Las Tres Razas de Francisco Laso
El cuadro muestra a tres niños jugando cartas. Se trata de una imagen “incorrecta” pues visualiza hechos invisibilizados, que no deberían existir según el espíritu (racista) de la época. Si el arte es, como decía Dilthey, el “órgano de exploración de la vida” resulta claro que la intención de Laso fue traer a la mirada hechos ignorados. Se trata, en realidad, de una imagen utópica, donde el juego y la igualdad reemplazan a la jerarquía y a la violencia prevalentes en las relaciones interétnicas en el mundo criollo del siglo XIX. Es decir, un mundo donde los negros eran esclavos, los indios eran sirvientes; y blancos eran amos. A la mirada del expectador se le ofrece un mundo cuyas claves parecen ser el sosiego y la familiaridad. La escena se representa, sintomáticamente, en lo que puede ser un lecho. O sea un espacio íntimo donde se suelen realizar los actos que definen la vida.
Allí es donde somos concebidos y nacemos, y, también, donde solemos morir. Los tres niños comparten el mismo espacio en una actividad lúdica donde las mismas leyes se aplican a todos. Laso quiere imaginar una reconciliación, una comunidad de personas distintas pero que al menos, en ese momento, son iguales pues juegan el mismo partido. Es decir están sujetos a iguales reglas. Natalia Majluf anota sobre Las tres razas que la pintura “… trasciende el carácter anecdótico del costumbrismo, e intenta resolver sobre la superficie del lienzo, las contradicciones de la sociedad en que vivía”. (p.45)
Ahora bien, es claro que la significación de un texto o una imagen trasciende la intención de quien la elaboró. Hay realidades que no se pretendieron mostrar pero que aparecen “sin permiso” del autor. Sin intención, ni conciencia de que están allí. De otro lado puede haber cosas que acaso quisieron mostrarse pero que resultan imposibles de poner en evidencia. Como veremos, el cuadro no es tan feliz como Laso hubiera querido. Yendo hacia la recepción del cuadro, hacia la mirada de los espectadores, hay que decir, con Bajtín que percibir es co-crear. Es decir, la obra se recibe, e interpreta, en un mundo interior marcado por recuerdos y deseos. No hay mirada “pura”, inocente. Tampoco el ojo humano es el ojo de Dios de quien se dice que todo lo puede ver. No obstante, no todas las interpretaciones están igualmente cerca o igualmente lejos de la verdad de la obra de arte. Hay algunas más sugerentes y acabadas que otras. En este contexto la labor del crítico es desplegar un horizonte de comprensión que sin pretenderse definitivo permita, sin embargo, un calar más hondo en la representación planteada por la imagen. Y no hay otra manera de hacerlo sino gracias a un diálogo que permita integrar aportes distintos en una matriz interpretativa coherente.
Lo utópico no es lo imposible. Es una virtualidad (aún) no concretizada. Una posibilidad que acaso puede realizarse. En este sentido es sintomático que Laso haya elegido a niños. En ellos, en los niños, el sentido de jerarquía no está aún firmemente instalado. Para que los adultos pudieran jugar juntos sería necesario, primero, que los niños lo hagan y, segundo, que se admita públicamente que lo están haciendo y que eso no está mal. En este sentido Las tres razas no es una imagen oficial y pública. Es decir, no representa una realidad reconocida. En verdad, apunta a la realización de un deseo que es el develamiento de una realidad escondida. Es seguro que Las tres razas pone en evidencia una práctica habitual pero silenciada, reprimida por ser considerada poco honrosa. En efecto, es muy frecuente, en los hogares de elite, donde funciona lo que María Enma Mannarelli ha llamado la “casa grande”, que niños de diferente condición jueguen entre sí; olvidando, en la entrega al juego, las jerarquías que los separan. El hijo del patrón y la hija del sirviente pueden ser iguales, por algunos momentos. Es el caso del propio Laso que refiere que en sus juegos de niño, Manuquita, una niña-sirviente-indígena, en el calor del juego lo llegaba a morder sin que él lo contará a sus padres.
Desde la posición oficial criolla, adulta y racista, el cuadro tiene que despertar disgusto. Pone en evidencia esas cosas de niños que no deben ser pero que pueden ser toleradas a condición de que no sean divulgadas. La posibilidad actual de una igualdad en la diferencia. Desde la sensibilidad racista el cuadro es una “cochinada”, una promiscuidad vergonzosa que hablaría mal de los padres que la permiten. En todo caso la “ropa sucia” se lava en casa. Laso se enfrenta a esa sensibilidad mostrando la familiaridad y armonía entre los niños.
No obstante la “fuerza utópica” de la imagen, su capacidad de explorar la virtualidad está también limitada por la sensibilidad de Laso. Para empezar la imagen se da en un ambiente casi teatral, en un entorno que le resta espontaneidad y que la imposta como una representación. En efecto, el vacío de las paredes, la seriedad de los niños, las propias molduras (que parecen dibujadas) de la parte baja de la habitación dan a la imagen una atmósfera de simulación y artificialidad. En el mismo sentido debe anotarse la interacción entre los niños. Los tres están pendientes del juego pero no parece haber un flujo libidinal entre ellos, un estar mutuamente pendientes. Las miradas son poco expresivas y se dirigen a las cartas. No hay sonrisas cómplices ni una liberación del goce. Hasta se puede hablar de una atmósfera de aburrimiento, de un déficit en la entrega lúdica. Un estar allí pero también estar en otra parte. Es decir, no es que estén forzados a estar allí pero, tampoco, sin embargo, están muy contentos. Es como si el proyecto de la igualdad en la diferencia no llegara a entusiasmar.
El análisis de cada uno de los personajes puede ayudar a desarrollar estas ideas. El niño blanco tiene una apariencia andrógina, su sexo no está marcado, hasta podría ser una niña. Quizá sea necesario que Laso lo imagine así puesto que un niño que juega con la servidumbre suele ser “suave”, casi femenino. Salvo el rostro y sus manos, todo su cuerpo está cubierto con un vestido negro. Negro es por supuesto el color de la tristeza, del frío y de la culpa. El rostro captado de perfil y casi totalmente tapado por una gorra también negra, revela muy poco. En todo caso este niño tiene la iniciativa, comanda la situación pues es su turno de jugar. Las niñas lo esperan. La niña india es bella, sus facciones son muy armoniosas. Ella está en el centro, es la más visible. Tiene lista su jugada. Pero se trata de una belleza hierática, inexpresiva. Está más ausente que presente. Remota, casi inaccesible. Pero, en cualquier forma, está pendiente del juego. La inexpresividad de su bello rostro implica que Laso no la personaliza. Es más un tipo que una persona. Si todo rostro humano, como dice Agamben, es un juego de revelaciones y ocultaciones aquí estamos ante una persona que rechaza la individualización mediante la reserva de sus emociones. En cualquier forma la belleza y la centralidad del personaje representan un tributo de Laso al mundo indígena. No será para Laso una sociedad de individuos pero si de gente digna. Máxime en una época donde se pensaba que lo indígena era lo abyecto, lo abominable. La niña negra es la más alta y descubierta. En contraste con el niño blanco asoma en ella una precoz sensualidad. Lo revela lo desenvuelto de su postura, el escote que se extiende hasta casi los hombros, el zapato tirado al pie del lecho que evidencia su estar descalza. Ella espera que la niña indígena juegue, recién entonces podrá escoger su carta. Su figura es más expresiva, menos hierática. Su imagen trasunta una distancia, un menor compromiso con el juego.
En conjunto es claro que las emociones de los tres niños están contenidas. Al niño blanco casi no lo podemos ver. ¿Por qué permanece oculto a nuestra mirada? ¿Qué hay en su alma que no permite presentarlo frontalmente? ¿Cuáles son esos fantasmas que persisten en las sombras de lo no mostrado pero que condicionan lo que es visible? Creo que las respuestas son vergüenza y culpa. El niño está jugando pero no puede olvidar que se trata de una situación extraordinaria puesto que en la realidad cotidiana él es el “amito”, el señor, a quien las niñas deben una injustificada pero mecánica reverencia. No obstante si están jugando es porque él lo ha querido, porque quiere su compañía. Entonces el niño blanco sabe que las cosas no son como deben ser. De allí su ocultamiento, el negro que lo cubre. ¿Y qué reprime la niña tras ese rostro deliberadamente inexpresivo? Creo que las respuestas son melancolía, tristeza y soledad. El duelo por su libertad perdida sin razón aparente. Su rencor y odio contra ese mundo que la oprime. Pero también el amor por ese niño que la invita a sentirse igual. Y, finalmente, que emociones contiene la niña negra en su distanciado semblante? Creo que también tristeza y desgano.
Pretendiendo mostrar proximidad y armonía, Laso nos hace testigos de la distancia y la dificultad de un goce compartido. En cualquier forma su cuadro visibiliza lo prohibido. Representa un primer paso en la integración, en el camino de la construcción de un nosotros, de una comunidad de iguales. Pero Laso no puede ignorar los problemas. Su sensibilidad lo traiciona. Entonces muestra los fantasmas que perturban la comunión de los niños. La culpa del blanco, el resentimiento de la india, la tristeza de la negra. La felicidad esta pues limitada.
El manejo de la luz merece un comentario aparte. Mientras que la parte baja del cuadro está dominada por colores oscuros, en la parte alta hay una luminosidad que abarca e integra las cabezas de los niños y que contrasta con el color marrón o plomizo de la pared que es el trasfondo de la escena. Esa luminosidad parece ser el reflejo de una luz que se proyecta desde el lugar desde donde los niños están siendo mirados. Es decir, desde el caballete del pintor. Se trata, en realidad, de un artificio destinado a concentrar la atención del expectador en los rostros, distrayéndola de las partes que van desde la nuca para abajo. Es clara entonces la espiritualización de la imagen, su prescindencia de lo físico corporal, su concentración en los rostros, su descuido del cuerpo. Debe verse aquí un rechazo o represión de la sensualidad.


buen articulo, seria excelente que mostraran mas obras de Francisco Laso de los Rios
Comment by Martin Laso Nuñez — 2007 05 @ 2:41 am
Los fantasmas de Portocarrero son mas grandes que los de Laso. Ha construido una serie de citas alrededor de una imagen que tiene valor por sí misma. Entiendo por qué no se dedicó a la pintura.
Comment by Johnny — 2007 05 @ 1:29 am
DOCUMENTO
Comment by NATALIA — 2007 08 @ 9:08 pm
Caro Sr. Gonzalo adorei esta imagem de Las Tres Razas - Laso, gostaria de saber se o Sr. tem mais imagens das obras de Francisco Laso para um trabalho Universitário ?
Fico muito agradecido por sua atenção no momento.
Atenciosamente;
Valdecir Moreira - São Paulo - Brasil
Comment by Valdecir — 2007 08 @ 2:21 pm
Este es uno de mis cuadros favoritos, junto con La lavandera, de Francisco Laso y tengo una lectura diferente. Para mí el artista, que tituló su pintura Las tres razas o la igualdad ante la ley lo que buscaba mostrar, tal vez con ingenuidad y exceso de optimismo, era que en la joven república había oportunidad de que las razas, hasta entonces antagónicas, pudieran vivir en paz y armonía. Son niños, como era joven el Perú en esa época, y los niños no están todavía contaminados por los prejuicios. No veo por ningún lado una cama. Yo creo que las camas del XIX eran mucho más altas.
Comment by marisol bello — 2007 10 @ 11:25 pm
me llega al pene esta mierda
Comment by juan carlos quijano chavez — 2008 10 @ 2:08 pm