A propósito de Frankenstein de Mary Shelley.
Criado por un padre rico y benevolente, el joven Víctor Frankenstein se siente llamado a un destino superior. Por tanto arde de deseos por conseguir la gloria mediante un esfuerzo que signifique –también- mejorar la condición humana. Se enfrasca entonces en una serie de experimentos que se apartan de los caminos trillados del quehacer científico. En realidad está preso en su laboratorio. Apenas se da tiempo para sus necesidades más elementales. No hace más que leer e investigar.
El resultado de tantos esfuerzos es la creación de una vida inteligente pero de una apariencia horrible. Obsesionado por el resultado Frankenstein no se ha preocupado por la estética. Entonces aterrado por la extrema fealdad de su criatura, Frankenstein la rechaza categóricamente. Pretende olvidarse de su actividad científica y aspira a una vida más convencional.
Mientras tanto, la criatura, presa del desconcierto, huye del laboratorio y comienza una existencia errabunda. Gracias a su vigor e inteligencia, la criatura, escondida pero observando atentamente a los seres humanos, logra apropiarse del lenguaje. Desde entonces no tiene otro deseo que ser reconocida, ser amable para los demás. Sin atreverse a aparecer, pues tiene miedo de ser rechazada, se prodiga en buenas acciones. Pero, en algún momento, cuando agónicamente decide revelarse, sus peores temores se realizan. Su apariencia es terrorífica de manera que solo despierta miedo y agresión. Su soledad se vuelve entonces mucho más amarga. En ese ánimo germina un odio violento contra su creador.
Ahora la criatura quiere que su creador sienta todo el indescriptible sufrimiento que la posee. Asesina entonces a varios de los seres queridos de su creador. Frankenstein comienza a sospechar que esas muertes son obra de su criatura y sale en su búsqueda. En el encuentro respectivo, la criatura expresa su dolor y soledad. Nadie la quiere, y como razona que su bienestar es responsabilidad de su creador, le pide a Frankestein que le haga una compañera, alguien con quien pueda amarse. Para desarmar su furia vengativa Frankenstein acepta la propuesta.
No obstante, Frankenstein tiene dudas. En realidad, no se siente responsable. Piensa que la criatura es abominable y asesina. Sucede que no la ha comprendido, no ha visto las cosas desde su punto de vista. Entonces, persuadido de que está repitiendo su error, decide paralizar sus trabajos y destruir su incipiente creación. La criatura defraudada en su única esperanza retoma los asesinatos. Al principio le duele matar pero luego se acostumbra.
Ahora es Frankenstein quien quiere tomar venganza. Persigue a su criatura por todo el mundo. Esa cacería desesperada lo lleva cerca al polo norte donde fallece. Saciado su odio con la muerte de su creador la criatura se suicida pues está convencida de su carácter maléfico.
II
Quizá la genialidad de María Shelley (1797-1851) resida en darle voz a la criatura. El discurso que pone en sus labios en enteramente razonable. El sufrimiento de Frankenstein es muy poca cosa comparado con el infortunio del “monstruo”. El problema está en que el joven científico no tiene corazón para su criatura. A sus ojos, es sólo un “monstruo abominable”, esencialmente perverso. No es igual a él, no tiene derechos, es una aberración. No merece una oportunidad pues es, esencialmente, maléfica. De otro lado, si en un inicio la criatura está llena de buenas intenciones, ocurre que el rechazo sistemático y la consiguiente frustración, la hacen presa de una pasión asesina. La tragedia de la criatura nace de su extrema, repugnante, fealdad. Ahora bien, es muy significativo que a pesar de su brillante inteligencia, la criatura termine capitulando ante su creador. En efecto, la criatura alimenta una buena conciencia. En el comienzo, solo desea hacer el bien. Luego, sólo quiere vengarse. No obstante, al final, una vez muerto su creador, se persuade de su pretendido carácter asesino de manera que se inmola para evitar hacer más daño. Entonces, pese a lo esclarecido de su discurso, a la transparencia de sus razones, la criatura termina colonizada, aceptando la imagen que su creador le propone. Paradójicamente su inmolación desmiente la veracidad de la imagen internalizada, pues escoger hacerse daño a sí, antes que hacérselo a los demás es un acto generoso, en nada compatible con la imagen de “monstruo abominable”.
III
La pasión de Frankenstein es, simultáneamente, altruista y egoísta. Trata de realizar una gran hazaña que le procure una admiración universal. Su exigencia de amor y reconocimiento no se dirige a personas concretas sino a toda la humanidad. Pretende ser un dios benéfico. Para ello se entrega totalmente a sus actividades científicas. Su salud no le interesa. Frankenstein quiere verse como un “mesías”, pretende encarnar a fondo los ideales de su época. La anticipación de sus logros lo sostiene y recompensa. No obstante su vida es miserable pues está recluido en su laboratorio-cárcel, sin amor ni placer. En realidad el ideal de ser un héroe o dios benéfico lo sujeta a una lógica sacrificial. El sufrimiento le traerá grandeza. Estamos pues ante la compulsión mortífera típica del hombre moderno. En efecto, el debilitamiento del vínculo con los otros resulta del deseo voraz de ser amado. Es como si Frankenstein quisiera ser adorado incondicionalmente, a la manera del bebé que se siente como el único objeto del deseo de su madre. Se trata de un deseo “inmoderado”, que revela un rechazo a los límites de lo humano. No obstante, lo más significativo es que este deseo es validado por la sociedad a través de las figuras del héroe o superhombre, figuras postuladas como modelos legítimos y posibles. Paradójicamente la “tentación de lo imposible”, ser (como) Dios, se presenta como una forma de burlar a la muerte, trascendiéndola a través de la fama, pero en la práctica este mandato solo lo lleva a arrojarse en sus brazos. La inmolación autodestructiva es vivida imaginariamente como victoria sobre las limitaciones humanas de la existencia. Este es el meollo del espíritu romántico y de la seducción trágica.
La relación entre Frankenstein y su criatura está marcada por el racismo y la consiguiente colonización del imaginario del otro. Frankenstein desprecia a su criatura y termina por conseguir que ella también se desprecie. En efecto, el intento de la criatura por preservar su buena conciencia termina con la muerte de Frankenstein. A partir de ese momento se vive como indigna. En realidad la criatura, a diferencia de su creador, quiere ser amada por otros seres humanos. No le interesa ser Dios, no quiere el poder, no desea ser instrumento de alguna trascendencia. La criatura no es trágica, ni romántica. Digamos que su deseo de amor no está deformado por un ideal aplastante. Estas observaciones permiten comprender el rechazo de Frankenstein pues resulta que al negar a su criatura la condición humana, Frankenstein está proyectando sobre el otro la valoración que tiene de sí mismo. En efecto, Frankenstein desprecia su propia humanidad, solo vale algo en la medida en que se acerca, un poco, imaginariamente, al ideal imposible del superhombre. Si Frankenstein no se ama a sí mismo, y se maltrata, menos aún podrá amar al resto. En el desprecio hacia el otro se actualiza el rechazo de sí. Pero, ¿por qué la criatura sucumbe al discurso de su creador? Una primera razón es que con la muerte de Frankenstein desaparece toda su esperanza. Su sueño, tener un semejante, es ahora imposible. No obstante puede postularse una segunda razón, no excluyente con la anterior. Se trata de que el discurso de la criatura pese a su lucidez y vigor no es avalado por nadie. Se trata de una argumentación construida para sí y para su creador. La criatura dice que es buena y que merece ser amada, al menos por quien la creó. Pero si es defraudada, entonces la venganza se justifica pues es la manera de desahogar el odio en vez de convertirlo en una agresión contra sí misma. La criatura prefiere ser verdugo y no víctima. Trata de que su creador la acompañe en el abismo del sufrimiento en que ella misma está sumida. Y esta empresa le produce entusiasmo. Pero, otra vez, este discurso no es confirmado de manera que la criatura termina por aceptar el discurso de su creador. Entonces ella es sólo un error abominable. El punto puede ser teorizado en términos de que es muy difícil mantener un discurso en ausencia de una confirmación de los otros. Es decir, cedemos nuestra verdad a cambio de aceptación. No obstante, como se dijo, la auto inmolación de la criatura es un desmentido práctico del discurso colonizador. Si matar es su naturaleza, tal como le dice Frankenstein, ella no debería destruirse. Al hacerlo está demostrando una nobleza impensable en discurso colonizador. O sea que en su conciencia acepta el discurso como verdadero pero en su comportamiento lo niega.
Ciertamente Frankenstein está preso de una enajenación. Trata de hacer realidad el modelo del superhombre. No obstante la subjetividad de Frankenstein es más compleja. Su entrega al modelo nunca es total. Frankenstein está también convocado por el discurso de la amistad y el amor. En realidad, está dividido de manera que aún en el empeño mortífero de ser el dios benéfico hay una parte de él que protesta y no está enteramente convencida. Su padre, sus amigos, y la mujer de quien está enamorado, lo están esperando en su pueblo natal. Frankenstein desea igualmente una vida menos exaltada y gran-diosa, pero en comunión con los otros. Entonces hay algo que se resiste a la compulsión. Ese algo es la añoranza y el deseo de encontrarse con sus afectos tantos años postergados. El momento cuando nace la criatura, y Frankenstein se aterra de su aspecto, es también, precisamente, el momento cuando su amigo más íntimo reaparece súbitamente en su vida. Entonces, gracias a la conjunción fortuita de estos sucesos, Frankenstein tiene una suerte de revelación liberadora. Toma conciencia de que su obsesión de grandeza lo ha estado destruyendo. Otra vida, centrada en el matrimonio y la amistad, es no sólo posible sino que es mucho más satisfactoria. No obstante, las cosas se complican puesto que su criatura ha cobrado vida propia.
Frankenstein no concede al deseo de su criatura porque piensa que al ser intrínsecamente malvada, darle una pareja sería totalmente irresponsable puesto que engendrarían una progenie asesina que hasta podría destruir a la humanidad. Sin embargo, en este razonamiento se revela la falta de empatía de Frankenstein, el hecho de no haber escuchado a su criatura.
IV
Escrita por Mary Shelley en 1816, y publicada en 1818 con el título de Frankenstein, o el moderno prometeo, la novela tiene una suerte de moraleja oficial, una lección que la autora subraya. Se trata de advertir contra la obsesión. Subvertir los mitos de heroicidad y grandeza. Entonces se muestra que, el hombre, seducido por una promesa de gloria, puede olvidar los afectos que lo enraízan en el mundo y ser destruido por su propia creación. Los ideales, se remarca, pueden ser enajenantes y tener consecuencias mortíferas. Especialmente en el caso de los hombres siempre más vulnerables a la tentación del poder y la fama. No obstante, como todo gran autor/autora, María Shelley expresa más de lo que concientemente se propone. La pasión de Frankenstein es ciertamente voraz y descontrolada pero en la historia se vuelve mortífera por varias razones: a) Frankenstein no cuida la estética de su criatura. No se asume como un progenitor responsable. b) El resultado es un ser horrible y de una fuerza descomunal, aunque inesperadamente bueno y juicioso. c) Frankenstein, no se da, sin embargo, la oportunidad de conocer a su criatura. Por su fealdad la anticipa como maléfica. d) Tampoco concede al deseo de su criatura pues destruye a su pareja, a su posibilidad de ser feliz. De todo ello se infiere que si Frankenstein se hubiera preocupado más por su creación la tragedia no hubiera ocurrido, el mal podría haberse reparado. Entonces la lección no es sólo que la compulsión puede ser mortífera sino que para que efectivamente lo sea el sujeto debe rechazar las oportunidades de reparación que eventualmente se le puedan presentar. En este caso, la oportunidad desperdiciada fue el diálogo con su creación. Diálogo en que Frankenstein la niega como sujeto de derechos. En definitiva, Frankenstein no asume su responsabilidad porque deshumaniza a su criatura.
V
Entonces debemos preguntarnos: ¿por qué Frankenstein no se preocupa de su criatura? Antes señalamos que como Frankenstein, está inmerso en una lógica sacrificial, no se quiere. Se ve como un instrumento y por tanto no puede amar. No obstante, esta respuesta es demasiado simple pues, como se ha visto, la compulsión de Frankenstein no agota su ser. Frankenstein ha conocido y hasta añora el amor. Por tanto, tiene que haber, además, otras razones que expliquen su despreocupación. A ellas podemos llegar a través de la siguiente pregunta: ¿Qué estaba buscando Frankenstein realmente con sus experimentos? Aunque la novela no proporciona respuestas explícitas a esta pregunta si, en cambio, sugiere pistas que podemos seguir. Entonces, continuemos: si Frankenstein quiere realizar una gran hazaña para obtener el agradecimiento de la humanidad, cuál, entonces, podría ser la naturaleza de esa gran hazaña. La respuesta que acude a nuestra mente es crear una especie de seres muy fuertes pero poco inteligentes; algo así como una raza de esclavos o sub-hombres que se hicieran cargo de los trabajos pesados. Una liberación de la humanidad. Digamos de inmediato que esta fantasía está en el mismo centro de la institución de la esclavitud. El negro (o el indio) no tiene alma y carece de moral. No obstante, adecuadamente disciplinado puede convertirse en una bendición pues su fuerza física y resistencia le permiten una gran productividad que, como la del resto de los animales, puede ser aprovechada con mucha ventaja por los seres humanos. Esta pretensión de crear una raza de esclavos ayudaría a explicar porque a Frankenstein no le preocupa la estética de su criatura y también porque no se abre a sus razones. Frankenstein es un creador irresponsable.
Pero aunque horrible la criatura es muy inteligente. Se concibe, además, con el derecho a la felicidad. Y, rechazando el sufrimiento, es que se rebela contra el aciago destino que le es brutalmente impuesto. Paradójicamente, la criatura se revela más humana que su propio creador.
VI
La novela ha alimentado todo un ciclo mítico. Frankenstein es uno de los referentes centrales del imaginario moderno. No obstante, en el juego de reapropiaciones de esta historia sobresale una infidelidad sintomática. Ocurre que, en contra de la narración originaria, todas las versiones ulteriores usan el nombre de Frankstein para referirse no al creador sino a la criatura. En la novela de Schelley, en cambio, la criatura no tiene nombre propio y Víctor Frankenstein es el nombre del joven científico que la crea. En este desplazamiento se pone en evidencia un cambio en el protagonismo. El personaje central es más la criatura que el creador.
Una historia de las reapropiaciones de este relato sería de lo más interesante. Por el momento baste con decir que hay 88 films inspirados en ella. El primero data de 1910 y el más reciente del 2005. La vitalidad de la historia es pues indudable. Sin embargo, la versión clásica, protagonizada por Boris Karloff es la de 1931. Se trata de una película considerada como fundadora del género de terror. En ella se remarca la apariencia horrible de la criatura pero se la despoja de su inteligencia. La criatura es un monstruo torpe que fácilmente cae en el asesinato.
Boris Karlof como Frankenstein
La versión de 1994, protagonizada por Robert de Niro, humaniza a la criatura. Es la historia de un ser excluido que lucha por el reconocimiento. Esta versión está mucho más cercana a la narrativa original.
Robert de Niro como Frankenstein
VII
Leer Frankenstein me produjo una honda impresión. De inmediato me identifique con la criatura. Creo que esta reacción no es por cierto la única posible pero si es la evidente desde una sensibilidad no esclavista, que se horroriza con el atroz sufrimiento de la inocente criatura y que comprende entonces su furia vengativa. Es como si recién ahora pudiéramos descifrar uno de los significados más potentes de esta fábula: la rebelión de los esclavos contra el racismo de los amos tiene que discurrir por el terror. En efecto, pese a su potencia argumentativa el discurso de la criatura no hace mella en su creador. Frankenstein no la considera humana y con derechos. Pero finalmente la rebelión de la criatura fracasa, ni siquiera el terror funciona. Ambos acaban destruyéndose. Y el racismo de Frankenstein es el origen de la tragedia.
