Hacia una comprensión de la dinámica del caudillismo
Antes de empezar por ideas fuertes y buscar ejemplos que las ilustren quisiera intentar el camino inverso. Compartir experiencias que me han dejado perplejo y tratar de analizarlas. Me parece que es un camino más fecundo, más abierto a la novedad. De cualquier forma, a partir de lo que el caso podría tener de inquietante voy a ir hacia el mundo de los conceptos para explorar cuáles son los más relevantes para razonar lo nuevo. Entonces comparto con Uds. dos situaciones que no he terminado de entender en todas sus consecuencias pero que espero comprender con Uds..
1.- La primera se refiere a la dinámica de una ONG en la que me cupo participar. Lo que me sorprendió fue la mezcla entre el caudillismo y la desmovilización de las “bases”. La organización era supuestamente democrática de manera que las decisiones deberían lograrse a través de la argumentación y el consenso. No obstante, nada de esto ocurría. En realidad las reuniones eran espacios en los que se informaba y aprobaba las decisiones del director. De un lado, esta dinámica suponía para nosotros, los miembros, un alivio, pues el trabajo estaba ya hecho. De otro lado, sin embargo, se perdía la posibilidad de una mayor participación. Ahora bien, si el director merece ser denominado un caudillo es porque, sin querer queriendo, concentraba las tareas y el poder de decisión. Lo prestigioso de su figura, y su activismo, permitían conseguir recursos para la organización. Ninguna de los miembros tenía estas capacidades y entusiasmo de manera que su liderazgo no estaba en cuestión. Más bien la actitud era secundarlo. La consecuencia del comportamiento de nuestro director era una menor participación, la desmovilización. Es decir, no trabajábamos mucho porque casi todo lo hacía él. No había mayor comunicación entre los miembros. Más bien todos queríamos estar cerca de nuestro director. En las pocas polémicas habidas, el director forzó un consenso apelando a sentimientos de admiración y lealtad personal, asi como al hecho evidente de presentársenos como imprescindible.
Haciendo un balance, creo que la ONG funcionaba bien, pero, en todo caso, de una manera menos fecunda de lo que pudiera haber sido, si la participación fuera mayor y menor la concentración del poder.
Ahora bien, como se ha dicho, esta dinámica de funcionamiento se impuso contra lo que era el deber ser de la institución. Entonces debemos preguntarnos cuáles fueron las razones que permitieron que se cristalizara esta dinámica caudillista y desmovilizadora. Creo que habría que referirse al director y a los miembros por separado. Entonces tenemos que conjeturar por que el director quería ser un caudillo y, de otro lado, por que las bases lo permitimos. Las respuestas que ensayaré son aproximaciones tentativas, no pretenden ser verdades precisas.
En cualquier forma creo que el director tenía un deseo de figuración y poder que él legitimaba en función del servicio eficiente a la causa que era la meta de la institución. Su entusiasmo y dedicación, el estar dispuesto a comprarse todos los pleitos, junto con su bien ganado prestigio hacían que su liderazgo fuera poco menos que inevitable.
Por el lado de los miembros hay varias razones. La primera es la admiración y el reconocimiento a nuestro director. La segunda es el facilismo pues en cierto sentido aprovechábamos al director. Su trabajo aparecía como de todos. No obstante, estas razones, aunque evidentes y ciertas, me parecen aún superficiales. Creo que también estaba en juego el temor a que sin el director la organización no caminara. Es decir, un sentimiento de impotencia, de que sin él, no podíamos. Finalmente creo, igualmente, que el fantasma de una competencia entre los segundones, de no mediar una dirección fuerte, estaba muy presente.
Esta experiencia no es desde luego única. Me atrevería a afirmar que es típica en nuestro medio. En muchas instituciones, aparentemente democráticas, el director se convierte en caudillo y los socios o miembros en “bases”. Entonces, desprendiéndonos del caso concreto tratemos de pensar las circunstancias que favorecen esta dinámica que desvirtúa el deber ser democrático. Para explicar la recurrencia del caudillismo en la sociedad peruana, Julio Cotler, acuñó la metáfora del “triángulo sin base” como expresando un tipo de socialidad que favorece la concentración del poder.

- Sociólogo Julio Cotler
La idea es que el caudillo – jefe, padrino o patrón- sostiene relaciones personales con cada una de las “bases” y éstas, mientras tanto, no se relacionan entre sí. Surge entonces el verticalismo. Las “bases” más cuestionadoras son cooptadas mediante un diálogo directo que crea un clientelaje. Gratificaciones afectivas, reconocimientos simbólicos, y recompensas materiales, al individuo en cuestión. Es decir el anudamiento de una lealtad personal que lleva a la “base” a ser lo que antes, en la política criolla, se llamaba un “capitulero”, o sea, un incondicional. Pero ¿por qué la relación vertical y subordinada con el director es mucho más tentadora que la horizontal con los otros miembros? ¿Por qué los miembros se disgregan y cada uno por separado avala la verticalidad del jefe? ¿Será por que no hay en nuestro imaginario otra posibilidad? ¿Será porque repetimos un modelo de comportamiento aprendido en la familia patriarcal y autoritaria? ¿Será porque en el Perú la figura del macho primordial, el jefe de la horda primitiva, no ha sido sustituida por la fratría, la democracia de los hermanos? Sin descartar estas posibilidades me parece necesario insistir en la desigualdad entre los miembros. Aquí está, creo, la dificultad de una socialidad o vínculo horizontal. Los obstáculos son el temor al conflicto, y lo complicado que resulta los acuerdos entre personas que se piensan como desiguales; todo ello impide el funcionamiento democrático de la institución.

Cuando Tocqueville fue a Estados Unidos lo que más le sorprendió fue la capacidad de organizarse de la gente, la multitud de asociaciones y su funcionamiento regular, acorde a sus estatutos. Esta facilidad para actuar en común era el principio de la prosperidad norteamericana. Y se fundamenta, para Tocqueville, en que como nadie se cree más, o se cree menos, entonces la interacción puede ser fluida. Es posible lograr, mediante la argumentación, acuerdos que parecen legítimos y razonables y que todos se comprometen a implementar. Creo que la dinámica de la interacción social es muy distinta cuando no predomina la idea de igualdad sino la de jerarquía. Entonces, en una reunión hay gente que se siente con derecho a tener la última palabra y, de otro lado, hay gente que no se atreve a hablar. Tenemos, pues, una disgregación, una imposibilidad de concertar que funda un sentimiento de impotencia como colectividad. Y desde ese sentimiento se reclama al caudillo. A alguien en quien se delegue todo el poder de manera que el grupo pueda funcionar aunque de una manera no tan eficiente. Esto significa que las sociedades jerarquizadas producen acuerdos de cooperación que en realidad no comprometen en profundidad a todos sus miembros. Hannah Arendt decía que si la democracia ateniense logró derrotar a los inmensos ejércitos persas, ello fue porque los griegos se obedecían a sí mismos, mientras que los persas iban a la guerra por temor a ser castigados de manera que desertaban o no ponían mucho empeño.

Si examinamos la historia del Perú el caudillismo es la constante. La historia política está protagonizada por líderes que se reclaman exitosamente como imprescindibles y naturales, que concentran el poder y que distribuyen sus beneficios, no en función de las metas ideales sino como forma de legitimar y ampliar su poder. El caudillo da lugar al círculo, ahora diríamos “la portátil”, a los incondicionales que identifican su interés con el de su jefe. Y que también lo admiran. Ese jefe es el como el ariete que les permitirá capturar el botín estatal. Pero, lógicamente, los excluidos del reparto buscan otro caudillo. Ellos son los desafectos, los críticos. La lucha entre caudillos, cada uno con su círculo, es una constante en nuestro país. Felipe Pardo decía que la gente que la gente que cuenta en la política se divide entre aquellos que tienen un ministerio, para quienes todo va de lo mejor, y aquellos que quieren un ministerio para quienes todo va pésimo.
En Tótem y Tabú, Freud elabora el mito de origen de las democracias occidentales. En la horda primitiva, el macho primordial acapara a todas las mujeres y margina a sus hijos. En algún momento los hermanos deciden asesinar al padre e instaurar una nueva socialidad basada en el principio de que nadie debe estar encima de la ley, entonces el padre asesinado no será reemplazado y su figura se convertirá en el garante de la ley que hace igual a todos. La democracia reemplaza al despotismo. En nuestro país ese tránsito no parece aún consolidado.

2.- La segunda situación a la que me quiero referir ocurrió en un contexto que podríamos llamar, laxamente, analítico. A un grupo de unas diez personas se nos pidio que eligiéramos a un delegado. Los que conformábamos el grupo no nos conocíamos, de manera que cumplir la tarea se nos hacia cuesta arriba. No habían criterios evidentes para elegir a alguien en particular. La persona que se auto propuso fue amablemente invalidada con el argumento de que no la conocíamos lo suficiente. Total, paso la media hora asignada a la tarea y no logramos elegir a un delegado. A partir de este hecho se abrió una polémica. Los responsables de este ejercicio sostenían que el liderazgo se apoya en el propio deseo de ser líder. Entonces, la reticencia a delegar del grupo es el factor que impide una acción eficaz. No obstante, dentro del grupo la opinión era diferente. La idea era que para serlo el líder debe ser reconocido. Y la delegación implica un consenso en torno a que el candidato tiene las aptitudes necesarias para un desempeño a la altura de las circunstancias.
Entonces, tratando de focalizar los aspectos polémicos, tenemos que 1) ¿el lider se autoriza a partir de su deseo? o ¿acaso surge como resultado de una delegación, de una confianza en el depositada? 2) ¿Las dificultades para elegir un líder evidencian una actitud competitiva y celosa que dificulta la organización del grupo? ¿ O esas dificultades son parte necesaria de un proceso de negociación en el que acaso pueda ser seleccionada una dirección más apropiada y legítima?
En realidad, la polémica no arribó a conclusiones y estas preguntas quedaron flotando sin respuesta. En retrospectiva, creo que sería posible dialectizar ambas posiciones, lograr una síntesis. Es decir: a) es cierto que un lider se propone como tal a partir de su deseo. No obstante, queda por determinar la naturaleza de ese deseo. ¿Protagonismo personal narcisista? ¿Vocación de cuidado? ¿En qué medida estas motivaciones pueden combinarse? En todo caso, lo cierto es que el deseo de liderazgo existe y sin este deseo la organización social es muy problemática. De pasada es interesante destacar que en nuestra época sucede algo paradójico, pues el liderazgo es exaltado y denostado al mismo tiempo. Abundan los cursos de liderazgo y este aparece como la gran solución para la efectividad de los emprendimientos colectivos. Digamos que el liderazgo es postulado como la clave para la acción eficaz. No obstante, al mismo tiempo, el líder tiende a ser visto con desconfianza. Aparece como una persona narcisista, antipática y petulante.
b) No obstante, el liderazgo no es “natural”, requiere ser validado por una elección, por un consenso en torno a que esa persona que quiere ser el lider tiene las capacidades adecuadas para serlo. Entonces podemos concluir que el liderazgo emerge de una dialéctica entre el deseo individual y el aval colectivo. Creo que estos dos puntos solucionan la polémica. Entonces, quizá, se nos debió dar más tiempo para que seleccionáramos al delegado.
Tratemos ahora de sintetizar las lecciones que deja cada una de las experiencias referidas. En la primera resulta claro que el caudillismo es un tipo de liderazgo que surge en grupos muy heterogéneos en los que resulta muy difícil el dialogo y la participación. En la segunda, como acabamos de ver, se pone en evidencia que el deseo individual tiene que ser refrendado por una aquiescencia colectiva para que el liderazgo sea posible.
Entonces, podemos proponer que si la aquiescencia colectiva o es muy débil, no puede producirse, por la misma heterogeneidad del grupo, entonces la única posibilidad de producir un liderazgo es en base a la puro deseo de alguien de ser líder. Entonces me pregunto: ¿acaso no es esta situación terriblemente familiar entre nosotros? Es decir reuniones donde en medio del silencio surge un “aventado” que termina, sin mucha convicción siendo aceptado a falta de otra posibilidad.
Ahora bien, si alguien se autoriza a ser líder a partir de su deseo y no tiene mucho consenso, entonces sus emprendimientos no serán tan compartidos por sus seguidores, lo mas probable es que los “seguidores” protesten en silencio, pero sin oponer una resistencia eficaz, siendo arrastrados, asi, sin demasiada convicción, por el lider-caudillo.

Profesor Portocarrero:
Tras revisar el documento, no pude evitar reflexionar sobre algunos de los puntos desarrollados y dejar constancia de todo este ejercicio crítico espontáneo en un comentario. En primer lugar, me parece como logra manifestar una problemática concreta y vigente: el Caudillismo sobrevive en nuestra sociedad, incluso, en esferas donde la democracia, la ciudadanía moderna, la igualdad de oportunidades, entre otros conceptos, son asumidos como verdades indubitables y garantes de una convivencia armónica. Su escrito nos recuerda la supervivencia del Caudillismo como elemento fundador de las relaciones sociales en el Perú. Así mismo, nos enfrenta a la realidad que dicho fenómeno se encuentra reconfigurándose bajo una nueva dinámica que se amolde a los nuevos tiempos e, inclusive, se atreva a constituirse como principio garante del nuevo orden democrático que intentamos bosquejar. En ese sentido, el aporte es sustantivo para comprender cuan internalizados están en las mentalidades colectivas valores y conductas derivados del Caudillismo.
Por otro lado, me llamó la atención su hipótesis respecto a la actitud condescendiente de los miembros de la ONG. En especial manera, el temor a qué la institución no funcione bien sin el director como factor de una actitud pasiva de los miembros. Ud. lo refería a una cuestión de impotencia, sentir que sin el director no se podía hacer funcionar bien las cosas. Llevando el caso hacia un panorama más amplio, en mi opinión, en esta suerte de impotencia está implícita una carencia de seguridad. Siento temor de que las cosas marchen mal si es que prescindimos del caudillo o si lo cuestionamos por una cuestión puntual: no confío en mis potencialidades y, por extensión, no confío en que estas puedan asegurarme la estabilidad que el caudillo, mal que bien, me proporciona. Es así que la falta de un sentimiento de seguridad -en el orden social, en los “otros” individuos y en las capacidades personales- se convierte en perpetuador del Caudillismo.
El historiador Jean Delumeau, en El miedo en Occidente, señala que, como complemento de una historia del miedo en la Europa moderna, era necesario indagar sobre las raíces y los elementos constitutivos del sentimiento de seguridad en el cual las sociedades modernas sustentaban su nuevo orden social basado en la racionalidad y en la ley. Hacer un correlato semejante para el caso peruano sería pertinente y esclarecedor.
Primero, porque nos enfrentaría a la ausencia de un sentimiento de seguridad arraigado e institucionalizado en gran parte de nuestro devenir histórico y en la mayoría de la población peruana. Ausencia que debería ser pensada a partir del estudio de las relaciones sociales y la configuración del orden social, los discursos, las prácticas cotidianas, las representaciones mentales de los sujetos históricos, el género, la cultura popular entre otras categorías.
Segundo, a partir de esta comprensión global de nuestra historia, pensar cómo la nueva sociedad de la segunda mitad del siglo XX -basada en relaciones horizontales y en una fuerte crítica del discurso hegemónico criollo- se ha ido perfilando bajo un neófito y expansivo sentimiento de seguridad. Este ha pasado a ser un elemento constituyente de la nueva mentalidad chola que ha venido a cuestionar el mundo del gamonal y se ha traducido en discursos, prácticas e imágenes de la nueva cultura popular y de los sectores de clase media. Además, lo interesante aparece en analizar las continuidades y contradicciones que, a pesar del creciente sentimiento de seguridad, encasillan a amplios sectores sociales en la búsqueda perpetua del líder bonachón y fuerte que les brinde la estabilidad que ellos mismos no creen poder brindarse. Búsqueda que se reproduce en el macrocosmos del Perú. Tenemos un ejemplo contundente con las elecciones generales que en cada quinquenio son el espacio idóneo para el surgimiento de nuevos caudillos y para el desborde de masas que votan por la garantía de su “bienestar” circunstancial.
Una historia del sentimiento de seguridad nos caería bien en el Perú. Ahora el problema es quién la escribe y cómo hacer para escribirla. En cuanto a fuentes bibliográficas y documentales, creo que abundan. Ahora el problema es la aproximación a desarrollar. He intentado hacer una propuesta que, releyendo antes de enviar este comentario, me parece que, más que aportar, complica el asunto (quizás exagero un poco). Lo importante, es dejar el punto por sentado, pues es un tema que nos brindaría luces sobre la realidad social y cultural, las mentalidades colectivas, la cultura política y la construcción de la gobernabilidad en el Perú. O, por lo menos, eso se me ocurrió.
Juan Miguel Espinoza P.
Juan Miguel
muy oprtuna la idea de escribir una historia del sentimiento de seguridad en el Perú. Habría que hacer un examen de las prácticas de crianza y de la dinámicas de las familias. Pero sobre todo trabajar las resistencias a los discursos racistas y colonialistas que nos vienen desde fuera. Algo de eso he intentado en diversos trabajos.
saludos
Gonzalo
Comment by Juan Miguel — 2007 10 @ 5:22 am