A propósito de la novela Lord Jim de Joseph Conrad

Hijo de un pastor protestante y criado en una familia numerosa, pero de escasos recursos, Jim se ve forzado a buscar su destino fuera del ámbito familiar. Se desempeña como piloto de navegación en los mares del sur. Jim, en consonancia con los valores que ha recibido, se piensa como un hombre de honor. Alguien que en toda circunstancia, siempre, cumplirá con su deber. No obstante, en un momento aciago, Jim se queda, primero, paralizado y, luego, opta por no cumplir con su deber. El maltrecho barco donde navega, el Patna, que lleva cientos de peregrinos hacia la Meca sufre, en la oscuridad de la noche, un accidente inesperable. Un obstáculo no identificado ha abierto un boquete en el débil casco y el agua comienza a inundar la embarcación. Es inminente el hundimiento y solo hay unos pocos botes de emergencia, totalmente desvencijados. Los oficiales blancos huyen y los pasajeros que duermen quedan abandonados a un destino que no puede ser otro que la muerte. Jim es el último de los oficiales en escapar. Está absorto sin saber que hacer. Evalúa una y otra vez la situación. Mientras tanto, el sonido del torrente de agua que penetra en el casco lo angustia cada vez más. Calcula que su permanencia no significaría salvar ninguna vida pues el terror está próximo a desatarse. No hay nada que hacer. Ni siquiera podrán habilitarse los botes de emergencia pues el pánico lo impedirá. Pero su deber es permanecer. Entonces su situación se le hace clara. Quedarse es un gesto ineficaz pero huir es perder su honor. Atrapado en el dilema, Jim deja de pensar pero actúa: salta. Entonces ha salvado su vida pero se ha traicionado a sí mismo. Ha perdido su buen nombre. Ya no podrá comunicarse con su padre y su familia pues nunca podrá ser perdonado.

Antes de ser llevados a juicio, los oficiales desertores escapan. Jim, sin embargo, enfrenta su deshonra. Su historia se ha vuelto legendaria. Su nombre es sinónimo de cobardía. La sentencia es, no obstante, benigna. Su licencia de piloto ha sido cancelada. De ahora en adelante trabajará en tierra para las empresas navieras. En su nueva vida, Jim actúa de manera temeraria. Su forma de conducir los pequeños botes es poco menos que suicida. Pero no encuentra la paz. No puede instalarse en ningún lugar pues tarde o temprano es reconocido como el cobarde, el que abandonó su responsabilidad. Su existencia está pues marcada por la huida. Finalmente llega a un pequeño pueblo, un puerto fluvial, Patusan, que apenas tiene contacto con el mundo occidental. En poco tiempo gracias a su valor y conocimientos se convierte en un líder. Los nativos creen ciegamente en él. Ahora es Buana (Lord) Jim. Una persona que recibe respeto y admiración.

Después de muchos años de aislamiento, aparece en el pueblo una nave tripulada por criminales. Los objetivos de la expedición son el pillaje, la violación y el asesinato. Pero gracias a Jim el pueblo sabe defenderse. En poco tiempo los bandidos son cercados. Los jefes locales insisten en eliminarlos. Pero Jim consigue autorización para dialogar con ellos. Los desalmados, calculando lo desesperado de su situación, ofrecen retirarse en paz y demandan a cambio no ser atacados. Jim les pide que entreguen sus armas pero ellos se niegan. Argumentan que sin ellas pueden ser presa fácil de cualquier agresión. Jim decide confiar y convence a los jefes. Entonces, los bandidos se retiran pero en su viaje de retorno emboscan y asesinan a varios nativos, entre ellos al hijo único del jefe más importante. Lo hacen por frustración y despecho. Odian a Jim porque les impidió el saqueo. La noticia de la matanza corre por el pueblo y a Jim se le aconseja que escape de inmediato. Pero Jim se queda y recibe la muerte de manos del indignado jefe.

II

El dilema que Jim enfrenta: cumplir su deber y morir por gusto, o salvarse y perder su honor, es cruel. Su acto lo lleva a estar muerto en vida. En efecto, Jim no puede perdonarse. El fantasma de su deshonra lo agrede sin piedad. En el momento decisivo, cuando tuvo que mostrar su valor, no estuvo a la altura de su deber. Desde entonces vive como un condenado que, sin embargo, busca una milagrosa redención. Su temeridad es la forma de defenderse del fantasma de su cobardía. Jim tiene que probarse a sí mismo todo el tiempo. Es decir, negar con sus actos la acusación que no puede dejar de formularse. Jim no tiene paz. Sobrevive gracias a coquetear con la muerte, a enfrentar inútiles riesgos. Está condenado a tener que demostrar que no es un cobarde.

Por su formación y valores, Jim estaba destinado a ser un hombre de honor. Y después de su decisión no se puede reconciliar consigo mismo. No se tiene piedad. O es un caballero o no es nada. Ahora bien ¿por qué no puede perdonarse? ¿por qué no puede aceptar su flaqueza? ¿por qué no se reconcilia con la vida? La respuesta la da uno de los personajes de la novela: “es un romántico”, dice de él, un conocedor de la vida, un viejo comerciante alemán. Jim es un instrumento de las ideas de honor y justicia, del culto que le rinde a ellas se deriva su orgullo. Pero, en realidad, pese a todo, Jim si puede tomar distancia de los mandatos recibidos. No es un autómata del ideal pues saltó hacia la vida. No obstante, ese salto terminó siendo valorado como una deshonrosa traición, de manera que nunca pudo reconciliarse con su decisión. Entonces debemos preguntarnos: que lo llevó a saltar. En verdad, Jim no se explica lo que pasó. En su narración reconstruye el dilema que lo carcomía, la manera en que se encadenaron los sucesos, y luego dice, simplemente, que se lanzó al mar. No obstante, lo que Jim no verbaliza es que en la decisión de abandonar el barco está implícita una rebelión contra el mandato del deber. En efecto, al saltar está escogiendo la vida. Entonces podría decirse que Jim no es consecuente con su rebelión contra el deber. Agobiado por la culpa, Jim no es consecuente con su elección. No es capaz de sincerarse. Tendría que haber relativizado el imperativo del deber. Explicarse, ante sí mismo y ante los demás; pedir no ser juzgado sino comprendido. Entonces, quizá, podría haber reconstruido su vida. Esta posibilidad, implicaba la apuesta a empezar otra vez, subvirtiendo para ello el código ético de su familia, su país y su profesión. Defenderse de los ideales, comprenderse, sincerarse. Esa era la tarea que lo aguardaba después de saltar. Pero, Jim no puede resistir. Para la sociedad de su época el individuo era desechable de manera que si no cumplía con su deber, se convertía en un maldito. Para una persona deshonrada la marginación, la criminalidad y el embotamiento eran la única puerta abierta. El juicio de la sociedad se convertía en sanción interna. El honor y la autoestima no se podían recuperar.

Examinemos ahora la segunda elección de Jim. En su inocencia, Jim no anticipó el peligro que significaba dejar armados a los bandidos. Creyó en su palabra. Quizá pensó que, viéndose perdidos, los desalmados estarían tan agradecidos de conservar la vida que actuarían ese agradecimiento retirándose pacíficamente. Su error provino de subestimar el gusto que tenían los forajidos por hacer el mal. Pero la segunda elección es, específicamente, quedarse en Patusan en vez de huir. Expuesto a la furia y el desencanto de los nativos su muerte era segura. En realidad, no tenía sentido permanecer. Cierto que la muerte del hijo del jefe fue consecuencia de un error suyo pero se trata de un error de cálculo de manera que en un sentido sustantivo Jim era inocente y no tenía nada de que culparse.

Su muerte es pues un suicidio que pone en evidencia que Jim no se consideraba con derecho a estar vivo. En realidad el gesto de saltar para salvar su vida suponía una rebelión contra el ideal de cumplir el deber a cualquier precio. Pero él no pudo elaborar las premisas y las consecuencias de su acto. De otro lado, el gesto final, quedarse para aguardar la muerte, implicó renunciar a la vida en un acto que no era el cumplimiento de su deber pero que significaba una suerte de reconciliación postrera con los ideales asumidos pues ahora tendría que quedar claro que no era ningún cobarde.

La rebelión contra el ideal de cumplir el deber a cualquier costo; es decir, contra la muerte inútil impuesta por la sociedad, es un desarrollo reciente. En la primera guerra mundial, millones de soldados fueron lanzados a la muerte -(casi) segura y (casi) inútil- al atacar las trincheras enemigas. No obstante quien se negaba a participar era juzgado como traidor y fusilado. La premisa de la guerra era “desgastar” al enemigo a través del sacrificio de millones de vidas. Hoy en día esta imposición, y esta mansedumbre de los individuos, es difícilmente concebible. Si la probabilidad de muerte es (casi) segura y el beneficio es (casi) nulo; entonces cualquier soldado se siente con derecho a resistir sin sentirse un cobarde o un traidor.

III

Conrad desarrolla su relato como una tragedia. Una debilidad pasajera e inesperada se convierte en un fantasma acusador, en una sentencia de muerte diferida. Conrad presenta una situación sin pretender moralizar. Finalmente, Jim nos despierta admiración y pena pues pagó con creces su deshonra. Para Conrad el saltó de Jim responde simplemente al miedo de morir. En un acceso de terror, Jim pierde la perspectiva sobre el significado de lo que hace de manera que actúa sin conciencia.

En este texto hemos desarrollado otra hipótesis. En el acto de Jim se actúa, implícitamente, una rebelión contra el deber en la que está implícita la idea aristotélica de prudencia. Para Aristóteles la prudencia es una virtud que nos permite no caer en los extremos representados por la transgresión sistemática y, de otro lado, el automatismo irreflexivo. Implica evaluar las circunstancias particulares. Es decir, si del cumplimiento del deber no se deriva ninguna consecuencia positiva pero, si, en cambio, se pierde la vida; entonces, en esa circunstancia el deber se vuelve algo relativo. La rebelión de Jim implica resistirse al imperativo del sacrificio inútil. En efecto, Jim, tras considerar lo desesperanzado de la situación, eludió el sacrificio que se le imponía como deber. Pero nunca pudo siquiera razonar su decisión pues el ideal de cumplir los mandatos era demasiado fuerte. Nunca pudo sincerarse consigo mismo. Actúo el mandato social, odiándose sin medida, ni clemencia.

El relato de Conrad tiene consecuencias teóricas pues a partir de la situación de Jim podemos pensar que el individualismo surge a partir de cuando la sociedad, el sentido común, deja de ver en las personas instrumentos desechables que pueden ser sacrificados sin mayores problemas. Y, correlativamente, cuando el individuo comienza a pensarse como un fin en sí, como teniendo derechos que no pueden ser pasados por alto, sin una razón poderosa. Desde este punto de vista puede concluirse que el relato de Conrad pone en evidencia una sociedad donde el individualismo es aún un fantasma, una posibilidad tan rechazada que no es, siquiera, vista como tal. No obstante, ese fantasma está en el meollo del relato. Y es solo desde una época donde el individualismo ha calado hondo que podemos identificarlo.

Desde una perspectiva de género habría que decir que la honra, entendida como no ceder a la “cobardía”, es un rasgo fundador de la masculinidad patriarcal. En realidad, en la vida muchas veces nos acobardamos. No devolvemos el golpe del abusivo, o no protestamos y nos dejamos arrollar. Entonces nos sentimos pésimo. Nos acusamos de cobardes. Pero con el tiempo puede que nos demos el perdón. Después de todo, la vida se juega en múltiples escenarios…