la época de la reforma agraria. Es el ocaso del poder de los terratenientes. Pero también es el preludio del fracaso de los fundos cooperativizados. Es claro que en la ruina estrepitosa de las nuevas empresas el hecho decisivo es el “achoramiento” de trabajadores como Indalecio, convertidos en dirigentes sindicales por su mismo atrevimiento frente al patrón.

IV

La afinidad entre Francisco e Indalecio es evidente. Ambos son muy individualistas y tienen una relación “especial” con el patrón. La gran diferencia es por supuesto que Indalecio se ha dado cuenta que el patrón no tiene poder, que solo presume. Ahora bien, Francisco es ridiculizado por sobón e Indalecio es elogiado por “vivo” y transgresor. Digamos que Indalecio es un Francisco que se ha dado cuenta de que está mal pagado, que recibe un trato que no es justo. Entonces simula una familiaridad con los patrones que ya no implica respeto ni subordinación. El individualismo y la transgresión han reemplazado a la reverencia frente a los patrones y al llamado a la solidaridad.

El robo de los trabajadores puede quizá justificarse en el contexto de una explotación rentista de la tierra. El patrón no aporta nada salvo la supuesta propiedad de la tierra y recibe a cambio trabajo, productos o dinero. Estamos hablando del gamonalismo, del feudalismo colonial, largo tiempo vigente en los Andes. Pero en la costa los patrones son también empresarios que organizan la producción y que tienden a aumentar la productividad mediante mejoras tecnológicas que revierten en un crecimiento del producto y, eventualmente, en mejores salarios. En estas circunstancias el robo es mucho menos justificable. Especialmente el de un carnero de raza que vale mucho más como reproductor que como carne. El robo de Indalecio atenta contra el progreso de la hacienda y, probablemente, de sus propios compañeros. Además pone en evidencia una actitud presentista, de sacrificar el futuro en aras del presente. Por último, debe señalarse el facilismo del comportamiento de Indalecio pues es seguro que de haber vendido el carnero merino, con el dinero hubiera podido adquirir muchos carneros corrientes.

¿En qué medida era necesario que Francisco cediera el lugar a Indalecio? Toda narrativa es una solución imaginaria a un antagonismo real, dice Slavoj Zizek. Desde esta perspectiva tenemos que imaginar que la elaboración del cuento sobre Francisco representa una agencia subalterna, un intento de los trabajadores por desmitificar la seducción que los patrones ejercen sobre ellos. En vez de venderse barato, los trabajadores deberían permanecer unidos. Es claro que si este intento es necesario es porque la tentación existe. Debieron existir muchos trabajadores como Francisco sobre todo entre los sirvientes domésticos y los capataces. No podemos saber cuantos potenciales Franciscos fueron llamados al orden de la comunidad por relatos como el presente. Pero lo que si podemos suponer con certeza es que el relato apunta a suturar una tensión en la subjetividad de los trabajadores. Una tensión que implica un dilema que desgarra: o responder al llamado de los patrones y ser un “buen trabajador”, recibiendo las compensaciones respectivas, o, de otro lado, ser solidario con los demás y renunciar a las apreciadas ventajas. El relato sobre Francisco afirma que quien cede a la seducción es un tonto que terminará mal puesto que las ventajas son ilusorias y que, además, la pérdida de la dignidad equivale a una muerte en vida pues se estará prisionero de una imagen que impide una auténtica expresión. El relato no describe una situación sino que crea una pugna, construye una trinchera, los trabajadores podrían estar mejor si actúan mancomunadamente en vez de dividirse tal como lo pretenden los patrones. Finalmente, el relato apunta a la realización de un deseo: los trabajadores respetan a los patrones pero son una comunidad autónoma.

En el relato sobre Indalecio se deja ver que el sueño de la comunidad autónoma no ha funcionado. El mundo de los trabajadores está fragmentado y los más listos buscan lo suyo sin temer a nadie. El relato contrasta la humildad y honradez de los trabajadores que se dejan revisar y se someten -”No está patroncito; agüaite, entre usted hasta adentro”- con la desafiante seguridad de Indalecio “Ahh, ahora el ladrón viene a revisar la casa del honrado”. El dilema de los trabajadores es entre la sumisión que perpetúa la pobreza y el desafío que mejora, al menos temporalmente, las condiciones de vida.

En la época de la hacienda los trabajadores aspiraban a ser una comunidad. Pero cuando adviene la reforma agraria, los trabajadores escogen tener cada uno, como individuo, y hoy, lo mejor. No debe llamar la atención entonces el fracaso de las cooperativas, primero, y de las parcelaciones, luego. Y, finalmente, la vuelta de patrones con una impronta más empresarial. En su estudio sobre la figura del patrón en la costa norte, Eloy Neira y Patricia Ruiz Bravo registran una añoranza por el mundo de la hacienda y su autoridad fuerte, ordenadora de la vida colectiva. Esta idealización retrospectiva pone en evidencia el fracaso del mundo criollo tanto para lograr una organización autónoma como un desarrollo individual.

V

La relación entre el individuo y la sociedad es inherentemente conflictiva. Es decir ambos no pueden ser simultáneamente todo lo que pueden. En efecto, si los individuos lograran hacer lo que realmente quisieran la sociedad sería un caos, desaparecería. Pero, de otro lado, para que la sociedad funcionara sin contratiempos, tal como lo señalan las leyes que la instituyen, el individuo tendría que convertirse en una máquina de obediencia. Esta conflictividad entre el individuo puede ser administrada pero no resuelta. Esta regulación del conflicto es posible gracias a la ley que pone límites al goce de los individuos. Y, también, en virtud de la transgresión, ficticia o real, que permite el desahogo de lo humano, de aquel exceso o resto que no puede ser colonizado por las normas sociales. Sin la ley los más fuertes pretenderían hacer lo que les viene en gana y lo más débiles resistirían, de manera que la interacción social sería violenta, y, a la larga, imposible. Sin la posibilidad de transgredir, aunque sea en la imaginación, el individuo quedaría robotizado.

Ahora bien, el contrato social que fundamenta al mundo moderno supone que todos rechacemos la posibilidad de abusar a cambio del derecho a no ser abusados. Todos somos pues iguales ante la ley y todos estamos protegidos por la autoridad. No obstante, sea en la realidad de la vida cotidiana o sea en la fantasía, la transgresión está siempre presente. Esta persistencia de la transgresivo es el síntoma de lo irrestrictamente individual, que para bien y para mal, no puede ser erradicado por el automatismo social. Desde luego que hay transgresiones de muy diversos tipos. Desde el desacato de una norma injusta hasta el abuso del otro en la afirmación de la propia conveniencia, pasando por el humor donde la transgresión es puramente imaginaria.

En cualquier forma se puede identificar dos tipos de vínculo entre la ley y la transgresión. En la primero, prima la ley lo que supone que el sujeto se identifica con la autoridad y condena la transgresión. Entonces esta se desplaza al campo de lo imaginario. En la segundo, la autoridad es débil de manera que la vigencia de la ley es muy relativa y, como consecuencia, los comportamientos transgresivos se generalizan. Estos distintos vínculos coexisten en toda sociedad y en todos los individuos pero, naturalmente, en proporciones muy distintas.

Lo característico del mundo criollo es que la gente no se identifica mucho con la autoridad pues ésta no suele ser legítima en la medida en que quienes la encarnan son los primeros en no cumplir la ley. Esta menor sujeción a la ley implica que el funcionamiento social es impredecible y conflictivo pero que los individuos son, hasta cierto punto, más libres. En el mundo criollo el goce de la gente es la transgresión, el sacarle la vuelta a la ley. Prevalece la “viveza” y la “pendejada”.

Esta situación se revela en los cuentos comentados. En el primero la comunidad de trabajadores pretende resistir la autoridad de los patrones, defenderse del modelo del sirviente fiel encarnado por Francisco. La defensa se legitima por la creencia en que los patrones pagan poco e implica generar un mundo social autónomo, opaco a las miradas de los patrones. La transgresión se justifica como resistencia a la injusticia. En el segundo se presenta al trabajador insubordinado, y que vive al día, como una figura ideal. En este caso, la transgresión y el desconocimiento de la autoridad se justifican como necesarias para el bienestar del individuo. Estamos pues ante la moral “achorada”, incrédula ante la ley y concentrada en el goce inmediato.

VI

Pertenezco a una generación y un grupo humano a quien se le quiso enseñar que el mundo popular era más sufrido pero más alegre, y moralmente superior al representado por las clases medias. Era tanto el prestigio de esta valoración que resultaba imposible rebelarse contra ella. En todo caso se demandaba una inmersión en ese mundo. Solo después se estaría calificado para dar una opinión. Mientras tanto tendríamos que creer. Los textos de Marx y Gramsci y, sobre todo, la autoridad moral de la Iglesia, nos decían que en las formas de vida de los más pobres la solidaridad y la sabiduría eran una realidad indiscutible. Nosotros, la gente de clase media, éramos beneficiarios de una situación injusta de manera que estábamos contaminados. La única manera de dar sentido a nuestras vidas era salvar al país mediante un cambio radical del orden social.

Hoy, muchos años después, vengo a creer algo diferente. Ahora me interesa más el aspecto individual. La materia humana es la misma en todas partes. Y aunque las circunstancia sociales la moldeen de una forma y otra, lo verdaderamente importante es la manera como reaccionamos frente a esos condicionamientos de los que no podemos escapar.