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	<title>Comments on: Tensiones de la subjetividad popular</title>
	<link>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/05/07/tensiones-de-la-subjetividad-popular/</link>
	<description>En esta página encontrarás resúmenes de textos ajenos, por lo general comentados, y también artículos de elaboración propia, especialmente de Ciencias Sociales, pero incluyendo igualmente otras ramas del saber.</description>
	<pubDate>Sat, 06 Sep 2008 05:47:19 +0000</pubDate>
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		<title>by: Marita Hamann</title>
		<link>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/05/07/tensiones-de-la-subjetividad-popular/#comment-14</link>
		<pubDate>Sun, 16 Apr 2006 00:49:16 +0100</pubDate>
		<guid>http://gonzaloportocarrero.blogsome.com/2006/05/07/tensiones-de-la-subjetividad-popular/#comment-14</guid>
					<description>Algunas ideas sueltas respecto de lo dicho y no dicho.

Premisas
El lado masculino de la sexuación está marcado por un límite así como por la idea de lo limitado. El órgano sexual da cuenta de ese límite vivido. La lengua también (el significante ya implica un recorte de lo real).
De lado femenino, para los seres que lo habitan, el sin límite: en el amor y en el goce (y lo inasible mediante la palabra).
El límite (un nombre de la castración) llama a ocupar el lugar de la excepción: empuja al “más allá del límite”. Es, por ejemplo, la razón del heroísmo y el deseo de gloria.
En el caso de la mujer, el sin límite conduce al estrago, como el que puede deducirse de parte de quienes sostienen en acto el “todo por (el) amor” (que puede muy bien incluir todo lo peor también).

Breve desarrollo
Entonces, el heroísmo y la gloria son ideales que comandan las identificaciones, del lado masculino especialmente. Las identificaciones son la razón de ser de los ideales, responden a la pregunta sobre el propio ser (qué me quieres) en los términos trazados por el discurso amo. El yo es el fruto –la suma- de esas identificaciones (lo que queda de las elecciones amorosas una vez abandonadas). La caída de de los ideales implica desmontar las identificaciones. El yo, núcleo del narcisismo, no puede sino ser opaco y ofrecer resistencia; es lo que obstaculiza. El análisis debe ser capaz de escapar de sus espejismos. Es la razón por la cual el analista no responde desde la contratransferecia, como aconsejaba Freud, ni la interpreta, como enseña Lacan. Ello, justamente, para no favorecer los embates de lo imaginario, el estancamiento de la transferencia negativa.

La aspiración a ocupar el lugar de la excepción, vista desde los ideales de la masculinidad, efectivamente, puede orientar una sublimación (o una compulsión, según el caso). Habría que recorrer los caminos específicos por los que se ha constituido para cernir de qué manera singular la virilidad misma se constituye en ideal (algo en el que cada hombre se encuentra inevitablemente capturado, con el cuestionamiento que comporta).

La sublimación no es ajena al Ideal y, al decir de Freud, es el único camino de la pulsión en que la represión ha sido eludida. No hay renuncia en la sublimación; a la inversa, el síntoma da cuenta de lo imposible en el goce.
Sin embargo, solo el síntoma ofrece una forma a las fallas del goce (lo que Lacan llamará shintome) y, en esa medida, otorga una cierta coherencia, guarda una lógica propia y soporta al sujeto que de él se desprende. O, para usar los términos empleados en el texto que comento, un síntoma es lo que trabaja en torno a la culpa que recae sobre el sujeto (sobre quién si no) por no alcanzar el goce anhelado de una vez y para siempre. En consecuencia, el síntoma es lo que revela el modo en que cada cual se encuentra excluido de la ausencia de relación –proporción- sexual.  Y por eso, para cada sujeto su pareja: su síntoma, su pareja-síntoma.
Como se observa, este es un terreno que va más allá de los dominios del yo y al que no es posible acceder mediante él. En cualquier caso, a él, el yo debe consentir: no es un yo fuerte sino permeable. Incluso en la vida cotidiana es posible distinguir a quienes hablan siempre desde el yo, coagulados en sus máscaras, de quienes se arriesgan a seguir el curso del deseo singular que los habita, pese a las seducciones y los odios que este tipo de persona suscita. Es el caso de los grandes pensadores de la historia, por ejemplo (el odio al ser de aquel que se supone más perfecto). En el lado opuesto está la envidia, la pasión de los mediocres.
Para terminar, es una idea de Lacan, fácilmente rastreable en la obra freudiana tanto como en las propias líneas del texto con el que dialogo, que uno siempre fracasa, solo que algunos fracasos son más satisfactorios que otros. Y aquí viene a cuento una frase de Samuel Beckett que acabo de recoger apropósito de la celebración del centésimo aniversario de su nacimiento: “Try again. Fail again. Fail better&quot;.

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		<content:encoded><![CDATA[	<p>Algunas ideas sueltas respecto de lo dicho y no dicho.</p>
	<p>Premisas<br />
El lado masculino de la sexuación está marcado por un límite así como por la idea de lo limitado. El órgano sexual da cuenta de ese límite vivido. La lengua también (el significante ya implica un recorte de lo real).<br />
De lado femenino, para los seres que lo habitan, el sin límite: en el amor y en el goce (y lo inasible mediante la palabra).<br />
El límite (un nombre de la castración) llama a ocupar el lugar de la excepción: empuja al “más allá del límite”. Es, por ejemplo, la razón del heroísmo y el deseo de gloria.<br />
En el caso de la mujer, el sin límite conduce al estrago, como el que puede deducirse de parte de quienes sostienen en acto el “todo por (el) amor” (que puede muy bien incluir todo lo peor también).</p>
	<p>Breve desarrollo<br />
Entonces, el heroísmo y la gloria son ideales que comandan las identificaciones, del lado masculino especialmente. Las identificaciones son la razón de ser de los ideales, responden a la pregunta sobre el propio ser (qué me quieres) en los términos trazados por el discurso amo. El yo es el fruto –la suma- de esas identificaciones (lo que queda de las elecciones amorosas una vez abandonadas). La caída de de los ideales implica desmontar las identificaciones. El yo, núcleo del narcisismo, no puede sino ser opaco y ofrecer resistencia; es lo que obstaculiza. El análisis debe ser capaz de escapar de sus espejismos. Es la razón por la cual el analista no responde desde la contratransferecia, como aconsejaba Freud, ni la interpreta, como enseña Lacan. Ello, justamente, para no favorecer los embates de lo imaginario, el estancamiento de la transferencia negativa.</p>
	<p>La aspiración a ocupar el lugar de la excepción, vista desde los ideales de la masculinidad, efectivamente, puede orientar una sublimación (o una compulsión, según el caso). Habría que recorrer los caminos específicos por los que se ha constituido para cernir de qué manera singular la virilidad misma se constituye en ideal (algo en el que cada hombre se encuentra inevitablemente capturado, con el cuestionamiento que comporta).</p>
	<p>La sublimación no es ajena al Ideal y, al decir de Freud, es el único camino de la pulsión en que la represión ha sido eludida. No hay renuncia en la sublimación; a la inversa, el síntoma da cuenta de lo imposible en el goce.<br />
Sin embargo, solo el síntoma ofrece una forma a las fallas del goce (lo que Lacan llamará shintome) y, en esa medida, otorga una cierta coherencia, guarda una lógica propia y soporta al sujeto que de él se desprende. O, para usar los términos empleados en el texto que comento, un síntoma es lo que trabaja en torno a la culpa que recae sobre el sujeto (sobre quién si no) por no alcanzar el goce anhelado de una vez y para siempre. En consecuencia, el síntoma es lo que revela el modo en que cada cual se encuentra excluido de la ausencia de relación –proporción- sexual.  Y por eso, para cada sujeto su pareja: su síntoma, su pareja-síntoma.<br />
Como se observa, este es un terreno que va más allá de los dominios del yo y al que no es posible acceder mediante él. En cualquier caso, a él, el yo debe consentir: no es un yo fuerte sino permeable. Incluso en la vida cotidiana es posible distinguir a quienes hablan siempre desde el yo, coagulados en sus máscaras, de quienes se arriesgan a seguir el curso del deseo singular que los habita, pese a las seducciones y los odios que este tipo de persona suscita. Es el caso de los grandes pensadores de la historia, por ejemplo (el odio al ser de aquel que se supone más perfecto). En el lado opuesto está la envidia, la pasión de los mediocres.<br />
Para terminar, es una idea de Lacan, fácilmente rastreable en la obra freudiana tanto como en las propias líneas del texto con el que dialogo, que uno siempre fracasa, solo que algunos fracasos son más satisfactorios que otros. Y aquí viene a cuento una frase de Samuel Beckett que acabo de recoger apropósito de la celebración del centésimo aniversario de su nacimiento: “Try again. Fail again. Fail better&#8221;.
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