Tensiones de la subjetividad popular
El término popular es radicalmente ambiguo pues tan pronto significa lo común a todo el mundo, siendo entonces lo opuesto a lo impopular, como tan pronto significa lo privativo a ciertos grupos sociales que se definen en diferencia a las elites. Esta “indecibilidad” del término está también presente en la manera en que lo empleamos en el Perú. No obstante, en una sociedad como la nuestra, donde predominan las exclusiones, el segundo significado, más restringido, tiende a prevalecer. En cambio, en otras sociedades, de mayor tradición democrática, y donde la desigualdad es menor, ocurre lo propio con el primer significado. Sea como fuere es de esperar que conforme el Perú supere el racismo, y la democracia se afiance, entonces, el significado más evidente de lo popular sea lo común a todos. Por el momento, sin embargo, lo popular en el Perú en el primer sentido son las ideas de progreso y democracia pues, al menos, de la boca para afuera, todos los peruanos sentimos que el destino del país no puede discurrir sino por el camino del progreso y la democracia. Digamos que se trata de un sobreentendido que está fuera de discusión.
Racismo
Ahora bien en una sociedad excluyente y racista las diferencias son más importantes que las semejanzas. El racismo instala un círculo vicioso en el que el desprecio y la amargura se alimentan mutuamente, creando divisiones y desconfianzas, impidiendo una acción colectiva fecunda. La confianza y la autoridad, que son las bases de la gobernabilidad, son muy débiles cuando predomina el sentimiento de injusticia y exclusión. Entonces la ley no tiene prestigio pues es vista con sospecha como una forma de esconder la pretensión de excluir, de obtener más ventajas a costas de los que no tienen recursos. Desgraciadamente esta desconfianza no es siempre infundada pues corresponde a una experiencia histórica que no cesa de repetirse. Otra vez, el abuso y el racismo están en todas partes lo que significa que los derechos existen sobre todo en el papel.
Visiones del Mundo Popular: Exotismo
Desde los sectores privilegiados el mundo popular ha sido usualmente visto con desprecio, con muy poca piedad. Recientemente, esta mirada se ha complejizado pues desde el mundo globalizado se ha difundido una perspectiva “exotista” que valora en el mundo popular un goce de vivir y unos saberes ancestrales que el utilitarismo extremo de las sociedades desarrolladas añora con intensidad. Esta perspectiva está en el discurso turístico sobre el Perú como el “país de los incas”; pero está igualmente en los discursos de la cooperación técnica internacional y su apoyo a la educación intercultural. Además, al desprecio y al “exotismo” se ha venido a añadir, también recientemente, un “descubrimiento” del mundo popular como “consumidor”, como “productor” y como “ciudadano”. Tradicionalmente, acorde con el racismo reinante, el mundo popular era visto como provisión del cholo barato. El “descubrimiento” de estas otras facetas de “productor”, “consumidor” y “ciudadano” es de los años 80. Hernando de Soto llamó la atención en torno a que los migrantes eran trabajadores esforzados y creadores de riqueza, subvirtiendo para ello, una formalidad excluyente impuesta por la legislación estatal. Más tarde Rolando Arellano puso en evidencia un creciente poder de compra en el mundo popular que justifica la creación de muy rentables Mega plazas en los llamados “conos”. Finalmente los partidos políticos se han percatado que el grueso de los votos están precisamente en ese mundo popular y que acceder a ellos pasa por una política de articular sus resentimientos y frustraciones, de promover sus expectativas o derechos subjetivos y, finalmente, de cooptar liderazgos más afines a ese mundo.
No obstante, todos estos cambios en la visión del mundo popular no significan la superación del racismo. Quizá lo más trágico en la sociedad peruana es que la movilidad social no anula sino que reproduce el racismo. Es decir, los que recién suben asimilan el espíritu exclusivista y discriminador, de los que están arriba, y los que bajan mantienen ese espíritu, pese a lo precario que pueda ser su situación. Entonces la democratización económica y política coexiste con la preservación de las actitudes excluyentes. Esto significa que desde el mundo popular la exclusión no es enfrentada de una manera colectiva sino individual. Digamos que, demasiadas veces, el último en acceder a los privilegios suele ser el primero en defenderlos.
Tres tensiones
En este contexto no es pues extraño que la subjetividad popular esté atravesada por fuertes tensiones. Tratando de esquematizar se podría hablar de tres empujes o pulsiones básicas que coexisten conflictivamente en su seno.
La primera pulsión es la búsqueda de progreso. Se trata de salir de la pobreza y del ninguneo. Lograr confort y seguridad económica y, de otro lado, reconocimiento social. Como esta búsqueda es individual y/o familiar ella implica una fragmentación del mundo popular. Más todavía porque el modelo que inspira ese esfuerzo es el profesional o empresario de éxito encarnado en la figura marginadora de la persona que está encima de los demás. En este sentido es claro que este mundo ha asimilado los valores individualistas de manera que cada uno busca lo suyo -ser próspero, poderoso y admirable- sin preocuparse de los demás.
La segunda pulsión es menos evidente pero igualmente importante. Se trata de un sentirse excluido, marginado por los de arriba, los “pitucos”; la gente que vive en Miraflores, San Isidro, Surco, La Molina, principalmente. Este sentimiento corresponde a una realidad histórica. No obstante se reproduce en el interior del mundo popular de modo que quienes viven en las áreas más consolidadas de los conos marginan a los “invasores” recientes, reproduciendo por tanto el racismo y la exclusión. Entonces la unidad de este mundo popular, a nivel del país y la política nacional, tiene como referente la existencia del “pituco”. Este (re)sentimiento es capitalizado políticamente por los candidatos que descalifican al otro por no ser del pueblo. No obstante en las escenas políticas locales esa persona que niega al otro por ser diferente es, a su turno, negada por uno que está más abajo. El racismo pues atomiza e impide la acción colectiva.
La tercera pulsión es más inconsciente que deliberada. Está más en las costumbres que en las ideas. Me refiero a la continuidad cultural del mundo popular urbano con respecto al mundo campesino y andino. Si como efecto del racismo este vínculo es motivo de vergüenza y hasta es negado; no obstante, en las prácticas es afirmado pues resulta una referencia identitaria y un modo de goce que se siguen reproduciendo. Esta continuidad es visible en el campo de la religión, de la música y de la danza. Alejandro Rossi en su video ¡Lima Was! ha documentado el fervor y el entusiasmo que despierta los festivales de huaylas en la Lima de los migrantes. Hay todo un circuito cultural no muy visible pero si enormemente vital entre los “nuevos limeños”. En ese circuito se debe incluir las festividades religiosas, la música neo-vernacular, la vigencia de la tradición oral, y, desde luego, los canales comunicativos paralelos a los medios oficiales, en los que se forma una opinión pública reacia a ser influida por el Perú “oficial”.
En Coexistencia Conflictiva
Para ilustrar la coexistencia conflictiva de estas pulsiones o tendencias me referiré a un caso concreto. Los jóvenes de quinto de secundaria del Colegio José María Arguedas de Comas proclaman como aspiración el tener éxito en la vida. Ser profesionales o empresarios. Allí apunta su deseo. Cuando en el aula se pregunta si alguno de ellos sabe quechua, se alzan tímidamente uno o dos manos en medio de silbidos que expresan más censura y burla que reconocimiento. Estos jóvenes no se definen como limeños pero tampoco como provincianos. El limeño es estereotipado como pituco, extranjero y marginador. Despierta cólera por su arrogancia. El provinciano, especialmente andino, es tildado como “bueno”, “inocente” pero “conformista” y “atrasado”; no tiene educación, ni cultura y es difícil que progrese. No tiene futuro. Implícitamente los estudiantes jóvenes se definen como no pitucos, ni extranjeros, pero, igualmente como ni atrasados, ni conformistas. Si pasamos estas definiciones a positivo tendríamos que decir que se asumen como peruanos y progresistas. Ahora bien, para que esta positivización de la identidad fuera realmente asumida sería necesario que los vínculos con el mundo andino no sean sentidos como embarazosos y contaminantes. Pero el panorama es aún más complejo pues cuando estos jóvenes salen del aula, en el patio del colegio, bailan con una entrega inesperada las danzas vernaculares. Y en sus barrios hacen lo propio con el reggaetón.
Estamos pues una cultura de mezclas y escisiones. El progreso individual es altamente deseable pero está asociado a la renuncia a la herencia andina. De otro lado el reafirmarse en esta herencia reproduce el sentimiento de ser excluido y una sensación de impotencia respecto al logro del progreso. Quizá lo deseable fuera que el deseo de progreso no esté reñido con la continuidad cultural efectivamente vivida y que, finalmente, el repliegue dolido en torno a ser marginado por los “extranjeros” o pitucos ceda el paso a una actitud de reconocimiento; en el sentido de que las semejanzas entre los peruanos, son tan, o más importantes que las diferencias. Pero apenas se formula este buen deseo queda claro que el logro de esta mayor cohesividad e integración en el mundo popular, la superación de los desgarros, pasa por modificaciones en la cultura de los grupos favorecidos. Los reconocimientos tienen que ser mutuos y quizá deban partir, sobre todo, desde arriba. Los grupos favorecidos tendrían que luchar contra la colonización de su imaginario que los hace figurarse como cosmopolitas y globalizados, dando la espalda a su herencia andina y hasta criolla. En efecto, las clases altas han construido su identidad sobre el sentimiento de no pertenecer al Perú sino de ser sus propietarios. Y este sentimiento de exclusividad, paradójicamente, suscita tanta imitación como rechazo en el mundo escindido de la cultura popular.
En síntesis las claves de la subjetividad popular son ahora el deseo de progreso y el esfuerzo, el resentimiento y el rechazo del marginador, la continuidad cultural y la aceptación de lo diverso. En toda esta encrucijada de ambivalencias y posibilidades, de conflictos y logros, toca al mundo académico poner el dedo en la llaga; confrontar a nuestro país con sus abismos pues solo desde aprendizajes significativos podemos aspirar a ser una sociedad creativa, capaz de encaminarse a sí misma. No obstante, la recepción tan limitada del informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación pone en evidencia que aún preferimos ignorarnos unos a otros. El camino es pues largo… En todo caso en el mundo popular están en pugna las fuerzas de la vida y de la muerte.


Algunas ideas sueltas respecto de lo dicho y no dicho.
Premisas
El lado masculino de la sexuación está marcado por un límite así como por la idea de lo limitado. El órgano sexual da cuenta de ese límite vivido. La lengua también (el significante ya implica un recorte de lo real).
De lado femenino, para los seres que lo habitan, el sin límite: en el amor y en el goce (y lo inasible mediante la palabra).
El límite (un nombre de la castración) llama a ocupar el lugar de la excepción: empuja al “más allá del límite”. Es, por ejemplo, la razón del heroísmo y el deseo de gloria.
En el caso de la mujer, el sin límite conduce al estrago, como el que puede deducirse de parte de quienes sostienen en acto el “todo por (el) amor” (que puede muy bien incluir todo lo peor también).
Breve desarrollo
Entonces, el heroísmo y la gloria son ideales que comandan las identificaciones, del lado masculino especialmente. Las identificaciones son la razón de ser de los ideales, responden a la pregunta sobre el propio ser (qué me quieres) en los términos trazados por el discurso amo. El yo es el fruto –la suma- de esas identificaciones (lo que queda de las elecciones amorosas una vez abandonadas). La caída de de los ideales implica desmontar las identificaciones. El yo, núcleo del narcisismo, no puede sino ser opaco y ofrecer resistencia; es lo que obstaculiza. El análisis debe ser capaz de escapar de sus espejismos. Es la razón por la cual el analista no responde desde la contratransferecia, como aconsejaba Freud, ni la interpreta, como enseña Lacan. Ello, justamente, para no favorecer los embates de lo imaginario, el estancamiento de la transferencia negativa.
La aspiración a ocupar el lugar de la excepción, vista desde los ideales de la masculinidad, efectivamente, puede orientar una sublimación (o una compulsión, según el caso). Habría que recorrer los caminos específicos por los que se ha constituido para cernir de qué manera singular la virilidad misma se constituye en ideal (algo en el que cada hombre se encuentra inevitablemente capturado, con el cuestionamiento que comporta).
La sublimación no es ajena al Ideal y, al decir de Freud, es el único camino de la pulsión en que la represión ha sido eludida. No hay renuncia en la sublimación; a la inversa, el síntoma da cuenta de lo imposible en el goce.
Sin embargo, solo el síntoma ofrece una forma a las fallas del goce (lo que Lacan llamará shintome) y, en esa medida, otorga una cierta coherencia, guarda una lógica propia y soporta al sujeto que de él se desprende. O, para usar los términos empleados en el texto que comento, un síntoma es lo que trabaja en torno a la culpa que recae sobre el sujeto (sobre quién si no) por no alcanzar el goce anhelado de una vez y para siempre. En consecuencia, el síntoma es lo que revela el modo en que cada cual se encuentra excluido de la ausencia de relación –proporción- sexual. Y por eso, para cada sujeto su pareja: su síntoma, su pareja-síntoma.
Como se observa, este es un terreno que va más allá de los dominios del yo y al que no es posible acceder mediante él. En cualquier caso, a él, el yo debe consentir: no es un yo fuerte sino permeable. Incluso en la vida cotidiana es posible distinguir a quienes hablan siempre desde el yo, coagulados en sus máscaras, de quienes se arriesgan a seguir el curso del deseo singular que los habita, pese a las seducciones y los odios que este tipo de persona suscita. Es el caso de los grandes pensadores de la historia, por ejemplo (el odio al ser de aquel que se supone más perfecto). En el lado opuesto está la envidia, la pasión de los mediocres.
Para terminar, es una idea de Lacan, fácilmente rastreable en la obra freudiana tanto como en las propias líneas del texto con el que dialogo, que uno siempre fracasa, solo que algunos fracasos son más satisfactorios que otros. Y aquí viene a cuento una frase de Samuel Beckett que acabo de recoger apropósito de la celebración del centésimo aniversario de su nacimiento: “Try again. Fail again. Fail better”.
Comment by Marita Hamann — 2006 04 @ 12:49 am