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	<title>Comments on: Todas las sangres</title>
	<link>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/06/01/todas-las-sangres/</link>
	<description>En esta página encontrarás resúmenes de textos ajenos, por lo general comentados, y también artículos de elaboración propia, especialmente de Ciencias Sociales, pero incluyendo igualmente otras ramas del saber.</description>
	<pubDate>Sat, 11 Oct 2008 01:55:30 +0000</pubDate>
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		<title>by: Juan Miguel</title>
		<link>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/06/01/todas-las-sangres/#comment-422</link>
		<pubDate>Mon, 10 Dec 2007 13:58:14 +0000</pubDate>
		<guid>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/06/01/todas-las-sangres/#comment-422</guid>
					<description>Aquí va una interpretación de Todas las sangres cuya motivación fue una conversación ajena que, por uno de mis (tantos) malos hábitos, escuche mientras estudiaba para el examen. (Qué contradicción: escuche la conversación mientras estudiaba para el examen. Una prueba más que la Lógica no puede contra conmigo). Situación: dos peruanos quienes le comentan a un estudiante visitante noruego que la PUCP y Lima son tan solo una “burbuja”, una barrera protectora que esconde el verdadero rostro del Perú. Esa vieja idea de que los limeños de clase media o alta vivimos en nuestro mundo paralelo y de espaldas al Perú rural.

Es evidente que esta idea ha sido drásticamente cuestionada en el último tercio del siglo XX. Las migraciones y la despoblación del campo, el éxito del empresario cholo, la reproducción y difusión de la cultura popular andina en Lima; junto al despertar de una, cada vez más fuerte, conciencia social entre los jóvenes limeños de clases medias y altas que se sienten concernidos con las realidades de pobreza y exclusión del Perú rural son algunas piezas de este paulatino cambio de perspectiva. Sin embargo, si ubicamos esta idea en las décadas del 40 y 50 –tiempo histórico aproximado donde se sitúa Todas las sangres- podríamos decir que la imagen de Lima como “burbuja feliz”, en cuanto desvinculación de los sectores medios y altos con el interior del país, encuentra un sustantivo mayor arraigo. 

Si bien es cierto, esta idea es la imperante entre los sectores sociales aludidos, son los años 40 y 50 los que traen a Lima, a través de las migraciones del campo a la ciudad, la realidad socio-cultural rural-andina al contexto urbano. La ciudad que ha procurado vivir en una “burbuja feliz” comienza a ser invadida masivamente por aquellos peruanos a los que ha dado la espalda. Los limeños acomodados, a pesar de sus intentos, se ven forzados a entrar en contacto con el mundo que han negado. Como es bien sabido, las respuestas no tardan en llegar: pasan desde el discurso racista que clama por deportaciones de los migrantes hasta uno minoritario que intenta aproximarse a este mundo para comprender las transformaciones que experimenta el Perú y a los actores que las propician. Por tanto, respecto a este último discurso, se vuelve los ojos hacia los Andes para preguntarse, sin una estricta motivación académica, por el origen de las transformaciones, y por la cultura y las lógicas de comportamiento de los nuevos actores urbanos. Comienza, de esta manera, un intento por comprender al Perú desde la pregunta y el contacto con el mundo andino de parte de círculos no académicos. Recordemos que desde Gonzalez Prada se inicia un interés por la realidad del indio, pero se trata de círculos intelectuales que, si bien ingresan (desde múltiples formas) al mundo rural andino, no generan una masiva identificación entre los sectores limeños aludidos. Es el contacto (no) (buscado) con este mundo dejado de lado el que somete al imperativo de tomar una postura frente a él y su papel en el porvenir del país. En esa línea, desde mi perspectiva, Todas las sangres escenifica, en la figura de dos personajes limeños, respectivamente, dos posiciones frente a dicha constatación.

Lo significativo de ambas posiciones radica en que han reventado la burbuja; es decir, han tenido contacto con el Perú rural andino, debido a una decisión que equilibra un deseo autónomo y la respuesta a una obligación. Sea cual sea el motivo que prime en la toma de tan radical decisión, lo común está en que ambos han salido de Lima para insertarse al mundo andino marcado por la crisis del sistema de dominación gamonal, la débil capitalización de la sierra, y los imaginarios criollo, mestizo e indígena. La diferencia, porque siempre hay una diferencia, consiste en la respuesta (o compromiso, podría usarse) de cada personaje frente a la realidad contactada. 

 Por un lado, Matilde, quien si bien es cierto no me queda claro si es limeña o no, demuestra una identificación con el estilo de vida y la cultura de la capital. Sin embargo, en la novela, ella va paulatinamente asumiendo una actitud maternal frente a los indígenas, llegando a acudir por beneplácito o caridad a sus ceremonias. Incluso, y a pesar de las presiones contrarias de su esposo Fermín, muestra una gran simpatía frente al proyecto neogamonalista de Bruno y sus visiones religiosas muy particulares. Resulta claro que Matilde va tomando conciencia de la problemática indígena y de las transformaciones experimentadas por la sociedad rural andina. 

La postura de Matilde se adscribe a la de Bruno: redimamos al indio a través de mostrarle piedad, de reconocerlo como persona y no como instrumento de explotación; pero, sin transmutar el sistema gamonal. Ella lo va a manifestar al tener contacto con ellos. Al conversar con varios de ellos, se muestra gentil, pero marcando las diferencias de categoría. Los indios corresponden a Matilde reconociéndola, en efecto, como patrona buena y modelo de madre. 

Sin embargo, la contradicción salta a la vista, cuando Matilde retorna a la capital junto con Fermín. Èl sabe que sacarla del mundo de San Pedro va a clarificar su mente y lograr que ella vuelva a ser la de siempre. En efecto, lo logra. Matilde recuerda cuanto le fascina la vida limeña y reconoce haber quedado ofuscada por los sueños y misticismos de Bruno y sus indígenas. Lo reflexionado ha caído en saco roto. Ha pasado la página de lo aprendido raudamente y retornado a la posición inicial de indiferencia frente al Perú rural. Si bien Matilde retorna a la hacienda, su vínculo no vuelve a ser el de la primera parte de la novela. De hecho, apenas si aparece al final de la obra. De tal forma, Matilde termina representando a los que conocen la problemática rural andina, pero muestran indiferencia al no tratarse de su asunto. 

La otra postura es la del ingeniero Hidalgo. Él es un muchacho de clase alta quien acepta el trabajo en la Wisther por presión de sus padres y, en el fondo, porque desea descubrir el verdadero rostro del Perú. Sus prioridades e intenciones quedan claras cuando renuncia al trabajo en la mina después de que Asunta, al asesinar a Cabrejos, le ha revelado simbólicamente su cobardía. Desde ese momento, Hidalgo se dispone a explorar el mundo en donde ha decidido insertarse. Es así como llega a contactarse con la comunidad indígena de Paraybamba, Bruno, Rendon Huillca y Fermín, explicitando a cada uno sus convicciones y su visión del progreso rural. En sí, Hidalgo plantea una suerte de fórmula intermedia entre las propuestas de Bruno y Fermín: una modernización de la agricultura andina que, además, incluya la transformación del indio en obrero, sin que este pierda su cultura. Se trata de una modernización que no se perfile como un “olvido a cambio de una promesa”, sino que permita hacer dialogar tradición y modernidad para articular un proyecto propio e innovador. Un poco la visión del mismo Arguedas.

Su interés por someter a diálogo la tradición andina con la modernidad se trasluce en varias de sus actitudes. En primer lugar, destaca su sentimiento de vergüenza por no conocer quechua y su plena disposición a aprenderlo. Luego, también llama la atención sus actitudes frente a los indígenas. No los ve, en el sentido estricto del término, como sujetos de segunda categoría ni únicamente como fuerza de trabajo. Demuestra tener un concernimiento particular frente a los indígenas, marcado por un sentimiento de humanidad fuerte. Los reconoce como personas dignas de derechos y como una colectividad con gran potencialidad económica. Lo primero se observa en su gesto de abrazar al alcalde de Paraybamba que lo ha conducido hacia la hacienda de Bruno. Lo segundo en las frases de admiración que lanza al comentar la habilitación de andenes abandonados por siglos. 

Su compromiso, nutrido por sus convicciones socialcristianas y sus reflexiones en el contexto mismo, se hace radical y total. Se dispone completo al trabajo de la hacienda en Fermín sin importarle el nivel de su salario u otros beneficios económicos. La imagen de Higaldo se sintetiza en la satisfacción personal que siente al contribuir en un proyecto modernizador en el que encuentra muchas coincidencias ideológicas. Fuera de la dimensión laboral, su compromiso se evidencia radical al no temer ir a la cárcel por sus ideas y proyectos. Cuando es apresado por amenazar la estabilidad de la Wisther, no se amilana, sigue firme aun en la desgracia. Su salida de la cárcel, gracias a la intervención de su padre poderoso, no se ve como una huida cobarde o una intención por dejar todo atrás. Por el contrario, sale de prisión con las mismas convicciones y con la disposición a seguir la lucha en nombre de quienes le abrieron los ojos y le mostraron el verdadero rostro del Perú.

Situando a los personajes históricamente, encontramos que sus rostros encuentran un correlato entre sujetos sociales del período señalado. Por un lado, Matilde representa a las familias que se están enriqueciendo con la capitalización del mundo rural y que, por una suerte de conveniencia, prefieren pasar por alto diagnósticos o propuestas sobre la realidad rural. Estas solo obstaculizan su enriquecimiento. Se trata de modernizar el campo, pero para que rinda mejor para mí, no para los campesinos. Por el otro, Hidalgo encarna a la juventud limeña que paulatinamente irá cohesionando intereses e ideas para forjar propuestas políticas progresistas que aflorarán a partir del proceso electoral de 1956. 
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		<content:encoded><![CDATA[	<p>Aquí va una interpretación de Todas las sangres cuya motivación fue una conversación ajena que, por uno de mis (tantos) malos hábitos, escuche mientras estudiaba para el examen. (Qué contradicción: escuche la conversación mientras estudiaba para el examen. Una prueba más que la Lógica no puede contra conmigo). Situación: dos peruanos quienes le comentan a un estudiante visitante noruego que la PUCP y Lima son tan solo una “burbuja”, una barrera protectora que esconde el verdadero rostro del Perú. Esa vieja idea de que los limeños de clase media o alta vivimos en nuestro mundo paralelo y de espaldas al Perú rural.</p>
	<p>Es evidente que esta idea ha sido drásticamente cuestionada en el último tercio del siglo XX. Las migraciones y la despoblación del campo, el éxito del empresario cholo, la reproducción y difusión de la cultura popular andina en Lima; junto al despertar de una, cada vez más fuerte, conciencia social entre los jóvenes limeños de clases medias y altas que se sienten concernidos con las realidades de pobreza y exclusión del Perú rural son algunas piezas de este paulatino cambio de perspectiva. Sin embargo, si ubicamos esta idea en las décadas del 40 y 50 –tiempo histórico aproximado donde se sitúa Todas las sangres- podríamos decir que la imagen de Lima como “burbuja feliz”, en cuanto desvinculación de los sectores medios y altos con el interior del país, encuentra un sustantivo mayor arraigo. </p>
	<p>Si bien es cierto, esta idea es la imperante entre los sectores sociales aludidos, son los años 40 y 50 los que traen a Lima, a través de las migraciones del campo a la ciudad, la realidad socio-cultural rural-andina al contexto urbano. La ciudad que ha procurado vivir en una “burbuja feliz” comienza a ser invadida masivamente por aquellos peruanos a los que ha dado la espalda. Los limeños acomodados, a pesar de sus intentos, se ven forzados a entrar en contacto con el mundo que han negado. Como es bien sabido, las respuestas no tardan en llegar: pasan desde el discurso racista que clama por deportaciones de los migrantes hasta uno minoritario que intenta aproximarse a este mundo para comprender las transformaciones que experimenta el Perú y a los actores que las propician. Por tanto, respecto a este último discurso, se vuelve los ojos hacia los Andes para preguntarse, sin una estricta motivación académica, por el origen de las transformaciones, y por la cultura y las lógicas de comportamiento de los nuevos actores urbanos. Comienza, de esta manera, un intento por comprender al Perú desde la pregunta y el contacto con el mundo andino de parte de círculos no académicos. Recordemos que desde Gonzalez Prada se inicia un interés por la realidad del indio, pero se trata de círculos intelectuales que, si bien ingresan (desde múltiples formas) al mundo rural andino, no generan una masiva identificación entre los sectores limeños aludidos. Es el contacto (no) (buscado) con este mundo dejado de lado el que somete al imperativo de tomar una postura frente a él y su papel en el porvenir del país. En esa línea, desde mi perspectiva, Todas las sangres escenifica, en la figura de dos personajes limeños, respectivamente, dos posiciones frente a dicha constatación.</p>
	<p>Lo significativo de ambas posiciones radica en que han reventado la burbuja; es decir, han tenido contacto con el Perú rural andino, debido a una decisión que equilibra un deseo autónomo y la respuesta a una obligación. Sea cual sea el motivo que prime en la toma de tan radical decisión, lo común está en que ambos han salido de Lima para insertarse al mundo andino marcado por la crisis del sistema de dominación gamonal, la débil capitalización de la sierra, y los imaginarios criollo, mestizo e indígena. La diferencia, porque siempre hay una diferencia, consiste en la respuesta (o compromiso, podría usarse) de cada personaje frente a la realidad contactada. </p>
	<p> Por un lado, Matilde, quien si bien es cierto no me queda claro si es limeña o no, demuestra una identificación con el estilo de vida y la cultura de la capital. Sin embargo, en la novela, ella va paulatinamente asumiendo una actitud maternal frente a los indígenas, llegando a acudir por beneplácito o caridad a sus ceremonias. Incluso, y a pesar de las presiones contrarias de su esposo Fermín, muestra una gran simpatía frente al proyecto neogamonalista de Bruno y sus visiones religiosas muy particulares. Resulta claro que Matilde va tomando conciencia de la problemática indígena y de las transformaciones experimentadas por la sociedad rural andina. </p>
	<p>La postura de Matilde se adscribe a la de Bruno: redimamos al indio a través de mostrarle piedad, de reconocerlo como persona y no como instrumento de explotación; pero, sin transmutar el sistema gamonal. Ella lo va a manifestar al tener contacto con ellos. Al conversar con varios de ellos, se muestra gentil, pero marcando las diferencias de categoría. Los indios corresponden a Matilde reconociéndola, en efecto, como patrona buena y modelo de madre. </p>
	<p>Sin embargo, la contradicción salta a la vista, cuando Matilde retorna a la capital junto con Fermín. Èl sabe que sacarla del mundo de San Pedro va a clarificar su mente y lograr que ella vuelva a ser la de siempre. En efecto, lo logra. Matilde recuerda cuanto le fascina la vida limeña y reconoce haber quedado ofuscada por los sueños y misticismos de Bruno y sus indígenas. Lo reflexionado ha caído en saco roto. Ha pasado la página de lo aprendido raudamente y retornado a la posición inicial de indiferencia frente al Perú rural. Si bien Matilde retorna a la hacienda, su vínculo no vuelve a ser el de la primera parte de la novela. De hecho, apenas si aparece al final de la obra. De tal forma, Matilde termina representando a los que conocen la problemática rural andina, pero muestran indiferencia al no tratarse de su asunto. </p>
	<p>La otra postura es la del ingeniero Hidalgo. Él es un muchacho de clase alta quien acepta el trabajo en la Wisther por presión de sus padres y, en el fondo, porque desea descubrir el verdadero rostro del Perú. Sus prioridades e intenciones quedan claras cuando renuncia al trabajo en la mina después de que Asunta, al asesinar a Cabrejos, le ha revelado simbólicamente su cobardía. Desde ese momento, Hidalgo se dispone a explorar el mundo en donde ha decidido insertarse. Es así como llega a contactarse con la comunidad indígena de Paraybamba, Bruno, Rendon Huillca y Fermín, explicitando a cada uno sus convicciones y su visión del progreso rural. En sí, Hidalgo plantea una suerte de fórmula intermedia entre las propuestas de Bruno y Fermín: una modernización de la agricultura andina que, además, incluya la transformación del indio en obrero, sin que este pierda su cultura. Se trata de una modernización que no se perfile como un “olvido a cambio de una promesa”, sino que permita hacer dialogar tradición y modernidad para articular un proyecto propio e innovador. Un poco la visión del mismo Arguedas.</p>
	<p>Su interés por someter a diálogo la tradición andina con la modernidad se trasluce en varias de sus actitudes. En primer lugar, destaca su sentimiento de vergüenza por no conocer quechua y su plena disposición a aprenderlo. Luego, también llama la atención sus actitudes frente a los indígenas. No los ve, en el sentido estricto del término, como sujetos de segunda categoría ni únicamente como fuerza de trabajo. Demuestra tener un concernimiento particular frente a los indígenas, marcado por un sentimiento de humanidad fuerte. Los reconoce como personas dignas de derechos y como una colectividad con gran potencialidad económica. Lo primero se observa en su gesto de abrazar al alcalde de Paraybamba que lo ha conducido hacia la hacienda de Bruno. Lo segundo en las frases de admiración que lanza al comentar la habilitación de andenes abandonados por siglos. </p>
	<p>Su compromiso, nutrido por sus convicciones socialcristianas y sus reflexiones en el contexto mismo, se hace radical y total. Se dispone completo al trabajo de la hacienda en Fermín sin importarle el nivel de su salario u otros beneficios económicos. La imagen de Higaldo se sintetiza en la satisfacción personal que siente al contribuir en un proyecto modernizador en el que encuentra muchas coincidencias ideológicas. Fuera de la dimensión laboral, su compromiso se evidencia radical al no temer ir a la cárcel por sus ideas y proyectos. Cuando es apresado por amenazar la estabilidad de la Wisther, no se amilana, sigue firme aun en la desgracia. Su salida de la cárcel, gracias a la intervención de su padre poderoso, no se ve como una huida cobarde o una intención por dejar todo atrás. Por el contrario, sale de prisión con las mismas convicciones y con la disposición a seguir la lucha en nombre de quienes le abrieron los ojos y le mostraron el verdadero rostro del Perú.</p>
	<p>Situando a los personajes históricamente, encontramos que sus rostros encuentran un correlato entre sujetos sociales del período señalado. Por un lado, Matilde representa a las familias que se están enriqueciendo con la capitalización del mundo rural y que, por una suerte de conveniencia, prefieren pasar por alto diagnósticos o propuestas sobre la realidad rural. Estas solo obstaculizan su enriquecimiento. Se trata de modernizar el campo, pero para que rinda mejor para mí, no para los campesinos. Por el otro, Hidalgo encarna a la juventud limeña que paulatinamente irá cohesionando intereses e ideas para forjar propuestas políticas progresistas que aflorarán a partir del proceso electoral de 1956.
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		<title>by: dreysi</title>
		<link>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/06/01/todas-las-sangres/#comment-321</link>
		<pubDate>Mon, 13 Aug 2007 23:59:22 +0100</pubDate>
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					<description>que la obra es  muy buena 
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