Ana Karenina de León Tolstoi

Casada con un alto funcionario del régimen zarista, Ana Karenina lleva una vida aristocrática. Parece tener todo lo que desea. En efecto, rodeada por un verdadero ejército de sirvientes su función se restringe a vigilar que todos cumplan con su deber, que su casa esté bien gobernada. Pero la relación con su esposo es distante. El Sr. Karenina es una “máquina de trabajo”, está empeñado en la carrera por el poder y la búsqueda de gloria. En sus numerosos ratos libres Ana se dedica a la vida de sociedad y a leer novelas. Ella no es feliz pero cumple con el deber que la sociedad prescribe a las mujeres de su círculo social. Es “sensata” y finge que está satisfecha, ante sí y los demás. Pero Ana se aburre. En realidad anhela una gran pasión que la haga sentir intensamente viva. Junto al discurso patriarcal que la encasilla como esposa y madre, ha internalizado, también, el discurso romántico que la impulsa hacia lo sublime. Atenazada en esta disyunción, puede más su acatamiento a lo oficial de manera que Ana guarda todas las apariencias y es considerada como una mujer ejemplar.

Este precario equilibrio se rompe cuando conoce al Conde Wronsky. La posibilidad de esa pasión que añora se le abre de manera súbita. Pero, en un inicio, Ana se resiste, su honra y dignidad están en juego. No obstante, sin quererlo, poco a poco, cede a los requerimientos del Conde. Por momentos se siente infeliz pero la atracción que vive es incontenible.

Entonces, Ana abandona a su esposo y comienza a vivir con el Conde. Entonces, momentos de ternura y exaltación se alternan con períodos de tristeza y auto desprecio. Ana ha dejado a su hijo y ha pasado a convertirse en una mujer que simboliza el escándalo y el libertinaje, el caos moral. Por su lado Wronsky tiene que renunciar a sus apetencias de gloria militar y reconocimiento público en aras de una vida meramente privada. Poco a poco la relación se va deteriorando. Ser excluida de la sociedad, convertirse en una paria, es una situación insufrible para Ana. Wronsky, en cambio, soporta mejor sus renuncias que son, lógicamente, mucho menores. Ahora bien, viviéndose como una mujer sin honor, repudiada, lo único que le queda a Ana es el amor de Wronsky. Es su único consuelo. No es extraño entonces que Ana sea cada vez más celosa y exigente. En realidad, abruma a Wronsky solicitándole pruebas de amor. Wronsky ya no es feliz pero sobrelleva las dificultades en nombre de los recuerdos y de algún momento inesperado en el que todo parece ir bien nuevamente.

Los celos de Ana adquieren una dimensión alucinatoria, paranoica. Su temor a ser abandonada la hace ver rivales en todas las mujeres. Todo el tiempo reprocha a Wronsky su desamor. Finalmente, excluida de la buena sociedad y creyendo que Wronsky está por abandonarla, Ana se suicida lanzándose a las líneas del tren. Wronsky, desolado, sin saber qué hacer se enrola en una expedición militar donde se jugará la vida.

II

En la subjetividad de Ana coexisten dos discursos. Desde la perspectiva patriarcal Ana debería dedicarse a su casa. Su entrega a su esposo y a su hijo debería ser su gran satisfacción. Pero ocurre que su esposo está ausente y ella no tiene mucho que hacer pues, de otro lado, su hijo tiene una institutriz y, finalmente, la casa está manejada por los sirvientes. Ana es un objeto estético, de lujo. Su únicas tareas son embellecer el mundo de sus esposo y guardar la respetabilidad. Hay, pues, muy poca emoción en su vida. De otro lado, ella percibe con lucidez lo que ocurre a su alrededor. Después de unos pocos años de ardor amoroso, las mujeres de su mundo se llenan de hijos y pierden su lozanía. Entonces sus esposos se buscan jóvenes amantes de estratos sociales más bajos, y a ellas, las mujeres traicionadas, no les queda más que soportar estoicamente la infidelidad. Ana, en cambio, tiene solamente un hijo y mantiene una belleza perturbadora que se preocupa mucho en cuidar. En este vacío que es su vida, Ana se siente interpelada por el discurso romántico. Además ella no se casó por amor sino como resultado de un arreglo familiar aparentemente ventajoso. En el inicio de la historia la pasión es una añoranza imaginaria, silenciosa. Pero luego es una realidad que, por momentos, la hace vivir plenamente, sin fantasmas. En realidad, Ana quisiera sintetizar ambos discursos. O sea, vivir el amor en el matrimonio, en una relación socialmente aceptada. Pero su esposo no le concede el divorcio. Entonces, tiene que escoger entre la pasión y la respetabilidad. Incluso, al irse con Wronsky, pierde a su hijo. La felicidad es imposible para Ana.

Ana vive estoicamente su desventura. Las novelas son su consuelo. Pero la aparición de Wronsky desbarata su frágil equilibrio. Entonces ella se decide por el amor. Pero la sociedad no le da un lugar. Ella no puede soportar el rechazo. Sus amistades la condenan. Ana no es libre. Está presa de un dilema. Tiene que escoger entre una vida digna, pero aburrida y sin amor, y, de otro lado, una vida de paria en la que su gran amor se deteriora inevitablemente. Arrebatada por la pasión, Ana ha escogido la muerte.

III

El relato sobre las desventuras de Ana se desarrolla en contrapunto a las búsquedas del otro personaje central de la novela: Levine. Levine es un hombre reflexivo que lucha por su felicidad. Sin creencias religiosas la vida se le presenta, en un inicio, como un enigma. Siguiendo sus impulsos Levine se establece en el campo como un terrateniente modernizador. Además busca el amor y lo encuentra en una joven y bella mujer que finalmente lo acepta como esposo. Pero todo ello no es suficiente. Levine quiere certidumbres, una vida enrumbada por razones de peso. Lee entonces a los grandes filósofos. Pero, pese a su admiración por los textos, no encuentra las respuestas que busca. Su vida discurre entre su amor por su esposa, su trabajo en el campo y la búsqueda secreta de una verdad trascendente. Con el tiempo Levine tiene una revelación que lo encamina hacia la paz y el sosiego. No hay razones absolutas, lo que hay es el día a día. Y esa vida cotidiana hay que vivirla lo mejor posible. Entonces retoma sus creencias religiosas, su fe en el mensaje de Cristo, y se decide a hacer el bien dentro de lo que está a su alcance. Su nuevo credo no produce transformaciones súbitas pero si una nueva actitud. Sigue siendo el mismo de siempre pero ahora es capaz de disfrutar de lo que tiene. Su hambre de trascendencia está saciada por el amor de su esposa y su sensación de ser útil y correcto. Ahora piensa que aunque sus ilusiones puedan no tener fundamento son, en cualquier forma, lo único que tiene y, sobre todo, le permiten sentirse bien y estar contento.

La historia de Levine es opuesta a la de Ana. Levine logra una posición existencial que le resulta satisfactoria. Mientras tanto Ana sucumbe a la cruel disyuntiva en que su medio la coloca. Entonces si la historia de Levine es la de un peregrinaje hacia la serenidad, la de Ana es la historia de un naufragio vital.

Levine, siguiendo las exigencias de su época y medio, pretende vivir una vida reflexiva. Quiere escogerse a sí mismo. De allí su ansiosa búsqueda de algo definitivo en la lectura de los grandes maestros. Espera encontrar ideales que por ser razonables sean prácticamente coercitivos. Pero, finalmente, se percata de que la clave de su vida reside en el dejarse ser, en apropiarse de lo que está dentro suyo, en asumir sus ilusiones y sentimientos pues no hay algo así como ideales que puedan imponerse por la razón. Entonces se vuelca a la vida cotidiana. Ahora puede estar plenamente presente donde está. Sus angustias metafísicas, su estar perdido en los laberintos del recuerdo y la reflexión, ceden. Entonces se reconcilia con el mundo. Las dudas ya no lo martirizan.

IV

Ana Karenina es una novela extraordinaria ante todo por la penetración del autor en el mundo interior de sus personajes. Las dudas y las fluctuaciones anímicas, el sufrimiento y la alegría; toda la dinámica de la subjetividad está magistralmente reconstruida por Tolstoi. En cierto sentido los personajes de Tolstoi son más muchos más reales que la gente de carne y hueso. La complejidad de la vida, la densidad de la experiencia humana, está retratada con una profundidad que es muy difícil de alcanzar para las criaturas humanas. Ocurre que en la vida cotidiana no interrogamos sistemáticamente nuestro ánimo. Sus fluctuaciones nos parecen ajenas y misteriosas. Esta distancia de nosotros mismos tiene que ver con el hecho de que no solemos aceptar nuestras “debilidades”. Apegados al deber, a la idea opresiva de lo “normal”, huimos de todo aquello que en nosotros se insinúa como perturbador. Tolstoi en cambio explora a fondo las vivencias de sus personajes. Entonces de la mano de Tolstoi podemos aprender que nuestras ambivalencias y fragilidades no son hechos monstruosos que debemos censurar, acallar, sino que se trata de vivencias comunes, propias de nuestra condición humana. Deberíamos poder conocerlas y enfrentarlas. Para ello el lenguaje y el diálogo interior son nuestros recursos. De allí que una novela como Ana Karenina sea básica para la educación sentimental del hombre contemporáneo. Ana Karenina hace posible una dilatación de la conciencia, un verdadero salto en la auto comprensión del ser humano. Nos libera del miedo y de la culpa. Es decir, no se trata de asustarse de lo que está allá dentro, de reprimirlo, buscando la paz en la subordinación sacrificial a un supuesto deber o normalidad. Se trata más bien de aceptarse, de perder el susto, de estar en contacto consigo mismo. Tolstoi imagina una posibilidad de estar en el mundo de una manera mucho más personal y satisfactoria. Y esta posibilidad pasa por la colonización lingüística del mundo interior. Por la capacidad para nombrar los afectos más sútiles. En definitiva, por darnos una perspectiva y un lenguaje con el cual podemos entendernos a nosotros mismos.

Para que se entienda mejor lo que pretendo comunicar, transcribo dos citas de la novela. La primera se refiere a la relación de Wronsky con su madre. “En el fondo no la respetaba. Además, aunque él no se daba cuenta de ello, no le tenía ningún cariño. Pero la educación que le habían dado y el ambiente en que vivía le obligaban a mostrarse en extremo sumiso y respetuoso con ella, y más aún cuando, en realidad, ni la respetaba ni la quería” (p. 53).

La segunda se refiere a la relación entre Ana y su hijo, Sergio. “También aquel niño, como su esposo, produjo a Ana cierta decepción. A través de su imaginación lo veía mejor de lo que era en realidad. Tenía que percatarse de esa realidad para poder amarlo y gozar de él tal como era”. (p.93).

Tolstoi es uno de los grandes exploradores del mundo interior. Desnuda, hace transparentes a sus personajes, de manera de poner en evidencia los sentimientos negados, lo vergonzoso, aquello que no debería existir. Entonces, leyendo sus historias podemos aprender sobre nosotros mismos. Aceptar nuestra complejidad. En este sentido la obra de Tolstoi anticipa a Freud. Mientras que Tolstoi es más intuitivo y permanece en el conocimiento de lo particular, la exploración freudiana de la psique humana es conceptual y sistemática; aspira a ser una teoría del mundo interior. En un punto decisivo, sin embargo, Tolstoi lleva la ventaja. En efecto, Tolstoi correlaciona el universo de afectos que pululan en el mundo interior con las circunstancias sociales, con los estilos de vida y los mandatos interiorizados por las personas. Si el discurso patriarcal es tan poco satisfactorio para Ana es porque ella no obtiene ninguna de las satisfacciones que supuestamente brinda. Su maternidad está disminuida por la institutriz y su marido está ausente, presa de una adicción al trabajo y al poder. Entonces ella es como un florero, un objeto de lujo que se marchita en el aburrimiento y la falta de emociones. De haber existido en la Viena de fines del 19, Ana Karenina hubiera sido una de las pacientes de Freud. Es probable que fuera diagnosticada como padeciendo de algún tipo de nerviosiosmo histérico. Si la rebelión romántica no hubiera sido el modelo en que se encausara la insatisfacción vital de Ana es probable que esta insatisfacción se somatizara al estilo de las primeras pacientes de Freud.

Levine representa al hombre desencadenado de las imposiciones sociales, capaz de un juicio moral propio. Es el individuo que, finalmente, ha logrado un cierto equilibrio interior. Ha arreglado cuentas con la herencia recibida, con su pasado, y es ahora un hombre casi libre. Ahora bien este cambio, que ha resultado de una búsqueda ardua, no nace de un convencimiento intelectual o de una decisión consciente. En realidad, Levine es el primero en sorprenderse de su sosiego, hasta tiene miedo de que se trate de algo fugaz. Pero, en realidad, su nueva situación es bastante sólida. La revelación es un acontecimiento que ha madurado lentamente. “Este nuevo sentimiento, contra lo que yo creía, no me ha cambiado, ni deslumbrado, ni hecho feliz, del mismo modo en que no me sentí otro hombre al saber que era padre. Pero es un sentimiento que ha nacido en mi alma del dolor y que ha echado raíces. Y esto no es otra cosa que la fe, sea cual fuere el nombre que yo quiera darle”. Levine ha logrado desprenderse de los fantasmas que lo acosaban. Y la clave de su desarrollo ha sido mantener vivo su diálogo interior, enfrentar el dolor y el sufrimiento.