el testimonio de la poesía peruana reciente
Me voy a meter contigo
En un cuartito
O en un espejito
Donde no haya sitio para uno
Y menos para dos
Y se esté muy apretaditos
E. A. Westphalen
¿Por qué el amor?, ¿por qué la poesía?, y por último: ¿por qué la más reciente y, en especial, la femenina? Las respuestas tienen el carácter de una indagación personal: he llegado al tema del amor por considerar que la vivencia amorosa representa una experiencia utópica, de felicidad en el aquí y el ahora, que niega el desencanto que se posesiona de nuestra cultura y cotidianeidad a medida que avanza la marea neoliberal. En efecto la mejor señal del triunfo de una ideología está en que sus interpelados nos pensemos dentro del espacio conceptual que ella delimita: es decir, que nos identifiquemos con la imagen de hombre-mujer que ella prescribe.
En el caso del neoliberalismo se nos presenta un ser humano aislado y calculador, que cifra su bienestar en el triunfo de la competencia y en la posesión de los bienes mercancías. Lo que escapa de este estrecho marco es valorado como iluso e irreal; como un tratar de escaparse de las duras realidades de la vida. No obstante, las formas de vida fundamentadas por esta filosofía dejan traslucir existencias desgarradas: el éxito público no llega a ser una satisfacción suficiente; y así, más allá de la representación, apagadas las cámaras, en medio de la trilogía de la riqueza, el poder y la fama, se suspira por esa intimidad con otro ser humano, por la posibilidad de compartir. En este arreglo las necesidades afectivas subsisten pero solo como desesperaciones clandestinas, debilidades vergonzantes, residuos inexplicables. Y es que abolir la intimidad con los otros, para mejor competir con ellos, fue el principio de esa promesa que nos pretende seducir; y una vez embarcados en ella resulta muy difícil volver atrás.
La realidad de la vivencia amorosa, mientras tanto, apunta a otras formas de sociabilidad, a otras definiciones del ser humano. A la luz de la posibilidad por ella abierta, las fuerzas de atracción fundamentales dejan de ser el interés y el deseo de reconocimiento; es decir, la expectativa de ganancia y la búsqueda de admiración. Es posible entonces la abolición del cálculo, la apertura de la intimidad. El reino de lo lúdico y espontáneo. La reintegración. Las promesas del amor son también persuasivas. La refinación espiritual del erotismo en el mutuo donarse y recibirse, por ejemplo. También la cancelación de la vergüenza en la seguridad del compromiso. Seguridad a la vez eterna y puramente hipotética.
Tiempos estos exigentes para el amor. Valorado desde el poder, como anomalía-ilusión pasajera- o suerte inexplicable, en todo caso misterio cerrado. Y desde la resistencia, como posibilidad y esperanza, búsqueda afanosa pero incierta. En realidad hay muchos obstáculos en el camino del amor. Pero, a pesar de ello, el amor permanece como el fundamento del horizonte utópico de nuestra civilización. Pues en la profundidad de nuestra cultura la expectativa de felicidad, de satisfacción renovada de la infinitud de nuestros deseos, sigue remitiendo a la posibilidad de comunión con otro ser humano.
¿Por qué la poesía?
Presumo que la lucha por amar tiene que aparecer en toda su grandeza, en toda su fuerza y en la enormidad de los obstáculos, en lo que es el acto simbólico por excelencia: la poesía. Desde siempre la poesía ha sido la lucha por elaborar la originalidad de nuestra vivencia contra la trivialidad de la expresión común. La apuesta a decir lo inefable. Destruir la norma, reconstruir la expresión, visibilizar aquella realidad que se fuga siempre delante de nuestra propia capacidad para nombrarla. Ejercicio de reivindicación de lo íntimo, la poesía debe ante todo iluminar nuestra situación vital. Merced a una suerte de atajo directo con el inconsciente, el poeta es capaz de escuchar esas voces que representan los fueros primordiales del ser, los suaves murmullos del deseo. Si el conflicto entre orientaciones culturales divergentes implica dolor para quien lo sufre, la poesía representa la posibilidad de elaborar plásticamente ese dolor, de trocarlo de belleza. Si la creatividad hace posible imaginar los cambios necesarios para la abolición del dolor, la poesía es el arte donde la creatividad aflora pura, donde lo posible es infinito.
La poesía resulta del pensamiento ágil, “una forma de conocimiento impaciente, apresurada”. Igual que el arte adivinatorio, supone abandonarse ciegamente a la intuición y al sentimiento, a la escucha confiada de los latidos del ser dentro de nosotros mismos. Y así con la transparencia, nuevo enraizamiento en el mundo, comunión con los otros, inocencia (re) conquistada. Igual que el sueño, su hermano, la poesía es anterior a la ética, nos devuelve a esa pureza originaria donde nada puede existir fuera de su sitio, donde no existen el miedo ni el pecado.
Mucho se nos dice: “no hay nada mejor que estar entre los vencedores, no te resignes con menos”. Con menos frecuencia se nos dice: “el amor es el único fundamento de la felicidad, todo lo demás es vanidad y engaño”. Atraídos por demandas divergentes podemos resentir nuestra incapacidad para lograr un equilibrio, para llegar a una verdadera satisfacción. Más aún en épocas, como la actual, donde la divergencia se profundiza. La poesía amorosa es el espacio donde quiero analizar este desgarramiento. Y tanto sus manifestaciones: la elaboración del conflicto, los intentos positivos de salida, las apuestas por salvar al amor, por insistir en la felicidad.
Poesía escrita por mujeres
A ellas les cabe en suerte conservar un poco más de sensibilidad. En la división del trabajo entre los géneros les suele corresponder las tareas que suponen más empatía emocional: básicamente el cuidado de los otros. Asimismo les están confiada las tareas de la adivinación porque son más intuitivas. Menos cálculo pero más emoción y expresividad. A nosotros los hombres se nos educa para que controlemos nuestros afectos cosa que así podamos concentrarnos en lo que es supuestamente importante: la competencia y el triunfo. También se nos entrena a pensar y ser racionales. En una palabra: se nos aisla e individualiza mucho más. De ahí que el neoliberalismo con su insistencia en la racionalidad y la autodeterminación del actor social pueda ser considerado como una ideología muy marcada por la masculinidad.
El sistema de género da a las mujeres, a los menos escuchados, a los que por su menos entrenamiento conceptual pueden elaborar solo con las dificultades más grandes, la posibilidad de un acceso inmediato al ser, una mayor vinculación con los afectos. Pero, desde luego, todo esto está variando rápidamente. El cambio en las relaciones de género importa transformar nuestra civilización. Las nuevas definiciones de lo femenino y lo masculino implican una alteración profunda de nuestras identidades y de nuestra vida cotidiana. Es por ello que resultan tan amenazantes, y que acaso sin quererlo, opongamos tanta resistencia.
Poesía reciente porque la época es nueva: el colapso del horizonte utópico es cuestión de hace pocos años. También lo es el auge del neoliberalismo con sus nuevos dioses: el mercado, la eficiencia, la racionalidad. ¿Cuán dilatada será la prevalencia del neoliberalismo en el sentido común y la vida cotidiana? La respuesta es complicada, pero me atrevería a decir que no mucho puesto que las actitudes que fomentan terminan por crear un vacío espiritual que impulsa a la búsqueda de nuevas orientaciones. En efecto: el desprecio satisfecho por lo espiritual, la reducción de la felicidad a lo sensual, la mistificación del dinero y el poder. Todo ello puede terminar generando un ansia de comunicación, de reinventar la comunidad. Pero no nos apresuremos. El objetivo de estas páginas es analizar los estímulos y los obstáculos de la vivencia amorosa. Su energía y sus tropiezos.
Hipótesis
En lo que sigue vamos a elaborar en torno a la siguiente hipótesis fundamental: en la poesía femenina el amor aparece como una necesidad vital cuya satisfacción se ve amenazada o imposibilitada por una valoración del hombre como insensible, incapaz de un compromiso profundo. Entre la necesidad de la ilusión y el temor al desengaño, he aquí la desgarrada coyuntura desde la que muchos poemas son elaborados. En la poesía masculina lo más aparente es el miedo a la entrega, la valoración del amor como algo peligroso aunque reintegrador. Peligroso en cuanto implica abandono del poder, indiferenciación; es decir, dejar atrás actitudes definitorias de la masculinidad. Infinitamente atractivo porque significa el fin de la soledad, la vuelta a los sentimientos.
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Giovanna Pollarolo: Contigo en las Bahamas
Empecemos nuestro examen con la poesía de Giovanna Pollarolo Contigo en las Bahamas. El amor aparece tan necesario como imposible. No se puede realizar el amor, pero tampoco se lo puede desechar. Entonces el amor se convierte en una fantasía, en un fantasma que promete y atormenta; su ausencia duele tanto más cuanto mayor la expectativa que se cifra en su presencia. El amor está presente sobre todo como necesidad vital, como única posibilidad de entusiasmo y plenitud. Como pasión que redime de una depresiva indiferencia. Los primeros enemigos del amor son la culpa y la vergüenza. Pero ellos pueden ser vencidos. En realidad, el gran obstáculo está en una imagen del hombre como fugitivo, incapaz de permanecer integrado en el vínculo amoroso. Algo así como: “quiero entregarme pero sé que me vas a decepcionar por eso no debería hacerlo pero de todas maneras lo quiero”. Pero vayamos más despacio.
La plenitud del amor es apenas aludida, los obstáculos en cambio se llevan la mayor parte del poema.
“…en las Bahamas miraremos el mar azul
bajo palmeras y arena blanca
sin reloj”.
Frente a esta promesa de esplendor toda alternativa aparece como mezquina.
“No quiero contigo en cuartos alquilados
con miedo
clandestina.
Dos horas es mucho tiempo
y muy poco”.
El hecho de que la relación deseada sea socialmente ilícita introduce la problemática de la culpa y la vergüenza. Pero estos sentimientos pueden ser vencidos. Así, el monólogo interior que es el poema retoma su rumbo: se sigue explorando la posibilidad del encuentro:
“El día menos pensado
sonará el teléfono
y la sorpresa te enmudecerá.
Tendré que repetir mi nombre
y sin pasa diré los versos de Sabina
no hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás sucedió
¿quieres encontrarte conmigo?
En el Bahama’s Pub
Aquí para que parezca allá…”.
Pero cuando la autora imagina el desarrollo de la posibilidad amorosa se vuelve a encontrar con el desencanto:
“Habría sido más o menos
feliz
o infeliz, un tiempo
hasta el día en que a ti
no a mí
nos asaltaran otras voces sin remedio”.
Pero como la añoranza de lo que no fue es todavía la fantasía de lo que podrías ser, no se termina de salir del círculo: ilusión-desilusión. O en forma más analítica, primero una fase expansiva: necesidad-deseo-posibilidad, y luego otra de tristeza y encogimiento: decepción anticipada-retracción del deseo. La resignación aparece como la única salida, como la verdadera sabiduría:
“Así había sido la vida
razón tenía el viejo profesor:
a las pasiones, decía, hay que ahogarlas
como se hace con los gatos recién nacidos”.
Pero en una segunda parte del poema Tres epílogos la autora imagina tres desenlaces. En el primero, a la entrega absoluta de ella y a la débil respuesta de él, sigue la furia y el deseo de imponerse:
“Sé que ya no me quieres
dame un beso
mírame
o gemiré intermitentemente como el viento
romperé árboles
quebraré ventanas”.
En el segundo, al abandono sigue una actitud de asombro y sorpresa, de incredulidad. El dolor no termina de desplegar su intensidad:
“Todavía se nota la forma de tu cuerpo
en el hueco de tu lado de la cama… Nadie ocupa tu sillón
tampoco tu puesto en la mesa”.
En el tercero, el amor se insinúa como una mistificación que la cotidianeidad desgasta hasta que la desilusión masculina se convierte en reproche y agresividad:
“Antes
no reclamabas
tu voz era suave
como suave tu aliento
anchas llanuras, verdes prados
Antes
pan y cebolla
príncipe y princesa
a tu voz no se asomaba la queja.
Antes”.
Si todos los caminos del amor aparecen cerrados: ¿por qué tendríamos que considerar a Contigo en las Bahamas como una poesía amorosa? En realidad, este poema puede ser visto como un testimonio de la lucha por amar, del anhelo de amor. En el juego de invocaciones y revocaciones, en el desgarramiento entre el deseo y la imposibilidad, en la exploración fracasada, se rinde culto al amor.
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Maria Emilio Cornejo
Es interesante contrastar el universo poético de Giovanna, tan presto de la ilusión, la nostalgia y la decepción, con la gama de sentimientos que encontramos en las poesías de María Emilia Cornejo. Quitándose la vida a los 23 años, en medio de la ola de romanticismo de los 70, María Emilia perennizó una figura juvenil, de aceptación de riesgos, de reafirmación de la posibilidad del amor.
“Me encontraste en la mitad de todos mis caminos
me tomaste de la mano
y yo te seguí ansiosamente,
ninguna cama nos aguardaba
sin embargo
cualquier lugar era apropiado
para juntar nuestras desdichas
mi senos maduraron como dos frutos entre tus manos
y descubrí que el amor
no siempre necesita un lecho de rosas”.
No es que el temor esté ausente, o que no existan vagos presentimientos, sucede solo que la vehemencia por entregarse puede mucho más:
“Soy la mujer incondicional
que nada pide a cambio
la que siempre te recibe
y te abre las piernas sin chistar…
soy la mujer que conservará como un tesoro
todos tus orgasmos
tu desesperada forma de amarme,
soy la mujer,
tu mujer,
y te amaré
hasta entregarte toda mi piel”.
Las dudas están presentes, los desencuentros son posibles, la incertidumbre permanece. Amar es exponerse, apostar.
“Envueltos en las sábanas de tu cama, esa cama tuya
cargada de pesares
descubrimos las mil formas del amor…
volvimos a fumar
y las cuatro paredes de tu cuarto se hicieron evidentes
tan claras y evidentes
yo te dije adiós y tú prometiste llamarme”.
Pero, finalmente es para amar que vivimos. La soledad es entonces solo una espera:
“Siempre supe que te encontraría
en alguna vieja calle de Lima
desde entonces
preparo cuidadosamente nuestro encuentro”.
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Rosella di Paolo: Limbo
En Limbo, de Rosella di Paolo, la ilusión del amor absoluto, la necesidad de entrega aparece en abierta pugna con una realidad de ruptura y decepción. El resultado es el extravío. En efecto, no poder enterrar la ilusión significa permanecer en un no lugar, en un limbo; en una coyuntura emocional que implica agotarnos en la lucha contra nuestras esperanzas más recónditas, las que nos definen. Si ganamos la batalla: el lúcido, pero cruel desencanto; y si perdemos: la fuga hacia la irrealidad. La atmósfera es trágica pues en el combate heroico contra lo imposible no hay otro desenlace que el fracaso. Por ello el fin no aparece y la lucha se alarga sin término. Pero la nobleza del esfuerzo termina, sin embargo, despertando nuestra simpatía: “¿Será que me dejé el corazón bajo la piedra?
¿mi tonto corazón junto a tu nombre?
Sé que ya no llegaré a mi casa.
Sé que tampoco puedo volver”.
Es desde esta pasión que no se puede desechar, ya que resulta insustituyente, pero tampoco vivir, que debe comprenderse la Jaculatoria con que termina el poema:
“Oh acércate, mi cabeza es de yerba,
olíscame, suave es tu hocico
y mis jugos son suaves, muérdeme,
arranca despacio mi cabeza,
mastícame,
quiero no pensar, ser una bola verde
en tu lengua, en el cielo de tu paladar
oh entre tus dientes, trágame,
vuelta en tus jugos gástricos
nada nada nada
oh amor en tu panza de toro ahora
y siempre en tu ardentísima santa bosta,
amen”.
La necesidad de entrega, de ser uno con el amado, da pie a la fantasía de ser devorada. La flor no necesita seducir al toro. Las complicaciones de la condición humana son puestas entre paréntesis. Poco importan frente a lo primordial: el deseo de fusión, la reintegración, la intensidad de sentimientos.
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Rocío Silva Santisteban: Los hombres no lloran
En Los hombres no lloran Rocío Silva Santisteban trata de explorar la masculinidad, encontrar razones que hacen a los hombres tan poco aptos para el amor. En la primera parte del poema Yo en ti (la secreta herida que me corroe), se nos presenta la asimetría en la relación de género. Es decir, la disposición a la entrega de la mujer y la actitud huidiza y temerosa del hombre. La necesidad de darse, de ser poseída, aparece casi con vergüenza como con humillación, pero también -simultáneamente- como expectativa de felicidad, de plena realización:
“Sabes lo que me humilla:
Cada punzada es una ofrenda por tu ausencia
Un hincón caliente en los párpados.
Sabes lo que me ilumina:
Ser tu presa.
Huyendo caminas por las calles
El peso del alcohol sobre tus hombros”.
El hombre, mientras tanto, apartado por su insensibilidad, no parece percatarse de todo lo que está pasando.
“Ni siquiera te llamo
ni siquiera te reclamo
sé que no me oyes ni nunca me oirás”.
En el desencuentro toma forma la fantasía de una regresión a una pura animalidad. Abdicación de la conciencia, afirmación del deseo:
“Si solo fuéramos animales
si solo supiéramos arañar
Y todo no fuera más que una maniobra de la cacería
Los perros ladrando para desollarme
Y yo trato de escalar la tapia pero es inútil…”.
En la segunda parte del poema El fuego inextinguible, se explora la posibilidad de una intensificación del erotismo como medio de lograr la ansiada fusión amorosa. Pero la confianza total, la entrega sin reservas solo pueden existir en la agonía. Iniciando el rito del suicidio, y mientras llega la muerte: la intimidad total; no hay más fronteras. La ternura las disuelve:
“Nos cortamos la graciosa piel blanca:
La sangre corre pareja sobre nuestros brazos desnudos
Y nos besamos dentro del agua caliente.
Orina, me dices
Y yo me levanto y el nivel del agua recobra su
forma original
Me acerco a tu cara, lentamente
Y mis piernas endurecidas van formando un chorro que te baña
Ya tú y yo unidos para siempre”.
En la tercera parte de Los hombres no lloran, se hacen evidentes las posibilidades y límites de la comprensión femenina de la masculinidad. Rigidez, dureza, dolor, frialdad: estos serían los atributos de la condición masculina.
“Cada vez que me vuelvo un hombre
mis vértebras rígidas, mis músculos anudados… la mano agarrotada a la altura de la cadera
como apretando un arma, un fierro duro
sobre la otra un guante de acero
y cinco nudillos preparados para golpear
contra cualquiera”.
Así parecen explicarse los comportamientos que en la primera parte del poema eran observados con asombro:
“Huyendo caminas por las calles
el peso del alcohol sobre los hombros
y una sonrisa vacía abriéndose a la noche”.
La única ventaja del hombre es la libertad, pero los costos son tan altos que el resultado es abrumadoramente negativo. El hombre es un derrotado, un perdedor profesional. Es en ese punto cuando reaparece lo femenino. Primero como un hecho biológico, como “fluido tibio”, “estrías, grumos, piel abultada”. Luego, como ansias de entrega, rabiosa, desesperada. En el poema los hombres aparecen como tensos, agresivos y sufrientes; pero sobre todo cansados, siempre al borde de la derrota.
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Manuel Jimeno
Vemos ahora algunas poesías escritas desde la condición masculina. En Es el amor, de Manuel Moreno Jimeno, la experiencia amorosa supone peligro y miedo. Ante todo implica comunicación, dejarse invadir por la mirada del otro, de la amada. De este convertirse en objeto de escrutinio, de dejarse penetrar, resulta la simplificación y la transparencia. Es decir, abdicar de complicaciones y trastiendas donde perviven fusionados residuos vivos de dolor con pretensiones de poder. La purga es dolorosa porque estas complicaciones son de todas formas definitorias de la propia identidad. El amor resulta entonces una apertura que mutila, el abandono de una soledad que puede ser oscura pero que ya es nuestra covacha, la base de nuestra autonomía. Entregarse es entonces perder algo, renunciar a ocultarse:
“Es el amor
Son tus pupilas incandescentes
Clavadas en las mías
Es tu luz que llega y me socava
Es tu fuego enemigo que me destruye
Ahora no hay piedad para mi olvido
No hay refugio para mi sombra
No hay soledad que me devore en la entraña del corazón
Estoy perdido en tus cielos fulgurantes
No sé qué camino tomar
Cuál es la ruta de mi alma…”
El amor aparece como una experiencia desconcertante, un extravío. Implica abandono y entrega. Una posibilidad de cambio radical. Una fuerza desestabilizante. La vivencia amorosa es muy cuestionante:
“Es el amor
la garra potente del amor
el pico arrebatado del amor
Nadie sabe de dónde surgen tus relámpagos
Qué amenaza descubre tu presencia, despierta tu furor
Quién propaga tus llamaradas impetuosas”.
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Javier Sologuren
La capacidad transformadora que la vivencia amorosa tiene para la condición masculina queda también patentizada en El amor y los cuerpos, de Javier Sologuren:
“…entonces
entonces
balbuceo
saliva y mis lágrimas
me recorren
cuerpo adentro
muda mudanza
instante en que
soy
todo yo
en que ya
no soy
yo…”.
La vivencia amorosa no está asociada al deseo de posesión, menos aún al deseo de ser admirado, de seducir: está esencialmente vinculada a la posibilidad de volver a ser frágil, a no dejar nada sin entregar. Pero como ya una vez fuimos decepcionados, no es entonces extraño el miedo a revivir lo que nos pasó cuando niños: el secuestro de la sensibilidad, la amputación de la ternura.
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Xavier Echarrí
Respecto a los poemas de Moreno y Sologuren, el de Xavier Echarrí, La máscara de la horma, se sitúa en un más acá del borde de la entrega. Hecho sintomático si se tiene en cuenta la juventud de su autor, nacido en 1966. La soledad aparece como un horizonte insuperable, el encuentro y la fusión son imposibles. Queda entonces la compañía. Pero desde este estar juntos, y a la vez separados, surge la pretensión de un ir más allá: compartir sin reservas, conocerse a fondo.
Pero la ilusión se apaga son motivo aparente. Quizá porque el autor no la tomó en serio. La soledad, la imposibilidad de comunicarse, son entonces datos inapelables. No se da la batalla porque se la declara perdida antes de comenzar. No surge la chispa del amor.
“Estoy solo y siempre estaré solo
Solo contigo solo lejos de ti
Tu piel es la barrera y yo quiero esa barrera
No hay límite en mi boca pero sí en mi lengua”
La situación es más grave si se tiene en cuenta que la imposibilidad de la comunión se hace evidente en un momento de mucha intimidad, donde flotan promesas y esperanzas.
“De un gancho penden nuestras ropas
Nosotros tremolamos en la luna
Luz de la noche pared que se desnuda
Pero solo hasta el límite la raya
Que invita a traspasar ojos cerrados ahora des
Lumbrados
Estoy solo y siempre estaré solo
Solo de ti siempre solo contigo”
La dificultad de profundizar el vínculo aparece simbolizada como un límite: la raya. Cruzar la raya es quitarse la máscara, desnudarse. Pero el problema está en que detrás de la máscara no llega a haber un rostro porque la ruptura con los sentimientos ha debilitado la fuerza desiderativa, la ha encauzado al logro a través del desempeño, y no hacia el encuentro con el otro.
La masculinidad es entonces una representación, una ruptura con la espontaneidad. Una máscara sin rostro. Un desligarse del ser, un esfuerzo por seducir con el que se trata de ocultar un caos de sentimientos ocultos. Cruzar la raya implicaría revelar la precariedad. Imaginarse un rostro. De ahí el miedo y la atracción que esta posibilidad suscita. Pero, finalmente, todo queda en un lamento solitario:
“Solo de ti siempre solo contigo
En ese siempre una puerta se ciega…
Ah tanto en ti no visto jamás de ti expresado?”
En cierto sentido redundante pues si la horma es el molde, la máscara del molde insinúa esa falta de espontaneidad, esa representación que es la masculinidad.
La transformación de la intimidad
En un libro reciente La transformación de la intimidad , el notable sociólogo inglés Anthony Giddens teoriza el surgimiento de un nuevo código amoroso, de nuevas reglas de comunicación. Se trata de lo que él llama el amor confluyente. Fundamentado en la relación pura y en la sexualidad plástica. Con la autonomía de la mujer la relación de pareja se mantiene en tanto resulta satisfactoria para ambas partes. En cualquier momento puede romperse. La relación se apoya en sí misma, por eso el nombre de pura.
De otro lado, la sexualidad plástica es aquella emancipada de las necesidades y temores de la reproducción, también de las inhibiciones y tabúes. Es posible entonces la exploración libre del erotismo. El amor confluyente supone pues igualdad y autonomía entre las partes; un proceso de constante negociación. Solo en este contexto de aproximaciones medidas podría desarrollarse la intimidad. El respeto y el mutuo conocimiento. Es decir, la democracia en las relaciones personales.
En las poesías que venimos de analizar el amor aparece como pasión y desmesura. Ansias de fusión; supresión de la individualidad en la entrega sin reservas. Todo apunta a la fuerza en nuestra sociedad de las actitudes románticas. Frente al comedido contractualismo del profesor inglés está la pretensión de subvertir la individualidad en el abrazo amoroso. Ello hace cálido nuestro imaginario de latinoamericanos. De allí la insistencia, la apuesta por el amor pese a lo desfavorable de la época. Como bien dice Octavio Paz: “El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otra en infierno”.
O como dice otro gran romántico, Max Weber: “La relación erótica parece proporcionar la cumbre irrebasable de la pretensión amorosa: la mutua penetración de las almas… comunidad que es sentida como un total hacerse uno, como un desvanecimiento del tú… el amante se siente injertado en el núcleo de lo auténticamente viviente… la vida lo da puro raras veces, aquel a quien le sea dado, que hable de suerte y de la magnanimidad del destino, no de sus propios méritos”.
Dos epílogos
I
Pero la crítica al amor concluyente, por su racionalismo excesivo, su falta de compromiso y consecuente fragilidad no tiene por qué hacernos perder de vista las limitaciones del amor romántico. En efecto, definido por lo imposible, en todo caso, lo infrecuente -es decir, la fusión en la mutua entrega-, el amor romántico puede terminar alentando la decepción y la melancolía. Demasiado centrado en momentos cúspides, anclado en lo sublime, se compagina mal con la rutina prosaica de la vida cotidiana. De hecho, la mutua idealización, tan característica del amor romántico, es también una doble proyección. Y aunque en este mutuo desconocimiento vaya implícita la invitación a parecerse a los deseos del otro, a estar a la altura de sus expectativas, lo que por cierto es un poderosísimo estímulo de cambio y superación, a la larga, sin embargo, somos mucho más complejos y densos que las imágenes que se nos atribuyen. La posibilidad de fusión y entrega absoluta es, entonces, un horizonte o ideal al que podemos tender y eventualmente llegar, pero en el cual no podemos permanecer.
Como dice Levitas, en quien estas líneas han encontrado mucha inspiración: “El verdadero valor del amor está en la imposibilidad de reducir el otro a mí mismo”. Para el amor no queda entonces más remedio que aceptar que el otro es diferente, que es imposible poseerlo, que nos dará siempre sorpresas, algunas agradables, otras no tanto. Este asumir el desconocimiento como lo real, con los desencuentros correspondientes, no significa resignación, o abandono del telos del amor romántico. Implica, eso sí, una actitud de respeto y tolerancia que está, sin embargo, en una suerte de tensión equilibrada con el deseo de aproximarse, con el fervor de poseer. Así, de un lado, la expectativa de que la persona amada sea como la deseamos, pero del otro, la certidumbre de su alteridad. Que esta tensión se mantenga viva, sin ceder a la decepción o la indiferencia, significa precisamente que el amor es una realidad imposible: una aproximación que se ansía, un encuentro que se desvanece, una búsqueda que no termina.
II
Pero de lo que se trata es de persistir en la lucha. Aferrarse al mejor momento, como aconsejaba Paul Valery. No transar por menos. La plenitud de la vivencia amorosa interpela nuestros sueños de felicidad. Subvierte la resignación: invita a imaginar una vida donde su realidad fuera siempre posible, cotidiana. Esconder el rostro ya no fuera necesario pues teniendo la confianza es posible dejar de jugar con las máscaras. Y, entonces, la presencia que descubrimos en el encuentro es la huella que nos guía, esa la mejor posibilidad. Y aunque el encuentro sea hipotético y azaroso, la búsqueda bien vale el riesgo. Ser otra vez frágil y vulnerable, capaz de sentir. Se trata pues, en el fondo, de (re) inventar las reglas del amor.

Al leer el artículo no pude evitar preguntarme acerca de la poesía ficticia; si de por si la poesía ya es un ámbito en el que se busca romper con la trivialidad de la expresión común, la poesía ficticia seria entonces una huida dentro de la misma trivialidad donde cobrarían mas vigencia los anhelos de los sujetos que las mismas circunstancias. Así mismo la imaginación no solo crea el poema sino la realidad en la que se da.
Sin embargo me agrado la polaridad de los discursos en cuanto a la poesía; quizás por lo que entiendo en tanto un “miedo” o digamos amenamente “incompatibilidad” con los discursos paternales de la dama y el caballero. Claro que hay poemas que rompen con esta suerte de generalidades.
y por ultimo en la medida de lo posible trate -por favor- de no destrozar la cohesión de los poemas, disculpe si aparenta una falta de respeto solo es una apreciación, espero me devuelva el comentario en clase.
Comment by Hans — 2007 05 @ 6:42 am