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A propósito de Otra vuelta de tuerca de Henry James

La anécdota de la novela es relativamente simple. Una joven institutriz, hija de un pastor protestante sin mayores recursos, se hace cargo de la educación de dos niños huérfanos, Flora y Miles. Es contratada por el tío de los niños bajo la condición específica de encargarse por completo de la tarea. El tío no quiere ninguna preocupación de manera que ella está prohibida de comunicarse con él. Los niños viven en el campo en una gran propiedad que la institutriz tendrá que dirigir. En un inicio la joven institutriz siente que la responsabilidad supera sus capacidades. Duda y está insegura. Pero el sueldo es bueno, las condiciones de trabajo, agradables y, sobre todo, los niños son hermosos y muy educados. Además, el ama de llaves, y el resto de los sirvientes, la apoyan, están a sus órdenes Entonces, poco a poco, comienza a sentirse a gusto con su nuevo empleo. Todo es sosiego y felicidad. Más que enseñar, la institutriz se suma a los juegos de sus discípulos como si fuera uno de ellos. No obstante este idilio inicial se ve perturbado por una aparición misteriosa. En uno de sus paseos la institutriz ve a un hombre que la observa desde la gran mansión. Conversando con la señora Grose, el ama de llaves, la institutriz concluye que la aparición corresponde a Quint, un criado libertino muerto hace algún tiempo. Se instala en la institutriz un ánimo sombrío y preocupado, en el que se alternan el miedo a la perversidad y el valor por defender a sus pupilos.

La siguiente aparición es aún más perturbadora. Jugando con Flora, cerca de un lago, la institutriz ve a una extraña mujer. Más tarde la identifica como Miss Jessel, la anterior institutriz de los niños, pareja libertina de Quint, muerta en circunstancias no esclarecidas. Para la institutriz lo peor del episodio es que Flora no parece compartir su visión, como si Flora pretendiera no ver lo que ella si ve. Entonces, la institutriz concluye que esos niños, tan angelicales, sostienen alguna clase de pacto con esos seres maléficos.

Desde entonces la institutriz vive en una zozobra casi permanente. Por momentos su ánimo se aquieta, y parece reestablecerse la atmósfera de inocencia y felicidad. Pero nuevas apariciones y sucesos extraordinarios la devuelven a la sospecha y al miedo, y, por consiguiente, al proyecto de salvar a los niños de las malignas influencias. La institutriz duda. A veces sus pupilos le parecen los niños más tiernos y buenos del mundo. Pero también sospecha que todo ello es una careta que oculta una maldad definitiva. Conforme se multiplican las apariciones va germinando en ella el proyecto salvatífico. Su deber tiene que ser poner al descubierto el maligno vínculo entre los niños y los fantasmas. Tiene que encarar a sus pupilos, poner su juego al descubierto, llevarlos a aceptar que su inocencia es fingida y que están poseídos por las maléficas presencias de Quint y Jessel.

Pero poner en marcha su plan se le hace difícil. El talante de sus pupilos es tan inocente que hasta duda sobre su propia cordura. No termina de descartar que todo pueda ser imaginación suya. Pero, finalmente, se decide. El primer paso en el camino a la salvación es que los niños acepten su realidad. Entonces, los acontecimientos se precipitan. Ahora la institutriz percibe en todas partes la huella de lo demoníaco. La confrontación con Flora termina en un ataque de ansiedad de la niña que rechaza todas las insinuaciones. La institutriz decide enviarla a la ciudad encargando esta tarea al ama de llaves. De otro lado, la confrontación con Miles es más severa pues la institutriz está firmemente determinada a que su pupilo confiese sus abominables crímenes. Por último la situación se desencadena en la muerte del pequeño. Gracias a su amor y devoción, la institutriz lo cree haber librado de las garras del mal.

II

La interpretación de la obra de James se ha centrado en lo “indecidible” de la situación. Es decir, cabrían dos interpretaciones igualmente válidas pues James es deliberadamente ambiguo alimentando ambas posibilidades. En la primera la institutriz es una heroína y los fantasmas son reales. El mal está allí y ya ha logrado la complicidad de los niños. La única manera de salvarlos es entonces destruyendo ese vínculo. Hay pues una lucha por el control del alma de los niños. Los fantasmas son las fuerzas maléficas y la institutriz es la fuerza benéfica. La careta de inocencia y felicidad tiene como sustento el pacto con el mal. En la segunda posibilidad la institutriz es una persona perturbada que creyendo hacer el bien no hace más que agredir a sus pupilos.

En la introducción a la novela el lector queda advertido que tomar una posición es su responsabilidad pues el relato es equívoco. De esta manera, James presiona a su público. La única manera de apropiarse de la historia es interpretándola.

Veamos entonces los supuestos y consecuencias de cada una de las posibles interpretaciones. La primera implica creer en el mal como una realidad autónoma, encarnada en esos fantasmas que asechan a las criaturas débiles para, previa seducción, sumarlas a su imperio. El drama sería el enfrentamiento entre el mal y el bien, entre la posesión y el exorcismo. La felicidad y la inocencia de los niños son los rostros del mal, como regalos que han de ser pagados con la perdición eterna. Esta interpretación es verosímil desde una mentalidad definida por el miedo, por la creencia en esas fuerzas inteligentes de la oscuridad que son como la progenie de Satán.

La segunda interpretación ubica el mal en el fanatismo y la envidia de la institutriz. En todo caso, creyendo hacer el bien, destruye el mundo armonioso de los niños. Lo definitivo es la incapacidad de la institutriz para imaginar una felicidad sin sombras. O, también, la envidia y el odio por un mundo donde está presente todo lo que ella no tuvo. Entonces, una vida tan plena como la de sus pupilos no puede ser sino una apariencia de lo maligno. La belleza extrema de los niños, su espontaneidad no mediatizada, su felicidad de vivir, le resultan insoportables y moralmente sospechosas. La vida no puede ser tan plena, tan diferente a lo que fue su experiencia de niña pobre. De allí que la ausencia de sufrimiento la seduzca pero la cuestione. Finalmente se persuade de que esa felicidad es demoníaca. La institutriz estaba buscando demonios y, como no los encuentra, igual los inventa. La severidad moral de la institutriz, y su resentimiento, la hacen odiar y desconfiar de todo lo espontáneo. ¿Desde que coordinadas ideológico-existenciales es posible esta segunda interpretación? Para empezar desde una mentalidad que no cree que el mal sea una fuerza autónoma e inteligente. Es decir, desde el rechazo de una visión que sustancializa el mal. Esta interpretación supone igualmente creer que los fantasmas no son estrictamente reales sino que son solo alucinaciones, aunque socialmente autorizadas, mediante las que se trata de explicar miedos que tienen otro origen. Entonces podemos pensar que lo que está “mal” es ese miedo que lleva a imaginar fantasmas que lo expliquen. Sintomáticamente los fantasmas que alucina la institutriz son los criados sobre los que recaía la educación de los niños. La presunción implícita es que han recibido una educación demasiado indulgente que lejos de corregir su perversidad no ha hecho más que acentuarla.

En este momento de la argumentación es decisivo introducir la idea de Spinoza en el sentido de que el miedo contiene la esperanza. Para Spinoza el miedo es ese encogimiento del ánimo producido por la idea de que algo malo va a pasar. Pero ese encogimiento no es permanente. El miedo es inconstante pues viene y se va. Y si se queda ya no es miedo sino desesperación. Entonces en el miedo está implícita la esperanza. Esperanza en torno a que lo malo no suceda. La esperanza fortalece el ánimo pues supone la expectativa de que algo bueno sucederá.

Entonces debemos preguntarnos ¿cuál es el miedo y cuál es la esperanza de la institutriz? ¿por qué la desesperación se instala finalmente en su ánimo? La respuesta es que la institutriz tiene miedo a la felicidad pues ella pone en entredicho su formación moral puritana que exalta el sacrificio y el sufrimiento como los elementos productores de la buena conciencia. Desde esta perspectiva, la belleza y la felicidad, en la medida en que son posibles, resultan de la conquista sufriente de nuestra impulsividad. Eso le dice la sabiduría que aprendió. Por tanto una felicidad inmerecida es un escándalo. Un desafío del orden moral. En definitiva, es algo demoníaco. Pero la institutriz vive también en la esperanza pues en los primeros tiempos ella estaba feliz, más que nunca en su vida. El problema es que no resiste esa felicidad pues le parece un engaño, una trampa mortal.

Aquí debemos mencionar el tema de las clases sociales. La institutriz ha vivido una niñez restringida por limitaciones económicas y mandatos morales. El mundo de los niños está en cambio lleno de regalo, ellos son el centro de ese mundo y actúan con total libertad. De allí que los sentimientos de injusticia y envidia conspiren, también, contra su entrega a esa nueva vida en la que puede participar como una niña más pero siempre escuchando la voz que le dice que esa vida no es moral.

III

El pensamiento de James sobre el mal se presenta como dos fórmulas alternativas entre las que el lector debe escoger. Primero, el mal como una fuerza inteligente y destructora pero con una extraordinaria capacidad de seducción. Segundo, el mal como fanatismo e ignorancia de los propios sentimientos. Como construcción de fantasmas o chivos expiatorios a quien achacar la propia infelicidad. La primera alternativa concibe a la naturaleza como defectuosa de manera que educar es corregir drásticamente. Expulsar los demonios. La segunda alternativa concibe la espontaneidad como gozosa y no conflictiva. El mal es la represión que desnaturaliza y ensombrece la vida. El mal está en la mirada prejuiciosa de la institutriz. En su envidia y fanatismo.

El mérito del planteamiento de James es promover la lucha contra el fanatismo y el resentimiento. Desde una posición que podríamos calificar de liberal y hedonista, James retrata un mundo donde los individuos buscan y encuentran el placer y el contento. No obstante ese mundo está amenazado por la superstición y la envidia. Lo que está mal es pues el oscurantismo de quien sustancializa el mal y lo percibe detrás del goce y la felicidad.

Los límites del planteamiento de James son ahora obvios pues la idea de una candidez y bondad intrínseca en los niños desconoce el goce en destruir que anida en la criatura humana. Lo que Freud teorizaría, en reacción al hedonismo ingenuo de su época, como impulso de muerte.